Lo que llamamos eufemísticamente «daños colaterales» en tiempos de guerra son el resultado directo de las limitaciones de nuestra tecnología bélica en potencia y precisión. Para considerarlo así sólo debemos imaginar el resultado que habrían tenido los últimos conflictos de poseer armas perfectas, armas que nos permitieran matar o inutilizar temporalmente a una persona, o grupo, concreto a una distancia dada sin dañar a nadie más ni a sus propiedades. ¿Qué haríamos con una tecnología así? Los pacifistas se negarían a utilizarla, pese a los diferentes monstruos que hoy circulan por el mundo: asesinos y torturadores de niños, sádicos genocidas, hombres que debido a la ausencia de genes adecuados, de buena educación o de ideas sanas no pueden vivir pacíficamente con sus semejantes. En un capítulo posterior diré unas cuantas cosas sobre el pacifismo, pues me parece una posición profundamente inmoral que nos llega envuelta en el dogma de la moral, pero la cuestión aquí es que la mayoría no somos pacifistas. La mayoría decidiríamos usar armas de ese tipo. Una reflexión mínima nos revela que la utilización de esas armas por alguien nos proporciona una ventana ideal a su ética.
Examinemos las comparaciones demasiado fáciles entre George Bush y Saddam Hussein (u Osama bin Laden, o Hitler, etc.) que se hacen en las páginas de escritores como Roy y Chomsky, en la prensa árabe y en las aulas de todo el mundo libre. ¿Cómo habría librado George Bush la reciente guerra de Irak teniendo armas perfectas? ¿Habría atacado a los miles de civiles iraquíes que fueron mutilados o asesinados por nuestras bombas? ¿Le habría sacado los ojos a ni-
ñas o arrancado los brazos a sus madres? Se admire o no al hombre, o a su política, no hay motivos para pensar que hubiera consentido que se hiriera o matara a una sola persona inocente. ¿Qué habrían hecho Saddam Hussein u Osama bin Laden con armas perfectas? ¿Qué habría hecho Hitler? Las habrían usado de un modo muy diferente.
Va siendo hora de que admitamos que no todas las culturas están en el mismo estadio de desarrollo moral. Por supuesto, decir esto resulta políticamente incorrecto, pero parece tan objetivamente cierto como decir que no todas las sociedades tienen los mismos recursos materiales. Hasta podríamos medir nuestras diferencias morales en esos términos: no todas las sociedades tiene el mismo grado de riqueza moral. Muchas cosas participan en ello, como la estabilidad política y económica, la alfabetización, un mínimo de igualdad social... pues donde faltan estos elementos la gente tiende a encontrar razones para tratar mal a los demás. La historia reciente nos ofrece muchas evidencias de cómo hemos progresado en esos frentes, y del correspondiente cambio de nuestra moralidad. Una visita al New York del verano de L863 nos permitiría ver que las calles estaban controladas por bandas de matones, que los negros que no eran propiedad de esclavistas blancos eran linchados y quemados de forma habitual. ¿Hay alguna duda de que muchos de los neoyorquinos del siglo xix eran bárbaros según los actuales estándares? Es terrible decir que otra cultura está ciento cincuenta años atrasada en su desarrollo social respecto a la nuestra, dado lo lejos que hemos llegado en ese tiempo. Ahora, imaginemos que los benditos americanos de 1863 llegasen a poseer armas químicas, biológicas y nucleares. Esa es más o menos la situación a la que nos enfrentamos en buena parte de los países en vías de desarrollo.
Examinemos los horrores perpetrados por americanos en My Lai, en fecha tan reciente como 1968:
Los soldados fueron depositados en el pueblo mediante helicóptero a primera hora de la mañana. Muchos disparaban a medida que se dispersaban, matando personas y animales. No había señales del batallón del Vietcong y la com-
pañía Charlie no recibió un solo disparo en todo el día, pero siguió adelante. Quemaron todas las casas. Violaron a mujeres y adolescentes y luego las mataron. Apuñalaron a algunas mujeres en la vagina y destriparon a otras, 0 les cortaron las manos o la cabellera. Se apuñaló en el vientre a embarazadas y se las abandonó para que murieran. Hubo violaciones en grupo y asesinatos con pistola o bayoneta. Hubo ejecuciones en masa. Docenas de personas, incluyendo ancianos, mujeres y niños, fueron ametrallados en grupo en una zanja. En apenas cuatro horas mataron a 500 aldeanos45.
Esto es lo peor que pueden llegar a comportarse los seres humanos. Pero lo que nos distingue de muchos de nuestros enemigos es que esta violencia indiscriminada nos horroriza. La masacre de My Lai es recordada como un momento vergonzoso de la historia del ejército norteamericano. Incluso en aquel momento, los soldados norteamericanos se quedaron aturdidos ante el horror de lo que hicieron sus camaradas. Uno de los pilotos de helicóptero que llegó a la escena ordenó a sus subordinadas que dispararan las ametralladoras contra sus propias tropas si no dejaban de asesinar aldeanos4''. Como cultura, hace mucho que superamos la tolerancia ante el asesinato y la tortura deliberada de los inocentes. Haríamos bien en darnos cuenta de que en buena parte del mundo no es así.
Allí donde haya hechos a descubrir, hay algo seguro: que no todas las personas los descubrirán al mismo tiempo ni los entenderán de la misma manera. Admitir esto nos deja a un breve paso de un pensamiento jerárquico de un tipo inadmisible en la mayoría de las discusiones liberales actuales. Allí donde haya respuestas buenas y malas a preguntas importantes habrá formas mejores o peores de obtener esas respuestas, y formas mejores o peores de ponerlas en práctica. Por ejemplo, criar a los hijos: ¿Cómo podemos mantener a los niños libres de toda enfermedad? ¿Cómo educarlos para que sean miembros felices y responsables de la sociedad? No hay duda de que tenemos respuestas buenas y malas a preguntas como éstas, y no todos los sistemas de creencias y prácticas culturales están
igualmente equipados para sacar las buenas a la luz. Con esto no quiero decir que sólo haya una respuesta buena a cada pregunta, o una única forma de alcanzar cada objetivo. Pero, dada la inevitable especificidad de nuestro mundo, la cantidad de soluciones óptimas a un problema dado suele ser limitada. Si bien quizá no haya un alimento que sea mejor que los demás, tampoco podemos comer piedras (cualquier cultura que convirtiera el comer piedras en una virtud, o en un precepto religioso sufriría por la falta de alimento, y de dientes). Por tanto, es inevitable que algunos enfoques en política, economía, ciencia y hasta espiritualidad y ética sean objetivamente mejores que sus competidores (sea cual sea la medida adoptada para «mejor»), y aquí la gradación se traduce en diferencias muy notables de felicidad humana.
Cualquier enfoque sistemático de la ética, o de la comprensión de los cimientos de una sociedad civil, encontrará muchos musulmanes hundidos hasta las cejas en la sangrienta barbarie del siglo xiv. No hay duda de que existen razones históricas y culturales para eso, y culpas suficientes para repartir entre todos, pero no debemos ignorar el hecho de que ahora nos enfrentamos a sociedades enteras cuyo desarrollo político y moral está muy por detrás del nuestro en su trato a mujeres y niños, en su búsqueda de la guerra, en su forma de entender la justicia criminal y en su mismo concepto de lo que constituye una crueldad. Puede que esto parezca una forma acientí-fica y potencialmente racista de decirlo, pero no es así. No es racista en lo más mínimo, dado que no es probable que haya motivos biológicos para esas disparidades, y es acientífica sólo porque la ciencia aún no se ha centrado de forma sistemática en la esfera moral. Dentro de cien años, si no volvemos a vivir en cuevas y a matar- nos unos a otros con garrotes, tendremos muchas cosas inteligentes y científicas que decir sobre la ética. Cualquier testigo honrado de los actuales acontecimientos se dará cuenta de que no hay equivalencia moral entre la clase de fuerza civilizada que proyecta la democracia en el mundo, pegas incluidas, y la violencia intestina perpetrada por musulmanes militantes, o por gobiernos musulmanes. Chomsky parece creer que esa disparidad no existe o que va en sentido contrario.
Examinemos el reciente conflicto de Irak: si la situación hubiera sido a la inversa, ¿qué posibilidades habría de que la Guardia Republicana de Irak intentase propiciar un cambio de régimen tras cruzar el Potomac, y se esforzara del mismo modo en minimizar las bajas civiles? ¿Cuáles son las probabilidades de que las fuerzas iraquíes hubieran sido disuadidas de atacar por el uso de escudos humanos? (¿Cuáles son las probabilidades de que nosotros hubiéramos usado escudos humanos?). ¿Qué posibilidades habría de que un gobernador americano pidiera a sus ciudadanos que se presentaran voluntarios para ser bombas humanas? ¿Qué posibilidades habría de que los soldados iraquíes llorasen por haber matado sin motivo, en un control, a un camión lleno de civiles americanos? En la hoja de cálculo de la imaginación habríamos tenido que anotar una larga columna de ceros.
Nada en Chomsky admite la diferencia entre querer matar a un niño por el efecto que crees que ello tendrá en sus padres (lo que llamamos «terrorismo»), y matar por error a un niño al intentar capturar o matar a un asesino confeso de niños (lo que llamamos «daños colaterales»). En ambos casos muere un niño, y en ambos casos es una tragedia. Pero el nivel ético de los agresores, sean individuos o estados, difícilmente sería comparable.
Chomsky podrá decir que es inaceptable poner la vida de un niño en peligro a sabiendas, sea cual sea el caso, pero no podemos seguir ese principio. Los fabricantes de montañas rusas saben que pese a las rigurosas medidas de seguridad, un niño morirá en alguna parte por una de sus máquinas. También lo saben los fabricantes de automóviles. Como lo saben los fabricantes de palos de jockey, bates de béisbol, bolsas de plástico, piscinas, verjas de cadenas y casi cualquier cosa concebible que pueda causar la muerte de un niño. Hay razones para no referimos a las inevitables muertes de niños en nuestras pistas de esquí como «atrocidades del esquí». Pero eso no se sabrá leyendo a Chomsky. Para él, las intenciones no cuentan. Sólo el número de víctimas.
Vivimos en un mundo que ya no tolera regímenes armados y malvados. Sin armas perfectas, los daños colaterales son inevitables. Al igual que más gente inocente padece un sufrimiento similar
por carecer de automóviles perfectos, aviones, antibióticos, proce- dimientos quinírgicos y cristales de ventana. Si queremos sacar alguna conclusión ética, además de hacer predicciones sobre lo que hará en el futuro una persona o sociedad dada, no podemos ignorar las intenciones humanas. En lo que a ética se refiere, las intenciones lo son todo47.