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La ética y las ciencias mentales

In document Sam Harris - El Fin De La Fe (2004) (página 166-169)

La relación entre la ética y la comprensión científica de la cons-ciencia, aunque rara vez se hace, resulta ineludible porque las de- más criaturas sólo se convierten en objeto de nuestra preocupación

ética cuando les atribuimos consciencia (aunque sólo sea consciencia potencial). Que la mayoría de nosotros no sienta obligaciones éticas hacia una piedra —no procuramos tratarla con amabilidad, no nos asegurarnos de que no sufra excesivamente—, puede derivarse del hecho de que no creemos que nadie sea como una piedra8. Mientras la ciencia de la consciencia aún forcejea por nacer, para nuestros propósitos basta con hacer notar que el problema de establecer obligaciones éticas con animales no humanos (así como con humanos que han sufrido heridas neurológicas, fetos, blastocitos, etc.), exige que comprendamos mejor la relación entre mente y materia. ¿Sufren los grillos? Doy por hecho que si esta pregunta está coherentemente construida y que tiene una respuesta, al margen de que estemos en disposición de responderla nosotros mismos.

Éste es el punto en el que nuestras nociones sobre mente y materia influencian directamente nuestras nociones sobre el bien y el mal. Debemos recordar que la práctica de la vivisección dio nueva vida a ciertos errores de la filosofía mental, como el de Descartes, esclavo de los dogmas cristianos y de la física mecánica, al declarar que todos los animales no humanos eran simples autómatas desprovistos de alma y, por tanto, insensibles al dolor1'. Uno de sus contemporáneos describió las consecuencias inmediatas de esta visión:

Los científicos administraban terribles palizas a los perros con absoluta indiferencia y se burlaban de quienes se apiadaban de las pobres criaturas como si sintieran dolor. Decían que los animales eran como relojes; y que los gritos que emitían al ser golpeados, eran el ruido de unos pequeños muelles, pero que el cuerpo en sí no sentía nada. Clavaban a los animales en una tabla por sus cuatro patas para vivi-seccionarlos y observar la circulación de la sangre, que era gran objeto de controversia'0. El chauvinismo cognitivo de esta clase no sólo fue un problema para los animales. La duda de los exploradores españoles sobre si los indígenas sudamericanos tenían «alma» debió contribuir a la crueldad con la que éstos fueron tratados durante la conquista del

Nuevo Mundo. Admitámoslo, cuesta determinar lo bajo que llegan nuestras responsabilidades éticas en el árbol filogenético. Nuestras intuiciones sobre la consciencia de los animales se ven influidas por numerosos factores, muchos de los cuáles probablemente no son conscientes. Por ejemplo, las criaturas que no tienen expresiones faciales —o rostro, ya puestos— son más difíciles de incluir en el círculo de nuestra preocupación moral. Parece que, mientras no comprendamos mejor la relación entre cerebro y mente, nuestros juicios sobre el posible alcance del sufrimiento animal seguirán siendo relativamente ciegos y dogmáticos'1.

Es MUY PROBABLE que llegue una época en la que conseguiremos una detallada comprensión a nivel cerebral de lo que son la felicidad humana y los propios juicios éticos12. Si desórdenes genéticos o medioambientales pueden ocasionar defectos en la visión del color, también pueden suscitar problemas en nuestros circuitos éticos y emocionales. Decir que una persona es «ciega a los colores» o «acro-matópsica» sería dar una definición correcta del estado de las pautas visuales de su cerebro, mientras que decir que es un «malvado sociópata» o que «no tiene fibra moral» es desesperadamente acien-tífico. Esto cambiará casi con toda seguridad. Si hay que descubrir alguna verdad sobre cómo actúan los seres humanos para hacer que la vida de los demás sea feliz o desgraciada, esa verdad será ética'3. Una comprensión científica de la conexión entre las intenciones, las relaciones humanas y los estados de felicidad nos diría mucho sobre la naturaleza del bien y del mal, así como sobre la forma de responder adecuadamente a las transgresiones morales de los demás. Resulta razonable creer que una investigación centrada en la esfera moral, forzaría implicaría a nuestros diversos sistemas de creencias, como también lo haría con las demás ciencias... es decir, entre las que sean más adecuadas para esta tarea'4. Que se haya logrado tan poca coincidencia de creencias en la ética puede atribuirse a que se trabaja con muy pocos hechos (es más, aún debemos estar de acuerdo en la mayoría de los criterios básicos para estimar que un hecho ético es un hecho). ¡Hay tantas conversaciones pendientes, tantas

intuiciones abortadas, tantas discusiones por ganar...! Y todo esto lo explica nuestra dependencia de los dogmas religiosos. La mayoría de nuestras religiones respalda la investigación sobre la verdadera moral como respalda la investigación científica. Es un problema que sólo podrá solucionarse estableciendo nuevas reglas para el discurso. ¿Cuándo fue la última vez que se criticó a alguien por «no respetar» las creencias sin base en física o historia manifestadas por otra persona? Las mismas reglas deberían aplicarse también a toda creencia ética, espiritual y religiosa. Hay que concederle el mérito a Christopher Hitchens por condensar, en una sola frase, un principio de discurso que bien podría interrumpir nuestro descenso hacia el abismo: «Lo que puede ser afirmado sin pruebas, también puede ser descartado sin pruebas». Recemos porque miles de millones de nosotros estemos de acuerdo con él15.

In document Sam Harris - El Fin De La Fe (2004) (página 166-169)