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Introducción de la historia en Medicina

4. Pensar la vida desde la Historia

4.3. Introducción de la historia en Medicina

un problema auténticamente metafísico, en sentido estricto, es decir, un problema que concierne a la realidad, al orden real.

Si nos atenemos al esquema reconstruido por Diego Gracia en su esclarecedor artículo «La historia como problema metafísico»

(Gracia, 1979), podemos mostrar que, a diferencia de la razón del ser en sentido óntico tradicional y separándose —corrigiendo—

también el sentido ontológico fundamental heideggeriano, que se mueve en el orden modal, una razón histórica como razón del acon- tecer ha de moverse en el orden de la realidad. Ortega y Zubiri si- túan precisamente el acontecer histórico, las posibilidades y la existencia humana en un orden real y no meramente modal.

Veamos la cuestión planteada en sucesivos pasos, que recuer- dan aspectos constitutivos del pensamiento de Laín: 1.° la intro- ducción de la historia en Medicina, 2.° la introducción del sujeto personal en la Medicina, 3.° la analítica de la esperanza, y 4.° su relevancia como propuesta alternativa en el debate contemporá- neo a la Hermenéutica y al Neopragmatismo.

De lo que no hay duda es de la importancia que adquiere la Historia en el pensamiento de Laín (Lázaro, 2001); no en balde eligió ser historiador de la Medicina, pero lo más importante ha sido el significado o lo que hizo Laín que signficara la introducción de la perspectiva histórica en los estudios de Medicina.

A mi juicio, no se trata exclusiva ni primordialmente de la in- troducción de una disciplina escolar en la formación curricular del médico (lo cual es ya importante, porque lo que no está en el curriculum de pleno derecho no se valora de modo efectivo). Lo más radical del caso es que, según Laín, se trata de un hábito inte- lectual del profesional de la Medicina, y no sólo para él, sino un hábito intelectual generalizable para pensar más adecuadamente la vida desde la Historia.

Y cuando en su oficio se pregunta Laín «¿Para qué la histo- ria?» (Laín, 1998), se responde que «para entender mejor el pre- sente y para mejor planear el futuro»: historia vitae magistra. La historia de la Medicina está al servicio de un hábito intelectual, en cuanto que «la especial condición de la inteligencia humana, inmersa volens nolens en una tradición y parcialmente configu- rada por ella, exige [...] contemplar la verdad según la historia»

(Laín, 1998: 5, 8 y 23) 5. Contemplar la verdad según la Historia, porque también la Medicina es temporis filia, aunque haya de en- tenderse de modo que se eviten el historicismo y el relativismo histórico.

Así pues, tanto frente al positivismo como frente al histori- cismo, Laín va configurando un pensamiento auténticamente histórico de la vida humana y, en su caso, a partir del estudio de la vida del enfermo, entendiendo su propia posición —lo cual puede parecer de entrada algo curioso— como una cierta forma de pragmatismo historiológico6, en el cual va incluido un sentido de la Historia basado —según la propia aclaración de Laín— en ideas de Ortega y Zubiri (Laín, 1998: 23); todo esto antes y al margen de las disputas de Kuhn, Lakatos, Popper, etcétera.

5 Véase la certera reflexión sobre el encuadre antropológico de los estudios histó- ricos en Carpintero (1967).

6 Hay que resaltar el t é r m i n o a q u í empleado por Laín, pragmatismo, sobre todo para ver su potencial relación y diferencia con actuales tendencias neopragmatistas en boga, a las que aludiremos en la parte final.

La Ciencia no es ahistórica, sino que el pensamiento científico tiene carácter histórico y aquello de lo que trata, la vida humana, también tiene carácter histórico; por tanto, hay que tener en cuenta la historicidad del pensamiento y de la vida humana. A dife- rencia del enfoque positivista, la ciencia de la vida ha de ser una ciencia histórica de lo que le pasa al ser humano en su vida, en su caso, estar enfermo.

A partir de esta actitud, Laín, historiador de la Medicina, hará historia para hacer teoría. Vor tanto, ni erudición carente de orien- tación, ni ciencia sociomédica positivista, sino un ejercicio de

«comprensión» 7, porque para pensar la vida humana hace falta comprender. Y en esta comprensión es esencial la perspectiva his- tórica.

Laín ha desarrollado este pensamiento a lo largo de sus diver- sas obras desde sus primeros estudios en Medicina e historia

(1941), cuyo propósito era comprender el modo en el que son históricos el saber y el quehacer médico. Lo que ocurre es que, para superar el positivismo y cientificismo, parecía que tenía que contar como aliado con el historicismo (o historismo, como lo denominó entonces, por influencia de Troeltsch). Ahora bien, para no caer en él (pero, a su vez, no renunciar al saber histó- rico), pudo recurrir a las reflexiones de Ortega y de Zubiri sobre el ser histórico (convertible en realidad histórica) 8.

Desde esta nueva perspectiva Laín considerará expresamente al ser humano como animal histórico (Laín, 1996: 302-303, 341-350, 380 y 464). Laín ha dado buena cuenta de la creciente introducción de la conciencia histórica en la intelección de la vida humana, lo cual ha conducido a ver la realidad humana no en una presunta naturaleza, sino en su historicidad: lo propio del

7 Esto acerca la perspectiva de Laín al enfoque h e r m e n é u t i c o , como veremos a continuación. U n pensamiento h e r m e n é u t i c o que hace juego con al menos tres i n - gredientes del pensamiento de Laín en este contexto: la consideración del sujeto per- sonal, la i n t r o d u c c i ó n de la Historia (el tiempo) en la forma del pensamiento y su analítica de la esperanza.

8 Cuando se propuso como dedicación profesional desde la Universidad la Historia de la Medicina, la meta siguió siendo la Antropología, aunque ahora centrada en la Antropología médica: «el conocimiento científico-filosófico de lo que el hombre es en tan- to que sano, enfermable, enfermo, sanable y mortal». Laín llega a reconocer explícita- mente que desde los tiempos de Medicina e historia (1941) la Antropología médica ha sido «la más alta ambición de m i vida» (1989: 501).

hombre no es tener naturaleza, sino hacer y tener Historia (véase Marquínez, 1993).

Pero Laín no ha caído en ninguno de los dos reduccionismos en su consideración de la realidad humana, ni en el biológico ni en el historiológico (véase Pintor, 1990), pues el filósofo de la vida ve en el dinamismo humano algo peculiar con respecto a otros dinamismos naturales: el hombre es haciéndose a sí mismo, de ahí la necesidad de considerarlo como persona y como un ser histórico, como viviente y animal histórico, para cuya compren- sión se requiere articular adecuadamente lo biológico y lo histó- rico: «el hombre [...] manifiesta su naturaleza específica realizán- dose [...] transformándose biológica e históricamente, siendo hombre de modos [...] inéditos. Además de ser animal de realida- des, y con la misma radicalidad, el ser humano es animal histó- rico» (Laín, 1996: 302, citando Laín, 1986).

Estas ideas sobre la historicidad de la naturaleza humana son centrales en el pensamiento de Laín, para quien la vida humana es rigurosamente vida histórica (Laín, 1996: 341-350, especial- mente 344-350):

[...] transmitiendo y mejorando lo recibido, o menoscabándo- lo, o perdiéndolo por olvido, el hombre está poniendo de ma- nifiesto lo que desde la proyección, la fabricación y la sociali- zación de la primera hacha de sílex se había iniciado: su específica, esencial y originaria condición de animal histori- cum. A la vez que la humanidad misma comenzó su historia (Laín, 1996: 348; citando Laín, 1991a).

Pero, según Laín, esta radicalización de la conciencia histórica no ha de llevar necesariamente a prescindir de la idea de la natu- raleza humana9, sino a la combinación de ambas: «el hombre tiene una naturaleza esencialmente histórica, es por naturaleza animal histórico». Laín se acoge al sentido de hi historia como sis- tema de Ortega (Ortega y Gasset, 1981: vi, 13-50), según el cual, más allá del instinto y del desarrollo, en la Historia hay proyecto, creación y nárración. La inteligencia no es un mero espejo de la

9 Ciertas expresiones de Dilthey y de Ortega apuntan en esta dirección, por ejem- plo: «El hombre no tiene naturaleza sino que tiene [...] historia».

realidad, sino que construye y recrea (aquí opera una especie de imperativo de recreación) (Laín, 1998: 728-729 y 761) 10. Pero no olvida su radicación en la naturaleza. Otra significativa aporta- ción al desarrollo de su pensamiento se encuentra en sus Estudios de Historia de la medicina y antropología médica (1943), donde des- taca de modo especial su estudio sobre «La obra de Freud». En este ámbito tiene especial relieve no sólo la interpretación herme- néutica y personalista de Freud, sino también la explícita relación entre naturaleza e historia en la realidad humana.

Al hilo del estudio de la obra de Freud, Laín nos ofrece una rica reflexión sobre algunos aspectos que conducen a considerar al ser humano como persona y a caracterizarlo como un animal hermenéutico e histórico. Laín resalta la ligazón originaria de los instin- tos y la capacidad de transmutación instintiva, por la que puede acontecer un trueque instintivo, en cuanto a que el hombre es un ente histórico, en cuanto a que la naturaleza del hombre ha de ex- presarse necesariamente como biografía o historia11.

Así pues, además de superar el positivismo, también es necesario desvincularse del instrumental naturalista y mecanicista del propio Freud en favor de otros métodos más idóneos (para incorporar asuntos como el diálogo y las intenciones). Ya en 1943 Laín consi- dera que los métodos más apropiados para estudiar lo irracional (lo que está más allá de los límites de la razón positivista y cientificista imperante) son la Fenomenología y la Hermenéutica, porque, aun cuando Laín no utiliza este último término explícitamente, está re- mitiendo a él a través de la figura de la metáfora (entendida como el proceso de conversión de la vivencia en expresión), a través del mundo de lo simbólico, de la comprensión, y del modo que tiene de en- tender la acción y el habla12.

10 Como puede apreciarse, no hay que esperar a neopragmatistas rezagados para superar la relación especular sujeto-objeto.

11 «En el hombre [...] el modo en que se actualiza u n instinto viene constitutiva- mente deteriftinado, no sólo por la nativa potencia del instinto y por la índole del estí- mulo, sino también por una situación histórica y personal. La configuración expresiva de cada instinto es en el hombre, por imperativo de su propia naturaleza, u n problema histórico, biográfico» (Laín, 1996: 35).

12 En estos últimos temas, la acción y el habla, se entremezclan, a m i juicio, la perspectiva h e r m e n é u t i c a y la pragmática, lo cual constituye u n precedente de posi- ciones tan vigorosas y actuales como la Pragmática universal del lenguaje y la Herme- néutica lingüística y de la acción comunicativa.

Con todos esos ingredientes Laín nos quiere enfrentar a la rea- lidad de la situación personal, existencial, de la persona humana con su carácter temporal e histórico, biográfico, que tiene que hacerse su vida dentro de un horizonte de posibilidades y en virtud de su capacidad de cuasi-creación 13. El enfoque de Laín remite a un ani- mal interpretador, hermeneuta (porque «el hombre es por necesidad un hermeneuta de sí mismo»), por tanto, a una figura de ser hu- mano que va haciendo su vida desde la peculiar imbricación de na- turaleza e historia en que consiste.

Este enfoque implica, pues, 1.° la introducción del sujeto en Medicina y 2.° la estructura histórica de su Antropología médica (tan atinadamente estudiado por Diego Gracia).