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LOS ÚLT IMOS REYES, 710-

años, sumió el reino visigodo en la crisis que en última instancia resultaría fatal para su supervivencia. No es fácil determinar la secuencia de acontecimientos y tampoco ha ayudado a ello la tendencia de los historiadores a tomar toda la información relativa a este período de todas las fuentes disponibles y combinarla para realizar a modo de síntesis el relato de lo que sucedió. En general, este relato resulta de tratar todas las fuentes como si tuvieran igual peso y fiabilidad, lo cual evidentemente no es así. Esta combinación de fragmentos procedentes de distintos textos sólo sirve para hacer difusas las diferencias existentes en cuanto al valor que tienen unos y otros, así como para menguar la necesidad de reconocer que cada fuente proporciona su propia perspectiva desde un determinado contexto cronológico y, a menudo, también geográfico. La dificultad estriba en que, al disponer tan sólo de un número limitado de testimonios, los historiadores son reacios a descartar cualquiera de ellos. Sin embargo, hay que reconocer que las fuentes que ofrecen unas percepciones posteriores de acontecimientos sucedidos tiempo atrás no sólo no ayudan a reconstruir lo que sucedió en realidad, sino que pueden ser verdaderamente engañosas. La interpretación de las etapas finales de la historia del reino visigodo en Hispania constituye un ejemplo de lo que acabamos de mencionar.

Los testimonios escritos y de otros tipos que narran estos acontecimientos proceden de toda una variedad de períodos diferentes, que oscilan desde los inmediatamente contemporáneos hasta los de algunos siglos más tarde. En consecuencia, los testimonios que aportan estas fuentes difieren mucho en valor y utilidad. Por regla general, la fiabilidad y también la brevedad del relato suelen estar en proporción directa con la proximidad cronológica. Así, las versiones más prolijas y más elaboradas, que proporcionan los relatos más detallados, tienden a ser aquellas que se encuentran a mayor distancia en el tiempo con respecto a los acontecimientos que supuestamente describen. El planteamiento metodológico más sensato sería tomar primero el testimonio más antiguo y luego pasar a las fuentes posteriores en un orden más o menos cronológico, en la medida en que éste pueda determinarse. De esta manera será posible ver en qué período entran por primera vez en la historia los diferentes elementos. Dicho de otro modo, los testimonios escritos pueden tratarse de un modo casi arqueológico para determinar los estratos en los cuales aparecen por primera vez las diversas componentes de la historia.

El único material estrictamente contemporáneo relativo a los acontecimientos que rodean el final del reino visigodo es el que proporciona la acuñación de monedas. Existen monedas de dos reyes que por su estilo podrían pertenecer al mismo contexto cronológico que las del reinado en solitario de Witiza. Los nombres que se leen en estas monedas son Rodrigo y

Agila[ 341]. Se sabe que las monedas de Rodrigo llevan en su reverso las firmas de las casas de la

moneda de Toledo y Egitania (probablemente Idanha a Velha, una población situada al noreste de Castel Branco, en el centro de Portugal). Las monedas de Agila proceden de

Narbona, Gerona, Tarragona y Zaragoza[ 342]. Aunque la muestra sea reducida, especialmente la

que corresponde a la acuñación con el nombre de Rodrigo, la falta de superposición geográfica en los orígenes de las monedas implicaría que uno de los reyes reinaba en Toledo y al menos algunas zonas de Lusitania, mientras que el otro controlaba los importantes asentamientos de

las provincias llamadas Tarraconense y Narbonense[ 343]. A partir de las monedas no se puede

conseguir una visión clara de la situación política existente en la Bética y Galicia.

La impresión que producen estas monedas confirma la de las dos versiones en que se presentan las continuaciones de las listas de los reinados visigodos. Una de éstas, que se conserva en dos manuscritos, menciona a un rey Agila como sucesor inmediato de Witiza, atribuyéndole un reinado de tres años, mientras que, según otra tradición, conservada en un único manuscrito, al reinado de Witiza le siguió el de «Ruderigus», al que se atribuye una

duración de siete años y seis meses[ 344]. Hay que tener en cuenta que estas listas de reinados

están contenidas en manuscritos de fecha muy posterior, y no hay modo de saber con certeza dónde o cuándo se recopilaron por primera vez. Las dos versiones no coinciden en la longitud de reinado que atribuyen a los distintos reyes a partir de Ervigio y siempre existe la posibilidad de un error crucial en la transcripción, especialmente al escribir los números. Un solo trazo de la pluma podía convertir, por ejemplo, un uno («I») en un cinco («V»). Sin embargo, parece estar aceptado en general que los testimonios son lo suficientemente buenos como para pensar que a Witiza, por lo que fuera, le sucedieron dos reyes que controlaron partes diferentes del reino.

La fuente escrita más cercana en el tiempo a estos acontecimientos es la Crónica de 754,

escrita unos cuarenta años más tarde, muy probablemente en Toledo[ 345]. Su autor no informa

en absoluto sobre el destino de Witiza, lo cual es sorprendente dada su práctica habitual. En cambio, lo que sí dice es que en el año 711 (749 de la era hispana) Rodrigo «invadió

tumultuosamente el reino con el respaldo del Senado» y gobernó durante un año[ 346]. Al decir

«Senado», el autor seguramente se refiere a los miembros más destacados de la aristocracia y quizá a alguno de los obispos, dicho de otro modo, la élite seglar y eclesiástica que había estado implicada prácticamente en todos los procesos de la sucesión al trono desde la época de Recaredo.

En qué medida hemos de tomar al pie de la letra la referencia del cronista a una invasión, es una cuestión abierta: ¿se trataba de una repetición de los sucesos de 631 con un jefe militar provincial, o acaso era un exiliado que se rebelaba contra un rey que había perdido el apoyo de la nobleza cortesana? ¿Se desarrollaron estos acontecimientos simplemente en el contexto de la corte real? Hay que pensar que esto último es lo más probable, pero, en cualquier caso, la referencia a que Rodrigo tomó el poder tumultuosamente debe implicar que el golpe estuvo lejos de ser el tipo de acción discreta dentro del grupo de poderosos que había tenido lugar en 680 y había dejado poco rastro.

Como ya se ha dicho, en este texto no se dice ni una palabra sobre el destino de Witiza. Tampoco se hace mención alguna sobre Agila. Podría ser una hipótesis razonable, o incluso más que eso, la de que Witiza hubiera sido derrocado violentamente. Si hubiera muerto por causas naturales y Rodrigo hubiera sido elegido para sucederle con el respaldo de la élite política, sería difícil entender por qué apareció en escena la confusión o el tumulto, especialmente cuando todas las sucesiones al trono desde 642 se habían realizado de tal manera que parecían pacíficas y consensuadas.

El cronista, después de mencionar la duración del reinado de Rodrigo, continúa explicando que el nuevo rey envió sus ejércitos a luchar contra los árabes y los mauri (bereberes), los cuales, capitaneados por «Taric Abuzara» y otros, estaban atacando y destruyendo muchas poblaciones. En una de estas expediciones realizada en 712 sus tropas desertaron y Rodrigo

resultó muerto[ 347]. Desgraciadamente las palabras del cronista no hubieran podido ser más

oscuras si hubiera estado intentando ocultar la verdad a sus lectores. Puede haber algunos problemas con la transcripción del texto, pero al menos lo que parece claro a partir de esta versión demasiado breve y confusa es que hubo algún tipo de traición y que algunos individuos, cuyo nombre no se menciona, habían coincidido con Rodrigo «como rivales y con engaños, porque ambicionaban adueñarse del reino». Su presencia parece estar ligada con la huida de las tropas, pero también se dice que perecieron asimismo en el desastre, aunque no está claro si lo hicieron en el momento o posteriormente. Esto se podría interpretar como que algunos de los aristócratas cortesanos habían esperado eliminar a Rodrigo permitiendo que lo mataran en la batalla y dejando el trono libre para alguno de los suyos, pero de algún modo el plan salió al revés, y también muchos de ellos cayeron al ser derrotados, o lo hicieron poco después.

Otro pasaje igualmente difícil y corrompido refleja cómo las tropas árabes y bereberes bajo el mando de Musa tomaron Toledo en 711, y cómo a esto le siguió la ejecución de varios «señores nobles» que todavía estaban en la ciudad, so pretexto de considerarlos implicados

en la huida de Oppas, un hijo del rey Egica[ 348]. Según la lógica que rige la cronología del

cronista, la caída de Toledo se habría producido antes de la batalla que tuvo lugar en el sur y en la cual Rodrigo perdió la vida. Sin embargo, la toma de esta ciudad por los árabes se sitúa después de la derrota del rey y, como ésta es la secuencia más probable de los hechos, es seguramente más inteligente seguir el orden establecido en el relato del cronista, prefiriéndolo a la cronología que establece. De esta manera, es posible que la muerte de Rodrigo y la caída de Toledo se produjeran ambas en el año 712.

Es asimismo posible que en esta crónica la referencia a la ejecución de los rivales de Rodrigo, que no tenía mucho sentido en su contexto inmediato, pudiera corresponder, al menos en parte, a estos sucesos acontecidos en Toledo. El cronista alude ciertamente a que Hispania fue destruida tanto por los ataques de los árabes como por la «violencia interna». Así pues es factible que la élite del poder se hubiera fragmentado y que Rodrigo no sólo tuviera que luchar con un rey rival en el noreste, que sería Agila, sino que pudiera también haber

perdido el control de Toledo frente a Oppas, el hijo de Egica. Como mínimo, es seguro que existían serias disensiones internas que estaban destruyendo el reino en el preciso momento en que los árabes y los bereberes atacaban y devastaban un número creciente de poblaciones en el sur.

Pasar de esta imagen de los acontecimientos que tuvieron lugar en Hispania durante los años 711 y 712, según se deduce de los únicos testimonios contemporáneos y casi contemporáneos, a la que ofrecen las fuentes de la generación siguiente es entrar en un mundo bastante diferente. Aunque hay que enfrentarse a muchos y serios problemas en las versiones tradicionales escritas, en la crítica de las fuentes y en la evaluación de los textos árabes que hablan sobre la conquista de Hispania, se puede decir con bastante seguridad que los más antiguos de estos textos datan de fechas que no son anteriores al siglo IX y fueron escritos en Egipto. Hay que destacar asimismo que no se derivan de una tradición oral inmutable y fiable que pudiera darles una mayor autoridad.

Alrededor del año 860, en la primera de estas versiones de la conquista de al-Andalus, Ibn 'Abd al-Hakam (c. 803-871) escribió en su obra Futuh Misrwa 'l-Maghrib («Conquista de Egipto y del Magreb») que Tariq ibn Ziyad, jefe de la guarnición árabe y bereber de Tánger, estableció contacto con «Ilyan», señor de Ceuta y al-Jadrá, que era súbdito de Rodrigo, el gobernante de Hispania. Continúa diciendo que «Ilyan» estaba resentido con Rodrigo, porque éste había tenido una relación amorosa con su hija mientras la muchacha se encontraba en la corte de Toledo, donde su padre la había enviado para que se educara. Con el fin de vengarse, el señor de Ceuta, según esta versión, se ofreció a transportar a Tariq y sus tropas a través del estrecho hasta Hispania. Una vez allí, los musulmanes ocuparon Cartagena y se dirigieron a Córdoba, derrotando a un ejército que intentó detener su avance. En respuesta a la amenaza que se cernía sobre Córdoba, Rodrigo y su ejército entablaron una batalla con Tariq en un lugar llamado «Shedunya», donde los visigodos fueron vencidos y su rey encontró la muerte. A continuación Tariq se dirigió a Toledo, donde entre otros tesoros halló la mesa (o el tapiz) del

rey Salomón[ 349].

Una parte considerable de esta breve narrativa se dedica a explicar que varios topónimos del sur de España se derivan de los nombres de los actores principales de este drama. El más conocido es Jabal-Tariq o «Montaña de Tariq», el moderno Gibraltar. Estas asociaciones toponímicas vienen a ser tan fiables como las de Hengist, Horsa y otros sajones de los primeros tiempos que pueden encontrarse en las secciones iniciales de Anglo-Saxon

Chronicle, despreciando todos los demás datos que se conocen sobre la historia antigua de

Wessex. También se han descubierto otras intenciones ideológicas más complejas que se ocultan tras la versión de los acontecimientos que hace Ibn 'Abd al-Hakam, y que tienen poco

que ver con la mera información sobre los hechos concretos relacionados con la conquista[ 350].

De manera significativa, y a pesar de algunas variaciones en los detalles, todos los relatos árabes posteriores que narran la conquista se derivan en mayor o menor grado de los que elaboró primero Ibn ' Abd al-Hakam en Egipto a mediados del siglo IX y comparten características narrativas comunes, especialmente el papel desempeñado por el conde «Ilyan» o Julián y su intento de vengarse, así como una batalla decisiva en un lugar que generalmente se identifica como el valle del río Guadalete, cerca de Medina-Sidonia. Poco después de que escribiera Ibn 'Abd al-Hakam, comenzaron a tomar forma las primeras narrativas históricas sobre la conquista de los reinos cristianos del norte de Hispania. Llegaron a través de la

Crónica de Albelda, que lleva el nombre de un monasterio de la Rioja donde se escribió una

versión definitiva ampliada alrededor del año 976, y la Crónica de Alfonso III[351]. Esta última

existe en dos versiones diferentes que presentan notables diferencias en varias partes de la narración, que probablemente data de principios del siglo X. Se conocen por los nombres de

Rotense y Ad Sebastianum, según el nombre de un monasterio en el cual se encontró el

manuscrito más antiguo de la primera, y, en el caso de la segunda, según el destinatario de una carta que hace las veces de prefacio y que sólo existe en esta versión. La versión llamada

Rotense es, en general, más completa que la Ad Sebastianum. Se cree que se derivan de una

versión original común que ha desaparecido y que pudo haber sido escrita por o para el rey de

Asturias Alfonso III (866-910), del cual toma su nombre[ 352].

La versión Rotense de la crónica alfonsina, seguida en parte por la Ad Sebastianum, hace varias observaciones muy críticas sobre Witiza, al que acusa de tener muchas esposas y

amantes, y de intentar hacer que sus obispos se casasen, algo que se ve como la razón por la cual se produjo la «ruina de Hispania». Sin embargo, se dice de Witiza que murió por causas naturales en Toledo el año 711, y que Rodrigo fue elegido rey «por los godos» para

sustituirle[ 353]. A continuación se informa sobre los orígenes del nuevo monarca. Se dice que era

hijo de Teodofredo, el cual a su vez era hijo del rey Chindasvinto y había sido cegado por Egica, porque éste temía que los godos intentaran hacerle rey. Al estar en consecuencia incapacitado para gobernar, Teodofredo se había retirado a Córdoba, donde se había casado

con una dama de la aristocracia llamada Riccilo y había engendrado con ella a Rodrigo[ 354].

Según el cronista asturiano, los árabes llegaron a Hispania durante el tercer año del

reinado de Rodrigo «debido a la traición de los hijos de Witiza»[ 355]. El rey inició una marcha

contra los invasores, pero, a causa de la pesada carga de pecado y gracias de nuevo a la traición de los hijos de Witiza, el ejército godo fue derrotado. Aparentemente nada se supo sobre el destino de Rodrigo, pero durante la reconstrucción de la ciudad de Viseu se encontró un epitafio dentro de una iglesia en ruinas, en el que se registraba el hecho de que «Aquí yace

Rodrigo, el último rey de los godos»[ 356]. Dado que el cronista hace referencia a que la

repoblación de la ciudad era un hecho reciente y se había realizado cumpliendo sus órdenes, éste es uno de los pasajes que se han utilizado para confirmar que el rey Alfonso III es el verdadero autor de esta obra.

Visto así, está claro que aquí hay tres conjuntos de historias muy diferentes. Hay pruebas de una cierta fertilización cruzada. La Crónica de Alfonso III menciona la existencia, en

Córdoba, de un «palacio de don Rodrigo» y da el nombre árabe del mismo[ 357]. Se trata de un

resto de la costumbre de asociar lugares y edificios con personas famosas y acontecimientos del pasado, lo cual está atestiguado en las obras de Ibn' Abd al-Hakam y de otros historiadores árabes, y es posible que la noticia de la existencia del supuesto palacio llegara hasta Oviedo a través de la diplomacia asturiana y otros contactos con el sur. De manera similar, el nombre Oppas aparece tanto en la Crónica de Alfonso III como en la Crónica de 754. En esta última, Oppas es el hijo del rey Egica, que pudo haber escapado de Toledo cuando los árabes tomaron la ciudad, pero en la primera se dice que era hijo de Witiza y obispo de Toledo (o de Sevilla en la versión Ad Sebastianum de esta crónica), y que acompañaba a las tropas árabes cuando éstas entraron en Asturias para aplastar la resistencia que estaba dirigiendo Pelayo, el fundador de la dinastía real asturiana. Según esta crónica, Pelayo y Oppas entablaron un largo

debate antes de que los asturianos vencieran en la batalla de Covadonga[ 358]. La opinión

generalizada es que esto no es en absoluto histórico.

También hay que reconocer que Oppas no puede ser al mismo tiempo hijo de Witiza y de Egica, un señor seglar que podía optar al trono y asimismo obispo de Toledo o Sevilla. Pudo existir en aquella época un obispo de Sevilla que llevara este nombre, como se atestigua en

una lista de obispos que se ha conservado en un manuscrito de finales del siglo X[ 359]. También

es posible demostrar que Oppas no pudo ser hijo de Witiza[ 360]. En cualquier caso, se ha de dar

prioridad a lo que se narra en la Crónica de 754 con respecto a lo que se dice en la crónica alfonsina, ya que la primera está mucho más cerca de las fechas en que se produjeron los sucesos. De hecho, parece como si el personaje de Oppas que figura en la Crónica de Alfonso

III se hubiera sacado de una versión amañada o transmitida deficientemente, en la que se

relacionaban los acontecimientos que se mencionan de manera independiente en la crónica del año 754, haciendo una reelaboración o revisión deliberada de los mismos con intención de fomentar el programa ideológico de la monarquía asturiana.

Puede llamar la atención el hecho de que ninguno de estos tres conjuntos de versiones