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Discurso patriarcal del “Ser para los otros”

2.1 Marco teórico conceptual

2.3.5 Discurso patriarcal del “Ser para los otros”

El discurso patriarcal del “ser para los otros”, es la categoría central de la investigación, porque permitirá analizar cómo las mujeres se construyen a partir de los otros, siendo ellas las responsables de los cuidados de los demás.

“El ser para los otros”, es una categoría del feminismo de Franca Basaglia (1983), que plantea cómo las mujeres están construidas a partir de ser las cuidadoras de

los demás y estar en función de los otros. Es decir, se define a la mujer como reproductora de los otros y de sí misma en todos los órdenes de la vida, está constituida por los otros y perteneciente a ellos.

[…] Si la mujer es naturaleza, su historia, es su historia de su cuerpo, pero de un cuerpo de cual ella no es dueña, porque solo existe como objeto para otros, o en función de otros, en torno al cual se centra una vida que es la historia de una expropiación (Franca Basaglia (1983), en Lagarde, 2015: 25).

Es por eso que a las mujeres se les ha impuesto un deber ser en esta sociedad, en el cual deben estar al servicio y cuidado de los otros. Siendo su principal función, criar a los hijos, ser la servidumbre voluntaria de su familia o estar al servicio de los demás “La condición de la mujer es una creación histórica cuyo contenido es el conjunto de circunstancias, cualidades y características esenciales que definen a la mujer como ser social y cultural genérico: ser de y para los otros” (Lagarde, 2015: 33).

Los otros para las mujeres son hombres y mujeres con los que se relacionan esencialmente para existir y cuidar:

Las criaturas, los niños, los jóvenes, los adultos, los viejos y los ancianos, los enfermos y los minusválidos, los aptos, los desamparados y los muertos. Los otros son padres, sus conyugues, sus hijos, sus hermanos y los parientes de su esfera de vida. Pero los otros son también personas ajenas e incluso desconocidas para ellas, el requisito consiste en que cuiden de ellos de manera directa o por medio de sus cosas y que lo hagan física, afectiva, erótica o intelectualmente, en cualquier momento y circunstancia de la vida de ambos bajo las instituciones privadas y públicas, mediante pactos personales en el régimen del contrato y del salario o bajo la compulsión coercitiva, en la salud o en la enfermedad (Lagarde, 2015: 204).

Lagarde (2015) explica que la condición genérica de las mujeres es opresiva, porque se les ha tratado como personas inferiores, incapaces de sobrevivir por sí solas, ya que se le define a las mujeres como seres carentes de su propia vida, capaces de renunciar cuya actitud básica consiste en ser capaces de todo para consumar su entrega a los otros, e incapaces para automatizarse de ellos.

Es por ello que en familia la autoridad soberana es el padre y la madre se le hace creer que es la que reina como dueña y señora en la casa, por lo común tiene el tacto de anteponer la voluntad del padre; en los momentos importantes, exige, recompensa o castiga en su nombre, a través de él, (De Beauvoir, 2005).

Las mujeres viven en un sistema de control en cual están atrapadas, por el simple hecho de ser mujer en una sociedad que es dominada por los hombres. Lagarde (2015), ha llamado cautiverio a la expresión político-cultural de la condición genérica en el mundo patriarcal. Donde la mayoría de las mujeres asumen la vivencia del cautiverio con el significado de sufrimiento, conflictos, contrariedades y dolor, sin olvidar que también hay felices cautivas.

La mujer de acuerdo a su naturaleza, es sometida, dominada y considerada como inferior, en función de los hombres. Es por ello, que el sistema capitalista le ha otorgado, de acuerdo a su sexo, la función de reproducción:

La idea de naturaleza como paradigma legitimador servirá aquí para sancionar que el lugar de mujer siga siendo naturaleza, con las connotaciones que tenían en el primer sentido como aquello que debe ser dominado, controlado, domesticado. La mujer es ahora naturaleza

<<por naturaleza>>; es la naturaleza misma, el orden de la naturaleza de las cosas lo que la define como parte de la naturaleza. Así, para Rousseau, por naturaleza el hombre pertenece al mundo exterior y la mujer al interior encabalgando así en la dicotomía naturaleza cultural la dicotomía interior-exterior; que cobra especial relevancia en la sociedad burguesa capitalista. La función de las mujeres deberá estar siempre en función de la de los hombres (Amorós, 1991: 35).

El discurso de la mujer sobre su propia condición es el discurso del oprimido, es decir el discurso del otro, el que trabaja en función de los demás:

Simone De Beauvoir nos ha proporcionado excelentes análisis del carácter de la otredad propio de este discurso, el otro se identifica completamente con el discurso del oprimido. Al conocer el concepto inconsciente toda su relevancia e implicaciones, se produce un vicio teórico en el que respecta la comprensión de los mecanismos profundos que hacen posible la identificación del sexo deprimido con su propia alineación, del hecho de que el ser-para-otro protagonizado por la mitad de especie (Amorós, 19991: 59).

Por lo que, desde niñas a las mujeres se les reafirma su función en la sociedad patriarcal a partir del juego con la muñeca, la vida doméstica donde se le exige, que barra, limpie el polvo, pele legumbres y tubérculos, lave al recién nacido, vigile el puchero en particular a la hija mayor de la familia, se la asocia a menudo a las tareas maternales; sea por comodidad, sea por hostilidad y sadismo, la madre descarga sobre ella gran número de sus funciones; entonces la niña se ve precozmente integrada al universo de lo serio; el sentido de su importancia la ayudará a asumir su feminidad (De Beauvoir, 2005).

Lagarde (2015), plantea que las mujeres se hallan en cautiverios, el de la madresposa es construida por su sexualidad procreadora, su dependencia vital con los otros y por su conyugalidad; el de las putas, que se especializa social y culturalmente en la sexualidad prohibida, es decir en el erotismo del placer para otros; el de las monjas, siendo las madres universales que establecen el vínculo conyugal sublimado con el poder divino; el de las presas, que concretan la prisión genérica de todos, tanto material como en lo subjetivo; y por último, el de las locas que actúan la locura genérica de todas las mujeres, cuyo paradigma es la racionalidad masculina. Sin embargo, estas definiciones estereotipadas de las que habla la autora, giran en torno a los otros.

El cuerpo de las mujeres es un cuerpo sujeto y ellas encuentran fundamento a su sometimiento en sus cuerpos:

Foucault (1980:11:37) el cuerpo es un espacio político privilegiado. Más aun las mujeres, a diferencia de los hombres, son su cuerpo. Para Franca Basaglia (1983:35) el cuerpo femenino es la base para definir la condición de la mujer y la apreciación patriarcal dominante que la consideraba un don natural: el ser considerada cuerpo-para-otros, para entregarse al hombre o procrear ha impedido a la mujer ser considerada como sujeto histórico-social, ya que su subjetividad ha sido reducida y aprisionada dentro de una sexualidad esencialmente para otros, con la función específica de la reproducción (Lagarde, 2015:75).

El cuerpo de las mujeres es considerado como cuerpo para los otros, que abarca un territorio, de tal manera que Lagarde (2015) expone que a las mujeres se les considera que están corporalmente determinadas a la obligación social del trabajo

y el espacio doméstico. El cuerpo de la mujer, incluye también los cuerpos y las vidas de los hijos, del cónyuge, de las instituciones jurídicas y políticas, las concepciones mitológicas, filosóficas e ideológicas; que le dan nombre, le asignan funciones, obligaciones y le prohíben cosas que la sancionan o la castigan.

El cuerpo de la mujer siempre es un cuerpo ocupado, por todos los que lo ocupan y por ellas mismas “Así a lo largo del ciclo de la vida y no solo en el embarazo o durante el coito, sino permanentemente el cuerpo femenino es cuerpo ocupado.

Por ejemplo, el erotismo femenino no encuentra un camino recto entre el estímulo y la vivencia, está estructurado para requerir la mediación del otro, protagonista esencial para que la mujer concluya el proceso, que siempre consiste en la satisfacción del otro” (Lagarde, 2015: 178).

De Beauvoir (2005), explica que el acto sexual no pasa de ser un tranquilo placer profano, sino por el contrario, una vez casada la mujer su marido no le debe dar ya ninguna muestra de cariño en público, no debe tocarla y toda alusión a sus relaciones íntimas es sacrilegio. Por lo tanto, la mujer es la esencia de la madre y el coito se convierte en un acto sagrado y es a partir de entonces que se le rodea de prohibiciones y de precauciones.

Así mismo, De Beauvoir (2005), manifiesta que la virginidad solo tiene ese atractivo erótico sí se alía con la juventud; de lo contrario, el misterio se hace inquietante, muchos hombres de hoy experimentan una repulsión sexual ante virginidades demasiado prolongadas; no solo por razones psicológicas se considera a las solterona como matronas amargadas y malignas.

Las mujeres aparte de ser el erotismo femenino para los otros, también son la servidumbre voluntaria, donde simbólicamente se le atribuyen significados de acuerdo al terreno en el que vive. Lagarde (2015) señala que el cuerpo de la mujer no se agota en sus límites materiales, se extiende simbólicamente a las cazuelas, a los alimentos, a la cocina, a la casa. Es un espacio siempre dispuesto a cargar y a recibir al otro. Además señala que ni las actividades de la mujer son vistas

como trabajo, ni el sostén del hombre es visto como salario. La madresposa no es la asalariada sino es la mantenida y por tanto el conyugue ejerce formas de dominio sobre ella mediante el dinero.

El cuerpo femenino es la que carga al otro dentro y fuera de su cuerpo, de tal manera que lo cuida y protege toda su vida; también se convierte en la responsable y cuidadora de los enfermos:

La mujer también carga al enfermo que no se puede mover, lo ayuda a bañarse, a caminar, a sentarse, lo carga, lo limpia, lo viste; también, carga el cadáver lo arregla, lo limpia, lo peina, lo pone presentable, lo amortaja, dispone el despojo para la inexistencia. La mujer carga el cuerpo de los otros, desde su formación, hasta su muerte, lo cuida lo alimenta lo purifica, con su propio cuerpo (Lagarde ,2015: 293).