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Matrimonio: “honroso sea en todos el matrimonio…”

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CAPÍTULO III. MUJER VIRTUOSA ¿QUIÉN LA HALLARÁ?”: DISCURSOS

3.2. El deber ser: los discursos normativos sobre la feminidad apostólica

3.2.1. Matrimonio: “honroso sea en todos el matrimonio…”

socioculturales y los retos que éstas conllevan, sin embargo, los elementos presentado aquí son algunas de las guías más importantes a partir de las cuales se construye el actuar de las fieles en su vida cotidiana.

Según explican algunas de las creyentes, la diferencia entre estar sujeta y ser sumisa radica en que las mujeres pueden expresar su opinión y discutir en todo momento en que resulte necesario tomar decisiones, es decir, no se trata de aceptar calladamente las decisiones sino de aportar argumentos antes de tomar cualquier decisión que afecte a la pareja o la familia entera. Sin embargo, en algunos casos, tampoco se deja de hacer hincapié en que se debe respetar al marido y que se le debe dar su lugar, es decir, se trata de un modelo asimétrico, pero no se deja de mencionar que para ello no solo la mujer debe sujetarse a su marido, sino que el hombre debe sujetarse a Cristo.

En otras palabras, en este modelo ideal, ese hombre al que la esposa debe sujetarse es un creyente que vive con rectitud, conforme a las prácticas y creencias bíblicas. En todo caso, cuando el marido no está cumpliendo con su rol, se da la opción de la separación, aunque no la del divorcio. Es importante enfatizar aquí que esto es el ideal, ya que la práctica, como se verá en el siguiente capítulo, es muy distinta pues, en primer lugar, algunas entrevistadas señalan que así como hay esposos que cumplen o intentan cumplir con el rol ya descrito, otros hombres aprovechan la posición simbólica que les otorga el simple hecho de pertenecer al sexo masculino para emitir discursos y conducirse mediante prácticas machistas y, en segundo, a pesar de que el divorcio no esté aprobado dentro de la iglesia, llegan a darse casos entre sus miembros.

El punto importante aquí es que, a pesar de ser el mandato más generalizado entre las creyentes, de este surgen múltiples interpretaciones atravesadas por su subjetividad. Al respecto de este mandato, comentan Fátima, casada, de 42 años y Alicia, viuda, de 69:

El varón como cabeza del hogar tiene su lugar, él es el sacerdote, digamos, es el sacerdote del hogar, es el que dirige, el que instruye, el que guía y uno va a la par […]. En conceptos bíblicos siempre el varón tiene un lugar, no es de que uno este sujeto, este sumiso y diga “ah, todo lo que él diga”, no, simplemente que tiene lugar, pero hay que dialogar, hay que platicar, o sea, tomar los acuerdos en común (Entrevista, Fátima, Tijuana, 9 de septiembre de 2013).

Yo digo yo que el hombre sí es la cabeza del hogar, pero como la Biblia dice que sean una sola carne, deben de estar, deben discutir, no nomás que el hombre mande y el hombre diga y… no, la mujer debe tomar parte en todo. Digo, porque así fue mi matrimonio, entonces yo pienso que así (Entrevista, Alicia, Tijuana, 9 de enero de 2014).

Mientras los discursos de estas mujeres pueden aparentar una mayor o menor conformidad con lo que se les ha inculcado, puesto que han logrado otorgarle un significado

que les favorece a ellas mismas y han experimentado una vida conyugal satisfactoria, pero no dejan de reproducir lo socializado, las mujeres de la generación más joven –en este caso Esperanza, de 26 años, quien llevaba un mes de casada al momento de la entrevista- comienzan a realizar cuestionamientos respecto a este discurso: “Siempre honrar a su esposo, ser obediente, las mujeres estar sujetas a su marido. Y a los hombres nada más les dicen que las amen ¿sí sabes? Así como que ¡no manches! ¿Cómo a mí me dices que me doblegue o así y a él nada más lo pones a que me ame y ya, se acabó?” (Entrevista, Esperanza, Tijuana, 28 de enero de 2014).

Ahora, Efesios 5:25, la cita a la que Esperanza cuestiona, indica a los maridos que deben amar a sus mujeres “como Cristo amó a la iglesia”, entregándose por ella, hasta llegar al propio sacrificio si fuere necesario. Mientras a la esposa se le indica como su lugar el hogar, el cuidado e instrucción de los hijos, el ser la “ayuda idónea” de su esposo (Génesis 2:18-22), al hombre se le requiere que sea líder, lleve las riendas, tome las decisiones, sea el más fuerte y sustente el hogar, es decir, desempeñe el rol de proveedor económico. Este último mandato surge, cuando en el Génesis, Dios castiga a Eva multiplicando sus dolores de parto y a Adán le dice: “maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra…” (Génesis 3:17-19).

Aunque el discurso apostólico recurre constantemente a la presencia de cambios socioculturales como una forma de conciliar lo que dice la Biblia y lo que se practica cuando no resulta totalmente coherente, en este caso tales transformaciones se dejan de lado y buena parte de las creyentes –especialmente las mayores de 30 años, casi todas esposas y madres- siguen considerando que el proveedor económico debe ser el varón, o en su caso, la mujer puede ayudarlo, pero él debe ser quien aporte la entrada principal. Las mujeres menores, por su parte, comienzan a plantearse la posibilidad de que haya gastos compartidos, mientras que únicamente una mujer mencionó que las aportaciones de ambos esposos deberían ser parejas.

Esto se debe principalmente a la desconfianza de que, al invertirse los papeles, los hombres no sean capaces o no tomen en serio las responsabilidades de la casa. También se considera que existe el riesgo de que, al no exigírsele, el marido se vuelva conformista: “así como hay hombres muy machistas, hay hombres muy conformistas y muy mediocres,

entonces hay hombres que les gusta, este, tener como el control de su casa, de decir «yo te doy, toma esto», como hay hombres que les gusta «mejor no trabajo y dame tú», que también es muy cómodo ¿no?” (Entrevista, Daniela, Tijuana, 4 de febrero de 2014). De esta forma, a través del desconocimiento y el reconocimiento que Bourdieu señala como componentes fundamentales de la violencia simbólica, las mujeres contribuyen a la definición de los roles femeninos y masculinos como mutuamente excluyentes (Bourdieu, 2000: 12). En este caso en particular lo hacen al adherirse y confirmar los principios que señalan a los hombres como naturalmente creados para el trabajo público y remunerado, pero incapaces para desempeñar tareas de carácter doméstico. Con esto se refuerza la permanencia del estado actual de las cosas en cuanto a la división sexual del trabajo se refiere.

A pesar de ello, cuando se aborda el tema de la división de tareas domésticas es extensiva la posición que señala que ambos deberían de participar, aunque tomando en consideración sus ocupaciones y habilidades. Este aspecto se define, pues, por acuerdo: “Eso es acuerdo de cada matrimonio. No hay así como que una regla establecida, ni la iglesia creo que tenga un librito que diga «tú como mujer vas a hacer esto, vas a lavar los platos en la mañana y él en la tarde», no, eso es en cada hogar dependiendo los roles, o sea, las actividades de cada uno” (Entrevista, Matilde, Tijuana, 10 de septiembre de 2013).

La cuestión de lograr acuerdos es fundamental puesto que no existen reglas establecidas para todas las situaciones que se presentan en la vida; sino que la vida conyugal implica cierta autonomía –especialmente si se le compara con el control que se busca ejercer sobre la mujer joven- y las decisiones que debe tomar la pareja se ven como asuntos privados.

El enlace conyugal también es representado en algunos casos como una forma de liberación de la tutela familiar, como se observa en la prospectiva de Beatriz sobre su futuro matrimonio: “mis planes son casarme, viajar con mi esposo, este… salir tarde, hacer lo que no me dejaban hacer, salir tarde, llegar tarde ¡todos esos limitantes que me ponían!”

(Entrevista, Beatriz, Tijuana, 23 de enero de 2014). Sin embargo, las mismas mujeres establecen límites respecto hasta dónde llevar esta libertad:

Me gustaría que fuera un matrimonio cristiano, con la bendición de Dios, que no nos casemos y ya digamos como “o sea, ya estamos casados y vamos a hacer lo que queramos” y que nos valgan todos los principios que nos han enseñado […] Conozco muchos matrimonios que ya

se casan y dejan de ir a la iglesia. Como que “ya es mi vida”, como ya no tienes el papá que te diga “no llegues tarde a la iglesia” o cosas así, ya te empieza a quitar interés (Ídem).

De esta manera, el gran mandamiento que rige matrimonio es que sea honorable ante los ojos de Dios, como lo explica Pablo: “Encaminado a que tanto uno como otro sirvan a Dios y busquen la gracia de Dios y su familia sea formada en ese tipo de educación, eso sí se hace mucho hincapié, pero de que la mujer tiene que lavar los trastes siempre, pues no, o que el hombre tiene que nada más dedicarse a que le pongan las pantuflas después de trabajar pues no, tampoco” (Entrevista, Pablo, [ministro], Tijuana, 3 de febrero de 2014).

Dado que se espera que la relación conyugal se base en acuerdos, al enlistar los valores que fortalecen a un matrimonio, la comunicación resalta como uno de los principales.

A ésta se suman el amor, el respeto, la fidelidad, la confianza, el aprecio por el otro, el compartir la fe y el crecimiento espiritual. Aquello que se considera que puede echar abajo un matrimonio es generalmente la ausencia de estos. Sin embargo, ya que la Iglesia Apostólica establece que el lazo matrimonial “debe perdurar mientras vivan los dos cónyuges” (IAFCJ, 2014), la infidelidad suele ser la única causa por la que se llega al divorcio. Esto lleva a que el proceso de elegir al cónyuge sea muy cuidadoso por lo que, según un joven ministro, es necesario seguir un protocolo en el que se haga partícipe a Dios:

Los jóvenes de la iglesia creo que siempre tienen que preocuparse porque Dios sea el que les dé el sí o el que les dé el no. Te decía hace rato, lo primero yo creo que es la apariencia física, […] siempre tiene que haber un cortejo, creo, donde antes de ser novios se conozcan, donde quieras andar con ella y si se dan las cosas, que empieces a andar con ella. Ya que andas con ella, pues bueno, las cuestiones de empatía y si hay empatía pues la aprobación de Dios (Entrevista, Marcos [ministro], Tijuana, 19 de marzo de 2014).

Este proceso es tan importante para algunas de las mujeres, que incluso comienza antes de que lleguen a poner los ojos en algún hombre, mediante la oración a Dios para que les envíe al cónyuge idóneo:

Te educan para encontrar a la pareja ideal, a la persona con la que vas a vivir siempre, o sea, no vas a estar “me voy a casar con él para ver si me llevo y si sí es lo que esperaba y si no pues me divorcio”, o sea, creo que… el divorcio en la iglesia no está bien visto, por lo mismo de que… tú te estás guardando, tú por eso te estas cuidando, tú por eso estas orando, tú por eso le estas pidiendo a Dios que te mande un esposo ideal para ti (Entrevista, Susana, Tijuana, 3 de septiembre de 2013).

Una de las normas explícitamente prescrita por la organización religiosa es que “los matrimonios deben verificarse exclusivamente entre los miembros fieles”, es decir, el

matrimonio tiene un carácter endogámico y transgredir esta ordenanza casándose con una persona inconversa implica ser llevado a juicio por el pastor. Esto se basa en la segunda epístola a los Corintios, en la que Pablo los exhorta a que no se unan “en yugo desigual con los incrédulos” (2 Corintios 6:14-18). Así mismo, independientemente de la sanción que esto implica, las mujeres que han contraído matrimonio expresan que el confiar en el mismo Dios facilita la unión, y las solteras pronuncian su deseo por encontrar alguien que comparta su fe:

“Si tenemos a Cristo por el centro de nuestro hogar, de nuestra unión, es fácil, pero mientras uno no entienda ¡ah, qué difícil es!” (Entrevista, Alicia, Tijuana, 9 de enero de 2014).

Una pareja que te va a complementar tu ministerio o tu vida espiritual dentro de la iglesia porque… se supone que también, tú desde que te bautizas es una lucha constante ¿no? por tu santidad. Y ya cuando te casas es una lucha constante por tener una santidad dentro de tu matrimonio y por luchar por tu vida espiritual juntos […] Yo le pido a Dios que me mande un muchacho que tenga el mismo pensar que yo […] Me gustaría un novio que me apoyara en eso, que creciéramos juntos espiritualmente y así me gustaría que fuera mi matrimonio (Entrevista, Susana, Tijuana, 3 de septiembre de 2013).

El discurso sobre el matrimonio está, pues, conformado por una serie de voces que se encuentran en tensión y reflejan las posiciones de los actores que las enuncian. Además, aunque persisten conductas machistas en las que el mensaje bíblico se predica como si el varón fuera siempre cabeza de los hogares mientras algunos se componen solo por mujeres solteras o viudas; o hay hombres que hacen lecturas sesgadas para legitimar sus propios fines, es posible señalar la presencia de un cambio generacional, como narra Esperanza:

Hoy en día sí es como que los pastores en público dicen “esposos ayúdenles a las esposas”.

Justamente hace dos domingos el pastor estaba predicando y llamaba a las cabezas del hogar para que estuvieran ahí presentes […] Entonces se acercaron los muchachos a orar por los hermanos de la orilla y yo oía que los muchachos decían “Señor, dales un corazón noble para que ellos puedan ayudar a sus esposas, para que ellos puedan estar ahí…” […] Esta vez oraron ministros jóvenes por las cabezas de la iglesia. Entonces yo digo “¡Wow! cómo ha cambiado la percepción”, porque un ministro, otro, cualquiera de los grandes, ya casado, ninguno diría eso. Pero ellos, jóvenes, estaban diciendo, entonces yo me pongo a pensar “es que ellos están viendo a otra generación diferente” ¿sí sabes? […] Algo que no, que no había pasado antes, porque es mucho el… la diferencia entre nuestra generación a otras… de pensamiento, la igualdad sobre todo. Y una hermana hasta se quedó así como que “¿Por qué está diciendo eso?” (Entrevista, Esperanza, Tijuana, 28 de enero de 2014).

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