CAPÍTULO 5. POLÍTICAS INDIGENISTAS Y MUJERES INDÍGENAS, ENTRE
5.1 H ACIA UNA GENEALOGÍA DE LA C UESTIÓN I NDÍGENA
5.1.2 E L INDÍGENA : UNA NARRATIVA SOBRE LA NEGACIÓN DEL O TRO
104 especificidad de lo local, a las características particulares de cierto entorno y de determinada población. Lo que se tiene entonces es el ofuscamiento de las diferencias y un tratamiento superficial de las necesidades y problemas, de la realidad en su efectualidad. El mestizo o el blanco, nunca el indio, es quien determina las acciones. Este permanece al margen y en la periferia, sujeto a los imperativos occidentales que no hacen más que negarlo y mantenerlo como pieza dispensable.
105 conciban a los nativos como seres anacrónicos anclados al pasado y que, sin embargo, viven en un mundo moderno, capitalista y globalizado.
Así, se ve a los indígenas como un grupo homogéneo. Con ello, se da lugar a un indigenismo ligado no a la historia sino a la sociología y economía, haciendo de la cuestión indígena un problema económico y social57. De ahí la participación de organismos financieros en la toma de decisiones políticas y en el diseño de cursos de acción. Su intervención en la gestión de los asuntos públicos es en aras de su propio beneficio, no de los condenados de la tierra. El mito del progresismo y desarrollismo lleva al ejercicio de la violencia que invisibiliza, niega y relega al olvido a sectores poblacionales históricamente subalternizados. De esta manera, es posible decir que la idea de los pueblos indios como un obstáculo para el avance nacional no ha muerto sino, más bien, ha sido invisibilizada por discursos que forman parte del metarrelato occidental.
El respeto a la diversidad no es sino retórica para ganar elecciones. Constituye una perorata que candidatos y mandatarios repiten para conseguir y mantener el apoyo de la población y así poder consolidarse como un gobierno que cuenta, al menos en teoría, con mecanismos exigidos a nivel internacional para la protección de los derechos de los pueblos indios. En consecuencia, la relación del Estado con los indígenas está marcada por una contradicción. Por un lado, las políticas indigenistas pretenden la integración de los nativos al desarrollo nacional; por otro, estos son excluidos del proceso de formulación de aquellas.
Si bien el artículo 2 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (2016a), en la fracción IX del apartado B, establece la consulta a los pueblos indígenas en la elaboración del Plan Nacional de Desarrollo y de los planes estatales y municipales con el objeto de incorporar sus recomendaciones y
57 Para Villoro (2018) “el indigenismo es, pues, accidentalmente un movimiento indianista, esencialmente un movimiento liberador contra la opresión. Su problema será, por tanto, económico y social” (p. 218). Pero esto no quiere decir que no tenga una dimensión política. El reconocimiento de las especificidades culturales de los pueblos indios se presenta como demanda política ante un Estado que se piensa hegemónico y monoétnico. Bajo esta tesitura, los pueblos indígenas son vistos como objetos de campañas políticas y no como sujetos portadores de discursos y capaces de acción.
106 propuestas, la realidad es muestra de que esto no sucede así. No existe una participación real de la población indígena en esta materia.
De acuerdo con A. Gil (2018), el proceder del Estado repercute en el imaginario de los indígenas. Pero no solo en ellos, sino también en los que no lo son. Las imágenes estereotípicas arraigadas en la imaginación social son capaces de diseñar relaciones de desigualdad entre la población. La negación de los nativos, que son considerados como subalternidades, es una constante dentro de un Estado que, desde hace siglos y a través de sus políticas, se maneja con sordera ante la polivocidad encarnada en los pueblos indios. Además, invisibiliza cuerpos y modos de ser que no encajan con las demandas de la modernidad realmente existente y mantiene al margen toda posibilidad de acción.
De ahí la necesidad de una perspectiva curiosa (De Sousa, 2015) que, a través de un ángulo diferente, reinvente el modo de hacer y aplicar políticas. No imitar sino construir alternativas que se adecuen y respondan a las exigencias nacionales. Cursos de acción con una resolución cada vez más fina. Políticas robustas que consideren la pluralidad de seres presentes en el espacio público.
En suma, individuos dotados de perspectivas diferentes y, muchas veces, contradictorias, que permitan formar constelaciones de conocimientos aplicables a la no unívoca realidad, son necesarios. No obstante, el rechazo de la diferencia, a decir de Lorde (2002), es parte esencial de un sistema que genera precariedad múltiple y cuerpos deshumanizados en los que se ejercen vejaciones varias.
Dado que cada Estado establece lo que se considera o no indígena (A. Gil, 2018), es a través de sus políticas que las imágenes estereotípicas construidas en derredor del nativo se reproducen. La imposición vertical de cursos de acción que no toman en consideración la pluralidad de los pueblos encuentra su origen en la construcción del indio desde la mirada del conquistador. Quien, al naturalizar las diferencias humanas y establecer jerarquías, fijó una narrativa de negación del Otro y erigió pautas para la segregación, exclusión y olvido de los diferentes.
Seres enajenados y despersonalizados a quienes se les robó toda posibilidad de significación propia.
107 Vistos como piezas dispensables que favorecen el crecimiento de los ingresos de aquellos quienes planean y ejecutan los cursos de acción, los indios son negados en cuanto personas capaces de pensar y hablar desde sí mismas. La sordera sistémica y sistemática ante el grito de las subalternidades es producto de políticas basadas en matrices de poder. Estas pueden concebirse también como matrices de desvalorización que hacen latente la diferencia colonial y el racismo que le es inherente. A través de ellas se niega a las subontologías, entre estas las mujeres y las mujeres indígenas, la participación en la vida política y pública. Dichas matrices buscan, de acuerdo con Glantz (2018), la asunción de un papel pasivo en el que no exista resistencia. Por ello, se antoja necesario romper con esa negación ontológica que relega a segundo plano y a vivir en la periferia, en el Sur marginal y atrasado, a todos aquellos que considera como subontologías.