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La identidad en las migraciones y las migraciones forzosas

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Hasta ahora se explicó que los distintos cambios en la vida de las personas afectan la identidad y cómo dichos cambios son parte del proceso natural de evolución de una persona en diferentes etapas de la vida, y al enfrentarse a diversas situaciones y con- textos. Pero hay determinadas situaciones que se engloban dentro de las emergencias

76. Todas las personas sufren cambios y crisis identitarias, este no es un proceso específico de personas migrantes.

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y las catástrofes que afectan la identidad en todos los niveles. Dentro de estas catego- rías, se encuentran los desplazamientos forzosos y por eso se pensará a las personas que atraviesan estas situaciones como expuestas a factores de riesgo y estresores que podrían aumentar su vulnerabilidad. Por ejemplo, los factores sociales interiorizados, tales como los sistemas de creencias, muchas veces son puestos en cuestión en las emergencias, especialmente en el caso de conflictos, que son los que llevan a los des- plazamientos forzosos.

Con respecto a las migraciones y desplazamientos, la cultura hegemónica en el país de acogida puede no compartir los mismos factores sociales que la de las personas migrantes, siendo que el lenguaje, la definición de los roles sociales, los sistemas de significado y elementos simples tales como el sentido del humor pueden variar. Más importante aún, la retroalimentación que quienes migran reciben desde los otros sig- nificantes puede verse afectada por la pérdida de alguno de ellos, por el hecho de que otros quedaron detrás o bien por el hecho de estar en una comunidad en la que se es una persona desconocida y muchas veces se es estigmatizada.

Es decir que durante los procesos de integración a la comunidad de destino se desa- fía esta construcción que es la identidad:

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porque el estatus personal puede cambiar (por ejemplo, debido a las dificul- tades de ejercer la profesión u oficio en el país de destino o a la dificultad de encontrar trabajo);

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porque existen factores que aumentan la estigmatización (nacionalidad, color de piel, religión, género, etc.), que dan forma a la autopercepción para coincidir con la percepción de los demás;

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porque existen diferencias en los marcos culturales, valores y costumbres en el país de acogida.

La identidad debe entonces readaptarse. Estos procesos pueden ser dolorosos y desa- fiantes, pero el desenlace puede ser positivo.

Sin embargo, en estos procesos puede ocurrir que las personas se sientan confundi- das, desorientadas o con fuertes altibajos emocionales. Enfrentarse a los nuevos roles, estructuras sociales, lenguaje y formas de entender el mundo (entre otros) es un desa- fío que pone a las personas migrantes en la disyuntiva entre adaptarse (aculturarse) o guardar su propia identidad cultural, realidad que puede verse afectada por el ritmo del proceso de integración (más lento, más rápido) y por la posible existencia de dis- criminación asociada a su condición de migrantes. En situaciones de guerra, el núcleo individual de la identidad tiende a ser asimilado por la narrativa hegemónica de las identidades en guerra. Muchas veces los valores nucleares de las personas se ven pues- tos en jaque y adherir a valores opuestos a los propios es un prerrequisito para formar parte de una comunidad. Esto puede poner en riesgo la identidad.

En contextos de crisis y emergencia, los equipos de apoyo psicosocial se vuelven re- ferentes afectivos claves para las personas afectadas. En este sentido, se encuentran en posición de co-constructores de la identidad de las poblaciones afectadas, lo cual las ubica en una posición de poder.

En Argentina, el rol de la sociedad civil es fundamental en estas cuestiones.

Múltiples grupos de apoyo (conjunto de personas voluntarias que desean colaborar con la integración de las personas migrantes a la sociedad de acogida) dan su soporte a las

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comunidades intentando vincular a las personas migrantes para que puedan construir sus propias redes de apoyo. Generalmente, los grupos, comunidades o colectividades se organizan de tal forma que colaboran en la búsqueda de empleos, en educación, en salud y, sobre todo, funcionan como redes de comunicación y vínculo entre las personas migrantes y la comunidad de acogida.

Se vuelve entonces fundamental que aquellas personas que trabajan en contextos de crisis no contribuyan a crear una identidad negativa en las poblaciones afectadas basando la relación exclusivamente en las necesidades y en las vulnerabilidades de las personas, ya que se corre el riesgo de crear una identidad victimizante o basada en categorías prestablecidas.

Un enfoque comunitario aboga por la protección de la riqueza de las identidades de las poblaciones afectadas y siempre pensando que quienes intervienen en las crisis (las organizaciones, instituciones, equipos y trabajadores) son una parte del sistema que puede determinar hasta cierto punto el desarrollo de estas identidades.

Como consecuencia:

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La identidad debe ser entendida dentro de un contexto relacional y comunitario.

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Debe ser respetada, sobre todo por el hecho de que puede encontrarse en cri- sis o en transición.

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Debe ser empoderada, devolviendo su sentido de autonomía y eficacia.

Todos estos conceptos serán retomados a lo largo del presente capítulo.

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2. LA NOCIÓN DE TRAUMA Y LA IMPORTANCIA DE NO PATOLOGIZAR LA MIGRACIÓN Y EL REFUGIO Breve recorrido sobre las distintas miradas y enfoques respecto de migración, refugio y trastornos mentales

Existe la creencia extendida en algunos espacios de que las personas migrantes y refu- giadas tienen una mayor prevalencia de trastornos mentales respecto de la población general. Esta mirada suele considerar la vulnerabilidad como un aspecto inherente de la migración o de la condición de refugiado.

La migración no es una patología y no es, en sí misma, un determinante de trastor- nos mentales o problemas psicológicos.

La migración puede presentar estresores para las personas y comunidades involucra- das que tienen que ver con los motivos para decidir irse, las circunstancias del viaje, la burocracia y pérdida de derechos que pueden acompañar a algunos trámites de acogida y las dificultades de integración. Sin embargo, no existe una correlación clara entre todas las formas de migración y las vulnerabilidades psicológicas. La vulnerabilidad psicológi- ca en la migración está relacionada con las trayectorias de vida individuales, la prestación de servicios, la integración y las capacidades de afrontamiento de las personas migrantes.

Por lo tanto, sería un error asumir que la migración, en todas sus formas diferentes y variadas, podría traer trauma, depresión, trastorno de estrés postraumático o pro- blemas clínicos, por defecto. Sería un error patologizar las diversas reacciones psicoló- gicas normales que las personas migrantes podrían enfrentar debido a las diversas cir- cunstancias de sus experiencias migratorias, incluidos los procesos normales de duelo.

La migración, sea forzosa o voluntaria, pero especialmente cuando no forma parte de un plan migratorio bien pensado, puede activar varios elementos de pérdida: familia y amigos, idioma (lengua materna), cultura, hogar (tierra), posición o estatus social, contacto con el grupo étnico y religioso de origen y seguridad física (OIM, 2019d). Sin embargo, el grado de separación de estos elementos no es el mismo para todas las per- sonas migrantes. Para empezar, su adhesión a la cultura y los sistemas sociales de signi- ficación de su país de origen pueden no ser tan claras, las identidades son conceptos en evolución y, de hecho, muchas rutas migratorias tienen que ver con pasar de una situa- ción que amenaza la vida o es menos segura (económica, social y políticamente) a una más segura. Finalmente, la migración también puede traer nuevas interacciones socia- les, la adquisición de nuevos significados culturales o un renovado y múltiple sentido de pertenencia, por lo que cualquier experiencia psicológica de la migración debe leer- se de manera integral, considerando la combinación de efectos positivos y negativos.

Por esta misma razón, la OIM se opone firmemente a cualquier asociación que se haga por defecto y no basada en evidencia de todas las formas de migración con el trau- ma, TEPT, depresión y otros problemas clínicos con procesos de duelo, así como en con- tra de la patologización de las consecuencias psicológicas normales de las experiencias migratorias, representando éstas como síndromes migratorios.

En este sentido, a manera de ejemplo se puede mencionar el denominado “síndro- me de Ulises”, que pone el acento en el estrés crónico y múltiple que generarían los procesos migratorios, a los que se considera un factor de riesgo para la salud mental (Achotegui, 2009). Por otro lado, existen otros estudios que relacionan directamente los procesos migratorios con el desarrollo de la esquizofrenia (Cabrera y Cruzado, 2014;

Bourque, Van Der Ven y Malla, 2011).

Estos desarrollos han sido objetados por múltiples autores, ya que confunden de- terminantes propios de un contexto sociohistórico con un diagnóstico psicopatológico.

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Asimismo, estas lecturas lineales en las que las respuestas esperables de las personas que enfrentan estrés extremo y prolongado son patologizadas, son siempre fuente de estigmatización y discriminación tanto dentro del sistema de salud como por parte de la comunidad. Entonces, además de estar sobrellevando esta sobrecarga psíquica propia del estrés, las personas terminan además teniendo que lidiar con etiquetas y rótulos diagnósticos dentro y fuera del sistema de salud, que pueden afectar negativa- mente su vida cotidiana.

Por otra parte, la errada descripción de este cuadro psicopatológico como un tras- torno mental en sí mismo debe alertar sobre dos posibles destinos a los que suele estar asociada (Cuestas, 2011):

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la inhibición de proyectos migratorios (cuando migrar, en verdad, es un derecho);

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la justificación de controles y restricciones.

Ser una persona migrante o refugiada no es siempre causal de vulnerabilidad, aun- que la migración puede convertirse en una condición que favorezca e incluso lleve a experimentar situaciones de vulnerabilidad (Lussi, 2015). Si se habla de vulnerabilidad en relación con la migración, debe ser entendida como el resultado de las políticas mi- gratorias implementadas en la sociedad de recepción.

Asimismo, resulta importante distinguir si hay vulneración de derechos previos a la migración o en el proceso migratorio. Todas estas son situaciones que deben ser señala- das como productoras de vulnerabilidad (Cuestas, 2011; Pussetti, 2010), a lo que se pue- de sumar la irregularidad, la falta de apoyos sociales, educativos y sanitarios adecuados, entre otros determinantes sociales de la salud, incluyendo la exclusión y discriminación.

Algunas consideraciones sobre

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