3. Laín Entralgo, historiador de la Medicina
3.9. Laín entralgo, historiador de la Medicina
Me he extendido morosamente en esta descripción que del método historiográfico hace Laín en el primer capítulo de su Me- néndez Pelayo porque ella es fundamental para entender toda su obra posterior. Lo que a él como historiador le interesa es com- prender, no sólo aprender, y esa comprensión alcanza su cima en la biografía, es decir, en ese tercer nivel que ha descrito. Por su- puesto que esto puede tacharse de culturalismo, de idealismo y de anacronismo. Contra esos tres epítetos se defiende Laín en las páginas finales de Sobre la amistad, tituladas, no por azar, «Epílogo pro domo mea» (véase Laín, 1972: 367-370). Su tesis es que en este tercer nivel se gana o se pierde lo mejor del ser humano, algo a lo que él no está dispuesto a renunciar.
obra de tantos de nuestros conciudadanos. Hace años recopiló al- gunas de esas calas biográficas, sólo algunas, en un libro titulado Más de cien españoles.
Pues bien, a partir de 1945 eso es lo que se propone hacer tam- bién en Medicina, al fundar la colección Clásicos de la Medicina.
Cada volumen consta de dos partes, el texto o libro fundamental de un gran autor, precedido de un primoroso estudio biográfico realizado por el propio Laín. En 1946 sale el Bichat, en 1947, Clau- dio Bemard y en 1948, Haruey. Seis años más tarde, en 1954, Laen- nec, y en 1961 publica, en colaboración con Agustín Albarracín, Sydenham. En la solapa de estos libros está el programa de la colec- ción completa, de no menos de cincuenta volúmenes. El tomo que había proyectado sobre Vesalio quedó con la introducción escrita y sin la traducción del texto, motivo por el que acabó publicando aquélla en el libro titulado Grandes médicos, de nuevo una colección de biografías (véase Laín, 1961). Otra, fundamental, es la que con posterioridad a esa fecha escribió sobre Marañón (Laín, 1990:
105-106). Y junto a estas biografías, tantas otras, sin duda no tan extensas, quizá no tan acabadas, pero no por ello menos interesan- tes. En todas late el afán de comprensión. Y como no hay com- prensión sin amor, como la comprensión es ya un tipo de amor, en todas late un amor profundo por el personaje. En la Nota preli- minar a Grandes médicos (Laín, 1961: v) escribe Laín:
Junto al propósito intelectual, otro de índole moral late en las páginas de este libro. El historiador no es, no debe ser, sólo un aséptico y frío mostrador del pasado. La historia debe escribirse siempre sine ira, mas nunca sine amore. Cabe incluso decir que sin amor —y por tanto sin apasionamien- to— no es posible escribir historia, como no es posible hacer nada que humanamente valga la pena. El quid del buen his- toriador no consiste en proceder exento de amores y prefe- rencias, sino en explorar y escribir movido por la pasión de la verdad y el bien.
3.9.2. Historia de generaciones
Hay casos en que la biografía no es el método más adecuado, o simplemente no es posible. Esto sucede cuando se quiere anali-
zar el estilo de vida y de pensamiento no de un ser humano, sino de un grupo, de una generación. Este es otro nivel de análisis comprensivo, distinto y a la vez complementario del anterior. Ya hemos visto antes que a describir este procedimiento dedicó en 1945 un libro. Las generaciones en la historia. Pero pronto lo pone en práctica en La generación del 98, publicada ese mismo año. Des- pués ha aplicado este método al estudio de las generaciones espa- ñolas que van desde la llamada generación de sabios hasta la Guerra Civil (véase Laín, 1986: 215-238). Y en el caso concreto de la Me- dicina, ese método lo ha aplicado con gran éxito al estudio de la Medicina del siglo xix y de las primeras décadas del XX.
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Historia de mentalidadesTodavía cabe ampliar más el análisis comprensivo, extendién- dolo no a una persona o a un grupo generacional, sino a toda una mentalidad. En Laín Entralgo hay toda una inmensa labor que está a caballo entre la clásica historia de ideas y la moderna historia de men- talidades. El ejemplo paradigmático de su trabajo en este campo lo representa su gran libro La medicina hipocrática, publicado el año 1970. No se trata de la clásica historia de ideas. Lo que Laín quiere historiar ahí es algo más hondo, una mentalidad o, mejor, la gesta- ción de una mentalidad, la mentalidad propia de la Medicina fisio- lógica, o de la comprensión fisiológica de la salud y la enfermedad.
3.9.4. Historia de problemas
Historia biográfica, historia de generaciones, historia de mentali- dades. ¿Hay aún algo más? Pues sí, hay algo muy importante, que yo llamaría historia de problemas. Antes hemos dicho que así como su proyecto de análisis histórico de la realidad de España le lleva a componer su España como problema, su dedicación a la historia de la Medicina tiene el objetivo de estudiar algo que quizá podría deno- minarse La medicina como problema. Es algo sobre lo que no se ha lla- mado la atención de modo suficiente. Los problemas lo son siempre para la vida, los plantea la vida, los da la vida. Esto significa que, si son verdaderos problemas, resultan inevitables. No tienen, pues, nada de artificioso o artificial. Todo lo contrario; son tan reales como la vida misma. Un problema no es lo mismo que una idea, ni
que una mentalidad. Las ideas y las mentalidades surgen, precisa- mente, para solucionar problemas, o al menos para manejarlos.
Pues bien, a Laín le ha interesado enormemente esta parcela de la Historia, la historia de problemas. En el Prólogo a La histo- ria clínica (Laín, 1998: 6) escribe:
Creo que los historiadores de la Medicina no haremos vigente nuestra lección mientras no ofrezcamos a los estudiosos
—aparte la reconstrucción de figuras y épocas— algo radical- mente distinto de la erudición positiva y de la honesta recrea- ción literaria. Pienso, muy en primer término, en una historia de los problemas médicos adecuada a la entidad propia y a la contextura actual de cada uno de ellos. El cumplimiento ca- bal del oficio de curar exige resolver una serie de cuestiones antropológicas, terapéuticas y sociales, conexas todas entre sí;
Sólo cuando el médico haya visto que todos esos problemas vienen existiendo desde hace mucho tiempo, y que las solu- ciones por él aprendidas no son sino las postreras de una lar- ga serie de respuestas al constante menester, y que en el curso de la historia no coinciden siempre y exactamente lo último y lo óptimo, sólo entonces se resolverá a pensar que el conoci- miento histórico puede tener algún sentido frente al espec- táculo de la realidad. En tanto no logremos dar término a este empeño historiográfico, nada eficaz podremos ofrecer al son- riente menosprecio con que los médicos suelen juzgar, sin apenas conocerlo, el pasado de su propia disciplina.
Los problemas que plantean la salud y la enfermedad al ser hu- mano son abundantes. Laín enumera muchos: el morfológico, el funcional, el etiológico, el nosográfico, el terapéutico, etc. El se propuso dedicar diez años de su vida, de 1950 a 1960, al estudio de todos esos problemas. Comenzó por el estudio del problema pato- gráfico, y ése es el origen de su gran libro La historia clínica: historia y teoría del relato patográfico. Es una de sus máximas contribuciones a la historia de la Medicina. Y también a la Antropología médica. El volumen tiene un penúltimo capítulo titulado «Patografía y vida», donde Laín se plantea la necesidad sentida en el siglo xx de pasar desde la historia clínica meramente basada en datos positivos, es
decir, en hechos clínicos o signos biológicos, a otra que estudie la enfermedad como suceso biográfico; es, de nuevo, el paso de la ex- plicación a la comprensión, el intento de superar el enfoque mera- mente positivista. Laín quiere demostrar al médico que es posible salir del método estrictamente positivista y ampliar el acto clínico hasta integrar en él las dimensiones más específicamente humanas de la enfermedad, o dicho de otro modo, que es posible ver la en- fermedad no como un hecho meramente natural, sino como un acontecimiento cultural y humano. Ese es el objetivo del libro de Laín. Como era de esperar, su objetivo no era sólo histórico, sino también y sobre todo antropológico. De lo que se trataba era de utilizar la Historia al servicio de la Antropología médica. De ese mismo año, 1950, es el precioso estudio «Enfermedad y biografía», publicado en La empresa de ser hombre y que debe verse como conti- nuación de lo dicho en La historia clínica.
Después, en 1951, Laín se hizo cargo del rectorado, y el pro- yecto se truncó definitivamente. Al salir de él en 1956 otros temas le urgían. Había pasado el momento. Dedica unos años al tema de la esperanza y otros ulteriores al de la relación amorosa con el otro. E inmediatamente después compone otro de sus grandes li- bros. La relación médico-enfermo. De nuevo se trata de la historia y la teoría de un problema. La serie se cerrará en los años noventa, cuando Laín dedica un enorme esfuerzo a analizar la historia del cuerpo humano, y a partir de ahí a plantearse el problema de las relaciones entre cuerpo y alma. La historia de problemas le ha acompañado a lo largo de toda su vida. Y ello por la razón funda- mental de que él vio siempre en la Historia un método de conoci- miento, una vía de aproximación a los problemas, no un mero fe- nómeno cultural o erudito.
3 .9 .5.
Historia de síntesisHistoria biográfica o de personajes, historia de generaciones, historia de mentalidades, historia de problemas. ¿Hay algo más en la producción historicomédica de Laín Entralgo? Sí, hay algo más. Está la síntesis histórica, la elaboración de exposiciones siste- máticas. La primera fue su Historia de la medicina moderna y contem- poránea, que ya hemos comentado. A ella hay que añadir la Histo- ria universal de la medicina, en siete volúmenes, cuya publicación
dirigió entre los años 1972 y 1975. Y está, finalmente, su manual de Historia de la medicina (1978), con mucho el mejor de todos los que hoy circulan por el universo mundo. Compuesto ya al final de su actividad académica, encierra toda la erudición y la capaci- dad de síntesis propia de un auténtico sabio.