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N EGACIÓN DE LA ACCIÓN Y CONSTRUCCIÓN DE SUBJETIVIDADES

CAPÍTULO 3. DESPERSONALIZACIÓN Y CONDICIÓN HUMANA, MÁS ALLÁ

3.2 D ESPERSONALIZACIÓN Y OLVIDO

3.2.2 N EGACIÓN DE LA ACCIÓN Y CONSTRUCCIÓN DE SUBJETIVIDADES

El diseño de subontologías y la consecuente negación del ser de los así llamados indios, contribuyó a la disolución de identidades e, incluso, a que los mismos nativos rechazaran sus propias características en aras de la blanquitud impuesta

59 por occidente. La construcción del indio desde la península ibérica ha hecho de él no un sujeto de derechos sino un individuo al que, de forma sistemática y sistémica, se le ha negado la posibilidad de devenir ciudadano. La mirada occidental determinó y construyó nuevas subjetividades, no porque en la realidad fueran así, sino porque el ego conquiro así las designó, desde su muy particular lugar en el mundo.

La imposición de la blanquitud como ethos, como modo de vida que va más allá del fenotipo, fue la base para el ulterior desarrollo de la civilización occidentalizada en lo que hoy es América Latina. Ser blanco es sinónimo de ser moderno y civilizado. Si no se encaja en el modelo de blanquitud, entonces se permanece al margen. El proyecto de civilización así impuesto no tiene respeto28 por las diferencias. Para Arendt (2014) “la moderna pérdida de respeto, o la convicción de que solo cabe el respeto en lo que admiramos o estimamos, constituye un claro síntoma de la creciente despersonalización de la vida pública y social” (p. 261). La ausencia de respeto hacia lo humanamente otro puede traducirse como negación de la alteridad que representa, lo que lleva al alejamiento del mundo común.

El distanciamiento del mundo provocado por la ausencia de respeto en la sociedad moderna erosiona el sentido de comunidad, trastoca la esfera pública y, por lo tanto, el espacio propiamente político. Es en la construcción de subjetividades que este alejamiento de la vida pública encuentra un punto de apoyo. Las imágenes estereotípicas a través de las cuales se clasifica a los individuos qua tipos sociales (Fricker, 2017) son la base de los prejuicios identitarios. En la época de la conquista se establecieron imágenes del indio. Los conquistadores adjudicaron ciertas características a los indígenas desde su muy

28 El respeto, de acuerdo con Arendt (2014), “es una especie de <<amistad>> sin intimidad ni proximidad; es una consideración hacia la persona desde la distancia que pone entre nosotros el espacio del mundo, y esta consideración es independiente de las cualidades que admiremos o de los logros que estimemos grandemente” (p. 261). La lectura entre líneas de la anterior reflexión permite ver uno de los temas que le ocuparon a esta pensadora, a saber, la pluralidad. La consideración de los Otros sin importar su condición es necesaria por el simple hecho de que son humanos.

60 particular posición en el mundo, no porque fueran precisamente así. Los recién llegados a lo que hoy es América se arrogaron la facultad de señores y constructores de otredades, marcando así cuerpos y mentes de tal manera que siglos después es posible ver que la colonialidad va más allá de lo político.

Fue el estereotipo prejuicioso el que llevó a un sector de la población, al ego conquiro, a construir subontologías y a negar la capacidad de devenir humano de los habitantes del así nombrado Nuevo Mundo. Bajo la idea de que el Otro es un individuo de segunda, lo trataron como algo y no como alguien. Pasó a ser considerado como un ser superfluo e intercambiable, una subontología adecuada a medio para fines posteriores. Al ser vistos como seres sin razón, los indios experimentaron la degradación de su cualidad de personas y su credibilidad se puso en duda o, en el peor de los casos, les fue negada. Esta situación no dista mucho de la cotidianidad del siglo XXI.

Como hace quinientos años, aún se cometen injusticias testimoniales a razón de los prejuicios y estereotipos. La voz y opiniones de mujeres, indígenas y mujeres indígenas, no se toma con seriedad. La poca o nula credibilidad otorgada a ciertos hablantes a razón del tipo social al que pertenecen, provoca daños en su condición de sujetos portadores de conocimiento. Para Fricker (2017), la injusticia testimonial constituye una falta a la libertad discursiva. Se infiere entonces que no todos los individuos son considerados dignos de aparecer en el espacio público y de hacerse escuchar. Los prejuicios acotan la participación real en la esfera política de aquellos a los que se considera menos capaces y a quienes se les ha atribuido una menor credibilidad por el hecho de pertenecer a cierto grupo social.

Una injusticia testimonial puede desembocar en otro tipo de injusticia, sea esta económica, política o jurídica. Ejemplo tácito de ello es la situación a la que se enfrentaron, y se enfrentan, los grupos históricamente desfavorecidos y excluidos. Colectivos cuya dignidad ha sido trastocada no solo por las injusticias testimoniales de las que fueron objeto desde el siglo XV y XVI, sino que estas, a su vez, como una reacción en cadena, provocaron otros tipos de injusticias y

61 exclusiones. En suma, la injusticia se puede presentar en múltiples facetas de la vida de un individuo. Al ser persistente y sistemática, se torna como opresión (Fricker, 2017) que inhibe la acción y da paso a una potencial reificación.

La opresión, entendida como producto de los prejuicios (Fricker, 2017), se erige como moneda de cambio en una cultura como la mexicana en la que los indios siguen siendo vistos como invasores en su propia tierra y las mujeres aún son relegadas al ámbito privado. La negación de su participación en la esfera pública y en la toma de decisiones que esta demanda es constante. Relegarlos de los principales espacios económicos es una cuestión persistente. El silenciamiento de cosmovisiones otras y la ceguera creciente ante la pluralidad de formas de vida que se salen de los parámetros establecidos en la imaginación social gracias al ethos que representó la blanquitud, son solo una muestra de la exclusión múltiple y sistemática que, si bien inició hace quinientos años, continúa vigente.

Infligir en los subalternos un daño en cuanto sujetos portadores de conocimientos es una situación que representó, y representa, un ataque directo a su ser personas. Denigra a los individuos a la par que los mantiene como seres de segunda, sin capacidad real de expresión y a quienes se les niega la escucha de su voz en la esfera pública. El hecho de que los prejuicios vayan de la mano con imágenes estereotípicas y pasen las más de las veces desapercibidos (Fricker, 2017), se debe a lo arraigado que se encuentra. La normalidad con la que es percibida la exclusión y marginalidad ya no causa asombro. Los estereotipos, con los años, han reforzado la condición de subalternidad de mujeres e indios.

Situación que se presenta como favorecedora para el pequeño sector que ostenta el gobierno y se encarga de la gestión impersonal de las diferencias y los asuntos públicos.

La intencionalidad o, dicho de otro modo, lo que está detrás de la negación de las diferencias, es la pretensión de homogeneizar el mundo. La homogeneización, a decir de Castro (2017), es vertical; es decir, se produce de arriba hacia abajo. Situación que propicia el debilitamiento de la política y la creación de desiertos que dejan de ofrecer oasis de pluralidad y diferencia. Las

62 injusticias testimoniales que se infringen en los cuerpos de los Otros, de los nativos, de las mujeres y aquellos a quienes se considera como inferiores desde el punto de vista humano, son muestra de lo erosionado y vacío que se encuentra el espacio público.