LA CIUDAD EN EL TIEMPO 4
4.1 DE UN TERRITORIO POLINUCLEAR A LA CONSOLIDACIÓN DE LA CIUDAD AMURALLADA
4.1.4. La consolidación de la ciudad fortificada 3
Las investigaciones arqueológicas desarrolladas en grandes inmuebles y ámbitos edificados de la ciudad de Sevilla en los últimos veinticinco años permiten explicar con mayor certeza la evolución urbanística de la ciudad desde el Bajo Imperio a la época medieval. Han sido determinantes en este sentido las intervenciones arqueológicas de los Reales Alcázares, la Catedral, el Archivo de Indias, las Atarazanas, la Casa de Miguel de Mañara y el Castillo de San Jorge, entre otros, así como las realizadas en distintos sectores de la muralla islámica.
Los procesos urbanísticos y constructivos detectados durante el desarrollo del Proyecto General de Investigación
“Análisis arqueológico integral del Real Alcázar de Sevilla. Evolución histórica e inserción urbana” (2000-2005), bajo la dirección de M. A. Tabales, han definido realidades identificables con los hallazgos del entorno, lo cual permite generalizaciones siempre hipotéticas que, no obstante, autorizan a plantear una dinámica clara de cam- bios en este sector de la ciudad. Así, se han identificado evidencias del paso del asentamiento protohistórico a la ciudad romana, su desarticulación y reorganización durante el período tardío, la lenta conversión en ciudad islá- mica, el impulso dado por los reyes abasíes, el desbordamiento urbano taifa-almorávide, la ampliación del Alcázar y la consolidación urbana de inicios del siglo XIII, y la definitiva reorganización debida a los primeros monarcas castellanos y sus descendientes hasta Pedro I.
3 Texto desarrollado a partir del estudio de Tabales Rodríguez y Alba Romero (2011).
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En relación a los datos aportados para la ciudad medieval, la secuencia arqueológica pone de manifiesto los si- guientes hechos:
- Entre los siglos III y IV se produce un ajuste urbano que combina las necesidades de una población reducida con ubicaciones más afortunadas. No es casual que mientras en la zona portuaria la vida se simplifica, en el extremo opuesto (Plaza de la Encarnación) nuevos barrios mantienen una más que destacada vida urbana, al menos, hasta el período visigodo. En el siglo IV aparecen nuevas funciones periurbanas que perdurarán hasta bien entrado el período islámico, entre ellas la probable iglesia bajo la muralla norte del posterior alcázar y el cementerio cristiano, que articularán un urbanismo nuevo fundamentado en el culto cristiano. En el período romano tardío y visigodo, a pesar de que destaca por su ruralización, es la función religiosa la que marca las operaciones constructivas de mayor relieve, dando fe de la importancia de Hispalis los testimonios de Procopio de Cesarea o San Isidoro. Por ello, no es extraño que sobre un erial abandonado junto al río, donde antaño se hallaran construcciones portuarias, ahora se organice un cementerio de grandes dimensiones –tal vez vinculado total o parcialmente a la Iglesia de San Vicente–, cuya pervivencia impedirá cualquier intento de transformación posterior del espacio, dado su carácter sagrado.
- Una disminución progresiva de la función funeraria desde el siglo VI dio paso a muladares y basureros, mientras la acción fluvial homogeneizaba la topografía. En especial, entre los siglos VI y X se produjeron transformaciones de origen natural que afectaron sobre todo a este sector de la ciudad antigua, principalmente subidas de nivel y deposiciones limosas por influencia del arroyo Tagarete, cuya principal consecuencia fue la elevación de cotas y la homogeneización del terreno respecto al sector septentrional. El que entre los siglos VII y X se superpongan basureros, escombreras y muladares a las necrópolis junto a la vieja iglesia cristiana podría delatar que el puerto se mantuviera en una localización alejada, aunque también podría indicar que la zona, ocupada por cristianos, se considerara de tan escaso interés urbano que no se beneficiara de las reformas emprendidas a partir del siglo IX.
No obstante, en el siglo X se produjeron los primeros aprovechamientos islámicos en el ámbito cristiano, representa- dos por el aljibe del Palacio Arzobispal y el alfar localizado bajo el Palacio de Pedro I, en uso hasta el siglo XI. Partien- do del supuesto de que la ocupación musulmana inicial no tenía posibilidades de alterar el urbanismo preexistente y que, cuando lo hizo, fue específicamente a través de la islamización de iglesias y la reforma de viejas fortificaciones, se entiende que al menos hasta el siglo X no se aprecien construcciones que amorticen la función funeraria y reli- giosa. El carácter secundario y perimetral del sector queda patente en la tipología de las primeras construcciones adscribibles a este momento (alfares y aljibes) porque las necesidades de la incipiente Išbilia no requerían radicales transformaciones urbanas. También en el Hospital de las Cinco Llagas se documentó un sector suburbano (el primi- tivo arrabal de Magrana), vigente entre los siglos IX-XII y absorbido por la ciudad en los siglos XIII-XIV. Las huertas, que aparecieron en la etapa islámica, perduraron hasta la urbanización de la zona a principios del siglo XX.
- La construcción del Alcázar, o al menos de las murallas que se han conservado, se produjo en un momento no anterior a mediados del siglo XI, advirtiéndose una ampliación inmediata y tras ella la aparición de un gran arrabal a su abrigo, mientras que intramuros se edifican nuevos barrios que en el sector cercano se modifica- rán poco hasta el presente. El hecho de que el siglo XI sea el motor de la islamización urbana de Sevilla no es ninguna novedad. Los textos, junto a decenas de excavaciones arqueológicas, reflejan una urbe poderosa y dinámica plenamente capacitada para recomponer el territorio y alterarlo en función de las nuevas necesidades de la dinastía abasí, que hará multiplicar el espacio urbano y crecer exponencialmente su población. Es ahora cuando alfares, basureros, iglesias y cementerios son borrados drásticamente para recomponer un espacio que pretende erigirse, con la construcción del Alcázar, en el nuevo foco político de una ciudad saturada y en obra continua. Si fuera cierto, según atestigua la arqueología, que todos los barrios intramuros iniciaron su andadura en ese período, habría que imaginar una ciudad levantada de arriba abajo y dividida en clanes y familias que irían construyendo el enrevesado viario y atomizado parcelario que aún hoy perdura. En estas condiciones, es factible pensar que el nuevo poder quisiera alejarse, pero no demasiado, del saturado centro y dar muestra de su potencia mediante una fortaleza de prestigio y no solo por la mera transformación de lo ya existente.
Finalizado el alcázar, con una ciudad saturada y en pleno retroceso del río hacia el oeste y, sobre todo, per- dido el carácter militar de la fortaleza que mediante sucesivas obras de embellecimiento y ampliación se iba transformando en un recinto palacial, estaba justificada la construcción espontánea de un arrabal de grandes
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dimensiones en el espacio ubicado entre las murallas, el alcázar y el río. De que no es una operación sometida a un diseño preestablecido, da fe la irregularidad de las construcciones localizadas bajo la Catedral, el Archivo de Indias y el Alcázar occidental. Pero esto no es diferente a lo que se observa en el resto de la ciudad, ni de lo que se aprecia en otras ciudades islámicas peninsulares de origen romano en los estadios previos a la saturación.
- El encauzamiento definitivo del río en su lecho actual durante el siglo XII permitió ganar para la ciudad un espacio de varias hectáreas habilitado institucionalmente por los almohades. Distintas reformas en este período adecuaron el urbanismo al nuevo límite con el río-puerto y a la nueva jerarquía de la ciudad, erigiéndose los distintos recintos como núcleos representativos y religiosos de la capitalidad. La consecuencia de ser el lugar elegido para la orga- nización del poder local y territorial fue la destrucción del primitivo arrabal para levantar una alcazaba, que en un siglo pasó de dos a diecisiete hectáreas, al tiempo que se reorganizó el puerto en sus inmediaciones.
El programa constructivo de mayor envergadura se desarrolló bajo el mandato de los califas almohades Abu Yaqub Yusuf y Abu Yusuf Yaqub entre los años 1150 y 1199, cuando Sevilla fue la capital de al-Andalus. Las cróni- cas de Ibn Sabih al Sala describen la ejecución de importantes obras públicas como la renovación de murallas, mezquitas y mercados, y la construcción de barrios extramuros y de nuevas infraestructuras.
Además de la muralla urbana, que permaneció prácticamente inalterada entre los siglos XII y XIX, en el interior de la ciudad otras defensas articulaban ámbitos diferentes constituidos por amurallamientos propios e independientes desarrollados en este período:
- La puerta primitiva del Alcázar y los lienzos de la muralla del Agua y septentrional. Insertos actualmente en un entorno urbano envolvente y sinuoso que dificulta su comprensión, es difícil captar el volumen y la entidad militar de lienzos, torres, adarves, antemuros, corachas y puertas que se mantienen en pie en el centro monumental, desde la Giralda a la Torre de Oro. La confusión todavía es mayor, ya que solo es visitable una parte de la que fuera alcazaba almohade, lo cual provoca una disociación entre el monumento turístico y las estructuras militares circundantes, descontextualizadas y atrapadas por un caserío que las fagocita y anula visualmente. No es fácil a día de hoy comprender la vinculación de la Torre del Oro con el sistema defensivo islámico para el que fueron creadas. Las torres de la Plata y de Abdel Aziz, las murallas del Cabildo o de Santo Tomás, la Puerta de la Judería, el Arquillo de la Plata, etc. son elementos de ese sistema que difícilmente se asocian al alcázar.
- El Castillo de San Jorge. Al igual que la Torre del Oro defendía la comunicación por el río, en su caso entre Se- villa y el Aljarafe. Su edificación se inició en 1171 y se mantuvo en uso tras la conquista castellana. El conjunto defensivo estaba formado por el propio castillo –cuya muralla contó con diez torres–, un foso y una barbacana.
Vista de la ciudad desde las cubiertas de la Catedral. En primer plano el Palacio Arzobispal y los Reales Alcázares, al fondo las torres de la Plaza de España. Autora: Isabel Dugo Cobacho.
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Finalizada la construcción de la muralla, el califa Abu Yaqub Yusuf ordenó reconstruir los caños de Carmona. Ibn Sahib al-Sala explica que al exterior de la Puerta de Carmona y a lo largo del camino que comunicaba ambas ciudades existían huellas de una antigua acequia, probablemente relacionada con el acueducto romano y con las conducciones que el emir al-Mu`minin se cuidó de instalar para regar las plantaciones del Palacio de la Buhayra. Los trabajos de ex- cavación de dicha acequia se prolongaron hasta alcanzar las cercanías del castillo de Yabir en Alcalá de Guadaíra, no más allá de la toma de agua localizada en la fuente de Santa Lucía. Desde este punto se condujeron las aguas hasta la Buhayra y al interior de la ciudad, ordenándose la construcción de un depósito en la calle mayor. Una vez recuperado, el acueducto recorría 17,2 km de distancia y su altura permitía el abastecimiento de casi la totalidad de la ciudad mu- rada con una pendiente suficiente como para llegar hasta el barrio de San Vicente. Solo quedaba fuera de suministro la zona más elevada de la ciudad. La conducción aportaba 5.000 m3 de agua potable al día.
La edificación de la nueva mezquita aljama (1172) conllevó el traslado del centro neurálgico hacia el extremo meridional de la ciudad, dejando la primitiva mezquita mayor de Ibn Adabbas como mezquita de barrio. El nuevo Alcázar tomó primacía frente a la Casa del Gobernador (Dar Al-Imara), los productos de lujo pasaron a venderse en el nuevo zoco, situado en la actual calle Hernando Colón, y el poder religioso residió en la recién construida mezquita mayor, cuyo alminar empezó a construirse en 1184.
En el solar donde se erigió la gran mezquita se hallaba uno de los arrabales identificados por Ibn`Abdún con el cementerio de Al Yabanna, el denominado “barrio de Ibn Jaldun” –localizado en las excavaciones de la “Acera de Levante”, bajo los pilares de la catedral y en la Puerta del Perdón– formado por viviendas de diferente calidad y orientación que respondían al modelo de crecimiento espontáneo habitual en tejidos urbanos en formación y que fue desapareciendo entre 1150 y 1172 a medida que avanzaban las obras del nuevo alcázar y de la mezquita. El área de la futura mezquita, ocupada por una serie de edificaciones denominadas por varios autores como “casas a la entrada de la Alcazaba”, reflejaría una realidad urbana irregular, complicada por el declive topográfico de su mitad occidental detectado en la excavación arqueológica del Pabellón de Oficinas de la Ca- tedral. Así, el paisaje urbano previo a la gran remodelación de Abu Ya’qub para construir la mezquita se caracterizaba por una urbanización ortogonal con orientaciones casi idénticas a las posteriores en toda la mitad oriental, mientras que al oeste y sur el fuerte declive impediría una ocupación al mismo grado. Las recientes intervenciones arqueológicas presentan una mezquita de enormes proporciones cuya mitad occidental estaba montada sobre una plataforma que regularizaba el declive abrupto de la ciudad antigua, con el fin de proporcionarle una base estable. Esta resolución de los problemas topográficos, junto a los sistemas defensivos empleados en su exterior –como el hecho de que la quibla estuviera flanqueada por una muralla–, es una peculiaridad presente en otras importantes mezquitas andalusíes como la de Córdoba o la de Madinat al-Zahra.
Según ha demostrado la intervención arqueológica en la Casa de Miguel de Mañara, en ese sector de la ciudad el urbanis- mo islámico se ha perpetuado en la arquitectura y el trazado de algunas de las calles actuales. Aunque el edificio actual se construyó sobre otro mudéjar, de la etapa islámica quedan las orientaciones principales, el límite de una de sus medianeras, el parcelario y el carácter distintivo que le aporta su condición de construcción relevante de la ulterior aljama judía. El edificio almohade, fechado en la segunda mitad del siglo XII, fue de grandes dimensiones –del que se rescataron varias estancias con zócalos pintados, patios secundarios y un gran patio con alberca central y pilares–, levantado sobre varias construccio- nes altomedievales. La abundancia de letrinas y la proximidad de esta construcción a una hipotética mezquita bajo la Iglesia de San Bartolomé la relacionan con un edificio de uso público asociado al culto islámico (escuela coránica o madraza).
Durante la capitalidad del imperio almohade se establecen dos puertos fluvio-marítimos: uno situado en la Barqueta, cuyos restos no conservados fueron registrados con motivo de las obras de remodelación de la calle Torneo; y otro en el Arenal, de mayor entidad y puerto principal de la ciudad, encabezado por la Torre del Oro como edificio defensivo y administrativo del comercio mercante. El desarrollo portuario condujo a la instalación de nuevos astilleros donde construir los navíos que partían de Sevilla. Para ello, según fuentes literarias, se levantó la atarazana almohade en un lugar próximo a la desemboca- dura del Tagarete en el Guadalquivir. Algunas de estas instalaciones y otras edificaciones posteriores han configurado en la actualidad un espacio patrimonial de origen medieval formado por un grupo de elementos dispares: hitos defensivos (Torre del Oro, Torre de la Plata y muralla) e hitos industriales (Atarazanas medievales y modernas).
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