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i Una laguna jurídica para Torquemada?

In document Sam Harris - El Fin De La Fe (2004) (página 186-192)

Lanzar preguntas sobre ética en términos de felicidad y sufrimiento pueden llevarnos a un territorio poco familiar. Consideremos el caso de la tortura judicial. A primera vista parece malvada, sin ambigüedades. Aún así, sólo ahora los hombres y mujeres razonables de nuestro país empiezan a cuestionarlo públicamente. El interés sobre esta materia parece nacer de una entrevista con Alan Der-showitz, un viejo adalid de los derechos del «inocente hasta que se demuestre lo contrario», en el programa de televisión 6o minutos, de la CBS'2 norteamericana. En ella, Dershowitz dejó caer el paradigmático caso de «la bomba de relojería», ante millones de personas que creían que el concepto de la tortura era imposible de rehabilitar.

Imaginemos que un conocido terrorista ha escondido una potente bomba en el centro de una ciudad, y que ese hombre se encuentra ahora bajo tu custodia. No quiere decirte nada sobre la localización de la bomba, sólo que el lugar fue elegido para producir la pérdida del mayor número de vidas. Dada la situación —en concreto, que todavía hay tiempo para impedir una atrocidad inminente—, no parece haber daño en desempolvar el strappado y exponer a ese desagradable individuo a una sesión de tortura de otra época.

Dershowitz argumentó que esta situación puede ser susceptible de despertar en todos nosotros al Gran Inquisidor. Si la bomba no te motiva, imagina a tu hija de siete años asfixiándose lentamente en un almacén a cinco minutos de distancia, siendo ese hombre la única clave de su salvación. Si tu hija tampoco te motiva, añade las hijas de todas las parejas en mil millas a la redonda: una perversa negligencia de nuestro gobierno ha hecho que millones de niñas cayeran bajo el control de un genio del mal que está esposado frente a ti. Las consecuencias de la no colaboración de un hombre pueden ser tan patentemente graves, y su malevolencia y su culpabilidad tan transparentes, que arrancarían de sus sueños más dogmáticos hasta al relativista más moral.

Por regla general se cree que el problema ético más grave al que nos enfrentamos recurriendo a la tortura, es terminar torturando a

cierto número de hombres y mujeres inocentes. La mayoría de los que nos sentiríamos ansiosos por ponernos la gorra de torturador en el caso descrito más arriba, empezaríamos a dudar cuando la culpabilidad de una persona fuera más incierta. Y eso, mucho antes de que otras preocupaciones atraigan siquiera nuestra atención. Por ejemplo, ¿es fiable un testimonio obtenido bajo tortura? Ni siquiera necesitamos plantearnos cuestiones de ese tipo, dado que ya hemos dejado claro que, en el mundo real, no seríamos capaces de asegurar la culpabilidad de un inocente con sólo mirarlo.

Así que parece que tenemos dos situaciones que la mayoría de la gente sana y decente consideraría éticamente distintas: en el primer caso, puesto por Dershowitz, parecería perverso preocuparse por los derechos de un terrorista que ha admitido que lo es, estando en peligro tantas vidas inocentes; mientras que, en condiciones más reales, la incertidumbre sobre la culpabilidad de una persona excluye generalmente el uso de la tortura. ¿Es así cómo se nos presenta realmente el tema? Probablemente no.

En primer lugar, parece que las restricciones al uso de la tortura no son reconciliables con nuestra buena voluntad para declarar la guerra. Al fin y al cabo, ¿qué es el «daño colateral», sino la tortura involuntaria de gente inocente: hombres, mujeres y niños? Cuando consentimos en que se lancen bombas, lo hacemos con la seguridad de que por su culpa habrá niños que quedarán ciegos, destripados, paralizados, huérfanos o muertos. Resulta curioso que la tortura de Osama bin Laden pueda dar problemas de conciencia a nuestros líderes, mientras que no lo hace la inintencionada (aunque perfectamente previsible y por tanto aceptada) carnicería de niños.

Así que podemos preguntarnos: si estamos dispuestos a actuar de una forma que garantiza la desgracia y la muerte de un número considerable de niños inocentes, ¿por qué ahorrarle ningún suplicio a unos sospechosos de terrorismo? ¿Cuál es la diferencia entre seguir un curso de acción donde correremos el riesgo de someter a inocentes a tortura, a seguir un rumbo en el que mataremos a un número aún mayor de hombres, mujeres y niños inocentes? Es más, parece obvio que debería preocuparnos menos una mala aplicación de la tortura que los daños colaterales: al fin y al cabo, en la bahía

de Guantánamo no se ha encerrado a mujeres y niños, sólo jóvenes histéricos, muchos de los cuáles fueron hechos prisioneros cuando intentaban matar a nuestros soldados". La tortura ni siquiera supone un riesgo significativo de muerte 0 daño permanente para sus víctimas; mientras que los daños colaterales producen, casi por definición, muertos o mutilados. La división ética que parece abrirse aquí, sugiere que quienes optan por lanzar bombas también podrían secuestrar a los seres más cercanos y queridos de los sospechosos de terrorismo —esposas, madres e hijas— y torturarlos, si de ese modo se pudiera obtener algo aprovechable. Admitámoslo, sería espantoso llegar a este resultado mediante un argumento lógico, por lo que buscaremos alguna forma de escapar a él'4.

En este contexto, deberíamos hacer notar que en un acto de violencia física inciden muchas variables de nuestros sentimientos, además de nuestras intuiciones sobre su validez ético. Como señaló Glover: «en la guerra moderna, lo que más impresiona es mala guía para encontrar lo más dañino». Una cosa es descubrir que nuestro abuelo voló sobre Dresde en una misión de bombardeo durante la Segunda Guerra Mundial, y otra muy distinta enterarnos de que mató a palazos a cinco niñas y a su madre. Podemos estar prácticamente seguros de que mató a más mujeres y niñas al dejar caer sus bombas desde las prístinas alturas, y que su muerte sería igualmente horrible, pero su culpabilidad no parecería la misma. Es más, sabemos intuitivamente que para perpetrar el segundo acto hay que ser otra clase de persona. Y, por regla general, los efectos psicológicos de participar en esos dos tipos de violencia suelen ser diferentes. Consideremos el siguiente relato de un soldado soviético en Afganistán. «Resulta aterrador y desagradable tener que matar, ¿sabes?, pero pronto te das cuenta de que lo que encuentras realmente objetable es disparar a alguien a bocajarro. Matar masivamente, en grupo, es hasta excitante y —lo he visto por mí mismo— divertido»". No hace falta decir que nadie ha disfrutado nunca matando gente de cerca; todos reconocemos que ese disfrute requiere un grado anormal de insensibilidad ante el sufrimiento ajeno.

Puede que, sencillamente, no estemos equipados para rectificar esta disparidad, y que, según Glover, el shock sea mayor ante lo que

es más dañino. Es fácil encontrar razonamientos biológicos para carecer de ese equipamiento, ya que los millones de años pasados en las mesetas africanas no nos seleccionaron para la evolución por nuestra capacidad de asimilar emocionalmente los horrores del siglo xxi. Que nuestros genes paleolíticos dispongan ahora de armas químicas, biológicas y nucleares, es, desde el punto de vista evolutivo, muy similar a poner esta tecnología en manos de chimpancés. La diferencia entre matar a un hombre y matar a mil no nos parece tan destacable como debería. Y, como observó Glover, en muchos casos encontraremos mucho más perturbador el primer ejemplo. Tres millones de almas podrán morir de hambre o ser asesinadas en el Congo sin apenas reacción por parte de nuestros medios de comunicación. Pero si una princesa muere en un accidente de coche, la cuarta parte de la población de la Tierra cae postrada de dolor. Quizá seamos incapaces de sentir lo que deberíamos sentir para cambiar nuestro mundo.

¿Qué se siente al ver que tres mil personas, hombres, mujeres y niños, son incinerados y reducidos a cenizas en apenas unos segundos? Lo sabe todo el que estuviera ante un televisor el 11 de septiembre de 2.001. Pero la mayoría no sabemos lo que es eso. Haber presenciado como el World Trade Center recibía a dos aviones de pasajeros, junto a la vida de miles de personas, y sentir sobre todo incredulidad, sugiere alguna forma de discapacidad neurológica. Es evidente que hay límites a lo que una mente humana puede absorber a través de sus sentidos, como la visión de un edificio de oficinas disolviéndose en cascotes, sabiendo que está repleto de gente. Puede que esto cambie.

En todo caso, todo el que crea que la equivalencia entre tortura y daño colateral no se sostiene porque la tortura resulta cercana y personal mientras que las bombas no lo son, sufre una carencia de imaginación en lo menos dos aspectos. Primero, si reflexionamos un momento ante los horrores que deben haber sufrido los afganos o los iraquíes inocentes bajo nuestras bombas, nos revelará que están a la par con los de cualquier celda. La necesidad de este ejercicio de la imaginación para situar a la par a la tortura y el daño colateral se debe a la disociación entre lo que más nos impresiona y lo que es más dañino. También demuestra el grado en que nos dominan núes-

tros propios eufemismos. Matar gente a distancia es fácil, pero quizá no debería ser tan fácil.

Segundo, si nuestra intuición sobre lo equivocado de la tortura nace de la aversión al comportamiento habitual de la gente mientras es torturada, debemos resaltar que este desagrado concreto puede evitarse farmacológicamente, porque las drogas paralizantes hacen innecesario gritar para ser oído o escribir para ser visto. Podemos concebir fácilmente métodos de tortura que dejen al torturador tan ciego ante la apremiante situación de sus víctimas como un piloto de bombardero a diez mil metros de altura ante las suyas. Consecuentemente, nuestra natural aversión ante la visión y los sonidos de una mazmorra, no da pie a los que argumentan contra el uso de la tortura. Para demostrar lo abstractos que pueden parecer los tormentos de los torturados, sólo hay que imaginar una «pildora de tortura» ideal, una droga que aunase los instrumentos de tortura y su posterior ocultación. La acción de la pildora podría producir parálisis transitoria y malestar transitorio de una clase a la que ningún ser humano se sometería voluntariamente por segunda vez. Imagina cómo se sentirían los torturadores al darle una cápsula así al terrorista cautivo y, tras esperar lo que parecería una simple hora de siesta, éste despertase y confesara inmediatamente todo lo que sabía sobre su organización. ¿No nos sentiríamos tentados a llamarla «la pildora de la verdad»?

No, no hay diferencias éticas entre el sufrimiento de los torturados y el sufrimiento provocado por los daños colaterales.

¿CÓMO COMPENSAR ese desequilibrio? En el supuesto de que queramos asumir una postura ética coherente en estos asuntos, nos veremos abocados a una elección forzosa: si admitimos el lanzamiento de bombas, incluso el riesgo de que el tiro salga desviado, debemos admitir la tortura a cierta clase de criminales sospechosos y prisioneros militares. Si no aceptamos la tortura, tampoco deberíamos aceptar la guerra moderna.

Los contrarios a la tortura argumentarán rápidamente que las confesiones obtenidas con ella son muy poco fiables. No obstante, dados los precedentes, esta objeción carece de su fuerza habitual.

Esas confesiones pueden considerarse todo lo poco fiables que se quiera: sólo hace falta que las posibilidades de que nuestros intereses se vean beneficiados por la tortura sean las mismas que ante el lanzamiento de una sola bomba. ¿Qué posibilidad existe de que el lanzamiento de la bomba número 117 en Kandahar posibilite la derrota definitiva de Al Qaeda? Muy escasa. Aquí entra Khalid Sheikh Mohammed, la captura más valiosa en nuestra guerra contra el terror, un personaje que parece cortado según el patrón dershowitzia-no. Los oficiales de los EE.UU. creen que fue la mano que decapitó a Daniel Pearl, periodista del Wall Street Journal. Sea cierto o no, su pertenencia a Al Qaeda elimina más o menos su «inocencia» en gran parte y su rango en la organización sugiere que su conocimiento de las atrocidades planeadas debe ser amplio. El reloj de la bomba está en marcha. Si pensamos en el daño que aceptamos causar en los cuerpos y mentes de los niños inocentes de Afganistán e Irak, resulta perverso nuestro repudio a la tortura en el caso de Khalid Sheikh Mohammed. Sí hubiera una sola oportunidad entre un millón de hacerle confesar bajo tortura cualquier cosa que permita el completo desmantelamiento de Al Qaeda, deberíamos usar cualquier método a nuestra disposición para obligarlo a hablar.

CON TODA probabilidad el lector empezó a leer este capítulo tal como yo empecé a escribirlo, convencido de que la tortura es mala y que no deberíamos practicarla; es más, que en gran medida podemos llamarnos civilizados precisamente porque no la practicamos. La mayor parte de nosotros siente, al menos intuitivamente, que si no logramos encontrar una réplica a Dershowitz y su bomba de relojería, podemos refugiarnos en el hecho de que nunca deberemos enfrentarnos a ese caso paradigmático. Desde esta perspectiva, adornar la maquinaría de nuestro sistema de justicia con un suministro de torturas parece innecesario y peligroso, mientras la ley de consecuencias imprevistas no acabe un día con esa maquinaria. Creo que lo escrito arriba es básicamente sólido, como creo haber argumentado con éxito el uso de la tortura en cualquier circunstancia en la que deseemos causar un daño colateral'6. Paradójicamente, esta equiva-

lencia no hace que la práctica de la tortura me parezca más aceptable, ni espero que se lo parezca a la mayoría de mis lectores. Creo que en esto hemos llegado a una especie de ilusión ética, análoga a las ilusiones de la percepción que tanto interesan a los científicos que estudian los senderos visuales del cerebro. La Luna llena que aparece en el horizonte no es mayor que la Luna llena que pende sobre nuestras cabezas, pero lo parece por razones todavía oscuras para los neurólogos. Una regla milimetrada sostenida en alto, contra el cielo, nos revela algo que de otra forma somos incapaces de ver, incluso aunque sepamos que nuestros ojos nos engañan. Si tuviéramos que elegir entre actuar sobre la base de cómo vemos las cosas a esa distancia o en base a las mediciones de nuestra regla, la mayoría se inclinaría por las apariencias, sobre todo cuando dependen de ello nuestras vidas o vidas ajenas. Creo que la mayoría de los lectores que me hayan acompañado hasta aquí se encontrarán básicamente en la misma posición que yo respecto a la ética de la tortura. Dado que muchos de nosotros creemos en las exigencias de la guerra contra el terrorismo, la práctica de la tortura, en ciertas circunstancias, no sólo parece admisible sino necesaria. Aún así, en términos éticos, sigue siendo tan inaceptable como antes. Confío en que las razones para esto se enclaven en cuestiones neurológicos como las que nos proporcionan la ilusión de la Luna. De hecho, ya hay pruebas científicas de que nuestras intuiciones éticas están impulsadas por consideraciones de proximidad y de impacto emocional como las comentadas más arriba37. Esas intuiciones son claramente falibles. En el caso actual, muchas vidas inocentes pueden perderse como resultado de nuestra incapacidad para encontrar un equivalente moral donde éste parece existir ese equivalente moral. Quizá sea el momento de coger la regla y sostenerlas contra el cielo38.

In document Sam Harris - El Fin De La Fe (2004) (página 186-192)