3. Fueros y guerra en tiempos de revolución
3.2.3. Tipología de la guerra: guerrillas y ejércitos
3.2.3.1. Voluntarios o levas
Una de las ideas fundamentales al estudiar la sociología del carlis- mo es tener bien claro que la existencia de una mayoritario volunta- riado carlista es una falacia creada y alimentada para defender la pre- tendida amplitud de los apoyos de dicho movimiento frente a la existencia de quinta y de rechazo de las mismas en el bando liberal.
La sublevación de Bilbao no se produjo de forma espontánea, sino que fue producto de la convocatoria de los Voluntarios Realis- tas de Vizcaya por parte de las autoridades. Se trataba de un acto más de los Paisanos Armados, un ejercicio similar a los que hacían regularmente, y por el que cobraron como siempre.
Es preciso tener en cuenta que los Voluntarios Realistas no esta- ban acostumbrados a permanecer fuera de sus casas. No era lo mismo ocupar una población como Bilbao que enfrentarse a tropas regula- res. Por ello, cuando los Paisanos Armados tuvieron que desplazarse
hacia Guipúzcoa y Santander para fomentar la insurrección, mu- chos de ellos abandonaron las filas y regresaron a sus casas. El 16 de octubre de 1833, a los pocos días del inicio de la sublevación, el Es- tado Mayor del Ejército Realista escribía a la 6.aBrigada:
[...] y por lo que respecta a la deserción que indica a la Diputa- ción de acuerdo con la misma se previene que V. S. toma las me- didas más oportunas a fin de que sean apresados dándoles un castigo correccional por primera vez, amonestándoles para que en lo sucesivo no cometan igual atentado y que si reincidieren se les castigará severamente con arreglo al reglamento o nuevas disposiciones en campaña37.
Pero este hecho no se circunscribía a la 6.aBrigada, originaria de Gordejuela y que operaba en el límite de Vizcaya con Santander.
Hay una clara gradación en los castigos que evidencia un agrava- miento de las condiciones de las tropas carlistas. Ese mismo mes se publicó la primera norma sobre reclutamiento, en la que se habla de la necesidad de que algunas personas regresasen a sus casas, tan- to para atender las tareas agrícolas que se encontraban desatendi- das como para garantizar la seguridad de los pueblos debido al in- cremento de los «robos cometidos, al abrigo de la inseguridad en que han quedado, con motivo de la ausencia de toda la fuerza arma- da de ellos».
Por dichas razones se decidió lo siguiente:
1. El regreso de los casados y viudos con familia mayores de 30 años, siempre que así lo deseen.
2. La incorporación de todos los solteros mayores de 18 años que no hayan sido eximidos de acuerdo con el reglamento.
Tras la entrada de las tropas liberales en Bilbao se produjo una desbandada general de los Paisanos Armados, ya que muchos se acogieron a la amnistía decretada por los liberales, regresando a sus casas y entregando las armas. A partir de este momento, la Diputa-
37ADFB, Seguridad Pública, 287. Estado Mayor General del Ejército Realista (16 de octubre de 1833) a 6.a Brigada.
ción carlista intentó reorganizar las tropas enviando circulares a los alcaldes para que obligaran a los paisanos a reunirse nuevamente.
Fernando Zavala jugó un destacado papel en la reconstrucción del Ejército Realista en Vizcaya. Ningún testimonio mejor que el de uno de los principales jefes militares de Vizcaya, Simón de la Torre, quien el 14 de diciembre de 1833 oficiaba así a la Diputación:
[...] la actividad que había desplegado a mi llegada a ésta para reunir el Batallón que se hallaba diseminado así como las demás fuerzas inmediatas a este punto, y que pude conseguir reunir a duras penas en el espacio de ocho días como seiscientos hom- bres escasos componiéndose de estas compañías, dos de las de Orduña, algunos dispersos de Bilbao, y una pequeña parte de Miravalles con el objeto de aproximarme hacia una de las co- lumnas que a todo trance (según tuve noticia) perseguían a V. E.
y reunir la mayor parte de los individuos que pertenecen a estos Batallones, pues que podía conciliarse con mi movimiento en razón a que no impedía la dirección de mi marcha. Llegado al punto de Miravalles oficié a todas las autoridades y capitanes para la reunión de sus compañías con la energía que exigen las circunstancias pero todo ha sido inútil porque en lugar de reu- nírseme la fuerza que me había propuesto se debilitó en tales términos por la deserción diaria que de los seiscientos quedaría la mitad entre ellos cien de Orozco y tan mal contentos que ha- biéndoles dicho que el que quisiese me siguiera voluntariamen- te no hubo uno que lo hiciera pues que todos fueron a sus casas que me dejaron enteramente abandonado38.
Tal actitud fue un completo fracaso, por lo que se recurrió a en- viar patrullas que obligaban por la fuerza a regresar a las armas. Éste es el testimonio de uno de los jefes de tales grupos:
En toda esta noche hemos trabajado sin defensión haciendo las diligencias para sacar los mozos de Yurreta y Garay, hemos con- seguido reunir hasta el número de 46 y faltan algunos treinta, a
38ADFB, Guerras civiles, 94. Oficio de Simón de la Torre (14 de diciembre de 1833) general en jefe del Ejército Realista de Vizcaya.
quienes le hemos oficiado si no se presentan a la compañía den- tro de dos días se les aplicará a cien palos a cada uno irremisible- mente39.
A pesar de ello la deserción continuaba, como se puede ver en la proclama de Zumalacárregui de 9 de febrero de 1834, en la que condena a muerte a los alcaldes de «los pueblos donde existiendo voluntarios pertenecientes a este Ejército sin la correspondiente au- torización por escrito, no les intimasen que tienen pena de ser fusi- lados si dentro de tres días no se incorporan en su batallón», actitud que provocó tensiones con las autoridades locales.
Para regularizar esta situación la Diputación aprobó una serie de normas sobre alistamientos que estuviesen más de acuerdo con la si- tuación presente que las creadas para los Paisanos Armados. Resulta significativo que en el preámbulo de dichas normas se señale que es- tán motivadas porque «muchos jóvenes vizcaínos que habiendo lle- gado a la edad prescrita por la ley, permanecen aún en sus hogares, sin haberse incorporado a las filas de la lealtad». Sólo se reconocía como causa de exención la existencia de una enfermedad o defecto físico que impidiese el ejercicio de las armas (24 de abril de 1834).
Posteriormente se ampliaron algunos conceptos, como la exen- ción de los hijos únicos de viuda o de quienes tuviesen casa abierta con anterioridad a septiembre de 1833. Para el caso de quienes se hallaban ausentes se preveía su inmediata incorporación y hasta que llegase dicho periodo deberían pagar una cantidad diaria o po- ner sustituto. Para entender en cuestiones de exenciones se creó una Junta de Agravios, cuya magnanimidad en las concesiones de li- cencias molestaba a los militares.
Si su actitud era criticada por los militares, que consideraban que daba excesivas exenciones, no lo era menos por los particula- res. Así escribía Juan Francisco de Labarrieta al diputado Landaida:
A una viuda con un solo hijo en edad decrépita, se le arranca a los Batallones mientras que jóvenes bien acomodados, sin exen- ción alguna y que pudieran ser útiles en ellos, se pasean desde el principio de esta lucha sin tomar parte en ella por amaños de-
39ADFB, Guerras civiles, 69. Carta de Barutia el 11 de enero de 1834.
masiado notorios. (...) Este contraste de suerte entre el rico y el pobre ha sido la causa de que muchos deserten a partes remotas de Castilla o pueblos fortificados, y sé positivamente que muchos van imitarlos, porque nada puede inducir mejor a seguir su con- ducta que la notoria parcialidad que se advierte40.
Este hecho se producía sobre todo porque en los primeros mo- mentos, motivados por la falta de armas y uniformes para los com- batientes, los jefes militares vendieron ciertas exenciones, de lo cual sólo podían beneficiarse quienes tuvieran grandes recursos econó- micos.
Nada más atravesar la frontera pirenaica don Carlos decretó un armamento general de todos los solteros y viudos sin hijos desde los 17 a los 40 años, excluyéndose únicamente a los que «sean cabezas de familia y a los que se hallaren con impedimento físico conocido».
El cansancio hacía mella en los soldados carlistas y la falta de brazos debilitaba excesivamente la productividad de los campos de Vizca- ya. Por esa razón se buscaron cuantos medios se consideraron nece- sarios para eludir las obligaciones militares: certificados médicos, alargamientos innecesarios de los periodos de convalecencia..., que hicieron disminuir el número de alistados. Evidentemente, los jefes militares reclamaban para cortar esta situación expediciones.