Muchos miembros del gobierno de Estados Unidos enfocan sus actuales responsabilidades profesionales en términos religiosos. Por ejemplo, Roy Moore, Presidente del Tribunal Supremo de Alabama. Su forma de enfrentarse al sexto índice más alto de asesinatos de la nación, fue instalar un monumento de dos toneladas y media dedicado a Los Diez Mandamientos en la rotonda del Tribunal de Justicia del estado, en Montgomery. Casi nadie discute que eso sea una violación del espíritu (y puede que también de la letra) de la Primera Enmienda de la Constitución. Cuando un tribunal federal le ordenó que retirase el monumento, Moore se negó. No queriendo tener que enfrentarse a la separación entre iglesia y estado, el Congreso de los EE.UU. promulgó una enmienda a los presupuestos para asegurarse de que los fondos federales no pudieran ser utilizados para el traslado del monumento4. El fiscal general John Ashcroft, cuyo único trabajo debería ser hacer que se cumplan las leyes de la nación, mantuvo un piadoso silencio durante todo el proceso. No es de extrañar, pues cuando habla acostumbra a decir cosas como: «Somos una nación llamada a defender la libertad... una libertad que no está garantizada por ningún gobierno o documento, sino que nos viene dada por Dios»5. Según una encuesta Gallup, tanto Ashcroft como el Congreso pisaban terreno firme ante el pueblo norteamericano, puesto que el 78 por ciento de los encuestados se mostraron en con-
tra de retirar el monumento6. Cabe preguntarse si a Moore, Ashcroft, el Congreso y tres cuartas partes de los norteamericanos les gustaría ver los castigos que se imponían por quebrantar esos santificados mandamientos esculpidos en mármol y colocados en todos los tribunales de nuestro país. Al fin y al cabo, ¿cuál es el castigo por tomar el nombre de Dios en vano?... Pues la muerte (Levítico 24:16). ¿Cuál es el castigo por trabajar durante el Sabbath?... También la muerte (Éxodo 31:15). ¿Cuál es el castigo por maldecir al padre o a la madre?... Otra vez la muerte (Éxodo 21:17). ¿Cuál es el castigo por adulterio?... Es fácil de adivinar (Levítico zo:io). Si los mandamientos son difíciles de recordar (sobre todo porque los capítulos 20 y 34 del Éxodo ofrecen listas incompatibles), el castigo por quebrantarlos es la simplicidad misma.
Por todas partes pueden verse ejemplos contemporáneos de esta piedad gubernamental. Muchos republicanos importantes pertenecen al Consejo de Política Nacional, un grupo cristiano secreto fundado por el fundamentalista Tim LaHaye (coautor de la apocalíptica serie de novelas Left Behind*). Esta organización se reúne trimestralmente para discutir quién sabe qué. En 1999, George W. Bush dio una conferencia a puerta cerrada ante el consejo, tras la cuál, la Derecha Cristiana respaldó su candidatura7. Es más, el 40 por ciento de los que eventualmente votaron por Bush eran evangelistas blancos8. Al presidente Bush no le han faltado ocasiones para devolver ese favor, empezando por el nombramiento de John Ashcroft como fiscal general. Los ministerios de Justicia, Vivienda y Desarrollo Urbano, Salud y Recursos Humanos, y Educación, han promulgado directivas que difuminan la separación entre iglesia y estado9. Gracias a su «Iniciativa basada en la Fe», Bush ha conseguido canalizar directamente a grupos religiosos diez millones de dólares de los contribuyentes para que los utilicen más o menos como les plazca10. Uno de los nombramientos de la Food and Drug Administration fue la del dr. W. David Hager, un obstetra pro-vida que ha declarado públicamente que
* N. del T.: Las novelas de Left Behind, «Dejados atrás», cuentan cómo se vive en un mundo donde Dios se ha llevado a todos sus fieles, dejando atrás a pecadores y no creyentes. Estos luchan como pueden contra la llegada del anticristo.
el sexo prematrimonial es pecado y que cualquier intento de diferenciar la «verdad cristiana» de la «verdad seglar» es «peligrosa»". El teniente general William G. Boykin fue nombrado subsecretario de defensa por el Pentágono, por el que el muy condecorado oficial de las Fuerzas Especiales ahora dirige la búsqueda de Osama bin Laden, Mulá Ornar y los demás enemigos ocultos de los EE.UU. También es, qué casualidad, un ardiente enemigo de Satanás. Analizando una foto de Mogadiscio tras el fatídico envío de sus fuerzas a ese lugar en 1993, Boykin señaló que ciertas sombras en la imagen revelaban: «las principios de la oscuridad... una presencia demoníaca en esa ciudad que Dios me reveló como el enemigo»'1. Respecto a la guerra contra el terror, ha asegurado que: «nuestro enemigo es un tipo llamado Satanás»". Aunque estas declaraciones han suscitado cierta polémica en los medios de comunicación, la mayoría de los norteamericanos se las han tomado con calma. Después de todo, el 65 por ciento de los ciudadanos creemos que Satanás existe14.
Hombres ansiosos por hacer el trabajo del Señor han sido elegidos para otras ramas del gobierno federal. El líder de la mayoría, Tom DeLay, es dado a profundas reflexiones como ésta: "Sólo el Cristianismo ofrece una forma de vida que responde a las realidades que podemos encontrar en este mundo. Sólo el Cristianismo». Y exige que la política «promueva una visión bíblica del mundo». Como parece cree que no se puede decir ninguna estupidez cuando se está al servicio de esa visión del mundo, atribuye el tiroteo en la Colum-bine High School de Colorado al hecho de que en nuestras escuelas se enseña la teoría de la evolución'5. Podríamos preguntarnos cómo es posible que declaraciones de tan florida irracionalidad no levanten censuras inmediatas y hagan que DeLay sea despedido de forma fulminante de su despacho.
Podríamos seguir añadiendo hechos similares... para ofensa del lector y del escritor. Sólo citaré uno más, procedente del campo judicial: en enero de 2002, Antonin Scalia, católico devoto, integrante del Tribunal Supremo de Justicia, dio una conferencia sobre la pena de muerte en la University of Chicago Divinity School. La cita es de cierta longitud, porque sus afirmaciones revelan lo cerca que estamos de vivir en una teocracia:
Esto no es del Viejo Testamento, enfatizo, si no de San Pablo... El núcleo del mensaje dice que la autoridad moral del Gobierno —hasta donde queramos limitar ese concepto— reside en Dios... Es más, creo que cuanto más cristiano es un país, menos se contempla que la pena de muerte sea inmoral... Y eso lo atribuyo al hecho de que, para los creyentes cristianos, la muerte no es algo grave. Matar intencionadamente a una persona inocente sí lo es, es un pecado grave porque causa la pérdida de un alma. Pero, ¿lo es perder esta vida a cambio de alcanzar la otra?... Por otro lado, el no creyente considera que privar a un hombre de la vida es terminar por completo con su existencia, ¡qué acto más horrible!
Un pueblo que tiene fe no debería reaccionar de forma resignada ante esta tendencia de la democracia a oscurecer la divina autoridad que respalda al Gobierno, sino de manera resuelta para combatirla con toda la efectividad que le sea posible. Y así lo hemos hecho en este país (no así en la Europa continental), llenando nuestra vida pública de visibles recordatorios que dicen que —en palabras de una resolución de la Corte Suprema de los años 40— «somos un pueblo religioso, cuyas instituciones presuponen la existencia de un Ser Supremo»... Todo esto, como digo, no es lo que creen los europeos, y ayuda a explicar porqué nuestro pueblo se siente más inclinado a creer, como dijo San Pablo, que el gobierno porta la espada como «el ministro de Dios» para «descargar su ira» sobre el delincuente16.
Todo esto debería aterrorizar a cualquiera que espera que prevalezca la razón en los sancta sanctorum del poder de Occidente. Scalia tiene razón al observar que, lo que una persona cree que pasa después de la muerte, determina su visión de la vida... y, por tanto, su ética. Aunque es católico, Scalia difiere del Papa en el tema de la pena capital, pero también difiere la mayoría de los norteamericanos (el 74 por ciento)'7. Resulta destacable que seamos la última nación civilizada que condena a muerte a los «delincuentes», y Scalia lo atribuye a nuestro estilo de religiosidad. Quizá debamos dedicar unos instantes
a preguntarnos, en este contexto, si nuestra posición única en el mundo es realmente el cumplimiento moral que Scalia imagina que es. Por ejemplo, sabemos que ningún ser humano crea sus propios genes o decide cuáles serán sus primeras experiencias vitales, y la mayoría cree que esos factores determinan el carácter durante toda la vida. Parece bastante acertado decir que los hombres y mujeres que se encuentran en el corredor de la muerte tuvieron malos genes, malos padres, malas ideas o mala suerte. ¿De cuál de todas esas cosas es responsable? Recurrir a justificaciones bíblicas para la pena capital no reconcilia nuestra creciente comprensión de la conducta humana con nuestro deseo de venganza frente a los crímenes más horrorosos. Sin duda, aún debe tener lugar un importante debate seglar sobre la ética de la pena de muerte, pero eso resulta tan obvio que habría que recurrir a otras fuentes que muestren una mayor comprensión de la mente humana y de la sociedad moderna que la mostrada por San Pablo.
Pero los hombres como Scalia creen que ya tenemos los manda- mientos eternos de Dios en nuestras manos y que hay que obligar a cumplirlos, y están inoculados contra las dudas que despierta este tema o, más aún, contra cualquier matiz que pueda aportar un punto de vista científico. No es, pues, sorprendente que Scalia sea el tipo de juez que el presidente Bush buscaba para apuntalar los tribunales federales18. Scalia apoya la pena capital, incluso en los casos donde se reconoce que el acusado es mentalmente retrasado'9. También defiende las leyes estatales contra la sodomía (en este caso, incluso cuando son aplicadas exclusiva y discriminadamente contra los homosexuales)20. Y no hace falta decir que Scalia encontró motivos legales para que el Tribunal Supremo no aligerase el dogmatismo religioso de los estados y deja pocas dudas de que para estos temas buscará la guía den San Pablo y quizá hasta del bárbaro autor del l.evítico.