• No se han encontrado resultados

La violencia simbólica como motor de la reproducción

In document ÍNDICE DE CUADROS (página 140-144)

CAPÍTULO IV. MÁS QUE EVAS Y MARÍAS: DE LA REPRODUCCIÓN A LA

4.2. La lógica de las prácticas: de la violencia simbólica a la estrategia

4.2.1. La violencia simbólica como motor de la reproducción

doméstica se suma de nuevo el de la vida espiritual para legitimar la necesidad de que el orden actual de las cosas, en cuanto a normas y roles se refiere, permanezca como tal.

La respuesta podría darse en una sola línea: “se le excomulga o se le pone a prueba, o todos la ven como la pecadora”, sin embargo la dinámica en la que se desarrollan estas tres opciones es mucho más compleja de lo que parece. Así, uno de los ministros entrevistados respondía a esta pregunta, señalando que hasta los años ochenta en la iglesia funcionaba un sistema de prueba en el que se realizaba un proceso de juicio de manera pública y mediante el cual se podía cesar temporalmente de sus derechos como miembros a quienes habían incurrido en alguna falta o, en caso extremo, determinar su excomunión, pero que actualmente esto ya no está en práctica.

Sin embargo, aunque algunos de los feligreses corroboraron esta versión, la realidad es que esta práctica sigue empleándose en la actualidad con la diferencia de que los procesos ya no se realizan públicamente, sino en privado; hay una serie de llamadas de atención previas, un acompañamiento y una pastoral y en lugar de que al infractor o infractora se le cese de sus derechos, se le pide que se involucre de una forma más activa en la vida espiritual.

Esto –señala el pastor- tiene una excepción, cuando se trata de “pecados morales”, como el adulterio o la fornicación, que sí llevan a la excomunión, aunque aun así se mantiene el derecho a ser pastoreado y asistir a la iglesia.

Ahora ¿Qué es lo que lleva a la transformación del carácter de público a privado en estos procesos? La clave está en el “todos la ven como pecadora”. Al respecto comenta el pastor: “antes sí se hacía público, ya no, por respeto a las personas y por el morbo en los demás. Si se hace público, provoca la vergüenza en la persona y la familia, y en lugar de recuperar a la persona, voy a perder a la familia y a ella también (Entrevista, Miguel [pastor], Tijuana, 16 de marzo de 2014). Así pues, lo que se busca evitar son una serie de dinámicas sociales que se consideran dañinas, en las que se producen chismes y críticas hacia las mujeres transgresoras y que fueron referidas constantemente por las entrevistadas:

Cuando una mujer no cumple con las reglas la critican abiertamente. La critican unas con otras, se van pasando la bolita y al rato la traen de chisme en chisme y hasta le agregan y le ponen y le engordan y le enflacan y le todo. Yo creo que lo más pesado en la comunidad, en una sociedad cristiana, es la crítica, son muy severos (Entrevista, Esperanza, Tijuana, 28 de enero de 2014).

¡Se la comen! La critican, aja. Sí, pues la critican, la señalan, no la toman en cuenta, quizá no… pues por lo mismo, yo creo que la mujer más por la apariencia que por los sentimientos […] Lo primero que dicen es “no, que no trabaje porque mira como viene vestida, que no

trabaje porque es divorciada” o cosas así, pues, yo creo que por su aspecto o por lo que ha hecho es como la limitan (Entrevista, Beatriz, Tijuana, 23 de enero de 2014).

Estos chismes y críticas producen sentimientos de culpa, miedo y una sensación de rechazo en quienes son señaladas, lo que en gran parte de los casos lleva a que no sea necesario excomulgarlas, dado que ellas mismas abandonan la iglesia:

Te hacen sentir tan mal que tú ya no quieres llegar ahí o sea, y no ya nada más que no llegues, sino que cuando tú vas te hacen sentir mal ¿sí sabes? La gente ya ni te saluda, ya la gente ya ni te voltea a ver, que es lo que ha pasado con muchas de nuestras amigas, bastante. Entonces tú te quedas así como que “¡Hey! ¿Por qué? O sea, háblenle, es la misma persona, simplemente cometió un error”, o sea, ¿qué tiene que haya cometido un error? y yo ahorita pienso como en varias de ellas (Entrevista, Esperanza, Tijuana, 28 de enero de 2014).

Lo anterior se debe a la fuerte interiorización de las normas por parte de las mujeres, que desde la propuesta que hace Bourdieu como explicación de la dominación masculina, podría traducirse como una incorporación de los principios simbólicos conocidos, admitidos y compartidos tanto por dominadores como dominados51 (Bourdieu, 2000: 12). Esta incorporación de los mandatos se visibiliza de una manera notable en el lenguaje de las apostólicas, quienes mencionan que el miedo, la incomodidad o la culpa no les permiten llevar a cabo ciertas actividades, como prácticas sexuales o el empleo de algunas vestimentas que se considera que no cumplen con la regla del decoro, pudor y modestia.

Aquí Fátima comenta la sensación que le provocaba el simple hecho de subir al carro de su novio sin nadie más presente: “te dicen tanto las cosas, que te digo que te da a veces miedo, te da temor, no por tus papás, yo no le tenía miedo a mis papás, porque a veces los mismos hermanos te pueden destruir diciendo cosas que no son o hablando cosas o se figuran cosas que no son, entonces sí me daba miedo” (Entrevista, Fátima, Tijuana, 9 de septiembre de 2013).

Ahora, aunque no es la generalidad, algunas mujeres refieren inclusive haber experimentado un llamado de Dios para enmendar su conducta aun cuando no eran

51 Aquí es importante señalar que hablar de una dicotomía entre dominantes y dominados no significa referirse a una simple oposición entre hombres y mujeres, ya que tanto pueden existir hombres que se oponen a la reproducción de un orden de género opresor de las mujeres, como pueden encontrarse casos de mujeres que se adhieren por completo a este orden y, aunque dentro de esta clasificación sean consideradas como dominadas, pueden también desempeñarse como dominantes. Es decir se trata de una serie de relaciones complejas en las que lo que se opone son los derechos de las mujeres a una vida con mayores posibilidades de elección y esferas de desarrollo frente al orden patriarcal que busca frenar y evitar los procesos de transformación que esto implicaría.

bautizadas, pero ya conociendo la disciplina y la doctrina de la iglesia por haber sido criadas en ella, como ilustra el caso de Alicia, quien comenta la experiencia vivida a partir de su asistencia a un baile en Sinaloa:

Esa fue la única vez que yo me pinté, pero nomás pintarme los labios. Y me corté el pelo cortito, es la única vez que yo me corté el pelo así. Y me hice un vestido así con strapples, fue la única vez porque yo iba a ir al baile. Iba a ser ahí en la misma casa, en la residencia donde vivían ellos. Y me sacó a bailar el Florentino […] me sacó a bailar la primera pieza. Y en eso estaba cuando, esa fue la primera vez que Dios me habló y me dijo “¿Qué haces aquí?

Aquí no es tu lugar” y yo me sentí tan miserable y le dije [a Florentino] “¿sabes qué? llévame a sentar”, dijo “¿Por qué?”, “llévame a sentar” le dije, “no, pero ¿Por qué?”, “llévame a sentar si no quieres pasar la pena de que te deje aquí parado”, le dije “ahorita que termine la pieza”, hasta eso que no, no lo deje ahí ¿no? Me llevo a sentar y yo me subí al tercer piso, hacía mucho calor, en un catre, porque allá se acostumbran mucho los catres. En un catre me acosté, me dormí y yo no supe nada ya jamás, jamás de los jamases, que a mí me dieran ganas de ir ahí, no. Entonces tenía yo, yo creo iba a cumplir 15 años y ya nunca y desde entonces ya dejé que me creciera el pelo, nunca más de andarme, que yo me anduviera pintando nunca (Entrevista, Alicia, Tijuana, 9 de enero de 2014).

Esta fuerte adhesión a los mandatos lleva a que, por un lado, sea difícil que las creyentes realicen transgresiones y puedan tener “la conciencia tranquila” o sentirse felices, situaciones que fueron señaladas por las entrevistadas como un aspecto más de lo que ocurre cuando no se obedece a las normas y que, por tanto, lo que predomine en el grupo sea la reproducción del deber ser dictado institucional y socialmente y, por el otro, que al considerar a sus hermanas en peligro, hasta quienes hacen denuncia de estas prácticas como inadecuadas hayan acudido con el pastor a informarle de la transgresión llevada a cabo por otra creyente, a veces inclusive de buena fe:

Otra cosa que me arrepiento mucho es que una vez una muchacha me confió algo y yo malamente fui y le dije al pastor, al rato el pastor predicó de eso ¡uta, cómo me arrepentí de haberle dicho al pastor! De verdad, yo creo que odié a ese pastor, todavía… pero sí fue algo muy feo ¿sí sabes? La muchacha me reclamó y… y ahorita la muchacha no va a la iglesia (Entrevista, Esperanza, Tijuana, 28 de enero de 2014).

Así pues, aunque es posible construir una conciencia y hacer una reevaluación de la acción a posteriori, ésta es una muestra de la forma en que las relaciones sociales de dominación son profundamente somatizadas por las creyentes mediante un trabajo de construcción simbólica que transforma los cuerpos y las conciencias imponiendo definiciones de los usos legítimos del cuerpo y de las prácticas aceptables para una mujer apostólica, constituyendo matrices de percepción y actuación que se aplican a cualquier realidad –en este caso, a la propia y a la ajena. Al respecto se puede decir que el actuar de la

mujer que denuncia a otra mujer, que inicia un chisme o una crítica que comienza a circular en el grupo, es una contribución a la permanencia del orden imperante mediante “actos de reconocimiento práctico, de adhesión dóxica, creencia que no tiene que pensarse ni afirmarse como tal, y que «crea» de algún modo la violencia simbólica que ella misma sufre”

(Bourdieu, 2000: 49).

4.2.2. La resignificación, el cuestionamiento y la transgresión como estrategias que surgen

In document ÍNDICE DE CUADROS (página 140-144)