Resumen
CAPÍTULO 2. FORMACIÓN INICIAL Y PERMANENTE DE DOCENTES EN EDUCACIÓN SECUNDARIA BASADO EN
2.1. La función docente en Educación Secundaria
2.1.3. Fases de formación y desarrollo docente
2.1.3.2. El desarrollo profesional de los docentes de Educación Secundaria Secundaria
de Universidades, en la que se estructuran los estudios universitarios en tres ciclos:
Grado, Máster y Doctorado; desarrollada en el Decreto 1393/2007 de 29 de octubre, de ordenación de las enseñanzas universitarias oficiales.
En definitiva, se muestra la necesidad de incorporar la formación de docentes de Educación Secundaria, con un nuevo título universitario que desarrolla un conjunto de competencias de grado superior de mayor calidad (Real Decreto 1027/2011, de 15 de julio, por el que se establece el Marco Español de Cualificaciones para la Educación Superior, en el nivel 3 para el grado de Máster) como es el Máster oficial, que actualmente se está desarrollando en las universidades españolas (Consejo Escolar del Estado, MEC, 2010).
Este nuevo título universitario, que nació con la pretensión de formar a docentes más cualificados y preparados, se regula, en un primer momento, mediante la Orden Ministerial ECI/3858/2007, de 27 de diciembre, en la cual se señala el Plan de Estudios de 60 créditos europeos divididos por módulos: a. genérico (12 créditos), específico (24 créditos) y practicum (16 créditos). Estos módulos promueven la adquisición de una serie de competencias (en las que nos centraremos en el segundo apartado de este capítulo) que faciliten a los futuros docentes su inclusión en el sistema educativo. Entre las que se encuentran las facilitadoras de la convivencia en las aulas, para ayudar a los docentes a desarrollarla de manera adecuada y actuar ante aquellas situaciones que le resulten “difíciles”.
2.1.3.2. El desarrollo profesional de los docentes de Educación
secundaria
actualización (Miranda, Rivera, Salinas, y Muñoz, 2010; González Sanmamed, 2009;
Imbernón, 2007; Bolívar, 2007; Fernández Cruz, 2006; Moral, 1998), hace referencia a:
“Un proceso que puede ser individual o colectivo, y que opera a través de experiencias de diversa índole, tanto formales como informales, contextualizadas en las escuela. (…) Es ante todo aprendizaje, que debe brindar una oportunidad a los profesores para transferir los nuevos aprendizajes (conocimientos y habilidades) a situaciones de práctica, de forma que den respuesta a las demandas”.
(Marcelo y Vaillant, 2009, p. 75)
Cuando hablamos de desarrollo profesional, nos referimos a un concepto amplio que comprende tanto procesos diferenciados de formación continua, como todas aquellas experiencias y factores referentes a: el salario, la demanda laboral, el clima laboral y social de los centros, la promoción dentro de la profesión, las estructuras jerárquicas, la carrera docente, el periodo vacacional, relaciones con las familias, etc. (Imbernón, 2002); que hacen “crecer” al profesorado, configurando una función completa que le permite transferir sus aprendizajes, valores, creencias, etc., al resto de colectivo educativo vinculado a él. Por su parte, la formación continua, configura uno de los momentos puntuales en los cuales el docente decide formar parte de un procedimiento consciente de aprendizaje, que potenciará e influirá en su desarrollo profesional.
A su vez, este proceso debe integrar la capacidad de indagación sobre el contexto de trabajo, la clase, con intención de identificar necesidades, buscando soluciones, para posteriormente incorporarlas al aula. Comprende una transformación paulatina que comienza a lo largo de la formación inicial, con la indagación al margen de la formación reglada, continuando durante la vida ocupacional (Fernández Cruz, 2006). Es decir, ante las carencias que se observen en y para el desempeño de la profesión, ser capaz de buscar las respuestas de manera autónoma.
La importancia del desarrollo profesional radica en la necesidad de reflexión sobre la práctica y el trabajo colaborativo, tanto para el intercambio de experiencias, como para provocar procesos de comunicación (Imbernón, 1998).
Teniendo en cuenta que, no siempre la reflexión y el trabajo colaborativo han marcado el desarrollo de esta etapa, consideramos importante conocer su evolución histórica y para ello diferenciamos cuatro momentos (Imbernón, 2007):
1. Inicios del desarrollo profesional docente. Hasta 1970.
El primer momento reseñable se establece en 1970. Coincide con la institucionalización de la formación inicial para el colectivo de docentes de Educación Secundaria en España, y el estudio de las actitudes de los docentes en los programas de formación permanente. La característica definitoria de este momento se plantea con un desarrollo individual que implica la búsqueda de satisfacción de necesidades propias mediante cursos, jornadas, revistas científicas, etc. En definitiva, cada profesor es autónomo tanto en la elección del tipo de formación, como en la forma de dar respuesta a sus inquietudes.
2. Desarrollo profesional enmarcado en el contexto universitario. Años 80.
La institución universitaria crea programas específicos para dar soluciones teóricas a todos los posibles problemas que puedan surgir en la función docente. Es un modelo conductista, con una perspectiva técnica, que establece la observación y evaluación para el desarrollo profesional docente, desde el individualismo.
3. Modelos de desarrollo alternativos. Años 90.
La consolidación de los centros de formación de profesores en activo impulsa diferentes tipos de formación para el desarrollo docente, entre las que se destacan los seminarios, encuentros docentes y congresos. Todas ellas demandan un rol activo del docente, quien es transmisor y receptor de experiencias para la mejora de su función.
El modelo se orienta hacia la colaboración, como herramienta fundamental de mejora (un ejemplo de este modelo lo encontramos en las Comunidades de Aprendizaje, en comunidades como Andalucía y Cataluña).
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4. Búsqueda de modelos alternativos. Años 2000 hasta la actualidad.
La reflexión en la práctica es el punto fundamental para el desarrollo docente en estos momentos. Ante esta realidad nacen los proyectos de innovación docente con la intención de mejorar desde el propio contexto de trabajo. Prima la colaboración docente, a la vez que la relación personal y comunicación como elementos para potenciar su desarrollo profesional (en Andalucía Comunidades de Aprendizaje, etc.).
En conclusión, la realidad del desarrollo profesional se traduce en la necesidad para los docentes de impulsar y que se les impulse su proceso formativo en aras de intervenir sobre sus inquietudes y las del contexto en el que se sitúan, y así conseguir una mejora de la escuela y de sus propias competencias (Barrio, 1998; Day, 2011).
El impulso de este proceso no tiene sentido si el profesorado no se involucra en el mismo. Por ello, es importante que se plantee desde las necesidades personales y colectivas, a la vez que, desde la mejora del grupo de estudiantes (Imbernón, 2007).
No solo estos aspectos intervendrán en la mejora del desarrollo eficaz de los docentes, lo que nos lleva a detenernos tanto en los elementos que posibilitarán el desarrollo como aquellos que dificultarán su avance.
a. Criterios de intervención en el desarrollo profesional docente
La calidad del desarrollo profesional se configura a partir de los condicionantes del mismo; por lo tanto, no es válida cualquier actividad formativa que busque un perfeccionamiento de la función docente, sino que es importante tener en cuenta una serie de variables que influirán positivamente; a la vez que, debemos evitar aquellas que dificultan el propósito de aprendizaje y mejora de la profesión.
En un primer momento, queremos resaltar aquellos aspectos positivos que se han de considerar al programar una actividad cuya finalidad sea el desarrollo profesional del profesorado.
La primera de las características a tener en cuenta es la contextualización (Barrio, 1998; Gimeno 1983; Imbernón, 2007, 1998; Miranda, Rivera, Salinas y Muñoz,
2010), tanto desde el punto de vista de la institución escolar y contexto social en el que se integra, como el establecimiento de una unión entre los conceptos teóricos y la realidad práctica.
Otro de los aspectos a considerar es el clima de colaboración (Imbernón, 2007 y Perrenoud, 2004) que se fomenta mediante el trabajo colectivo de los profesionales de la educación. Esta característica impulsa la necesidad de intercambio de opiniones que facilita la reflexión (Barrio, 1998), siendo ésta una variable importante en el desarrollo profesional. Ambas propiedades, motivan una tercera, la discusión (Barrio, 1998), que se enriquece si contamos con diversidad docente (Imbernón, 2007) y contribuye a la mejora del proceso de desarrollo profesional al poder intercambiar opiniones con profesionales de otras disciplinas.
Por otro lado, es significativa la duración del proceso, que debe ser prolongada en el tiempo (Miranda, Rivera, Salinas y Muñoz, 2010), otorgándole consistencia, a la vez que, posibilidad de mejora a través del ensayo en la práctica. Lo que supone una organización mínimamente estable y la integración de los docentes en el proceso (Imbernón, 2007; Perrenoud, 2004) en aras de incorporar y dar respuesta a todas aquellas cuestiones que se planteen tras la implementación en el centro y la integración de los docentes para satisfacer sus necesidades reales.
A su vez, un pilar importante del desarrollo profesional es el centro educativo, nos referimos a incorporar como base del aprendizaje la propia institución, teniendo en cuenta, que los docentes deben identificar sus propias necesidades de aprendizaje y vincularlas con el aprendizaje de los estudiantes (Hawley y Valli, 1998).
Por último, el apoyo externo (Imbernón, 2007) es otra de las características positivas, el trabajo con especialistas que asesoren a los docentes en diversas temáticas, al facilitarles instrumentos y competencias que les permitan ser autónomos (Gismeno, 1983).
En segundo lugar, nos centramos en los obstáculos que dificultan el desarrollo profesional, en aras de evitarlos y/o corregirlos. Tomamos como referencia a Imbernón (2007) para elaborar esta delimitación. El primero de ellos, es la falta de coordinación
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entre la etapa de desarrollo inicial y la de desarrollo profesional. La falta de coordinación entre ambas conlleva, en ocasiones, a la repetición de contenidos ya adquiridos olvidando las necesidades reales. La falta de coordinación entre el centro educativo y los servicios encargados de la formación implica un valor mayor de la cantidad que de la calidad, al no tener en cuenta, nuevamente las necesidades reales.
El segundo de los aspectos a evitar, son los discursos teóricos, que suponen una transmisión de conocimientos sin aplicación práctica. Por último, hay que evitar que los docentes participen en actividades formativas con el único fin de una mejora salarial o para promocionar en su puesto de trabajo (motivación extrínseca), hay que mostrarles que este proceso se desarrolla con el objetivo singular de que mejore su práctica educativa (motivación intrínseca).
En definitiva, el desarrollo profesional docente debe ser visto como una necesidad por los propios docentes, ha de ser contextualizado, a la vez que debe integrar a los docentes en el proceso de mejora. No olvidando que si no existe una coordinación real, una implicación docente y acciones prácticas, la intervención no será eficaz.
b. Estructura del desarrollo profesional docente
La organización de esta etapa formativa se ha visto configurada por modelos heterogéneos de desarrollo, promovidos, en muchas ocasiones, por las necesidades sociales del momento o corriente pedagógica predominante. Motivando, a su vez, contenidos formativos acordes a las necesidades cambiantes de la población en formación y llegando a la constitución de centros específicos para el desarrollo profesional docente, con la intención de poder atender como se merece a este colectivo.
b1. Modelos de desarrollo profesional
El desarrollo profesional docente se organiza con criterios dispares, según el fin que persiga. Esta situación refleja la delimitación de clasificaciones diferentes dependiendo del autor que consideremos. No podemos pensar que las categorías son excluyentes, ya que suponen aspectos concluyentes para la realidad de la formación
docente, lo que nos lleva a atender estas propuestas, elaborando una categorización propia para poder recogerlas en su conjunto.
Clasificación de modelos de desarrollo profesional atendiendo a:
1. Actividad formativa: en este primer grupo se integran los modelos que hacen referencia a la “forma” de la actividad. Teniendo en cuenta las aportaciones de Barrio (1998) y OCDE-CERI (1985) se diferencian los siguientes:
a. Seminario de elaboración de:
i. Materiales ii. Proyectos b. Cursos:
i. De divulgación ii. Prácticos iii. De formación
c. Jornadas y encuentros científico-experienciales d. Conferencia
e. Intercambio y experiencias formativas
2. Proceso: esta organización comprende el trabajo del docente para formarse.
Fernández Cruz (2006), Imbernón (2007), Marcelo (1994), Martínez Bonafé (2010) y Moral (1998), señalan algunos de los modelos que incorporamos en esta clasificación basado en la:
a. Reflexión
b. Investigación o indagación c. Observación-evaluación
3. Interacción de los implicados: los participantes en un proceso formativo pueden necesitar de una organización interdependiente o independiente para llegar al fin formativo. Las aportaciones en las cuales nos apoyamos para esta categorización son de nuevo Fernández Cruz (2006), Imbernón (2007), Marcelo (1994), Martínez Bonafé (2010) y Moral (1998):
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a. Formación autónoma
b. Formación cooperativa o colaborativa c. Comunidad formativa
d. Comunidad de aprendizaje
4. Contenidos: el elemento que constituye el punto principal de trabajo supone una clasificación en sí misma, de acuerdo con Ferry (1991), señalamos:
a. Las adquisiciones como elemento formativo principal b. El proceso como itinerario de formación
c. El análisis de experiencias para la formación
5. Contexto formativo: la formación puede suponer una necesidad del propio centro o una propuesta externa, lo que diferencia el contexto de acción, estableciéndose dos categorías diferentes (Fernández Cruz, 2006; Imbernón, 2007; Martínez Bonafé, 2010; Moral, 1998):
a. Modelos centros en la escuela b. Modelos externos a la escuela
La diferenciación de los modelos no integra una línea divisoria tan clara como hemos definido anteriormente; sino que, supone matices intermedios entre unos y otros. Existiendo cursos centrados en la escuela de corte colaborativo, pero también autónomos, siendo lógico encontrar elementos comunes y opuestos en la práctica.
b2. Contenidos formativos
Los contenidos que se integran son independientes del modelo que se implementa. No obstante, deben atender a las necesidades reales de los docentes.
Concretamente, resaltamos lo siguientes grandes bloques de formación: el desarrollo emocional, la comunicación efectiva, convivencia en las instituciones, fracaso escolar, metodologías diferenciadas de acuerdo con el grupo, actuaciones prácticas para desarrollo de las disciplinas, metodologías de enseñanza prácticas; detección de necesidades y atención a necesidades diversas (Keplen, 1999; Miranda, Rivera, Salinas y Muñoz, 2010; Imbernón, 2007). Los temas señalados son una necesidad de los docentes del siglo XXI, motivados por los cambios sociales que plantean nuevas
inquietudes. Hemos de tener presente que los contenidos versan sobre la población de nuestros días, variando con las exigencias del entorno. Se dirigen al cambio de actitudes de los docentes y les permiten configurar intereses y necesidades comunes (Barrio, 1998), tanto para receptores, como motivadores del proceso de enseñanza- aprendizaje.
b3. Los Centros de Formación del Profesorado
La preocupación por el desarrollo del colectivo docente ha llevado a las administraciones (centrales, autonómicas y locales) junto a las Universidades al diseño e implementación de planes para la formación de estos profesionales (Imbernón, 1998).
Atender a la formación de los docentes en ejercicio fue una de las preocupaciones de la Ley Orgánica de Educación de 1970, en cuyo texto preliminar se establecía que los ICEs debían ocuparse de la formación permanente del profesorado.
Sin embargo, es en los años 80 cuando se crea una estructura propia cuya finalidad es el desarrollo profesional, es el nacimiento real de los Centros de Formación del Profesorado, que se regularán a través del RD 2112/84 de 14 de noviembre para la regulación y creación de los centros de profesores, potenciándose su desarrollo profesional mediante el intercambio de experiencias, desarrollo de procesos formativos cualificados, etc. (García Rojas, 2012).
En 1994, se da otro giro en esta institución mediante la Orden de 5 de mayo de 1994 que unifica los centros de formación del profesorado con los centros de recursos y servicios de apoyo escolar, motivando que los docentes sean quienes colaboren en su gestión y funcionamiento.
La importancia para el desarrollo profesional de los docentes se establece en las propias funciones de este Centro de Formación:
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"1. Actividades diseñadas para promover el perfeccionamiento del profesorado 2. Actividades que promueven el desarrollo curricular a nivel local
3. Servicios técnicos de apoyo para los centros
4. Servicios ofrecidos a los alumnos, familia y comunidad para apoyar el trabajo del profesorado"
(Imbernón, 1998, p. 112)
Del mismo modo, la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación, resalta la importancia del desarrollo profesional docente en su artículo 102, estableciendo que la formación permanente constituye un derecho y una obligación de todo el profesorado y una responsabilidad de las Administraciones educativas y de los propios centros. Reconociéndose la importancia de estas instituciones como centros en los que los profesores se ven apoyados para la satisfacción de sus necesidades, incluso como asociaciones a las que acudir para plasmar sus preocupaciones formativas. Por su parte, la Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la Mejora de la Calidad Educativa no recoge la formación permanente del profesorado, aludiendo únicamente en el artículo 111, que versa sobre las Tecnologías de la Información y Comunicación, la creación de un marco común de referencia de competencia digital que oriente la formación permanente del profesorado para el desarrollo de la cultura digital en el aula.
Para finalizar, matizamos que los cambios constantes propician nuevas alternativas formativas que perfilan características diferentes a las actuales. En una sociedad global, es comprensible que caminemos hacia un nuevo periodo histórico para el desarrollo profesional docente en el que intervendrán todos los agentes sociales con el fin del cambio social y educativo bajo una modalidad de trabajo centrada en proyectos de intervención social/comunitaria (Imbernón, 2007). Este objetivo es refundado por el Foro de Sevilla, El profesorado y su formación como actores necesarios y comprometidos con la educación pública (2014), donde se resalta la necesidad de colaboración entre administración educativa y Universidad con los docentes, potenciando practicas colaborativas en las que se integren diferentes
colectivos del ámbito educativo (por ejemplo: redes de colaboración, comunidades de práctica, proyectos de innovación, etc.).