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Qué debemos creer?

In document Sam Harris - El Fin De La Fe (2004) (página 66-73)

La mayor parte de lo que creemos del mundo lo creemos porque nos lo han dicho otros. Nos formamos una visión del mundo confiando en la autoridad de los expertos y en el testimonio de la gente corriente. De hecho, cuanto más cultivados somos más creencias nos llegan de segunda mano. Una persona que sólo crea las propo-siciones6 en las que pude obtener justificación sensorial o teórica no sabría casi nada del mundo; si es que no muere enseguida víctima de su propia ignorancia. ¿Cómo sabría que caerse de una gran altura es peligroso para la salud? A no ser que se haya visto morir a alguien de ese modo, sólo asumirías esa creencia aceptando lo que te dicen otros31. Esto no es problema. La vida es demasiado corta y el mundo demasiado complejo, como para movernos sólo en términos epistemológicos. Siempre dependeremos de la inteligencia y el acierto de los extraños, cuando no de su amabilidad.

Pero esto no implica que todas las formas de autoridad sean válidas, ni que todas las autoridades en algo sean siempre fiables. Hay argumentos buenos y argumentos malos, observaciones precisas e imprecisas, y cada uno debe juzgar si es razonable o no adoptar una creencia dada sobre el mundo.

Consideremos las siguientes fuentes de información:

i. El presentador del noticiario de la noche dice que hay un gran incendio en el estado de Colorado. Se han quemado cien mil acres de bosque y aún no se ha contenido el fuego.

z. Los biólogos dicen que el ADN es la base molecular de la re-

producción sexual. Nos parecemos a nuestros padres porque heredamos parte de su ADN. Tenemos brazos y piernas porque el ADN tiene codificadas las proteínas que las producen en las primeras etapas de nuestro desarrollo.

3. El Papa dice que Jesús nació de una virgen y que su cuerpo resucitó después de muerto. Es el hijo del Dios que creó el universo en seis días. Si crees eso, irás al cielo después de muerto, y si no lo crees irás al infierno donde padecerá tormentos por toda la eternidad.

¿En qué se diferencias esas formas de testimonio? ¿Por qué no son todas las «opiniones de experto» igualmente dignas de respeto? Dado lo analizado hasta la fecha, no debería ser difícil conceder validez a 1 y 2, desechando 3.

Proposición 1: ¿Por qué encontramos convincente la noticia del incendio

en Colorado? Podría ser falsa. Pero, ¿y esas imágenes televisadas de colinas devoradas por las llamas y de aviones descargando retardantes contra el fuego? Puede que haya fuego, pero en otro estado. Puede que lo que se esté quemando sea Texas. ¿Es razonable pensar en esa posibilidad? No. ¿Por qué no? Aquí es donde el «sentido común» empieza a hacerse valer. Dado lo que sabemos de la mente humana, el éxito de nuestra colaboración con otros seres humanos y la fiabilidad que tienen las noticias, no es concebible que una televisión respetada y un presentador muy bien pagado estén retransmitiendo una falsedad, o que miles de bomberos, periodistas

y aterrados propietarios confundan Texas con Colorado. En esas opiniones de sentido común yace implícita la comprensión de las conexiones casuales entre los diversos procesos del mundo, la pro- babilidad de validez de las diferentes posibilidades y los intereses de los testigos cuyo testimonio estamos valorando. ¿Qué obtendría un presentador de televisión mintiendo acerca de un incendio en Colo- rado? No necesitamos entrar en detalles; si el presentador de la noche nos dice que hay un incendio en Colorado y luego nos muestra imágenes de árboles ardiendo podemos estar razonablemente seguros de que realmente hay un incendio en Colorado.

Proposición 2: ¿Qué decimos de las «verdades» de la ciencia? ¿Son ciertas? Mucho se ha escrito sobre la provisionalidad inherente a las teorías científicas. Karl Popper nos dijo que nunca demostramos que una teoría es cierta, sólo fracasamos en demostrar que es falsa". Thomas Kuhn nos ha dicho que las teorías científicas se revisan por completo en cada generación, por lo que no convergen en la verdad". No hay forma de saber cuántas de las actuales teorías resultarán erróneas en el día de mañana, así que ¿cuánta fe podemos depositar en ellas? Muchos consumidores de esas ideas han concluido que la ciencia sólo es otra parte del discurso humano y, por tanto, tan anclada a los hechos de ese mundo como la literatura o la religión. Aún tenemos que alcanzar la verdad.

Pero no todas las mismas esferas del discurso cojean del mismo pie, por el simple hecho de que no todas las esferas del discurso bus- can lo mismo (si es que buscan algo). La ciencia es ciencia porque representa nuestro esfuerzo constante de verificar que nuestras afir- maciones sobre el mundo son certeras (o al menos no falsas)34. Ha- cemos eso observando y experimentando dentro del contexto de una teoría. Decir que una teoría científica concreta puede estar equivocada no implica decir que pueda estar equivocada en todos sus elementos, ni que cualquier otra teoría tenga las mismas posibilidades de ser acertada. ¿Qué posibilidades hay de que el ADN no sea la base de la herencia genética? Pues, si no lo es, la Madre Naturaleza aún tiene que dar muchas explicaciones. Como los resultados de cincuenta años de experimentos que demuestran la existencia de correlaciones fiables entre el genotipo y el fenotipo (incluyendo los

efectos reproducibles de mutaciones genéticas específicas). Cualquier nueva versión de la teoría de la herencia que cambie el concepto actual de la biología molecular tendrá que dar también cuentas del océano de datos que ahora conforman nuestros asertos. ¿Qué posibilidades hay de que un día descubramos que el ADN no tiene que ver con la herencia? Directamente cero.

Proposición 3: ¿podemos confiar en la autoridad del Papa? Hay millones de católicos que lo hacen, claro. De hecho, es infalible en todas las cuestiones de fe y moralidad. ¿Podemos decir que, de verdad, los católicos se equivocan al creer que el Papa sabe de lo que habla? Seguramente.

Sabemos que no existe evidencia suficiente para autentificar muchas de las principales creencias del Papa. ¿Cómo puede alguien nacido en el siglo veinte saber que Jesús nació de una virgen? ¿Qué proceso de raciocinio, místico o de otro tipo, nos proporcionará hechos sobre el historial sexual de una mujer de Galilea (hechos que contradicen por completo elementos sobradamente conocidos de la biología humana)? No existe un proceso así. Ni una máquina del tiempo nos ayudaría en ello, a no ser que estuviéramos dispuestos a vigilar a María las veinticuatro horas del día durante los meses de la probable concepción de Jesús.

Las experiencias visionarias nunca son en sí mismas suficientes para responder a preguntas de hechos históricos. Pongamos que el Papa tiene un sueño sobre Jesús, y que Jesús acude a él como recién salido del pincel de Da Vinci. El Papa no estaría ni en posición de decir si el Jesús de su sueño tenía el mismo aspecto del Jesús auténtico. La infalibilidad del Papa, por muchos sueños y visiones que pueda tener, no se prolonga a hacer juicios sobre si el Jesús histórico tenía o no barba, y mucho menos para decir que era el auténtico hijo de Dios, o que nació de una virgen, o que era capaz de resucitar a los muertos. Estas no son cosas que puedan autentificar una experiencia espiritual.

Por supuesto, podemos imaginar una situación donde sí otor- garíamos credibilidad a las visiones del Papa, o a las nuestras. Si Jesús apareciera diciendo cosas como «la biblioteca del Vaticano tiene treinta y siete mil doscientos veintiséis libros», y resultara ser

así empezaríamos a pensar que, como mínimo, hemos establecido un diálogo con alguien que tiene algo que decir sobre cómo es el mundo. Con una cantidad suficiente de afirmaciones verificables, obtenidas del éter de las visiones papales, podríamos empezar a hablar en serio sobre cualquier otra afirmación que quisiera hacer Jesús. La cuestión es que entonces su veracidad derivaría de lo único que puede derivar, es decir, de afirmar cosas sobe el mundo que puedan ser corroboradas mediante la observación. En lo que a la proposición 3 se refiere, resulta muy obvio que el papa no tiene nada en lo que basarse para decir eso, salvo la misma Biblia. Y ese documente no es justificación suficiente para sus creencias, dado el estándar de evidencia que prevalecía en el momento de su redacción.

¿Y QUÉ pasa con nuestra defendida libertad de credo religioso? No se diferencia de la libertad de credo periodística o biológica, y todo el que crea que la prensa está detrás de una gran conspiración para inventarse un incendio, o que la biología molecular no es mas que una teoría que puede acabar resultando errónea, ejerce su libertad de ser considerado un idiota. La sinrazón religiosa tiene un estigma aún mayor en nuestro discurso, puesto que sigue siendo una de las principales causas de conflicto armado del mundo. Antes de que se termine de leer este párrafo habrá muerto otra persona por culpa de lo que otro cree de Dios. Quizá vaya siendo hora de exigir a nuestros compañeros humanos que busquen mejores motivos para mantener sus diferencias religiosas, si es que esas razones existen.

Tenemos que empezar a hablar con libertad del contenido real de nuestros libros santos, más allá de las tímidas heterodoxias modernas de los ministros gays, los clérigos musulmanes que han perdido la afición por la amputación pública, o los que van a misa los domingos y nunca han leído a fondo su Biblia. Un examen atento de esos libros y de la historia, nos muestra que no hay acto de crueldad por horrendo que sea que no pueda justificarse, u ordenarse, con sólo recurrir a esas páginas. Sólo esquivando de forma acrobática algunos parraros cuyo valor canónico nunca ha sido puesto en duda podremos evi-

tar asesinarnos unos a otros por la gloria de Dios. Bertrand Russell lo dejó claro la hacer la siguiente observación:

Los españoles de México y Perú solían bautizar niños indios para luego reventarles los sesos, asegurándose de ese modo que irían al cielo. Ningún cristiano ortodoxo podía encontrar entonces una razón lógica para condenar sus actos, aunque hoy en día lo harían todos. Son incontables las maneras en que la doctrina cristiana de inmortalidad personal ha afectado de forma desastrosa a los valores morales...'5

Es verdad que hay millones de personas a las que su fe induce a realizar extraordinarios actos de autosacrificio por el bien de los demás. La ayuda prestada a los pobres por los misioneros cristianos en los países subdesarrollados demuestra que las ideas religiosas pueden dar pie a actos tan hermosos como necesarios. Poro hay motivos mejores para el autosacrificio que los que proporciona la religión. El que la fe haya motivado a muchas personas a hacer cosas buenas no implica que la fe sea por sí misma una motivación necesaria (o incluso buena) para hacer el bien. Puede ser muy posible, e incluso razonable, arriesgar la vida para salvar a otros sin creer en ninguna idea increíble sobre naturaleza del universo.

Con ello contrasta el hecho de que los crímenes más monstruosos contra la humanidad han estado invariablemente inspirados por creencias injustificadas. Es casi una perogrullada que los proyectos de genocidio no reflejan la racionalidad de sus perpetradores, aunque sólo sea porque no existe un buen motivo para matar de forma indiscriminada a gente pacífica. Incluso cuando esos crímenes fueron obra de seglares, requirieron de la credulidad de sociedades enteras para llevarse a cabo. Sólo hay que pensar en los millones de personas asesinadas por Stalin o por Mao; pues aunque esos tiranos decían rendir servicio a lo racional, el comunismo era poco más que una religión política'6. En el corazón de su aparato de represión y terror acechaba una ideología rígida en cuyo nombre se sacrificó a generaciones de hombres y mujeres. Aunque sus creencias no nacie-

ran de su visión del mundo, eran personalistas e irracionales. Para citar un solo ejemplo, mencionaremos la aceptación dogmática de la biología «socialista» de Lysenko—para diferenciarla de la biología «capitalista» de Mendel y Darwin— que contribuyó a que decenas de millones de personas murieran de hambre en la Unión Soviética y China durante la primera mitad del siglo veinte.

En el siguiente capítulo examinaremos dos de los episodios más siniestros de la historia de la fe: la Inquisición y el Holocausto. He elegido el primero como objeto de estudio porque en ningún otro caso han enloquecido tanto los hombres por sus creencias sobre Dios; en ningún otro momento ha sido tan completa la subversión de la razón, ni sus consecuencias tan terribles. El Holocausto es aquí relevante por estar considerado un fenómeno completamente seglar. No lo fue. El antisemitismo que construyó ladrillo a ladrillo esos crematorios, y que aún perdura hoy día, nos fue legado mediante la teología cristiana. Y los nazis, lo supieran o no, fueron agentes de la religión.

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In document Sam Harris - El Fin De La Fe (2004) (página 66-73)