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E XPERIMENTOS DE LA CONSCIENCIA

In document Sam Harris - El Fin De La Fe (2004) (página 197-200)

EN EL CENTRO de toda religión subyace una innegable reivindicación de la condición humana: es posible tener una experiencia radicalmente diferente del mundo. Aunque por regla general vivimos dentro de los límites impuestos por nuestros estándares normales de atención —despertamos, trabajamos, comemos, vemos televisión, conversamos con otros, dormimos, soñamos...— la mayoría sabemos, aunque sólo sea vagamente, que es posible tener experiencias extraordinarias.

El problema de la religión es que mezcla perfectamente esta verdad con el veneno de la sinrazón. Tomemos el cristianismo como ejemplo: no basta con que Jesucristo fuera un hombre que se transformó a sí mismo en tal grado que el sermón de la montaña podría ser una confesión hecha de corazón, no. También tenía que ser el Hijo de Dios, nacido de una virgen y destinado a volver a la Tierra entre nubes de gloria. El efecto de tal dogma es situar el ejemplo de Cristo eternamente fuera de nuestro alcance. Sus enseñanzas dejan de ser un conjunto de reivindicaciones empíricas sobre la relación entre ética y espiritualidad, para convertirse en un cuento de hadas gratuito y hasta horrible. Según el dogma del cristianismo, es imposible convertirse en Jesucristo. Uno sólo puede enumerar sus pecados, creer en lo increíble y esperar el fin del mundo.

Pero es posible encontrar una respuesta más profunda a la exis- tencia, como lo atestiguan el testimonio de Cristo y el de inconta-

bles hombres y mujeres a través de los siglos. Nuestro reto es empezar a hablar sobre esta posibilidad en términos racionales.

Aunque los lirios del campo están admirablemente vestidos, no- sotros nacemos de nuestras madres desnudos y berreando. ¿Qué necesitamos para ser felices? Casi todo lo que hacemos podría con- siderarse una respuesta a nuestra pregunta. Necesitamos comida, techo y ropa. Necesitamos la compañía de los demás. Necesitamos aprender incontables cosas y hacer la mayoría de estas cosas en compañía. Necesitamos encontrar un trabajo con el que disfrutemos y tener tiempo para el placer. Necesitamos tantas cosas que no parece haber más alternativa que buscarlas y mantenerlas, una tras otra, hora tras hora.

Pero, ¿son estas cosas suficientes para ser feliz? ¿Garantiza la felicidad de una persona tener salud, riquezas y buena compañía? Aparentemente, no. ¿Son esas cosas necesarias para ser feliz? De ser así, ¿qué pasa con esos indios yoguis que renuncian a todo lazo familiar y material para pasar décadas a solas, en cuevas, practicando la meditación? Parece que esas personas también pueden ser felices. Es más, algunas de ellas dicen serlo por completo.

Es difícil encontrar una palabra para la empresa humana de buscar la felicidad, una felicidad que sobreviva a las frustraciones de los deseos convencionales. El término «espiritualidad» parece inevitable —y ya lo he utilizado varias veces en este libro—, pero tiene muchas connotaciones que son, francamente, vergonzantes. «Misticismo» parece más serio, pero también contiene varias asociaciones desafortunadas. Ninguna palabra recoge lo razonable y profundo de lo que debemos considerar ahora: que hay una forma de bienestar que suplanta a las otras; es más, que trasciende los caprichos de la propia experiencia. Utilizaré ambas, «espiritualidad» y «misticismo» de forma intercambiable porque no hay alternativas, pero el lector debe recordar que las utilizaré en un sentido restrictivo. Aunque una visita a cualquier librería New Age revela que el hombre moderno ha abrazado una abrumadora variedad de preocupaciones «espirituales» —que van desde el poder curativo de los cristales y la irrigación del colon al fervor por las abducciones alienígenas—, nosotros nos concentraremos en una visión específi-

ca que parece tener especial relevancia en nuestra persecución de la felicidad.

La mayoría de las enseñanzas espirituales están de acuerdo en que hace falta algo más que felicidad para convertirse en un miembro productivo de la sociedad, alegre consumidor de placeres lícitos y entusiasta procreador de niños dispuestos a hacer lo mismo. Es más, muchos sugieren que es nuestra búsqueda de la felicidad —nuestro anhelo de conocimiento y experiencias nuevas, nuestro deseo de reconocimiento, nuestros esfuerzos por encontrar una adecuada compañera romántica, incluso nuestra ansiedad por la propia experiencia espiritual— lo que provoca que pasemos por alto una forma de bienestar intrínseca en la consciencia de cada momento. En algunas de las religiones hay una versión de esta percepción y, aún así, no siempre es fácil discernir cuál es entre los diferentes artículos de fe.

Aunque muchos vivimos décadas sin experimentar un solo día completo de soledad, pasamos todos y cada uno de nuestros segundos en la soledad de nuestra mente. Por muy próximos que estemos de los demás, nuestros placeres y dolores son únicamente nuestros. La práctica espiritual es a menudo recomendada como la respuesta más racional a esta situación. Aquí, la reivindicación subyacente es poder comprender algo de la naturaleza de la consciencia que mejore nuestras vidas. La experiencia de incontables meditaciones sugiere que, por lo que sabemos, la consciencia —definida como el estado en el cual pensamos, sentimos emociones e incluso somos conscientes de nuestro yo— nunca cambia la realidad. Ser conscientes de la alegría no nos hace más alegres; ser conscientes de la tristeza no nos hace más tristes. Desde el punto de vista de la consciencia, sólo somos conscientes de visiones, ruidos, sensaciones, estados de ánimo y pensamientos. Muchas enseñanzas espirituales afirman que, si pudiéramos reconocer que nuestra identidad es nuestra consciencia, como meros testigos de las apariencias, nos daríamos cuenta de que estamos perpetuamente libres de las vicisitudes de la experiencia.

Con esto no se niega que el sufrimiento tenga dimensión física. El hecho de que una droga como el Prozac pueda aliviar algunos de

los síntomas de la depresión, sugiere que el sufrimiento mental es tan etéreo como una pildorita verde. Pero esa influencia va en los dos sentidos. Sabemos que las ideas tienen el poder de definir por completo la experiencia del mundo de una persona'. Hasta el significado de un intenso dolor físico está abierto a interpretaciones subjetivas. Considerando lo doloroso que es un parto: ¿cuántas mujeres salen traumatizadas de la experiencia? Es un acontecimiento generalmente feliz, suponiendo que todo vaya bien. Imaginemos lo diferente que sería para una mujer ser torturada y sufrir las mismas sensaciones de un parto normal pero inflingidas por un científico loco. Las sensaciones podrían ser idénticas pero la experiencia se contaría entre las peores de toda su vida. Sentiría claramente más sufrimiento, incluso más dolor físico, no sólo una sensación dolorosa.

Nuestras tradiciones espirituales sugieren que tenemos espacio de sobra para cambiar nuestra relación con el contenido de la cons-ciencia y, por tanto, transformar nuestra experiencia del mundo. Es más, así lo atestigua una vasta literatura sobre la espiritualidad humana1. También resulta evidente que no debemos creer en nada si no hay pruebas suficientes para que examinemos esa posibilidad con mente abierta.

Consciencia

Como Descartes, la mayoría de nosotros nos enfrentamos a estos interrogantes como pensadores condenados por los límites de nuestra subjetividad a maniobrar en un mundo que parece muy diferente a aquel en el que nos encontramos de verdad. Descartes acentuó esta dicotomía declarando que en el universo de Dios podían encontrarse dos sustancias: materia y espíritu. Para la mayoría, esta clase de dualidad es, más o menos, cuestión de sentido común (aunque el término «espíritu» parece más majestuoso, dada la forma en que generalmente se comportan nuestras mentes). No obstante, mientras la ciencia enfocaba su luz materialista sobre los misterios de la mente humana, el dualismo de Descartes (junto a nuestra propia «psicología folklórica») sufría un duro golpe. Muchos filósofos y científicos,

In document Sam Harris - El Fin De La Fe (2004) (página 197-200)