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William Harvey y Claude Beraard

1. Historia, Ciencia y vida en la obra de Pedro Laín

1.6. William Harvey y Claude Beraard

Se puede argumentar que, siendo correcto lo que acabo de indi- car, no tiene por qué significar que ello llevase a Laín a hacer al- guna aportación a la historia de la Ciencia, salvo, si acaso, en su Historia de la medicina/Panorama histórico de la ciencia moderna.

A este más que razonable argumento responderé diciendo que esas contribuciones existen, aunque para algunos estén camu- fladas en lo que entienden como única y exclusivamente histo- ria de la Medicina. Y es que una buena parte de las aportaciones de Laín a la historia de la Ciencia son desde la historia de la Me- dicina.

Esas contribuciones se encuentran sobre todo en dos de los personajes —dos médicos—, paradigmáticos, que mejor estudió, y a los que dedicó sendos trabajos que todavía constituyen refe- rencias imprescindibles: William Harvey y Claude Bernard (po- dría, tal vez, incluir los estudios que dedicó a Vesalio, pero me re- sulta algo más complicado y, por tanto, prescindiré de ellos). Me estoy refiriendo a los estudios, auténticas monografías en sí mis- mas, que antepuso a las traducciones al castellano de la Exercitatio anatómica de motu cordis et sanguinis in animalibus (Ejercitación ana- tómica sobre el movimiento del corazón y de la sangre en los animales) y

las Exercitationes de generatione animalium (Ejercitaciones sobre la gene- ración de los animales), de Harvey, y a la Introduction á Vétude de la médicine experiméntale (Introducción al estudio de la medicina experi- mental), de Bernard, ambos incluidos en la serie Clásicos de la Me- dicina, a la que ya aludí.

Por qué ambos estudios, en los que Laín no renunció a ninguna de las características que empleó en sus trabajos de historia de la Medicina, constituyen también aportaciones a la historia de la Cien- cia tiene que ver, evidentemente, con el hecho de que tanto Harvey como Bernard son figuras centrales de la Fisiología, la más científica de las disciplinas médicas (Harvey también lo es de la Biología del siglo XVII). No es posible, en efecto, entender a Harvey sin referirse a las aportaciones que los filósofos naturales de su tiempo (hoy los llamamos físicos y matemáticos) realizaron, intentaron realizar o realizarían más tarde, en el ámbito del estudio del movimiento de los cuerpos, incluyendo un aspecto tan básico como su cuantifica- ción. Y el ensayo de Laín (en el que en un momento dado llama a Harvey «un científico de la ciencia», contraponiéndolo a Bacon, a quien denomina «un arbitrista de la ciencia») así lo demuestra. Vea- mos, si no, lo que escribió en él (Laín, 1948: 120-121):

Algo más que inducción de hechos universales hay, no obstan- te, en el método de Harvey. Muéstrase en él también una inci- piente racionalización matemática o mensurativa de la reali- dad. Aun cuando no sea Harvey el primero en haber usado la medida y el cálculo en la investigación biológica —catorce años antes que De motu coráis fue publicado el libro Ars de stati- ca medicina, de Sanctorio—, suyo es el primer gran triunfo del método. En los modestos cálculos de Harvey es todavía míni- ma la formalización matemática de la realidad. Recuérdese el cap. IX del escrito De motu coráis: la mente del fisiólogo no ma- neja sino pesos de sangre y números de pulsaciones; la opera- ción matemática es una simple multiplicación seguida de un cotejo final entre dos cifras: la medida y el cálculo son para Harvey no más que métodos auxiliares en la tarea de hacer in- tuibles y patentes las operaciones hidráulicas de la naturaleza animal. Se halla, ya se ve, muy lejos de pensar, como entonces Galileo y Descartes —y luego, a su manera, C. Bernard—, que

el libro de la Naturaleza está escrito en lengua matemática;

y mucho más lejos de creer que sólo es cierto lo que es mesu- rable.

El proceder de Harvey constituye la primera etapa de la in- gente aventura mensurativa. A su fisiología intuitiva, figura anatómica en movimiento espacial, corresponde una medi- ción que todavía conserva su carácter directo e inmediato. El físico y el fisiólogo actuales no miden «realidades», sino puras

«variaciones». El metro de Harvey, en cambio, está aún «ado- sado» a la realidad que mide, como el del sastre a la tela que va a cortar. Su matemática es todavía esa «geometría para sas- tres» que, según algunos, fue la de los españoles durante los siglos XVI y XVII. Está dado, sin embargo, el paso inicial hacia los actuales libros de «matemáticas para biólogos».

¿Quién leerá líneas como las anteriores sin pensar que su autor está contribuyendo a una mejor compresión de la historia de la Ciencia de, cuando menos, el siglo XVII?

Y si Harvey fue, según Laín, un científico de la Ciencia, ¿qué decir de Claude Bernard? Su Introducción al estudio de la medicina experi- mental (1865) representa la culminación de la Medicina científica del siglo XIX que con tanto esfuerzo y acierto persiguieron médicos que terminaron ocupando lugares de honor en los tratados de his- toria de la Ciencia, como Francois Magendie (maestro de Ber- nard) , Emil du Bois-Reymond, Cari Ludwig, Jacob Henle o Her- mann von Helmholtz, el gran Helmholtz que enunció en 1847 un instrumento tan vital para la Física como el principio de la conser- vación de la energía; el mismo Helmholtz cuya carrera resume, mejor que ningún otro tipo de argumentación, esa medicina cientí- fica a la que he aludido: su primera cátedra, después de haber ser- vido como médico en el Ejército, fue de Anatomía y Fisiología en Bonn, tras la cual llegó una de Fisiología en Heidelberg y otra de Física en Berlín, que a partir de 1887 compatibilizó con la direc- ción y presidencia del Physikalisch-Technische Reichsanstalt ale- mán, puesto que mantuvo hasta su muerte, acaecida en 1894.

En su extenso ensayo introductorio a la edición castellana del libro de Bernard, Laín analizaba las múltiples vertientes del pen- samiento del francés, una de ellas, evidentemente, la relación

con las ciencias físico-químicas. Así, al resumir la idea que tenía Bernard del determinismo, escribía (Laín, 1947: 46-47):

Como naturalistas, el físico y el fisiólogo tienen un mismo fin,

«conocer la causa próxima de los fenómenos que estudian»;

siguen un mismo método, el análisis experimental; se rigen por un mismo principio, su fe en el determinismo de la natu- raleza. La Física y la Biología diferirían tan sólo con la com- plejidad y la sutileza de la realidad que estudian, por la índole de las leyes que presiden sus respectivos fenómenos y por la peculiaridad con que estos fenómenos son reducidos a uni- dad formal en el caso de los seres vivos. Así se comprende la definición que C. Bernard da de la Fisiología: «ciencia que tiene por objeto estudiar las propiedades de los fenómenos vi- vientes y determinarlas condiciones materiales de su manifesta- ción».

De manera similar, Laín podría haber citado del propio texto de La introducción a la medicina experimental párrafos como los que siguen (del capítulo primero de la Segunda Parte: «De la experi- mentación en los seres vivos»):

Me propongo [...] establecer que la ciencia de los fenómenos de la vida no puede tener otras bases que la ciencia de los fe- nómenos de los cuerpos brutos, y que no hay bajo este con- cepto ninguna diferencia entre los principios de las ciencias biológicas y los de las ciencias fisicoquímicas.

En definitiva, con sus estudios sobre Harvey y Bernard, Laín puso a disposición de los historiadores de la Ciencia —en particu- lar de los historiadores de la Física, la Química y la Biología— ele- mentos que enriquecían sustancialmente sus disciplinas, que per- mitían entenderlas mucho mejor que limitándose a tomar en cuenta sólo elementos y personajes procedentes únicamente de la Física, la Química o la Biología. ¿Se puede, por poner un ejem- plo, entender a Helmholtz, una figura crucial, repito, en la Física del siglo xix, sin tomar en consideración su formación y actividad en el campo de la Medicina, lo mucho que a ésta debió y lo mu-

cho que ésta le influyó? No, claro que no. Por todo ello podemos incluir esos trabajos de Laín en el apartado de historia de la Cien- cia, sin perjuicio de que también se puedan adjudicar a la historia de la Medicina.