MERCADOS DE TRABAJO E INMIGRACIÓN EN ESPAÑA
3. TRABAJADORES INMIGRANTES EN LA HOSTELERÍA
3.5. Efectos socioeconómicos de la inmigración en el sector de hostelería
La información de que disponemos sobre el papel jugado por los trabajadores inmigrantes no comunitarios en el sector hostelero no permite formular conclusiones unívocas, puesto que existen distintas modalidades de inserción laboral de esa mano de obra. Es necesario distinguir, al menos, dos situaciones diferenciadas.
Por un lado, los grupos que desarrollan su propia oferta laboral, a partir de la implantación de “empresas étnicas”, cuyo principal paradigma son los restaurantes chinos, aunque existen también, con carácter minoritario, establecimientos de esta índole entre los demás grupos inmigrantes. En estos casos existe una tendencia importante a funcionar ‘al margen’ de la estructura ocupacional del sector, lo que evita la competencia por puestos de trabajo y la existencia de condiciones de trabajo distintas. En este caso se establece competencia en el ámbito empresarial, puesto que los establecimientos regentados por inmigrantes tienden a captar una parte de la demanda de servicios de restauración, en desmedro del resto de la oferta existente. En cambio, desde el punto de vista de los asalariados autóctonos, estos establecimientos no atentan contra sus propias oportunidades de empleo: su efecto aparece como neutro (cuando emplean sólo a trabajadores inmigrantes) e incluso positivo (cuando generan demanda de trabajo para los autóctonos). Además de los casos aquí analizados, ésta puede ser la modalidad de inserción de un volumen significativo de los trabajadores comunitarios del sector.
Por otro lado, los trabajadores que se insertan como asalariados en empresas en las que conviven con trabajadores autóctonos. En estos casos cabe analizar si las pautas dominantes apuntan hacia la complementariedad (los inmigrantes relegados a los puestos más precarios) o
sustituibilidad (inmigrantes y autóctonos compartiendo las mismas categorías laborales) entre los distintos grupos étnicos. En primer lugar cabe advertir que no estamos ante una situación consolidada; por el contrario, la continuidad de los flujos migratorios y el incremento constante de trabajadores extranjeros en el sector hace que tengamos que referirnos a tendencias de procesos en marcha, que pueden estar sujetos a transformaciones relativamente rápidas. Teniendo en cuenta esta circunstancia, resumimos a continuación algunas de las conclusiones del trabajo de investigación
• No se ha identificado una segmentación “fuerte” con base étnica, entre autóctonos e inmigrantes, sea porque el número limitado de extranjeros no permite reemplazar a los españoles de los puestos más bajos de la escala, o porque existen ciertas posibilidades de
‘promoción’ para los inmigrantes. Aparecen, sin embargo, elementos que apuntan a la existencia de posiciones diferenciales.
• Dejando de lado a los asalariados chinos, que trabajan en un subsistema laboral relativamente autónomo, se observa que los asalariados españoles ocupan, comparativamente, puestos de mayor categoría y cara al público, mientras que los inmigrantes se concentran en mayor medida en empleos de baja categoría y no visibles (marroquíes y filipinos) o con cierta visibilidad (peruanos).
• La mayoría de los españoles aspira a trabajar en otro sector; entre los inmigrantes sólo son superados por los peruanos, el resto de los inmigrantes se inclina más frecuentemente a permanecer en el mismo, sea por convicción o por resignación. Teniendo en cuenta que los trabajadores extranjeros tienen más edad y mayor nivel de estudios que los autóctonos, en su caso se observa una situación de mayor “estancamiento” laboral (a pesar de su formación superior, tienen ante sí una trayectoria laboral más corta que los autóctonos y se muestran más dispuestos que estos a continuar trabajando en hostelería).
• La jornada laboral de filipinos, marroquíes y dominicanos es más prolongada que la de los españoles (en cambio, la de los peruanos es similar, y la de los chinos más breve).
• La economía sumergida afecta más a los inmigrantes que a los españoles, con la excepción de los trabajadores filipinos.
• Todos los grupos inmigrantes han pasado momentos de “apuro” económico con más frecuencia que los trabajadores autóctonos.
• Las ayudas sociales son casi desconocidas para los trabajadores de origen extranjero; sólo los marroquíes han recibido alguna en igual medida que los españoles, aunque los primeros bajo el perfil de ayudas “para pobres” y los segundos bajo la modalidad de derechos para “trabajadores”.
Además de estos procesos, la construcción simbólica de imágenes sociales por parte de los autóctonos contribuye a configurar espacios sociales diferenciados para los inmigrantes. Los estereotipos de los españoles vinculados al sector conciben a los inmigrantes como mano de obra barata, debido a su menor poder social de negociación. En el discurso empresarial se construye
un escenario polarizado. Un extremo del mismo está ocupado por los grupos a los que se valora más positivamente, sea por su imagen (como los europeos), o su buen trato (como los latinoamericanos). En el opuesto se ubican los más rechazados, sea por su carácter genérico de extraños (que por rasgos culturales no podrían adaptarse al trabajo en la hostelería española) o por cualidades negativas que se les atribuye (los marroquíes caracterizados como sucios, agresivos o ladrones). Los grupos a los que más frecuentemente no se les suponen desventajas, por parte de los empresarios, son los comunitarios, los peruanos, otros latinoamericanos y filipinos; la baja productividad -relacionada con ritmos lentos de trabajo- es la desventaja que más habitualmente se atribuye a los inmigrantes, sólo escapan de ella los filipinos; los problemas de idioma se achacan a filipinos y comunitarios pero casi no se mencionan para los marroquíes; los problemas de papeles destacan en el caso de subsaharianos y filipinos; la falta de cualificación es acaparada casi en exclusiva por los marroquíes.
En el imaginario de los trabajadores autóctonos los inmigrantes extranjeros se inscriben en una dinámica laboral general, percibida como peligrosa y destructiva. Su presencia, aún difusa, queda inscrita en el contexto de deterioro de las condiciones de trabajo de los asalariados de la hostelería y de carencia de medios colectivos de defensa y reivindicación. Se trata de un factor añadido que incrementa la fragmentación e individualización de las relaciones laborales en el sector. Según esta percepción, lo que interesa al empresariado es el menor poder social de negociación de los inmigrantes, puesto que su mayor grado de necesidad, debido a la falta de redes sociales de protección, los obliga a a aceptar peores condiciones de trabajo. El resultado es el dumping social, una tendencia al deterioro generalizado de la situación laboral. Esta dinámica evoca el fantasma de una catástrofe: a medio plazo los trabajadores autóctonos se verán obligados a aceptar una devaluación mayor de sus condiciones de trabajo, o bien resignarse a ser sustituidos por la inmigración, convirtiéndose, a su vez, en nuevos trabajadores precarios o emigrantes hacia países del norte europeo. Entre los principales estereotipos respecto a los extranjeros se afirma que “todos” los inmigrantes rehuyen el trabajo, que “los del Sur”, especialmente los sudamericanos, tienden a ser vagos y lentos, que los filipinos son trabajadores y tenaces, y que los chinos trabajan en “otro mundo”, constituido por clanes cerrados y poco transparentes. La incipiente presencia de trabajadores inmigrantes en la hostelería se presenta, ante los asalariados autóctonos, con perfiles que son producto más del estereotipo y del prejuicio que de conclusiones derivadas del trato frecuente en los centros de trabajo.
Por su parte, situados en el mismo contexto genérico de precarización del empleo e individualización de las relaciones laborales, los inmigrantes se sienten especialmente agraviados y la mayoría se considera impotente para superar los condicionamientos negativos. Salvo excepciones, no se consideran en condiciones de tomar la iniciativa. Por tanto, ésta debería venir de los trabajadores autóctonos; que contarían con una situación comparativamente más segura;
sin embargo, no existen expectativas en ese sentido puesto que predomina la imagen de
“mangoneo” y abuso de los trabajadores autóctonos respecto a los inmigrantes. Además, la mediación positiva que podrían ejercer los sindicatos queda diluida debido al desconocimiento o la desconfianza que existe respecto a sus actuaciones.
En definitiva, la tendencia hacia una segmentación con base étnica de la mano de obra del sector parece más consolidada en el plano subjetivo (las percepciones de autóctonos e inmigrantes) que en el objetivo (las condiciones de trabajo de los distintos colectivos), aunque ambos factores están vinculados: la dinámica de fragmentación del conjunto de los trabajadores favorece el distanciamiento y la segregación simbólicas de los extranjeros; en la misma medida
dificulta el establecimiento de vínculos en el imaginario a partir de los cuales construir una elaboración multiétnica de la identidad de los trabajadores.
Nos encontramos así, ante los efectos perversos del modelo de crecimiento económico que se viene desarrollando desde los años 80. Por un lado, existe un indudable crecimiento del sector hostelero, medido en términos monetarios como de empleo; la mano de obra inmigrante es una contribución positiva a esta tendencia general de crecimiento. Por otra parte, se registra un deterioro persistente de la situación sociolaboral de franjas crecientes de los trabajadores: la situación de los desempleados presiona sobre la de los ocupados, la de los subempleados sobre la de los trabajadores más estables, la de los temporales sobre los fijos, etc. Los trabajadores inmigrantes se incorporan a este proceso regresivo, sumándose a la “competencia hacia abajo”
establecida entre distintos segmentos de la población trabajadora. Con todo, su actual posición no puede comprenderse sólo desde el análisis del sector hostelero español, puesto que los flujos migratorio se inscriben en el juego de las desigualdades sociales existentes en el sistema mundial, dramáticamente puestas en evidencia por el actual proceso de globalización económica y mediática. En dicho contexto, al menos a corto plazo, la inserción laboral precaria de los inmigrantes supone un avance, sea respecto a su situación anterior (desempleo, subempleo o miseria en la sociedad de origen) o a su proyecto de vida (el empleo como palanca para acceder a la legalidad y a la obtención de rentas “suficientes”, para subsitir o para sostener a la familia que permanece en el país de origen).
Según este análisis, el “libre juego” de los procesos sociales y económicos actuales no resulta suficiente para garantizar la “integración” laboral, en plano de igualdad, de la mano de obra procedente del extranjero; por el contrario, tiende a promover un empeoramiento general de las condiciones de trabajo y una fragmentación de los trabajadores en segmentos con situaciones, expectativas e intereses diferenciados. Para ello sería necesaria la intervención de agentes sociales con capacidad de incidir en cuestiones como las siguientes:
P Detener el proceso de deterioro generalizado de las condiciones de trabajo en el sector, reduciendo los índices de temporalidad, economía sumergida, jornadas laborales extensas y retribuciones bajas, interviniendo de forma eficaz en el ámbito de las pequeñas y medianas empresas.
P Incrementar el poder social de negociación de la mano de obra inmigrante, evitando que se constituya en factor de desestabilización de las condiciones de trabajo de los autóctonos.
Ambas cuestiones desbordan con creces las posibilidades actuales de los colectivos inmigrantes, pero también las de los autóctonos que trabajan en el sector. Son necesarias, por tanto, intervenciones de carácter institucional que incidan tanto en el ámbito de la política laboral como en el de las políticas sociales.
SEGUNDA PARTE