I) Colectivos y campos artístico-literarios en Tijuana y San Diego
2) El impulso colectivo
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En cierta medida, un colectivo opera de la misma manera: reúne provisionalmente a artistas jóvenes o incipientes y los lanza al campo como partículas con origen y trayectoria específicos. En un sitio donde la movilidad es restringida, como en la frontera, la posibilidad de acceso a dos o más campos no necesariamente se vuelve más valiosa, sino que condiciona ella misma el rango de acción, los intereses o inversiones y los objetivos de los integrantes que pueden cruzar. Los colectivos ofrecen idealmente espacios muy atractivos de interacción, como también los espacios institucionales ya existentes, pero en lugar de eso, los tres colectivos aquí seleccionados dan muestra de diversas estrategias de organización y múltiples intereses, rara vez convergentes. Pese a otorgar visibilidad a sus integrantes dentro del campo (sobre todo a nivel local y, si se hace uso de las tecnologías, a nivel nacional e internacional), los colectivos no necesariamente confieren movilidad ni mucho menos legitimidad. Ésta se da a partir del valor estético conferido a sus obras y de su desempeño en el momento particular del campo. Los colectivos son efectivos pero sólo dentro de ciertas dimensiones, después de las cuales sólo el trabajo propio del/la artista, así como sus redes sociales y su potencial para extenderlas a nivel intra- o inter-urbano, le permite seguir participando en los campos artísticos y literarios de Tijuana y/o San Diego.
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enumera algunas prácticas en Latinoamérica durante el último tercio del siglo XX y señala el punto débil de estas acciones, a saber, que la importancia de dichos movimientos reside ulteriormente no tanto en los puentes que (no) tendieron entre el público y el arte, sino en la organización de estos eventos por artistas reconocidos precisamente por esa labor (García Canclini, 2001: 140).
¿Qué soluciones ofrecen hoy en día los colectivos para que los artistas elijan este modo de participación en el campo? De acuerdo a las observaciones de esta investigación, una de las funciones principales de los colectivos es la de reforzar en las/os integrantes el auto-reconocimiento (tan importante en la formación de procesos identitarios) al propiciar momentos para presentarse como artistas, y la de ofrecer la posibilidad del hetero- reconocimiento, al involucrarse con otros artistas y mediadores fuera del colectivo. Esta es una de las razones por las cuales resulta problemático considerar a los colectivos como redes sociales (Sandoval, 2004: 143ss), pues en la relación de un colectivo con el campo existen dos niveles relacionales: el intra-grupal, llevado a cabo entre los integrantes de la matriz colectiva, y el extra-grupal, realizado con otros participantes del campo, ya sean autores, mediadores, o potenciales espectadores/lectores (la “redes sociales”, propiamente hablando, de cada integrante). Con la terminología que emplea Sandoval, ambos niveles se confunden y parecen quedar reducidos a uno solo. Es por eso que se prefirió conceptualizar a los colectivos como estructuras nodales sostenidas por el acto mismo de colaboración;
dicha estructura es la que permite que las redes sociales de diversos/as integrantes se combinen, o bien que los contactos de alguien ayuden a la difusión de la obra de los/as demás.
Así, los colectivos ofrecen por una parte el espacio para desplegar su “identidad artística”, por así decirlo, y por otra la posibilidad de contacto con el campo y el público. La primera función ha sido explicada desde la teoría de la identidad, no sólo para agrupaciones más gremiales como los colectivos sino también para grupos étnicos (Barth, 1998). La segunda función es lo que, a partir de la entrevista con Cog·nate Collective, se denomina en esta investigación el impulso colectivo. Dice Misael Díaz: “designándonos como un colectivo hay como más impulso a trabajar en colaboración nosotros dos en desarrollar ciertos proyectos pero también, o sea ya, con más facilidad podemos incluir a otros” (Díaz y Sanchez, entrevista, 2012). El colectivo visibiliza a los integrantes, sirve como mediación
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y rasgo de identificación en el campo; el resto del trabajo, como se ha dicho antes, lo tienen que hacer sus obras mismas, los planteamientos estéticos que propongan y el interés que puedan generar. Pero el primer impulso, como menciona Díaz, se halla en los orígenes del interés por la formación de un colectivo.
Los colectivos tienden o bien a la consolidación (en algunos casos institucionalización) o a su desintegración. Sandoval considera “consolidados” a los colectivos que “han asumido su trabajo como el resultado de la colaboración dentro de un colectivo; desarrollan un proyecto común; han exhibido; cuentan con una trayectoria de colaboración grupal reconocida; han sido duraderos y sujetos de reflexión, análisis y estudio en artículos periodísticos y/o académicos” (Sandoval, 2004: 9). A partir de estas consideraciones, selecciona a cuatro colectivos de Tijuana de la naciente pero ya desde entonces prolífica escena cultural de la ciudad a principios de la década de 2000: Nortec, Bulbo, Yonke Art y Radio Global. De todos estos, sólo Yonke Art (que de alguna manera podía considerarse un proyecto “desprendido” de Nortec) ha desaparecido, por lo que la definición de consolidado parece haber superado la prueba del tiempo, aunque debe matizarse con el hecho de que tanto Radio Global como Bulbo evolucionaron a una suerte de empresas culturales, cosa que Sandoval apunta en su análisis pero que no problematiza (2004: 171). Más que agentes creativos, productores de sus propios objetos artísticos, estos dos colectivos se convirtieron en mediadores de tiempo completo, en promotores culturales.
Situaciones similares merodean en torno al Colectivo la Piedra de Cuernavaca, algunos proyectos de Cog·nate Collective, o en general a las agrupaciones cuya actividad comienza a girar en torno a un proyecto particular (no sólo de logística sino también editorial, curatorial, etcétera).
El proceso de evolución de un colectivo es una tarea que sobrepasa las dimensiones de esta investigación, donde se optó por elegir colectivos de reciente creación (el más antiguo fue fundado en 2008) para ofrecer una perspectiva fresca y actualizada de la escena cultural en Tijuana, retratada en años anteriores por académicas como Sandoval, Iglesias y Sanromán, pero también para dar visibilidad a la comunidad artística de San Diego, que a su vez se encuentra en medio de su propia disputa por las representaciones, lo cual se discute en el siguiente capítulo.
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