Como veremos en el último capítulo de este libro, hay pocas dudas de que ciertos ámbitos de la experiencia humana pueden describirse de forma muy apropiada como «espirituales» o «místicos», expe- riencias de emoción aumentada, desinteresada y llenas de sentido que superan la limitada identidad del «yo» y nuestra comprensión de la mente y el cerebro. Pero nada en esas experiencias justifica
cualquier afirmación arrogante y exclusivista sobre la santidad única de un libro. No hay motivo para que nuestra capacidad para so- brevivir emocional y espiritualmente no pueda evolucionar con la tecnología, la política y el resto de la cultura. De hecho, debe evolu- cionar si queremos llegar a tener alguna clase de futuro.
Seguramente, la base de nuestra espiritualidad se basa en que el alcance de la experiencia humana excede con mucho los límites co- rrientes de nuestra subjetividad. Es evidente que hay experiencias que pueden transformar por completo la visión que tiene alguien del mundo. Todas las tradiciones espirituales se fundamentan en la con- vicción de que nuestra calidad de vida está determinada por la forma en que empleamos nuestra atención momento a momento. Muchos de los resultados de la práctica espiritual son genuinamente desea- bles, y nos debemos el intentar obtenerlos. Pero no conviene olvidar que esos cambios no son sólo emocionales, sino también cognitivos y conceptuales. Al igual que pueden hacerse progresos en campos como las matemáticas o la biología, deberíamos poder hacer pro- gresos en la comprensión de nuestra propia subjetividad. Hay mul- titud de técnicas, desde la meditación al consumo de drogas psicodélicas, que confirman el alcance y la plasticidad de la experiencia humana. Hace milenios que las personas contemplativas saben que la gente corriente puede distanciarse de ese sentimiento que llaman «yo» y así renunciar al sentimiento de estar aislados del resto del universo. Este fenómeno descrito por practicantes de muchas tradiciones espirituales está respaldado por gran cantidad de evidencias neurocientíficas, filosóficas e introspectivas. Esa experiencias «espirituales» o «místicas», a falta de palabras mejores, son relativamente raras (y no debería ser así), significativas (pues descubren hechos genuinos sobre el mundo), y transformadoras a nivel personal. También revelan una conexión más profunda entre nosotros y el resto del universo de lo que sugieren las limitaciones habituales de nuestra subjetividad. No hay duda de que vale la pena buscar ese tipo de experiencias, como no la hay de que las ideas religiosas más populares que nacen de ellas, sobre todo en occidente, son tan peligrosas como increíbles. Enfocar de forma racional esta dimensión de nuestra vida no permitiría explorar con mente abierta el alcance de
nuestra subjetividad, al tiempo que podríamos desprendernos del provincianismo y dogmatismo de nuestras tradiciones religiosas, en favor de una búsqueda más rigurosa y libre.
También parece haber una buena cantidad de información que respalda la realidad de los fenómenos psíquicos, mucha de la cual ha sigo ignorada por la ciencia establecida'8. La regla de que «afirma- ciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias» sigue siendo una guía razonable en esas áreas, lo cual no significa que el universo no sea bastante más extraño de lo que muchos creemos. Es muy importante darse cuenta de que un sano escepticismo científico siempre es compatible con una mente fundamentalmente abierta.
Las afirmaciones de los místicos son neurológicamente intere- santes. Ningún ser humano ha experimentado un mundo objetivo, ni siquiera un mundo. En este momento, tú tienes una experiencia visionaria. El mundo que ves y oyes está modificado por tu cons- ciente, cuyo estado físico sigue siendo un misterio. Tu sistema ner- vioso separa el ruido indiferenciado del universo en diferentes ca- nales de visión, sonido, olor, sabor y tacto, además de otros sentidos menos reconocidos: propríocepción, kinestesia, enterocepción y hasta ecolocación'9. Las visiones y sonidos que experimentas ahora son como diferentes espectros luminosos proyectados por el prisma del cerebro. Realmente somos de la materia de que están hechos los sueños. En el fondo, tanto nuestro cerebro despierto como el que sueña realizan la misma actividad; pero cuando soñamos nuestro cerebro está menos constreñido por la información sensorial o por los comprobantes de la realidad que parecen residir en alguna parte del lóbulo frontal. Con esto no quiero decir que la experiencia sensorial no ofrezca indicativos de la realidad general, sino que, en nuestra experiencia, no se es consciente de nada que no haya sido previamente estructurado, editado o amplificado por el sistema ner- vioso. Si bien eso da pie a unos cuantos problemas filosóficos sobre la base de nuestro conocimiento, también ofrece una oportunidad notable de transformar de forma deliberada el carácter de nuestra experiencia.
Por cada neurona que recibe información del mundo exterior hay entre una decena y un centenar que no la reciben. Por tanto, el
cerebro habla sobre todo consigo mismo, y ninguna información proveniente del mundo (a excepción del olfato) va directamente del receptor sensorial al córtex, donde parece estar secuestrado el con- tenido de nuestra consciencia. En el circuito siempre hay uno o dos interruptores—sinapsis— que proporcionan a las neuronas en cues- tión la oportunidad de integrar la información recibida o proveniente de otras regiones del cerebro. Esta especie de integración/ contaminación de la señal explica porqué ciertas drogas, estados emocionales e incluso revelaciones conceptuales pueden alterar ra- dicalmente el carácter de nuestra experiencia. El cerebro está sinto- nizado para presentar la visión del mundo que se percibe en cada momento. En el fondo de las tradiciones más espirituales acecha la afirmación completamente válida de que el mundo puede sintoni- zarse de un modo diferente.
Pero también es cierto que existe gente que tiene ocasionalmente esa clase de experiencias y a la que se suele calificar de psicótica. Y es que hay muchas formas de construir un yo, de extraer (aparente) sentido a lo que te llega mediante los sentidos, y de creer que se sabe cómo es el mundo. No todas las experiencias visionarias son iguales, por no decir la visión del mundo que se deriva de ellas. Como en todas las cosas, hay diferencias que marcan toda la diferencia, y, lo que es más, esas diferencias pueden discutirse de forma racional.
Como veremos, hay una conexión íntima entre la espiritualidad, la ética y las emociones positivas. Y aunque aún esta por nacer una forma científica de enfocar esos temas, probablemente esa conexión no sea más misteriosa que el motivo por el que la mayoría de la gente elige el amor por encima del odio, o por el que consideramos a la crueldad como algo malo, o que el modo en que coincidimos al valorar el tamaño relativo de los objetos o el género de las caras. Es muy improbable que las leyes que determinan la felicidad humana, al nivel del cerebro, varíen mucho de una persona a otra. En capítulos posteriores de este libro veremos que hay mucho que decir al respecto, aunque todavía no dispongamos de datos científicos.
UNA VEZ examinados los problemas inherentes a la fe, y la amenaza que suponen para nuestra supervivencia hasta los credos religiosos «moderados», podemos pasar a situar, dentro del contexto de una visión racional del mundo, nuestras intuiciones éticas y nuestra ca- pacidad para la experiencia espiritual. Para ello hay que ordenar lo que sabemos de nuestra reciente comprensión del cerebro humano, nuestra continuidad genética con el resto de la vida y la historia de nuestras ideas religiosas. En los capítulos siguientes intentaré recon- ciliar la desconcertante yuxtaposición de dos hechos: (i) que nuestras tradiciones religiosas son producto de un amplio espectro de experiencias religiosas reales, significativas y muy dignas de ser in- vestigadas, tanto de forma individual como científica, y (2) que mu- chas de las creencias que se desarrollaron en torno a esas experien- cias ahora amenazan con destruirnos
No podemos vivir sólo con la razón. Eso hace que ninguna me- dida de razón, aplicada como antiséptico, pueda competir con el bálsamo de la fe cuando los horrores del mundo llegan a nuestra vida10. Si tu hijo ha muerto, tu esposa tiene una espantosa enfermedad incurable, o de pronto tu cuerpo se encamina a la tumba, la razón, por grande que sea su alcance, te huele a formaldehído. Esto nos ha llevado a concluir, erróneamente, que los seres humanos tienen necesidades que sólo puede satisfacer la fe en ciertas ideas fan- tásticas. Pero en ninguna parte está escrito que los seres humanos deban ser irracionales para disfrutar de un sentimiento duradero de lo sagrado. Espero demostrar que, bien al contrario, lo espiritual puede ser —de hecho debe ser— profundamente racional, aunque eso delimite las fronteras de la razón. Una vez nos demos cuenta de ello, podremos deshacernos de muchos de los motivos que ahora tenemos para matarnos unos a otros.
La ciencia no continuará mucho tiempo de espaldas a los asuntos espirituales y éticos. Ya empezamos a ver en psicólogos y neurólogos los primeras indicios de lo que algún día podría ser un enfoque genuinamente racional de esas cuestiones, que mire hasta la experiencia mística más rarificada desde un punto de vista científico y abierto. Ya va siendo hora de darnos cuenta de que no tenemos porqué ser irracionales para llenar nuestras vidas de amor, compa-
sión, éxtasis y sobrecogimiento, que estar en buenas relaciones con la razón no implica renunciar a toda forma de espiritualidad o mis- ticismo. En próximos capítulos, intentaré explicitar las bases empí- ricas y conceptuales de esa afirmación.