Sin embargo, la radicalidad antropológica y social de la sexualidad, la propiedad y el poder o, si se quiere, de las formas de identidad genealógica física, patrimonial y legal, no es una singularidad de la cultura helénica. Muy cerca en el espacio pero muy lejos por sus fuentes, la tradición judaica pivota sobre tres elementos medulares: Israel es la descendencia y el linaje de Abraham; ceñido y sostenido por la Ley entregada por Moisés; y errabundo tras la promesa de una tierra prometida. Israel es una tribu (de
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tribus), el decálogo una ley, y la tierra prometida un hogar/patria. La tribu, el decálogo y la tierra prometida son las referencias constitutivas de una identidad genealógica que se define a sí misma por ser el objeto de una alianza (de un vínculo familiar/esponsal) con el mismo Dios.
Se trata, pues, de un sujeto genealógico —un pueblo— que se dice fundado por una elección divina —un pueblo elegido—, pero no un pueblo elegido entre los demás pueblos, sino fundado (engendrado, cabría decir)6 por la elección de Dios que es también una promesa y una predilección entre el resto de las naciones. Israel es, para sí mismo, un sujeto (genealógico) constituido por una expresa y predilecta interlocución divina:
la promesa de un Mesías. Cuando Yahvé llama, crea lo que llama porque sus dichos producen lo que significan, como en el principio, cuando dijo luz y se hizo la luz.7 Así que Israel no es un pueblo al que Dios se dirige para hacerle una promesa, sino que es el pueblo creado por Dios al dirigirse a él para hacerle la promesa. Israel es, pues, el pueblo/promesa, una nación que es ella misma una interlocución divina, una llamada o palabra de Dios hecha carne o, mejor, hecha tribu, ley y tierra prometida.
La promesa y la alianza divinas se mantienen intactas a través de las generaciones que, en la medida en que se suceden, se identifican como un sujeto continuo y en lo esencial idéntico: el interlocutor de la Alianza. A partir de esa autoconciencia, resulta del todo coherente que los judíos se pregunten a la vista de una enfermedad que es también una impureza si la causa moral, el pecado, lo cometió el individuo que la padece o al- guno de sus ascendientes, pues entre uno y otros no existe el abismo de inidentidad que nosotros suponemos, y que pone a salvo a los descendientes del pecado de sus mayores, sino que unos y otros son un solo sujeto. Los méritos y las culpas se perpetúan a todo lo largo de los linajes porque el sujeto del que se predican subyace idéntico a través de las generaciones. De modo que los linajes están atravesados y sostenidos por un sujeto respecto de cuya identidad los individuos son solo episodios emplazados a reconocer con veneración su ascendencia —piedad—, y a asumir la medida prefijada de su destino —el honor—. Y lo dicho vale lo mismo para la hemorroísa y sus ascendientes que para el Conde del Valle de San Juan cuyo título y posesiones se crearon para premiar un com- portamiento valeroso en la batalla de Lepanto. Más todavía: no ya la tradición judía, sino el conjunto del orden social del mundo antiguo y premoderno europeo está atravesado de sujetos genealógicos que protagonizan la arquitectura general del orden social, porque es la lógica de las identidades genealógicas la que da su consistencia y durabilidad.
Ahora bien, entre uno y otro, esto es, entre la tradición judía y las aristocracias estamentales europeas, tuvo lugar una mutación que si bien coexistió largo tiempo con las formas del mundo antiguo e incluso se asimiló a ellas, contenía desde el inicio la matriz antropológica y social de un mundo nuevo. Dicha mutación tiene su origen en la variación que respecto de la tradición religiosa judía supuso el Cristianismo al afirmar
6. así israel, como imagen prototípica de Cristo, no es un sujeto elegido sino engendrado por la elección que es al mismo tiempo una misión.
7. Ver: Génesis, 1.
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que la interlocución divina no se dirige a una tribu o nación (al menos no exclusivamente) sino a todo hombre por sí mismo. Desde esa perspectiva la acción salvífica de Dios no tiene como destinatario a un linaje físico, ni patrimonial, ni nacional, sino a un sujeto nuevo, erigido como tal en tanto que término y destinatario de la interlocución divina, o, lo que es lo mismo, en tanto que autor de las acciones por las que —en concurrencia con los méritos de Cristo— se alcanza nada más y nada menos que un destino eterno, bien sea la salvación o la condenación eternas.
Ese sujeto nuevo, visible e identificable en tanto que término de una interlocución divina y en tanto que núcleo de imputabilidad de los actos por los que se dirimirá su eterno destino, necesita para hacerse socialmente visible —o, lo que es lo mismo, para cristianizar el universo social antiguo— erigirse segregado de los antiguos sujetos genea- lógicos, y hasta enfrentarse a ellos diferenciándose de modo que al comparecer exento de la forma antigua de las identidades genealógicas, haga comparecer también al interlocutor, esto es, a Dios, en relación al cual se ha constituido. Así comparece socialmente visible e identificable el mismo sujeto que es el destinatario de una misericordia infinita pero que comparecerá al juicio, y cuyos actos serán sopesados precisamente en tanto que no son imputables en absoluto a otro y dan lugar a un mérito justo o a una culpa inexcusable.
De ese modo toma cuerpo el sujeto ’religioso’, es decir, aquel que se configura como tal mediante la vinculación constituyente con un Dios que, casi como había hecho con Israel, lo crea en la medida que lo elige. Y esa elección lo es para dar testimonio, o si se quiere, para dar visibilidad a la nueva forma de la identidad configurada mediante la cancelación de la pertenencia a los linajes físicos generados y sostenidos por el sexo, esto es, el voto de castidad; y mediante la cancelación de la pertenencia a los linajes patrimoniales generados y sostenidos por la propiedad, esto es, el voto de pobreza; y mediante la cancelación de la pertenecía a los linajes legales o políticos generados y sostenidos mediante el poder o la libertad de la ciudadanía, esto es, el voto de obediencia.
A partir y en virtud de los votos de castidad, pobreza y obediencia el sujeto se constituye mediante su vinculación —religación— con Dios por la que comparece so- cialmente como el sujeto religioso y cristiano simultánea e indiscerniblemente, al tiempo que se aparta —y se afirma al separarse— de los linajes establecidos sobre los vínculos que generan la sexualidad, la propiedad y el poder, y que constituyen el ’mundo’, es decir, el medio compuesto por la red de relaciones que hay que abandonar para poder erigirse según la forma religiosa del sujeto.
Frente a la destinación social con la que los linajes ciñen a sus miembros a una determinada posición y misión social, el religioso se configura como el sujeto nuevo que se da a sí mismo una posición y misión social,8 la religión, para la que no capacita
8. Desde el punto de vista de una fenomenología de la conciencia religiosa, la autodestinación social ejercida por el sujeto religioso tiene, como se ha dicho, la forma de la vocación y, por tanto, se trata de la respuesta a una interlocución o llamada cuya iniciativa no parte, en principio, del propio sujeto que más bien consiente o, si se quiere, que responde afirmativamente. no obstante, desde el punto de vista sociológico, lo que comparece es un sujeto que desde sí y por sí fija —hasta cierto punto, al menos— su misión social con independencia de su origen y, sobre todo, sin poder reivindicar dicho origen como la legitimación con validez social para ejercer dicha función.
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ninguna clase de procedencia o linaje. De ese modo el religioso y la esfera social de la vida religiosa se convierten en el primer espacio social configurado mediante (y para) la autodestinación social de una nueva forma de identidad que, en tanto que término de la interlocución divina, resulta ser la sede individual de la autodestinación social.
Ahora no es la vigencia prefigurante de un origen sino la fuerza constituyente de una llamada, de una misión, la que dota de identidad al individuo que llega a serlo en tanto que segregado de la identidad genealógica de los linajes. Ahora el fin ya no es aquello que estaba previsto simple y perfectamente en el origen, sino que entraña avatares imprevistos respecto de dicho origen, porque ya no rige el honor como cumplimiento del origen sino la santidad como respuesta a una llamada, la salvación, que para nada podía estar prevista en lo precedente, ya fuera la historia de un linaje, de una nación o de la humanidad en su conjunto. Al revés, esa llamada, que opera como un fin nuevo e inédito, la salvación, corrige y refuta el destino prefijado en la naturaleza humana en tanto que identidad genealógica, toda ella herida y afectada por el pecado de Adán.
De hecho, la creencia en la doctrina del pecado original supone la afirmación de la existencia de una cierta identidad genealógica por la que la caída y la culpa de un padre se perpetúa sin defecto en sus descendientes, es decir, en todos los miembros de la especie humana. Ese es el orden de la realidad que el nuevo Adán ha venido a superar, aunque no a suprimir, de modo que sobre el fondo de una identidad genealógica común se yergue el nuevo sujeto, término y fin de una interlocución del todo nueva e imprecedida, la “gracia” de la salvación.9
Por último, conviene ahora, aunque sea de soslayo, reparar en que de nuevo la historia de la vigencia social de las identidades genealógicas aparece vinculada a la forma de lo sacrificial, de modo que si en el inicio fue el hábito de separar del consumo ordinario el alimento lo que, con cierta probabilidad, anticipó la forma de secularización del sacrificio en la que consistió la separación del consumo actual de la semilla que enterrada dio lugar a la agricultura, ahora es la interiorización del sacrificio de un sujeto que se separa a sí mismo del tráfico de las relaciones sexuales, propietarias y de poder, lo que da lugar a la aparición de un tipo de identidad irreductible a la de sus prede- cesores. El decaimiento de las prefiguraciones genealógicas del destino es correlativo a la individuación del sujeto en tanto que instancia hábil y socialmente legitimada para acceder a un tipo de vida —la religiosa— que no solo es el primer espacio de movili- dad social, sino el locus de vigencia de una subjetividad que mediante su interlocución con Dios se configura como más original y anterior para sí misma que cualquier origen físico, social o cultural del que proceda: la libertad.
9. san Pablo, Romanos, 5, 12-19: “Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte y la muerte se propagó a todos los hombres [...] si por la culpa de aquel que era uno solo, la muerte inauguró su reino [...]
y una sola culpa resultó condena de todos [...] así como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos en pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos”.
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