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De la historia de España a la historia de la Medicina

3. Laín Entralgo, historiador de la Medicina

3.3. De la historia de España a la historia de la Medicina

3.3. De la historia de España

un futuro que debía proyectar. La historia, por lo tanto, no era y no podía ser para mí saber adventicio, sino profunda exigencia vital. Como español y como hombre, ¿de dónde vengo, adonde voy? Por fuerza había que responder seriamen- te a estas interrogantes; y mirando las cosas más allá de su so- brehaz, no otro fue, pienso, el sentido secreto de la serie de artículos «Tres generaciones y su destino» a que antes me he referido. Una conocida consigna francesa, politique d'abord, se me presentaba a mí, nada político, como histoire d'abord. Algo más era yo, en fin: escritor y ensayista. Con la calidad que fue- se, el ejercicio de dar libre expresión intelectual y literaria a mi vida y a mi experiencia del mundo se me ofrecía, se me im- ponía, más bien, con una suerte de íntima forzosidad (Laín, 1989: 252-253).

El primer Laín, el Laín interesado por la Ciencia natural, el que hace Químicas y luego quiere hacer Físicas, pasa poco a poco a convertirse, a partir del año 1927, en una persona cada vez más interesada por el hombre, y a partir de ahí por la Medicina. Si en su primera juventud le interesó la Filosofía natural, ahora le atrae sobre todo el misterio del ser humano, y con él la filosofía del hombre, la Antropología. Entre 1927 y 1936, su gran preocupa- ción es ésa. Eso es lo que le atrae como médico, como psiquiatra, como lector de libros de Filosofía y Antropología. Y la guerra le añade una nueva dimensión al problema, la histórica, la Historia.

La génesis de los problemas es histórica y la razón humana tam- bién es histórica. Sin eso no se comprende el drama de España, y probablemente no se comprende al ser humano sin más, tanto sano como enfermo. El cerco de su vocación se va estrechando:

de la Medicina a la Psiquiatría, de la Psiquiatría a la Antropolo- gía, de la Antropología a la Historia. Este es el camino que reco- rre desde 1927 hasta 1938. La Historia como llave para la Antro- pología. Esa es la clave que cree encontrar a la altura de 1938. Lo expone así en Descargo de conciencia:

Un día se me ocurrió pensar: «¿Por qué no emplearme en lo- grar un acercamiento a la antropología médica a través de la his- toria de la Medicina? ¿No es éste un dominio intelectual entre

nosotros —y, por lo que yo sabía, en todas partes— prácticamen- te virgen, acaso por su posición intermedia entre la medicina teórica, la filosofía y la historia del saber médico? Y en el orden concreto de los proyectos personales, ¿no podría ser ése un ca- mino hacia la docencia universitaria, meta profesional de mi irresoluta y oscilante vocación?» [...] Quiero hacer constar que, más o menos importante, mi obra histórico-médica tuvo su ger- men primero en esas cavilaciones del Hotel Sabadell acerca de mi actividad ulterior a la guerra civil (Laín, 1989: 253).

Podemos, pues, fijar la fecha del interés de Laín por la historia de la Medicina: el otoño de 1938; por tanto, con posterioridad a su interés por la historia de España y a su teoría de la Historia como ejercicio de comprensión, que cabe situar en la fecha de publicación de la serie de artículos titulada «Tres generaciones y su destino», es decir, primavera de 1937. Esto es importante por lo que luego habremos de analizar.

A partir de ese momento, Laín comienza a estudiar historia de la Medicina. He aquí cómo lo describe él:

Pronto, en efecto, las interrogantes precedentes se hicieron en mí resolución solitaria y silenciosa: con los recursos a mi al- cance en Burgos, pese a la provisionalidad que la guerra po- nía en todas las vidas —entonces aprendí para siempre una lección vital que sólo en parte conocía: trabajar «como si»;

como si la situación en que uno existe fuese a durar sin térmi- no—, iniciaría sin demora mi preparación para un cultivo sol- vente de la historia de la Medicina. Una correspondencia con Paul Diepgen, el profesor de Berlín, unas lecciones matinales de latín y griego con el canónigo don Damián Peña Rámila, el contacto con el Handbuch de Neuburger-Pagel y la lectura a fondo, con Javier Conde, de la Geschichte der Philosophie de Windelband —cuya traducción al castellano iniciamos juntos y no proseguimos—, fueron mis primeros pasos en el nuevo e incertísimo camino (Laín, 1989: 253-254).

Buen conocedor del alemán, Laín Entralgo aprovecha un viaje que desde Burgos hace a Alemania en otoño de 1938,

cuando su vocación historicomédica comenzaba a despuntar, para contactar con lo mejor de la historia de la Medicina ale- mana, que en ese momento era con mucho la mejor del mundo entero. Visita Múnich, Stuttgart y Núremberg, y de sus librerías se trae algunos libros fundamentales: el Kurzes Handbuch de Sudhoff y el Handbuch de Neuburger-Pagel. En el verano de 1939, aca- bada ya la guerra, nuevo viaje a Alemania, esta vez a Hamburgo, con una escala en Berlín a la vuelta, que aprovecha, según con- fiesa, para «gastarme en las librerías los pocos marcos restantes»

(Laín, 1989: 261). No hace falta mucha imaginación para saber en qué se los gastó. De este modo, en un tiempo brevísimo, y por una sorprendente confluencia de intuición y suerte, Laín se topa con lo mejor de la Historiografía médica mundial. El descubri- miento le sorprende, le asombra, e inmediatamente pone manos a la obra. Ya sabe lo que quiere, ya sabe lo que tiene que hacer.

Lo que él pretende es hacer en España historia de la Medicina con un nivel de rigor y exigencia que sea, al menos, igual al de los grandes de la historia de la Medicina alemana con los que acaba de entrar en contacto: Sudhoff, Neuburger, Pagel, Diepgen. Si a esto se añade el Garrison de sus años de lector en la biblioteca del Ateneo (véase Laín, 1989: 91), traducido por su antecesor en la cátedra, Eduardo García del Real, se tiene un panorama bas- tante exacto de lo que fueron los inicios autodidactas de Laín en el campo de la historia de la Medicina.

Los viajes de Laín a Alemania continuaron, y él siguió aprove- chándolos para su objetivo cultural e intelectual:

Estuve en Alemania en la primavera de 1940, poco antes de que comenzase la invasión de Francia, y en el otoño de 1941, ya bien avanzada la invasión de Rusia; pasé por Viena en 1943.

Conversé principalmente en estos viajes con anti-nazis declara- dos e incluso furibundos, porque ellos y no los nazis eran mis amigos: en Bonn, el romanista Curtius, la Sra. Behn, esposa del profesor de Filosofía Siegfried Behn, en cuya casa me hospedé tres o cuatro días; en Múnich, el también romanista Vossler y mi colega Martín Müller, por intermedio del cual pude cam- biar impresiones con el sacerdote Holzner, autor de un conoci- do libro sobre san Pablo; en Berlín, mi colega Diepgen, enemi-

go sincero del nazismo, pese a ciertas concesiones externas al sistema que para conservar la dirección de su Instituto tuvo que hacer, Leibbrand, psiquiatra e historiador de la Medicina, de- voto de la Alemania de Weimar, Frl. Dr. Richert, historiadora del Arte, protestante y liberal... (Laín, 1989: 316).

Laín deja Burgos y se instala en Madrid en septiembre de 1939. En octubre comienza el curso universitario, y hace lo posi- ble por integrarse en la cátedra de Historia de la Medicina, que llevaba don Eduardo García del Real. De nuevo hay que conce- derle la palabra:

Tan pronto como llegué de Burgos, intenté agregarme a la cá- tedra de Historia de la Medicina, a cuyo frente seguía don Eduardo García del Real. Mis aspiraciones inmediatas eran so- bremanera modestas: recibir un nombramiento de ayudante y, si el catedrático me lo aceptaba, dar alguna lección a los alumnos. Por intermedio del decano de la Facultad de Medi- cina, don Femando Enríquez de Salamanca, entonces manda- rín supremo de la medicina española, así lo hice saber a Gar- cía del Real; pero el camastrón —el infeliz, más bien— de don Eduardo no recibió con buen ánimo mi módica deman- da. Lo comprendo. Había sido socialista, supo que yo venía de Burgos, y debió de pensar así: «Este sujeto será un pescador a río revuelto que quiere entrar en mi casa, para a continuación echarme de ella». La verdad es que en aquellos tiempos no era muy disparatada tal composición de lugar. No quise sacar- le de su error, y por el momento desistí de esa pretensión mía.

Después de todo, en 1940 iba a jubilarse, y era preferible que el hombre lo hiciese a su gusto (Laín, 1989: 327).

Durante el curso 1939-1940 se encarga de la enseñanza de la Psi- cología experimental, dando dos cursos, uno de «Psicología de la percepción» y otro sobre «Caracterología». Además, con ayuda del SEU de Medicina organiza un curso de conferencias en la Facultad de Medicina sobre «El hombre, la enfermedad y la curación». El curso comenzó en enero de 1940 y duró hasta mayo. Se dividió en tres partes, «El problema del hombre», «El problema de la enferme-

dad» y «El problema de la curación». Las dos primeras partes cons- taron, a su vez, de dos secciones, una primera titulada «Planteo his- tórico» y la otra, «Planteo sistemático». Y comenta Laín: «Iniciaba así un método —visión de la historia como sistema, según el ulterior programa teorético de Ortega, meditación sistemática dentro de la situación histórica en que se vive—, que luego tantas veces había de emplear yo en el curso de mi obra» (Laín, 1989: 329).

Al término del curso 1939-1940 se jubila don Eduardo García del Real, y de nuevo solicita Laín su adscripción a la cátedra de Historia de la Medicina.

Deseoso de estar a bien conmigo, Ibáñez Martín me ofreció encargarme de su desempeño; pero la noticia de que al auxi- liar numerario, don Enrique Fernández Sanz, le complacería estar al frente de aquélla durante el año de vida académica que le quedaba, me impidió aceptar (Laín, 1989: 329).

Recibe, pues, el título de profesor auxiliar interino. En su con- dición de tal, dictó un curso monográfico sobre «La medicina en la época romántica», algo que habían estudiado ampliamente sus mentores alemanes y que él preparó con esa bibliografía. (Quien conozca el tema sabrá lo difícil del empeño, entonces como hoy.) Pero su objetivo de mayor alcance era presentarse a la oposición a la cátedra de Historia de la Medicina, que había de celebrarse en el otoño de 1942, y por tanto su tarea fundamental durante ese tiempo fue estudiar seriamente esa disciplina, confeccionar su tesis doctoral y preparar los ejercicios de las oposiciones. Veamos cómo.