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CAPÍTULO II. EMPRESA SOCIAL, INCLUSIÓN Y DESARROLLO

2.2. El emprendimiento social como motor de desarrollo

2.2.1. Emprendimiento y desarrollo

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nula certeza de los ingresos — (Lupiáñez et al., 2014). A partir del siglo XIX, otros autores como Jean Baptiste Say y Joseph A. Schumpeter, aportaron nuevas ideas y elementos dando lugar a las definiciones más actuales.

Desde las propuestas clásicas de los autores en mención, se han creado nuevas perspectivas y conceptos relacionados al emprendimiento. Estos, en su mayoría, fomentan la idea del emprendedor como aquel sujeto (o conjunto de individuos) que vence obstáculos, optimiza recursos, descubre, evalúa y aprovecha las oportunidades que ofrecen los mercados, crea productos y servicios, reinventa o reforma patrones de producción y busca la generación de valor (Dees, 1998; Duarte & Ruiz, 2009; Lupiáñez et al., 2014; Shane & Venkataraman, 2000).

Peter Drucker, en su libro Innovation and Entrepreneurship, más allá de ceñirse a un concepto, busca matizar sobre las cualidades y condiciones asociadas al emprendimiento. Así pues, destaca la innovación y la búsqueda de cambio como actitudes características del espíritu emprendedor y, además, afirma que éste no es solo propio de pequeños negocios o proyectos, sino que incluso, puede presentarse en organizaciones grandes y consolidadas (Drucker, 1985).

Aunque se evidencian numerosos aportes e intentos de crear un constructo que rija la materia, el concepto de “emprendimiento”, hasta ahora no ha alcanzado un consenso definitivo.

En la revisión de la literatura, se encuentra incluso, conceptos más simplistas que no consideran en lo más mínimo las características o cualidades intrínsecas de un emprendedor.

Ejemplo de esto, es la definición propuesta por Reynolds et al. (1999), la cual plantea como emprendimiento, cualquier intento que realice una o varias personas para crear un nuevo negocio, una alternativa de autoempleo o una expansión o mejora de una empresa ya existente.

La falta de acuerdo en la definición de emprendimiento, en sus características y tipología, podría acarrear una problemática a la hora de estudiar su relación con el desarrollo económico y social. Pareciera apenas lógico, afirmar que el emprendimiento es un impulsor de desarrollo económico de un país; pues el hecho de que estos individuos o grupos produzcan y comercialicen bienes y servicios, de una forma innovadora y eficiente, significará un incremento del producto interno bruto (Galindo & Méndez, 2011). Sin embargo, la incidencia positiva o negativa de la actividad emprendedora en el progreso de una localidad o región, puede depender significativamente del tipo de emprendimiento, las motivaciones, cualidades y valores que caractericen a los sujetos emprendedores.

Según Santos et al., dentro de una economía pueden emerger emprendimientos improductivos o destructivos que no generan valor añadido alguno, ni contribuyen a un desarrollo sostenible. Este tipo de emprendimientos, persiguen lucro a corto plazo, usan la imitación e incluso pueden incurrir en actividades ilícitas, por lo cual podrían, además, generar efectos adversos para el progreso y bienestar de una región, destruyendo valor en los grupos de interés y creando antivalores como la ilegalidad y la corrupción (2013).

Así entonces, a la hora de estudiar la relación entre emprendimiento y progreso, se hace necesario analizar diferentes perspectivas y considerar, tanto particularidades de los

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emprendimientos, como las variables que hacen que el concepto de “desarrollo” trascienda de lo puramente económico.

En los últimos años, académicos, redes y grupos de estudio como el Global Entrepreneurship Monitor (GEM), han adelantado investigaciones para profundizar sobre la relación existente entre el emprendimiento, el empleo y el crecimiento económico de un país.

No existe una sola respuesta a la pregunta de si el emprendimiento afecta de manera positiva al progreso en términos económicos, pero sí parece haber un común acuerdo, en que esta relación está altamente influenciada por diferentes variables como: el tipo de emprendimiento, la calidad del emprendimiento, la etapa de desarrollo del país, el PIB per cápita, las políticas públicas, los incentivos y restricciones impuestas por los gobiernos, entre otras.

Dichas variables complejizan esta relación y crean una interdependencia descrita por Minniti como un “círculo virtuoso”:

(…) los distintos niveles de desarrollo determinan el ambiente en el que se toman las decisiones emprendedoras y, como resultado, el tipo, la calidad y la cantidad de emprendimiento que existe en un país. A su vez, el tipo, la calidad y la cantidad del emprendimiento contribuyen al crecimiento y al desarrollo del país en cuestión. Por lo tanto, se podría decir que un “círculo virtuoso” caracteriza la relación entre emprendimiento y actividad económica en su conjunto. (2012, p. 26).

Asimismo, Acs (2006) explica que la incidencia del emprendimiento en el desarrollo dependerá de la clase de emprendimiento. Este autor afirma que el emprendimiento entendido como autoempleo (o emprendimiento de necesidad), no contribuirá al progreso económico, y que incluso, esta forma de empleo tiende a reducirse, en la medida en que las economías se desarrollen más. Por otro lado, concluye que el emprendimiento “de oportunidad”, es decir, aquel que nace de la decisión de crear una empresa como respuesta a una oportunidad de negocio no explotada, sí tiene un efecto positivo en el crecimiento de una región o país.

La innovación en los emprendimientos, parece ser la clave en el grado de contribución que estos pueden hacer al desarrollo. De acuerdo con Kritikos (2014), los emprendedores que traen innovación a los mercados son los que realmente generan valor y, por tanto, contribuyen al progreso económico. Este autor afirma que los emprendedores, por medio de la creación de productos y servicios innovadores, pueden impulsar la demanda y así crear nuevos puestos de trabajo contribuyendo a la disminución de las tasas de desempleo en una economía estancada.

Como cita Vernis Domènech y Navarro Colomer (2011), desde 1934 Schumpeter, de alguna forma, ya planteaba la innovación como clave del emprendimiento, pues este autor sugería que solo es emprendedor aquel que “lleva a cabo nuevas combinaciones”. Cinco décadas después, Drucker, reafirmó que el principal instrumento del emprendimiento es la innovación y que es ésta la que permite generar nuevas capacidades para la generación de riqueza (1985). Hoy en día, numerosos estudios confirman que la innovación contribuye positivamente al crecimiento económico de un país o región, siempre y cuando, se den las políticas adecuadas para su surgimiento y desarrollo a través del emprendimiento.

En todo caso, y aun conscientes de que no siempre, y no todos, los emprendimientos son generadores de valor en una sociedad, hay un reconocimiento general sobre las

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potencialidades de la actividad emprendedora como fuente de progreso. Una fuerte cultura de emprendedurismo, combinada con un adecuado sistema de políticas públicas e incentivos, facilita espacios a los individuos para que estos desarrollen proyectos productivos que, además de fortalecer su economía familiar, apoyen la generación de empleo en sus entornos inmediatos (Duarte & Ruiz, 2009; Guzmán & Trujillo, 2013).

Por medio de este incremento de empleo, se generan otros impactos positivos en la calidad de vida de los nuevos empleados y sus familias. Vía incremento de ingresos, se mejoran las condiciones de acceso (o calidad) a la vivienda, salud y educación, entre otros aspectos. De aquí, puede concluirse que el emprendimiento “de oportunidad”, desarrollado en un ecosistema favorable, puede posibilitar el progreso económico y social en una población determinada.

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