iglesia Católica ofrecía \ma coherente visión del mundo y una imperiosa fuente de autoridad tradicional que resistió por largo tiempo hasta sus funda- mentos al republicanismo secular y al imperio de la razón. A los intelectua- les latinoamericanos, tanto a los que se oponían al clericalismo tradicional como a los que buscaban modernizarlo, se les pidió manejar asuntos funda- mentales no resueltos. No podían limitarse a áreas de competencia «especia- lizadas» o estrictamente «técnicas». Esto ayuda a explicar por qué, desde comienzos del siglo XX hasta la década de 1970, la religión secular del mar- xismo ascendió prominentemente como la más completa y coherente alter- nativa a la sumisión al clero. Finalmente, a medida que el estado moderno se consolidó, buscó «co-optar» esta «intelligentsia» republicana, dándole con- cesiones públicas y creando instituciones educativas y culturales que glorifi- caban sus esfuerzos intelectuales más ambiciosos, que se situaron más allá del alcance de la crítica (siempre que los beneficiarios, a su vez, se abstuvie- ran de criticar a los gobiernos de turno).
Probablemente, muchos de los lectores de esta publicación se identifica- rán con la consideración, más bien negativa de Main Touraine, relacionada con el intelectual latinoamericano politizado:
«Les intellectuels passent d'un ¡heme ideologique a un autre avec la plus grande facilité, de la modernisation á la dépendence, de l 'autoritarisme á la démocratie, sans permettre que les idees se transforment en pratiques et en formes d'action... Les modes successivespermettent la création de groups
nombreuses mais fragües d'intellectuels semi-professionels qui intervien- nent á lafois a un niveau tres general et dans des domaines qui exigeraient des professionels plus spécilisés. Ces intellectuels doctrinaires ont produit peu d'analyses politiques originales ou de travail professionel solide... les intellectuels apparaissentplutót dans les espaces laissés vide entre l'oligar- chie declinante et le pouvoir montant de VEiat et... iís prennent deux posi- tions principales: celle de professionels en particulier dans le domaine de l'éducation et des sciences sociales, et celle de radicaux d'extreme droite ou d'extreme gauche dont les idees ont unefaible capacité mobilisatrices... La faiblesse des intellectuels doctrinaires est d'autant plus visibles que, plus
récemment, et en particulier sous les dictatures militaires, s'est constituée, face a la persecution, une catégorie d'intellectuels toutáfait dijjérente de
la precedente, dont la qualitéprofessionelle s'eleve rapidement, et a sou- vent attent le meüleur niveau international Ces intellectuels proposent des analyses genérales qui vonl bien au-déld des interprétations doctrinaires»1.
Para nuestros propósitos, el punto más importante aquí es el cambio que Touraine detecta respecto de lo que él caracteriza como teorizar impráctico («doctrinaire»), a los análisis políticos más eficaces y bien fundamentados que continúan siendo generales en alcance y amplios en sus implicaciones (es decir, no «sólo» técnicos).
Todo esto se encuentra, por supuesto, a un nivel muy alto de generaliza- ción mientras que la realidad permanece en su base no sólo sumamente heterogénea, si no también híbrida. Después de todo, Abimael Guzmán sólo fue capturado hace cuatro años, y el sub-comandante Marcos aún podría jugar un importante papel en el desarrollo de la política mexicana. No obs- tante, se puede argumentar fuertemente que en la América Latina de la postguerra fría, democrática e internacionalmente liberal, la política del conocimiento especializado está siendo rápida e irreversiblemente transfor- mada. El resto de este trabajo consiste en desarrollar este argumento, repa-
7 ALAIN TOURAINE, La Parole etLe Sang, págs. 138/9.
sar algunas de las objeciones más pertinentes al mismo y analizar unos pocos casos contemporáneos que se pueden utilizar como «verificación de la realidad» en el debate.
El contraste entre la América Latina del período de guerra fría y postgue- rra fría proporciona el mejor punto de partida para la exigencia de transfor- mación irreversible. Como consecuencia de la Revolución Cubana, los temas fundamentales de la filosofía e identidad política se situaron en ei escenario central durante un considerable período de tiempo (aproximada- mente los sesenta y setenta). Fidel Castro nunca adquirió un área específica de especialización y nunca permitió que los expertos proliferaran a su alre- dedor, los cuales podían entorpecer su estilo de gobernar. (El general Arnal- do Ochoa parece haber dado señales de intentar desarrollar tal clase de potencial, en 1989, antes de que se le ofreciera un simulacro de juicio y lue- go fuese fusilado). Los sandinístas eran prácticamente aficionados respecto de la gestión administrativa. Los sacerdotes y los poetas eran muy valora- dos, no así los contadores ni los administradores. Ni Allende ni Velasco prestaron mucha atención a la política del conocimiento especializado.
Todos estaban comprometidos en esfuerzos voluntaristas de transformación social y, por tanto, valoraban el compromiso con este ideal normativo por encima de la formación especializada y el know-how.
Pero este síndrome no sólo apareció en la izquierda radical. Cuando estu- dié brevemente los falangistas de Bolivia de la década de 1970, me impre- sionó descubrir que eran menos flexibles y estaban menos orientados hacia la realidad que los marxistas utópicos a los cuales se oponían. En forma más general, la Doctrina de la Seguridad Nacional de los 70, dependía fuerte- mente del compromiso ideológico que a menudo coexistía, desasosegada- mente, con la competencia técnica. (Esta es la principal razón por la que no resistieron... la amenaza marxista disolvía sus asuntos y las élites aliadas se dirigían a otros lugares para gobernar en forma eficaz). En Argentina, por ejemplo, la guerra sucia produjo un proceso sistemático de selección negati- va dentro de las Fuerzas Armadas culminando con el general Galtieri, quizá el líder militar menos experto que se podría esperar rector.
Incluso en los sitios donde se evitó tal polarización, a menudo existía una ardua lucha por consolidar los «focos de competencia» en limitadas áreas del aparato estatal. Los Bancos Centrales y los Ministerios de Asuntos Exte- riores, quizá debido a sus funciones especializadas como enlaces con el mundo exterior, tenían más probabilidades de promover la especialización profesional que la mayor parte de las instituciones políticas, pero con fre- cuencia se trataba de enclaves con poco efecto indirecto sobre los sistemas
políticos considerados en su totalidad. Es verdad que, la economía profesio- nal estaba en ascenso, pero al principio ésta se manifestó a sí misma en cen- tros académicos especializados y en centros de investigación (y en las insti- tuciones financieras internacionales) y no en la política nacional Muchos gobiernos continuaron operando con un nivel relativamente bajo de especia- lización económica hasta la crisis de la deuda.
Durante los 80, sin embargo, se volvió progresivamente más evidente que el bloque soviético no ofrecía ningún modelo alternativo al capitalismo liberal en América Latina y, efectivamente, que el socialismo ya no consti- tuía una amenaza para el orden establecido. Debido a la repercusión de la prolongada crisis de la deuda, también fue más evidente que América Latina se vería forzada a ajustarse a los requerimientos del mundo exterior, y no al contrario. Esto indudablemente exageró el valor y poder político de los que fueron considerados competentes para diseñar y manejar los ajustes necesa- rios. Al mismo tiempo, el establecimiento —o restablecimiento— de regí- menes democráticos (normalmente frágiles), trasladó el eje del debate políti- co —de los temas fundamentales a los cuales los intelectuales tradicionalmente conferían su autoridad— a la resolución de interrogantes sobre políticas más específicas de importancia directa para un electorado masivo, interrogantes habitualmente abandonadas por los teóricos orientados hacia la «doctrina», aunque no necesariamente más allá de la esfera de una generación más joven de reformadores con influencia occidental (a menudo educados en Estados Unidos). En el clima internacional de acelerada libera- lización económica tras el fin de la guerra fría, el conocimiento especializa- do en comercio exterior, finanzas, tecnología y el funcionamiento de las modernas economías de mercado adquirieron un valor cada'vez mayor. Del mismo modo, en un clima de austeridad fiscal, «contracción del estado» y repliegue de formulas universales para proporcionar bienestar, el conoci- miento especializado en regulación socioeconómica, en temas sindicales y organización estatal de la salud, en educación, etc, perdieron valor. Asimis- mo, al conocimiento militar especializado se le asignó un grado más bajo y el periodismo, en cambio, ganó terreno. En consecuencia, nuevos canales de formación profesional especializada y contratación saltaron al primer plano, al mismo tiempo que algunos antiguos canales establecidos lucharon por adaptarse (compárese por ejemplo UNAM versus ITAM como fuentes riva- les de especialización económica).
En resumen, el argumento de un cambio irreversible en la formación especializada de la élite política y la contratación, descansa en las suposicio- nes de que i) los debates sobre los temas fundamentales de la era de la gue-
rra fría se han resuelto en forma más permanente ii) las frágiles democracias de la región están, si no en camino a la consolidación, por lo menos razona- blemente aseguradas contra el fracaso y iii) la orientación internacional del nuevo modelo económico permanecerá. Si estas suposiciones son válidas, entonces, con el paso del tiempo los vestigios de la vieja política generalista y doctrinal bien podría difuminarse gradualmente y una sociedad civil más educada, articulada y cohesionada quizá podría progresivamente exigir más competencia y un eficaz servicio de entrega por parte de sus líderes políticos y burocráticos8.
Habiendo expuesto el argumento, sin reservas, me gustaría repasar ahora en forma breve algunas de las principales objeciones a éste. Mi propósito no es rechazar el argumento sino sólo sondear algunas de sus limitaciones. Sólo el tiempo dirá si aprehende en su totalidad las dinámicas sociales subyacen- tes de la región. Mi hipótesis es que es un argumento suficientemente válido como para trabajar en por lo menos algunos de los escenarios más favora- bles. Pero deberíamos estar alerta a los contra-argumentos.
Si aceptamos como verdadero que ha habido un «eclipse» de los «temas fundamentales» de políticas en la América Latina contemporánea, este acon- tecimiento astronómico ha sido indiscutiblemente parcial y no total, Existe todavía por lo menos una utopía no alcanzada por la cual luchar, la visión de una economía de mercado democrática totalmente consolidada basada en el papel de la ley y compatible con la justicia social elemental Si esto se logra- ra en América Latina (es decir, hasta un punto tal como lo ha sido en Europa occidental), entonces la política podría convertirse sólo en un asunto «técni- co» para mantener el orden establecido en buen estado. Pero en todos los países de la región se está actualmente tan lejos de su logro que, para lograr- lo, se necesita mucho más que una mera competencia administrativa o técni- ca. Cierto es que, al menos por el momento, los proyectos alternativos de temas fundamentales actualmente brillan por su ausencia. Como resultado, incluso los intelectuales «doctrinales» se concentran principalmente en pro- poner interpretaciones que rivalizan en la misma visión básica. Sin embargo, el.conflicto entre estas interpretaciones que rivalizan continúa siendo alta- mente perturbador. Y los fracasos del capitalismo liberal «realmente existen- te», si bien quizá menos agudo que los del socialismo «realmente existente»
de hace una década, son suficientemente serios como para plantear dudas de
8 Para ser más justo con el argumento, he habiado acerca de la «sociedad civil» como un todo, aunque en una lectura más crítica el mismo caso podría establecerse en términos de los requerimientos de una comunidad de negocios privada/clase capitalista progresivamente autónoma y hegemónica.
si «el fin de la historia» verdaderamente se ha iniciado incluso en las socie- dades de mercado más avanzadas. Por tanto, el renacimiento de utopías alternativas latinoamericanas, no se puede descartar completamente para un futuro iridefindo. La política de «temas fundacionales» puede estar inactiva pero todavía no ha muerto. (La continuada prominencia en la vida pública de muchos que siguieron sus carreras haciendo campaña por utopías alterna- tivas —desde Fidel Castro a Augusto Pmoehet, o desde Cuauhtémoc Cárde- nas a Roberto Campos— refuerza mi presentimiento de que tales disputas aún podrían ser reactivadas). Hasta ahora el argumento más fuerte para la
«irreversibiiidad» ha sido la iñcapacidasd de los críticos del emergente modelo político-económico, para formular una coherente y funcional alter- nativa, o demostrar cualquier éxito fuera del esquema conceptual del merca- do liberal. Probablemente, este hecho seguirá siendo el obstáculo más formi- dable para la reactivación de disputas sobre temas fundacionales en la política de América Latina pero no es completamente concluyente. La conti- nua exclusión social y considerable desigualdad e inseguridad personal podrían proporcionar una gran base social para perspectivas alternativas, incluso si los líderes políticos se muestran incapaces de articular programas con esos componentes. (El surgimiento del protestantismo evangélico pare- ce, en parte, reflejar tales aspiraciones insatisfechas). Algún día, en algún lugar podría presentarse un modelo alternativo semi creíble.
En todo caso deberíamos tener precauciones contra tal severa dicotomía entre la política «doctrinal» del pasado y la política «profesional» del pre- sente y del futuro. La realidad ha sido, es, y parece probable que siga siendo sustancialmente híbrida. Esto no quiere decir que nada esté cambiando sino sólo que deberíamos preocuparnos más de asuntos de equilibrio y propor- ción que de oposiciones binarias.
Una continua línea de interpretación a través de mi capítulo sobre la his- toria de Bolivía desde 1930, es la evolución de la carrera de Víctor Paz Estenssoro. Citando artículos que escribió en 1930, donde destacaba la pre- eminencia de los fenómenos económicos (que en la realidad y más allá de las causas aparentes, regulan la vida de las naciones), lo he calificado como
«el primer tecnócrata de Bolivia»9. Posteriormente, seguí su carrera como Ministro de Hacienda en 1945; como líder del MNR (el partido que prota-
gonizó la revolución social de 1952); como autor intelectual del plan de estabilización de 1956 (aunque él hizo que la responsabilidad para bien o
9 LAURENCE WHITEHEAD, «Bolivia since 1930», The Cambridge History of Latin America, Vol.VIII, 1991, p. 512
para mal recayera sobre un asesor extranjero George Jackson Eder, espe- cialmente contratado para ello y supuestamente técnico pero de hecho alta- mente doctrinario); y finalmente como el líder capaz de lograr una contra revolución neoliberal en el manejo de los asuntos económicos de Bolivia (el «tratamiento de shock» de 1985, que incrementó significativamente la reputación de Jeffrey Sachs). En esta carrera encontramos una fuerte com- petencia técnica en el campo de la economía indisolublemente unida a la marcada habilidad de liderazgo político de tipo fundacional (revoluciona- rio-populista). Estos ingredientes aparentemente incompatibles han coexis- tido en su persona durante los últimos sesenta años. Calificar a Víctor Paz Estenssoro como un mero «tecnócrata» sería juzgar injustamete su impor- tancia histórica, pero subestimar su conocimiento especializado sería igual- mente errado...
Pero ¿es éste un caso único? Probablemente no. La carrera de Raúl Pre- bisch abarca aproximadamente el mismo período y exhibe características similares. Su autoridad como experto técnico se fusionó con su carisma como profeta de la transformación social. Además, desde los primeros años y al igual que Paz Estenssoro, Prebisch combinó la perspicacia con un know-how técnico. Importantes tramos de su carrera ya han sido analizados (por ejemplo, por Sikkink y Hodara). Sólo señalaré una anécdota que me contó sobre sus experiencias en el gobierno militar del general Justo a comienzos de la década de 1930. Llegó a la conclusión de que, como resul- tado de la depresión, sería necesario para Argentina introducir una nueva medida muy impopular, un impuesto sobre el ingreso y la renta. Pero ¿cómo podría explicar al ignorante presidente conservador que debía adoptar una innovación tan contraria a las preferencias de todos sus amigos en el Jockey Club? Ninguna ponencia técnica, ninguna prueba de cifras, ningún repaso de las experiencias internacionales, surtiría efecto. Lo que Prebisch tenía que hacer era presentarse al General como el más intachable servidor del orden establecido y persuadirlo de que era un deber patriótico pedir un sacrificio del pueblo, lo mismo que un oficial espera disciplina y abnegación de sus soldados en tiempos de conflicto armado. Cabe preguntarse si las actuales discusiones sobre política económica entre Cavallo y Menem tienen más contenido técnico que las que tenían las de Prebisch y Justo en 1933.
El punto más claramente ilustrado por esta anécdota es que las complejas reformas de políticas requieren tanto de una buena medida de competencia técnica como de aprobación política autorizada. A veces se pueden combi- nar las dos dentro de una sola personalidad (Paz Estenssoro en 1985). A veces pueden armonizarse dentro de una fuerte administración burocrática
(el gabinete económico en México en ios 80)i 0.0, quizá, se pueden reconci- liar por medio de un proceso informado de debate parlamentario y de nego- ciación de las élites inter-partido (como en Chile bajo la Concertación). Sin embargo, no es inusual, que aquellos con la necesaria autoridad política carezcan de la competencia técnica apropiada. (Por ejemplo, no existía con- vergencia de mentes entre el presidente Reagan y su director de Presupuesto, David Stockman). En el pasado, se han encontrado toda clase de combina- ciones híbridas e incluso la experiencia de las democracias capitalistas libe- rales más avanzadas nos dan pocas razones para dudar de que estas múlti- ples formas continuarán operando en el futuro. A veces, funcionan bien por un tiempo (el Presidente Fujimori y su Ministro de Economía, Carlos Bolo- ña); a veces fracasan (el Presidente Caldera y los tecnócratas venezolanos);
y a veces la apariencia de colaboración se demuestra que es engañosa (el Presidente Sarney y el Plan Cruzado). Indudablemente, los procesos secula- res recalcados en la teoría de la modernización son genuinos y poderosos.
Los niveles globales de educación están creciendo rápidamente y, más o menos, el estilo de vida y los valores de la «clase medía» continúan aumen- tando. Densas y superpuestas redes de competencia y conocimiento especia- lizado continúan desarrollándose, participando en las políticas públicas e impidiendo algunas formas de mala administración. Pero éstas son sólo afir- maciones sueltas acerca de la tendencia, lo que deja mucha esfera de acción para la perpetuación de los estilos heredados de gobierno. A pesar de los muchos cambios estructurales asociados con el fin de la guerra fría, ia tran- sición hacia la democracia, la liberalización de la economía y el creciente poder de la comunidad de los negocios, no existe verdaderamente ninguna evidencia concluyente de que los híbridos, potencialmente inestables y errá- ticos modelos de determinación de políticas han sido eliminados de América Latina contemporánea. Sin embargo, ¿cómo puede haber un triunfo «irrever- sible» de los tecnócratas (o incluso del conocimiento especializado, más ampliamente entendido), si muchos modelos tradicionales de determinación de políticas aún persisten?