(el gabinete económico en México en ios 80)i 0.0, quizá, se pueden reconci- liar por medio de un proceso informado de debate parlamentario y de nego- ciación de las élites inter-partido (como en Chile bajo la Concertación). Sin embargo, no es inusual, que aquellos con la necesaria autoridad política carezcan de la competencia técnica apropiada. (Por ejemplo, no existía con- vergencia de mentes entre el presidente Reagan y su director de Presupuesto, David Stockman). En el pasado, se han encontrado toda clase de combina- ciones híbridas e incluso la experiencia de las democracias capitalistas libe- rales más avanzadas nos dan pocas razones para dudar de que estas múlti- ples formas continuarán operando en el futuro. A veces, funcionan bien por un tiempo (el Presidente Fujimori y su Ministro de Economía, Carlos Bolo- ña); a veces fracasan (el Presidente Caldera y los tecnócratas venezolanos);
y a veces la apariencia de colaboración se demuestra que es engañosa (el Presidente Sarney y el Plan Cruzado). Indudablemente, los procesos secula- res recalcados en la teoría de la modernización son genuinos y poderosos.
Los niveles globales de educación están creciendo rápidamente y, más o menos, el estilo de vida y los valores de la «clase medía» continúan aumen- tando. Densas y superpuestas redes de competencia y conocimiento especia- lizado continúan desarrollándose, participando en las políticas públicas e impidiendo algunas formas de mala administración. Pero éstas son sólo afir- maciones sueltas acerca de la tendencia, lo que deja mucha esfera de acción para la perpetuación de los estilos heredados de gobierno. A pesar de los muchos cambios estructurales asociados con el fin de la guerra fría, ia tran- sición hacia la democracia, la liberalización de la economía y el creciente poder de la comunidad de los negocios, no existe verdaderamente ninguna evidencia concluyente de que los híbridos, potencialmente inestables y errá- ticos modelos de determinación de políticas han sido eliminados de América Latina contemporánea. Sin embargo, ¿cómo puede haber un triunfo «irrever- sible» de los tecnócratas (o incluso del conocimiento especializado, más ampliamente entendido), si muchos modelos tradicionales de determinación de políticas aún persisten?
un gobierno eficaz. Si el problema central que enfrenta una sociedad es la amenaza de la fiebre amarilla, entonces los que mejor saben cómo se propa- ga la enfermedad y cómo se puede combatir podrían contar con una irresisti- ble demanda por parte de los poderes públicos para derrotarla. Si el proble- ma central resulta ser la amenaza de la hiperinflación, una lógica similar podría facultar a los expertos en economía que sólo saben cómo restaurar la estabilidad monetaria. Pero existen dos limitaciones muy fuertes para el que obtiene el poder por este medio, incluso en las circunstancias más extremas.
La primera es que una vez que la «emergencia» ha pasado, otras fuentes de preocupación se situarán en el centro del debate público y no parece existir ninguna razón para suponer que el experto en el control de la enfermedad, también poseerá las habilidades especializadas para atacar dilemas no médi- cos. Asimismo, no parece existir ninguna buena razón para suponer que el experto en estabilización monetaria poseerá las habilidades requeridas para combatir, por ejemplo, la reaparición del cólera. Tipos particulares de exper- tos podrían, por consiguiente, disfrutar de breves períodos de concentración del poder, pero si mantienen sus promesas, minarán las condiciones de su preeminencia. Quedaría demostrado que son falsos expertos y perderían todo su poder, o quedaría demostrado que son verdaderos expertos que, habiendo superado una emergencia de política, se retiran del escenario cen- 50 tral para ocupar un papel en la vida pública sin duda honorable y duradero
pero también secundario. El verdadero conocimiento especializado llega a profesionalizarse, institucionalizarse y, por tanto, en cierto sentido incluso a despolitizarse, en la medida que la sociedad se mueve de la emergencia nacional a la administración de rutina. Al igual que Kathryn Sikkink ha argumentado persuasivamente respecto a la ideología del «desarrollismo», a menos que tales ideas se institucionalicen carecerán de poder y de una deta- llada capacidad para dar forma a la política pública en el largo plazo. Sin embargo, si efectivamente se institucionalizan también estarán sujetas a pro- cesos más amplios de negociación política o de dilución analítica.
Esto se relaciona con la segunda limitación. Cuando el conocimiento especializado es escaso, valioso y una fuente de poderío, estas recompensas atraerán nuevos flujos de entrada. Así pues, es probable que cuando el fenó- meno de escasez de personas con conocimiento se difunda en toda la socie- dad, los primeros tecnócratas se considerarán a sí mismos cada vez más importantes. Al contrario, para una comunidad de iguales más informada, podría disminuir la oportunidad para los especialistas de avanzar sobre la base del conocimiento especializado privilegiado. Los análisis de políticas más amplios y más «generalistas», por tanto, lo reafirmarán. La América
Latina de postguerra fría manifiesta un campo de características que se espe- ra que refuerce la autoridad de los generalistas políticos y que refrene la arrogancia de los expertos sin responsabilidades. Estas características inclu- yen la implantación de un gobierno constitucional; en un tiempo de disten- sión internacional y cooperación regional; tras el fracaso y el descrédito de diversas formas de ingeniería social autoritaria; y bajo condiciones de ade- lanto científico y educacional difundido por una creciente y asertiva clase media y el surgimiento de un estrato de jóvenes profesionales; todo reforza- do por un alto grado de libertad de los medios de difusión, al menos en com- paración con el pasado. Ciertamente, estas son condiciones que deberían, favorecer el surgimiento de un estrato de intermediarios políticos y empresa- rios capaces de asimilar el conocimiento especializado, sin ceder a sus dicta- dos, Se requerirán sus habilidades en la comunicación y se necesitará per- suasión para sintetizar y popularizar el válido discernimiento de los expertos. La calidad global de la determinación de las políticas públicas, por lo tanto, podría mejorar, en la medida que las hasta ahora formas esotéricas de conocimiento especializado sean incorporadas en la comprensión colecti- va de toda la comunidad.
Para mayor simplicidad, en este análisis se ha considerado como dado esta demanda de expertos por parte de las autoridades formales. En cual- quier proceso político real podemos esperar encontrar controversia sobre la validez y magnitud de tales necesidades. Los políticos inexpertos tendrán que formular juicios sobre a quién creer y, por lo tanto, cuánta autoridad delegar. Con frecuencia, estos juicios quedan abiertos por mucho tiempo.
Incluso existe la posibilidad de re-evaluaciones retrospectivas, como en el caso de México, después de la caída de ios Salinas. Aquí hay una razón adi- cional por la que un aparente «triunfo de los tecnócratas» puede, tan a menu- do, ser efímero. Así, por ejemplo, incluso con todo el refuerzo que ahora pueden obtener de la revigori2ada ciase empresarial de América Latina, los neoliberales de hoy en día, todavía parecen comprometidos en una campaña sin fin contra un conjunto de críticas que podría cambiar su forma pero nun- ca parecen desaparecer. Estas críticas nunca pueden eliminarse, en parte por- que los tecnócratas aislados característicamente se superan a sí mismos, pero más fundamentalmente porque los puntos de vista y los intereses que las crí- ticas representan se extienden más allá del alcance de cualquier forma de racionalidad burocrática.
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