El aumento de tareas y el crecimiento numérico de las barras ha tenido un considerable impacto en la distancia que existe entre los jefes y los integrantes de los niveles inferiores de la organización. En el caso de River y Boca, la distancia que existe entre estos sectores de la barrabrava es notable, al punto de que muchos miembros de la misma jamás llegan a dirigirle la palabra al jefe máximo de la organización. La transformación de una barra pequeña, de origen barrial a una empresa mayor con asentamiento en varios negocios y presencia en amplios territorios sociales, ha impactado de manera considerable en el establecimiento de esta brecha que hoy separa a los grupos mayoritarios de la tribuna y sus jefes.
Esta lejanía a su vez colaboró en la mitificación de la imagen de ciertos líderes.
Una vez más los líderes de la Doce son el ejemplo paradigmático de ello. Tanto la figura de “el Abuelo” como la de “Rafa” Di Zeo, su sucesor, despiertan una no despreciable admiración que se traduce en una idealización de lo que representa la figura de “el jefe”, no sólo entre los propios miembros de la barra, sino también entre barrabravas rivales e incluso hinchas pertenecientes a la masa de asistentes no beligerantes.
En barras como las de Boca y River, dado el tamaño, la diversificación de los negocios, y la cantidad de integrantes con que cuentan, los jefes se
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encuentran en una posición de aislamiento respecto de los mandos medios y bajos. Si bien están presentes en la cancha, entre la muchedumbre del sector popular, el círculo que los rodea está constituido por el grupo cercano a él, del sector más alto en la jerarquía grupal. En este sentido el cambio más significativo puede adjudicarse a la transformación de la barra de ser un grupo selecto y pequeño, como lo fue la Doce durante la jefatura de “Quique”, a un prototipo de barra numerosa como la que se impulsó con la llegada del Abuelo. Mientras que Quique se esforzó durante los años de liderazgo en mantener un estricto control del ingreso al grupo, lo cual llevó a que en sus años, el tamaño máximo de la organización llegara apenas a 40 integrantes; “El Abuelo” impulsó un modelo de barrabrava ampliado. Mantuvo una política de alianzas con sectores de la tribuna que provenían de distintos lugares geográficos de la capital y la provincia de Buenos Aires, a los que les otorgó un lugar en la organización. Con ello logró que hacia 1989 la barrabrava superara los 2mil integrantes, aunque el mando continuara siendo centralizado. El incremento de poder que vino de la mano del populoso ejército a sus órdenes, sumado al logro de la representación de la
“hinchada” nacional en los mundiales, hicieron de “el Abuelo” un personaje de alcance nacional. Esta estrategia sería mantenida por Di Zeo, quien tuvo una llegada mediática aún mayor.
En River, aún sin contar con personajes de tanta notoriedad pública ni arraigo popular, se ha reproducido la estructura multitudinaria de la barra. En la actualidad cuenta con un grupo de choque que oscila entre 100 y 200 hombres.
Pero la masa disponible supera a los 500. En este marco, los líderes también aparecen aislados respecto de los sectores pertenecientes a los escalafones inferiores. Por ejemplo, Fabio, señaló que la jefatura de la barra está a cargo de
“cinco cabezas”. De ésos, tres se encargan de tratar con las segundas líneas, mientras que dos de ellos, trabajan en la sombra sin tener contacto alguno con la masa integrante de la organización.
“Y los tres de la popular son los que tienen contacto con nosotros, con la gente. Los otros no, mucho no se les ve la cara, porque son gente de plata, son los que ponen toda la plata y a veces son hasta dirigentes, son delegados están metidos en líneas
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políticas y eso. Y no los ves, o los ves y decís, no es una persona de plata por como está vestida todo y es el jefe de la barra. Es así.” (Fabio de River)
Pero la realidad de las barrabravas y los líderes de los clubes más grandes52 del país, con estructuras complejas, como se verá en la siguiente sesión, no es común encontrarlo en otras barrabravas de clubes menores. En la medida en que la barrabrava es menos numerosa y dispone de recursos inferiores, la distancia que separa a los jefes de la tropa se estrecha. Así lo señala un integrante de una barrabrava de uno de los clubes llamados “chicos”:
… en Boca otro pibito no llega a hablar nunca con el jefe de la barra, a veces ni el primer línea. Nosotros tenemos otra relación, de amistad, de conocernos en el barrio, de manejarnos en el club con dirigentes, con gente que está en la oposición, porque es un club chico, bah, no chico, (…) pero, los demás clubes que no somos River ni Boca, nos manejamos de una manera más directa. Tiramos todos para el mismo lado, seremos 20 o 30. Cuatro son las cabezas de los grupos, nosotros tenemos 4 grupos, 4 bandas. (Joaquín de Huracán)
En otro caso, ilustrado con el testimonio de un miembro de la barrabrava de Gimnasia de La Plata, la brecha entre el jefe y los integrantes del nivel más bajo se salva a través del tiempo de permanencia. En la medida en que se demuestra regularidad en la organización, se pasa de tener un trato mediatizado a uno directo con el jefe, aunque ello no se traduzca en una relación de amistad: “yo conocí lo por otro, pero ahora voy directamente a él, porque ahora él ya me conoce, pero empecé primero con otro chico que lo conocía que era de ahí y me rescataba la entrada de ahí. Y después bueno tenemos onda así y ahora voy yo a buscar mi entrada.” (Ramiro de GELP):
Sin embargo, se trate de líderes que se manejan a la distancia, o de los que tienen trato más o menos directo con su gente, la estructura de mando es similar en todas las barras. Ello se constituye a partir de la conformación de líneas inferiores al jefe encargadas de manejar subgrupos dentro de la organización. En ese sentido coinciden, tanto los modelos de las barras grandes como la de Boca y
52 En Argentina, existe un grupo de 5 clubes que son considerados los “grandes” del fútbol argentino. Semejante adjetivo se debe a la consideración del tamaño de estos clubes en relación a su masa societaria, la cobertura nacional de sus peñas y/ o filiales (que trascienden el espacio local de la ubicación del club) así como también sus logros deportivos. En este grupo se encuentran: Boca Juniors, River Plate, San Lorenzo, Independiente y Racing.
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River, así como la Huracán, que tiene a su cargo tanto un volumen inferior de integrantes como de negocios para administrar. A continuación se dará lugar a la descripción de la estructura organizativa de las barrabravas, como herencia de “El Abuelo”.
Como en toda estructura jerárquica el mando constituye una posición de privilegio y representa una fuente de beneficios personales deseables para cualquiera que participe de su vida interna, tal como quedó reseñado en el comentario del miembro de la barrabrava de GELP. En efecto, la lucha por ocupar esa posición ha dado lugar a sangrientas batallas y es la principal causa de muerte asociada a la violencia en el fútbol en los últimos años. Ello significa que ha desplazado, en importancia y en frecuencia, a los eventos violentos típicos en los que participaban las barrabravas: los enfrentamientos entre barras rivales.
Aquellos encuentros ríspidos entre barrabravas rivales se encuentran hoy confinados a eventos excepcionales, mientras que la mayor parte de los reportes que dan cuenta de violencia por parte de las barrabravas tienen su origen en la lucha de facciones internas.
El desencadenamiento de una batalla por el liderazgo dentro de una barrabrava tiene como antecedente la pérdida de control de líneas internas o bien el fortalecimiento de líneas excluidas de los beneficios. Los medios por los cuales se establece la disputa son siempre los mismos: los enfrentamientos violentos de unos contra otros. No existe salida negociada, ni caída en solitario y siempre un cambio de mando está antecedido o precedido por eventos violentos. Ramiro de GELP dio cuenta de esto en los siguientes términos, en qué términos se deciden las jefaturas: “y, peleando... el que gana, gana la hinchada. (…) en la cancha, o afuera o donde te crucés. En la calle, donde se agarren. Yo te quiero sacar la barra, suponé vos sos el jefe de la hinchada, entonces yo te digo:”vamos a pelear”
Y si te gano me quedo yo con la hinchada.” (Ramiro, GELP). Sobre la suerte de quien es derrotado en la pelea señala: “y no van más (…) no no es que se retiren, pero no van más, debe ser por miedo andá a saber que los agarren otra vez o capaz que te dicen ‘eh, vos sos amigo de este’ y se pelean. El grupito el otro se va y viene otro grupo. “
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La pelea constituye la principal53 vía para la sucesión en el cargo al frente de las barras. A consecuencia de esto, se produce la expulsión del sector vencido.
La ley del victorioso se hace sentir a tal punto que quien gana la batalla se apodera del territorio y determina la prohibición de ingreso al estadio de quien resultó desplazado.