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Lepra en Trinidad

In document Lepra en Bolivia Historia y Evolución (página 96-99)

CAPÍTULO III LEPRA EN BENI

4. LOS PRIMEROS CASOS

4.2. Lepra en Trinidad

Un aspecto que ha caracterizado a la lepra en esos tiempos sobre todo en el Oriente boliviano, fue la incidencia importante de casos en las capitales, muy parecido a lo ocurrido en Santa Cruz, y mucho antes lo sucedido en la ciudad de Tarija ―hacemos hincapié que este comportamiento ha correspondido a las décadas de comienzo de la endemia; después, la mayoría de los enfermos fueron detectados desde los ámbitos rurales y comunidades alejadas―. Lo que promueve considerar algunas presunciones respecto a la vía de transmisión. La inferencia epidemiológica nos permite proponer algunas hipótesis:

a) Se da por comprobado que algunos principales focos de lepra tenían su radicatoria, escondidos en la misma ciudad.

b) Como parte de estos focos estaban algunos citadinos del mismo lugar, migrantes extranjeros u otros infectados procedentes de otras latitudes del país, pero que tenían el soporte económico y de influencia social para desarrollar una vida urbana.

c) Desde luego que la causa innegable que se aplica en este comentario son las condiciones socioeconómicas, las que predisponen organismos debilitados a cualquier agresión mórbida, donde también incluye el factor de la predisposición inmunológica.

d) Finalmente, las fuentes de infección de los focos iniciales en los campos rurales, siringales, centros laborales de siembra y cosecha, el comercio fronterizo, entre otros, que con su eventual desplazamiento hacia la ciudad han podido ser determinantes para la diseminación de la enfermedad.

Constituye una realidad en un escenario donde toda amenaza perniciosa podía ser posible, con la sola contextualización de los insuficientes medios sanitarios que se contaba, y las condiciones precarias de higiene y salubridad, ligadas a los factores sociales, económicos y culturales, todos inducían inevitablemente a desenlaces como el presente.

El “médico y amigo de los pobres”, apunta una descripción que nos enseña aquellos sucesos que, en esos años de alta endemia, la lepra no exceptuaba condiciones ni rangos sociales. “Es aquí, donde el problema se presenta con caracteres más sombríos; y, cada día que pasa, se oscurece más el porvenir de este pueblo, si no se detiene a tiempo la

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propagación del mal de Hansen. En otros centros no se tiene una idea exacta de la gravedad del problema en Trinidad; quizá interese algunos datos al respecto”.

“A pesar de lo dicho anteriormente, es curioso que, hasta hace unos veinte años, solo se conocía 3 casos pertenecientes a familias acomodadas y muy influyentes en el medio social. Y este es un punto importante que debemos tomar en cuenta, ya que todos los casos descubiertos hasta hoy día en los habitantes de Trinidad pertenecen a familias bien conocidas y apreciadas de la localidad. Así se hace difícil el aislamiento, ya que nadie quiere asumir la responsabilidad de una denuncia tan grave y solo cuando ya es imposible dudar, se llama a reconocimiento médico; o sea, después que el enfermo ha convivido mucho tiempo, años quizá, con sus parientes, sus amistades y con los que sus actividades sociales lo relacionan”.

“A los tres leprosos ya citados, fueron agregándose poco a poco, otros;

llegando hoy día a veinte el número total de presentados y comprobados bacteriológicamente, en varias familias trinitarias. Cierto es también, que ninguno de ellos está hoy día en la ciudad y que solo un caso fue aislado en la Colonia de San Juan; algunos han muerto, otros han ido en busca de tratamiento a países vecinos, como Brasil y Argentina que tienen su lucha antileprosa bien organizada; otros han ido a refugiarse al campo o donde no los conocen”.

“Hay que notar que, antes de salir de Trinidad, todos los enfermos han hecho vida social intensa durante varios años; algunos como maestros, otros como militares, otros como empleados de oficina, otros como dueños de casa donde continuamente se efectuaban reuniones sociales, etc.”.

“Debe pensarse, entonces, que, si se hiciera un despistaje serio, se descubrirían otros casos más, tanto entre sus familiares, como entre los que convivieron íntimamente con ellos”.

“He tenido la ocasión de conocer personalmente todos los casos habidos en Trinidad y, por consiguiente, no se puede dudar de su existencia. Con esto, ya se puede imaginar la zozobra en que viven los habitantes de este pueblo” (7).

Abundio Baptista Mora 97

20 La historia de la lepra en el Beni ha tenido un largo y penoso recorrido, que incorpora todos los aditamentos y pasajes que en similares condiciones ha ocurrido en cualquier país de alta endemia. Empezando con las penurias de no contar con el tratamiento específico, la incomprensión y censura inclemente de la sociedad fuertemente imbricada al estigma despiadado, juntos motivaron una cruda etapa de segregación, incluso de persecución; para continuar con el aislamiento en leproserías precarias e insuficientes, que no eran otra cosa que su confinamiento y última morada, lejos del afecto de sus allegados más próximos, esposa, hijos, hermanos; los que en muchos casos hasta mostraban repulsión con solo mirarlos. Drama dantesco que no terminaba en solo eso, para colmo de males, se complementaba con privaciones y gran limitación de alimentos, insumos sanitarios, medicamentos, escaso personal sanitario, solo se contaba con algunos médicos, enfermeras y personal de apoyo dedicados a este trabajo.

Cuando llegó la terapia específica descubierta en 1941, estos tardaron muchos años en llegar, con solo indicar que en el Brasil y Argentina apenas llegó en 1948, en Paraguay en 1949, conociendo que estos países eran considerados mundialmente por su alta carga de enfermos y alta endemia de la infección. ¿Estaríamos en condiciones de creer que a nuestro territorio hayan llegado estos medicamentos el mismo año?

Algunos registros revelan que estos remedios recién fueron utilizados después de 1950.

Los años que siguieron comenzaron a manifestarse los resultados del tratamiento; se empezó a dar de alta a los que reunían criterios para este efecto y, lo más importante, que tuviesen posibilidades de una vivienda o familia que los acoja. Mientras tanto, las cosas no fueron como todos se figuraban, los leprosarios seguían funcionando con su magra economía, quedaban los depositados enfermos con discapacidades, mutilados, ciegos; estaban los que se desplazaban apoyados en rodillas y codos, y los que se valían uno del otro para movilizarse, sin olvidar aquel grupo importante de enfermos que no tenían a donde ir; tampoco faltaban los que fueron despreciados y sufrían esta segregación, por las lesiones de aspecto repelente que portaban y los hacían dependientes aún para realizar sus elementales necesidades fisiológicas.

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¿Quién puede decir que esto no era un tiempo de horrendo sufrimiento, desesperanza y dolor? Tragedia que es únicamente comparable con aquellas que fueron escritas bajo la inspiración de Esquilo. En esta ocasión estamos para recordar aquello que tal vez mucha gente no conoce, que sin embargo ha sucedido en nuestro país, ha vulnerado a nuestra gente, que se ha combatido con lo poco que se tenía a disposición.

Lo único que abundaba era la desidia e inercia de los gobernantes, incluyendo a algunas autoridades locales. Sin ánimo de crear impulsivos testimonios, invito a los lectores a imaginarse y comentar sobre este otro mensaje del Dr. Viador Pinto, que en su trabajo solitario desesperadamente indicaba lo siguiente: “(…) no se puede llamar Colonia de Leprosos o antileprosa a San Juan, puesto que solo están allí los enfermos, para darles de comer y vestirlos mal; es necesario que se haga terapéutica antileprosa o científica; que haya locales para avanzados y mejorados y para curaciones que debe hacer el médico y el sanitario; es necesario que las drogas de efecto antileproso más conocidas no falten;

aquí hemos oído hablar de la diasona y, sin embargo, no la conocemos;

necesitamos pronamida; derivados de chaulmoogra, vitaminas, sulfas, penicilina, extracto hepático y todo esto, en cantidad suficiente; y dedeteizar cada 2 meses los locales (8).

Ni duda cabe, este testimonio es una muestra de la grandeza, generosidad, perseverancia, amor al prójimo y valentía de ilustres personajes, frente al olvido e indolencia de los demás.

Mientras tanto la lepra seguía avanzando, dejando por donde pasaba su huella de destrucción y dolor, destruyendo familias, generando muertos en vida, sin esperanza; desafortunados mortales que en sus momentos de angustia solo les quedaba llorando mirar al cielo, en busca de una respuesta a sus tormentos.

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