CAPÍTULO IV. MÁS QUE EVAS Y MARÍAS: DE LA REPRODUCCIÓN A LA
4.1. La feminidad apostólica en carne y hueso: Evas, Marías, Saras, Rebecas y
4.1.5. Trabajo: entre la realización profesional y las prioridades maternas
venirme de carrera a recoger a los hijos de la escuela. Era muy pesado, entonces estoy así como que en pausa todo eso (Entrevista, Matilde, Tijuana, 10 de septiembre de 2013).
Le digo a mi esposo “quiero volver a la escuela”, o sea, no estoy peleada con los estudios, pero ahora quiero entrar a estudiar nutrición […] de hecho quería entrar ya este ciclo escolar, se nos atravesaron unas cosas, que hasta ahorita no he podido, sinceramente no me he enfocado al 100. Tengo la idea, quiero, pero no me preocupé porque ahorita les doy prioridad a mis hijos, mi niña quiere estudiar medicina, le digo “entonces sí me tengo que apurar, porque tengo que trabajar porque el arquitecto y la medicina son carreras muy caras”, entonces le he dado prioridad a mi hija (Entrevista, Fátima, Tijuana, 9 de septiembre de 2013).
Así pues, es posible señalar, para cerrar este apartado, que un eje cuyo discurso puede parecer completamente consensuado y del que se habla como una forma de evolución hacia la igualdad de género, como la educación, en la práctica permite ver que está caracterizado por una constante tensión y condicionantes para su ejercicio.
de sus hijos o poco tiempo después del nacimiento, dado que consideraron que los beneficios económicos no resultaban suficientes, estos son los casos de Matilde y Fátima, que fueron presentados en el apartado sobre educación.
De las cuatro mujeres restantes, una de ellas dirigió una guardería por aproximadamente ocho años, dentro de su espacio doméstico, ya que su esposo era jornalero en los campos de California, y dado que la familia vivía en San Diego, ella buscaba complementar sus ingresos. Otra es enfermera y ha ejercido su oficio desde su juventud, abandonándolo únicamente durante un año por problemas de salud; de entre las entrevistadas, la pareja de la que ella forma parte parece ser la que maneja con mayor igualdad los ingresos económicos y la distribución de las tareas domésticas, sin embarco cabe recalcar que esto posiblemente se deba a no contar con hijos. La tercera, recién casada, se dedica a las ventas y señala ser la proveedora principal, pues ella posee un trabajo estable, mientras que su marido trabaja de forma ocasional y los ingresos que percibe no suelen ser uniformes.
La última de las cuatro, trabajó durante un período de seis años en una maquiladora ya contando con dos hijos, sin embargo su experiencia no resultó de lo más satisfactoria, pues desarrollaba una doble jornada. Posteriormente, al dar a luz a su tercer hija, se dedicó durante algunos años únicamente al cuidado del hogar, pero cuando la necesidad económica se volvió de nuevo apremiante y decidió que era tiempo de volver a la actividad laboral fuera de la esfera doméstica, los miembros de su entorno -específicamente la familia de su esposo, también apostólica-, hicieron lo posible porque no fuera así y lo lograron:
Iba a entrar a trabajar otra vez […] y ella [su cuñada] le chismeó a mi suegra. Entonces me habló mi suegra “¿Qué quieres entrar a trabajar?”, “¡no… suegra! ¿Quién le dijo?”, “no, a mí me acaban de decir que quieres trabajar. Y yo te aconsejo que no”, “Pero suegra, mire, así están las cosas”, “no, Ofelia –me dijo-, vas a descuidar primeramente a Dios, a tu esposo, a tus hijos, tu casa”. Y yo “o.k., no voy a trabajar”, pero según ¿no? Y ya le dije a Paco, “la chismosa de tu hermana le habló a tu mamá y le dijo que iba a entrar a trabajar, “¡pues qué bueno! –me dijo-, porque yo también ya le había dicho a mi mamá que querías trabajar”, “¿y eso que, pues? –le digo- deberían estar contentas u orgullosas porque te voy a ayudar a llevar los gastos de la casa”, “no, es que yo no quiero que tú trabajes”, “o.k. –le dije- no voy a entrar a trabajar” y así quedó. Y que viene mi suegra a hablar muy seriamente conmigo y me dijo
“¿sabes qué, Ofelia? Vamos a hacer un trato”, “o.k. –le digo- ¿de qué se trata?”, “te voy a enseñar a hacer tamales” (Entrevista, Ofelia, Tijuana, 8 de septiembre de 2013).
Mientras que en los primeros tres casos de estas mujeres que tienen trabajos remunerados, es posible hablar de una transgresión de la norma -especialmente en el caso de
aquella que se erige como proveedora económica principal-, estas son pasadas por alto, mientras que en el de Ofelia, esto desata un conflicto familiar que termina cuando su suegra se encarga de su disciplinamiento genérico al enseñarle a hacer tamales para que pueda aumentar sus recursos económicos sin dejar el espacio privado y con ello, Ofelia, quien actualmente se dedica a su venta en la iglesia y por pedido, obtiene un nuevo medio de vida.
Lo que aquí interesa destacar es que la transgresión –que en el último caso fue evitada-, puede, por un lado, tener gran resonancia, crear un conflicto o conllevar sanciones, o que ocurra todo lo contrario, ya que puede afectar principios simbólicos pero no la cotidianidad de la vida y dado que, como señala De Certeau, estas estrategias surgen para dar respuestas adecuadas a ciertas coyunturas que de otra forma no se podrían resolver, como es, en algunos de estos casos, la carestía económica.
En resumen, aunque el discurso sobre el trabajo señala el derecho de la mujer a realizarse profesionalmente, este puede entrar en conflicto con otros ejes como el matrimonio y la maternidad. En los casos de Matilde y Fátima, aunque sus maridos les dieron la opción de seguir trabajando o dedicarse a cuidar únicamente a sus hijos y al hogar, tras reflexionarlo éstas se decidieron por la segunda posibilidad, ya sea porque el ingreso económico que percibían no resultaba indispensable para el sustento de la familia o porque tras los gastos que significaba el cuidado de los hijos por alguien más, así como el transporte y la alimentación necesarios para desempeñar su labor, los beneficios resultaban mínimos.
Con el caso de Ofelia es posible identificar que, aunque que el principio simbólico que norma al matrimonio define al varón como “el” proveedor económico y a la mujer como
“cuidadora y apoyo”, y esto es reproducido por el discurso de las mujeres apostólicas, sus prácticas demuestran que se trata de figuras ideales que pueden resultar difíciles de reproducir debido a las condiciones que produce el modelo económico actual, y esto visibiliza el carácter de construcción sociocultural -no determinado biológicamente- del género. Si se estuviera analizando la masculinidad apostólica, podría decirse que no solo las mujeres son víctimas de la violencia simbólica, sino que los mandatos asignados a los hombres también son fuertemente incorporados en algunos casos ya que son lo que les otorga valor social, como lo demuestra la resistencia de su marido para que ésta salga a laborar en el espacio público.
Por último resulta interesante señalar la manera en que al riesgo de un descuido de la vida
doméstica se suma de nuevo el de la vida espiritual para legitimar la necesidad de que el orden actual de las cosas, en cuanto a normas y roles se refiere, permanezca como tal.