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HABIT ANT ES DEL CAMPO

El carácter limitado de los testimonios relativos al siglo VII hace que sea difícil saber cuántas nuevas construcciones y de qué tipo pudieron haberse realizado en aquella época. En períodos posteriores, a partir del final del siglo VIII, hay documentos que proporcionan gran cantidad de información sobre la construcción o la restauración de iglesias y monasterios. Sin embargo, sólo se han conservado cinco documentos de la época visigoda, escritos sobre

pergamino, y todos ellos están deteriorados o son meros fragmentos[ 519]. También son pocas

las referencias que hay en textos históricos o hagiográficos[ 520]. Una consecuencia de esto es

que lo que se sabe sobre la actuación de los reyes en materia de construcción de edificios es prácticamente nada. Se podría suponer que los reyes, ya fuera mediante los recursos que controlaban en virtud de su cargo o con su fortuna personal, habrían estado entre los más destacados patrocinadores de las catedrales, iglesias y monasterios del reino, al mismo tiempo que eran responsables de la construcción de sus propios palacios y villas de recreo. Sin embargo, las pruebas de este tipo de actividad se reducen a poco más que las referencias incluidas en la Crónica de 754 con respecto a las obras de renovación emprendidas por

Wamba en Toledo durante el tercer año de su reinado (674-675)[ 521]. Dichas obras pudieron

consistir fundamentalmente en una refortificación de la ciudad, ya que el cronista cita las inscripciones que el rey hizo poner sobre las puertas para dejar así memoria de su iniciativa. Estas inscripciones, que probablemente seguían en su lugar ochenta años después, pueden haber sido la fuente de todo este relato demasiado impreciso.

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Además de esto, la única información segura relativa al patrocinio del rey procede de la inscripción que contiene la dedicatoria formulada en la consagración de la iglesia de San Juan de Baños. Sorprendentemente, esta dedicatoria se ha conservado en dos versiones: la primera es la que está tallada en piedra y se puede ver aún en la iglesia, aunque no se sabe si está en su ubicación original, y la segunda es la que se puede leer en un manuscrito del siglo X que contiene una recopilación de textos en verso. Este manuscrito se conoce como «el Códice de

Azagra» y es una colección importante de obras poéticas y de otros tipos, siendo compleja la

historia del modo en que se escribieron estos textos[ 522].

Algunos de los textos que componen esta colección se recopilaron durante el período visigodo, mientras que otros pudieron haber sido añadidos en fechas posteriores. Entre los elementos originales es probable que se encontrara la copia de la inscripción dedicatoria de San Juan de Baños. Dicho de otro modo, no era tan sólo un verso que llamó la atención de algún viajero medieval cuando se tropezó con él por casualidad mientras cabalgaba por campo abierto camino de Venta de Baños, sino que es más probable que se escribiera en Toledo, y bien pudiera tratarse de una copia directa del texto encargado por el rey Recesvinto, antes de

colocarlo en la iglesia[ 523]. En este sentido es significativo el hecho de que no se han conservado

otros textos de este tipo, ni siquiera en la colección de versos de Eugenio II. Es posible que no fueran frecuentes las inscripciones de dedicatoria encargadas por el rey.

Parecería razonable suponer que otros reyes, además de Wamba, habrían ordenado la construcción o restauración de algunos edificios de Toledo, pero los escasísimos restos de arte y arquitectura de la capital visigoda que se han conservado no proporcionan prácticamente ninguna clave que permita conocer el aspecto o la ubicación de los principales

prácticamente ninguna clave que permita conocer el aspecto o la ubicación de los principales

edificios civiles y eclesiásticos de la ciudad[ 524]. El emplazamiento de la basílica dedicada a la

mártir santa Leocadia, la santa patrona de Toledo, se ha localizado justo al otro lado de las murallas medievales, pero fue saqueada tan concienzudamente después de la conquista

árabe que apenas se conservan vestigios materiales de esta iglesia[ 525]. A partir del paralelismo

con casos similares de otras ciudades, se considera probable que la catedral de Santa María se levantara en otro tiempo sobre el emplazamiento de la actual catedral medieval, que a su vez sustituyó a la mezquita principal de la ciudad justo después de la conquista por los

castellanos en 1085[ 526]. Sin embargo, como muchas otras cosas, se desconoce totalmente

cuándo se levantó por primera vez la iglesia correspondiente al período visigodo y cuál pudo ser su historia antes de la caída del reino visigodo.

Aunque apenas se sabe nada sobre las actividades de los reyes con respecto a la construcción de edificios, y predomina la incertidumbre en cuanto al carácter y la cronología de la mayoría de las estructuras altomedievales que todavía existen y podrían ser de la época visigoda, la supervivencia de algunas inscripciones muestra que en el siglo VII se construyeron muchas iglesias. En su mayor parte se trata de edificios situados en zonas rurales, pero esto se debe probablemente a que estas inscripciones se han conservado mejor en el campo que en las ciudades, porque en éstas las sucesivas fases de construcción a lo largo de un milenio y medio han destruido la mayor parte de los niveles visigodos que se encontraban bajo asentamientos modernos.

Muchas de las inscripciones existentes, que muy raras veces puede ser comparadas con vestigios de los edificios en los que se realizaron inicialmente, mencionan a obispos locales, ya sea como fundadores o con el fin de situar cronológicamente la consagración de la iglesia. Así por tomar el mejor ejemplo, un obispo llamado Pimenius de Assidona (Medina-Sidonia), cuya presencia en el cargo duró desde 629 hasta posiblemente 667, dedicó una iglesia en el año 630 en su propio pueblo o cerca de él, en 667 otra en Vejer de la Miel, en 648 otra en Salpensa

y otra más en las proximidades de Alcalá de los Gazules en 662[ 527]. Su sucesor, el obispo

Theoderax, dedicó una segunda iglesia situada en las proximidades de Vejer de la Miel en 674[ 528]. Dadas las escasas probabilidades de conservación, estas inscripciones dan testimonio

de una cantidad probablemente considerable de iglesias construidas y consagradas por los obispados respectivos durante este período.

Dicho esto, sin embargo, no sería sensato suponer que las construcciones fueran en sí mismas importantes. Uno de los pocos casos en que una inscripción de este tipo puede vincularse a los restos de un edificio es el de Ibahernando en la provincia de Cáceres. En esta inscripción se dice que la basílica había sido consagrada por un obispo llamado Orontius, que

por lo demás es desconocido, en el año 635[ 529]. La excavación de este emplazamiento,

realizada en 1973, puso de manifiesto que allí había existido un pequeño y sencillo edificio rectangular, con un reducidísimo presbiterio cuadrado (1,55 por 1,50 metros) en su extremo oriental. La nave parece haber tenido unos siete metros de longitud y hay vestigios de un pórtico o nártex situado en el extremo oeste, que se extendía sobrepasando la anchura del edificio. Hacia el lado sur, a unos cuatro metros del edificio, se hallaron los cimientos de una construcción circular, pero no fue posible determinar si se trataba de un baptisterio o de algún tipo de mausoleo. Había cinco enterramientos en la nave, cubiertos con losas de piedra, y otro

al este del presbiterio al aire libre[ 530]. En general, Ibahernando se puede comparar de manera

efectiva con otra pequeña iglesia de dimensiones similares y de igual sencillez en cuanto a su

planta situada en El Gatillo, también en la provincia de Cáceres[ 531]. Esta última presenta una

diferencia curiosa: hay indicios de que fue reutilizada para el culto musulmán en alguna fecha posterior a la conquista árabe.

No es fácil determinar para qué se utilizaron estas pequeñas iglesias rurales. Hay que señalar que la inscripción de consagración de Ibahernando, hallada en 1961, no hace referencia a que allí se depositaran reliquias de mártires, como se hacía normalmente, guardándolas bajo el altar, en otras iglesias más importantes. Por otra parte, las cuatro iglesias consagradas por el obispo Pimenius de Assidona contenían todas ellas este tipo de reliquias. A partir de esto se podría deducir que eran construcciones de mayor tamaño o más importantes que las de Ibahernando y El Gatillo. Sin embargo, independientemente de cuál fuese su forma original, incluso la iglesia de San Juan de Baños, construida bajo el patrocinio del rey Recesvinto, no pudo haber sido muy grande. En su estado actual tiene unos veinte metros de longitud,

incluidos el presbiterio y el pórtico del oeste, y una anchura de unos ocho metros y medio en su nave[ 532].

Varios episodios contenidos en las llamadas obras «autobiográficas» del monje de finales del siglo VII Valerio del Bierzo arrojan un poco de luz sobre la historia de estas iglesias

rurales[ 533]. En una fase temprana de su trayectoria vital este monje vivió como ermitaño en el

campo entre Castro Pedroso y Astorga, pero, después de un desacuerdo con un sacerdote local -un elemento frecuente en sus relatos-, algunas personas bienintencionadas, de las que no se menciona el nombre, le instalaron en una iglesia situada en una propiedad llamada Ebronanto, donde Valerio vivió como un recluso en una celda situada junto al altar, según parece recibiendo alimentos y otras ayudas de la familia propietaria de la finca. Sin embargo, el cabeza de familia, un noble que llevaba el nombre germánico de Ricimero, derribó poco después la iglesia y emprendió la construcción de una nueva, con intención de que Valerio fuera allí sacerdote. Éste consideró la actuación del noble como un ataque inspirado por el diablo contra su vida contemplativa su santificación personal, pero se vio salvado cuando la

nueva iglesia aún sin terminar, se derrumbó matando a Ricimero[ 534]. Aunque esta actitud con

respecto a su protector puede parecemos muy desagradecida es interesante destacar la afirmación de Valerio en cuanto a que el diablo fuera capaz de inspirar a Ricimero para que éste reemplazase la iglesia y la celda del ermitaño, mostrándole que pronto iba a morir. En consecuencia, esto le hizo pensar que necesitaba una capilla adecuada para su propio enterramiento y un sacerdote que le administrara los sacramentos en ella.

Prácticamente todas las iglesias existentes que tienen una fecha de fundación real o posible dentro del período visigodo contienen enterramientos. En la mayoría de los casos el número de éstos es muy reducido, por lo que no se trata de cementerios para comunidades grandes. Lo que se deduce es que al menos algunos de estos edificios pudieron haber sido construidos por familias ricas para tener allí sus propias tumbas; servían de mausoleos dinásticos para la nobleza regional. Un caso claro de este modo de proceder sería el mausoleo tardorromano de Las Vegas de Puebla Nueva, al sur de Talavera, en la provincia de Toledo. Fue convertido en una iglesia y se utilizó para un pequeño número de enterramientos

visigodos a finales del siglo VI[ 535]. No se sabe si hubo algún tipo de continuidad con la familia

romana de mediados del siglo IV que fundó el edificio para utilizarlo como su lugar de enterramiento, pero resulta curioso el hecho de que se volviera a utilizar para el culto musulmán poco tiempo después de la conquista árabe.

En un momento posterior de su vida, y después de pasar por otras vicisitudes, Valerio estuvo en otro eremitorio, donde se le unió un sobrino suyo llamado Juan, que llegó acompañado por uno de sus sirvientes. Los tres construyeron una pequeña iglesia en la ladera

de una colina próxima a sus celdas[ 536]. De esta historia se deduce la posibilidad de que algunas

de las pequeñas iglesias rurales de la época visigoda tuvieran otro origen: satisfacían las necesidades de pequeños grupos de monjes y ermitaños.

Es verdad que en el siglo VII hubo en la península Ibérica un cierto número de comunidades monásticas más grandes, pero es muy poco lo que se sabe sobre ellas. Una de las más importantes fue Agali, que estaba situada cerca de Toledo, aunque se desconoce

dónde se encontraba exactamente su emplazamiento[ 537]. Varios abades de esta comunidad

llegaron a ser obispos de Toledo y la abadía tuvo que haber tenido una gran influencia a lo largo del siglo VII. Otros monasterios, como Servitano y Biclaro, que se conocen por referencias de finales del siglo VI y principios del siglo VII, no vuelven a aparecer en las fuentes escritas, que son demasiado escuetas, y es imposible conocer su historia o comprobar su importancia en los tiempos inmediatamente posteriores.

Algo más se sabe sobre cierto número de monasterios que fueron fundados en torno a mediados del siglo VII por el obispo Fructuoso de Braga. Los datos relativos a sus fundaciones y ubicaciones se recogieron en la obra anónima Vida de Fructuoso escrita por uno de sus

discípulos probablemente alrededor del año 680[ 538]. Se puede hacer en parte una

reconstrucción del modo de vida de los habitantes de estos monasterios a partir de las dos reglas monásticas que redactó el propio Fructuoso, pero no hay modo de conocer el número

de monjes o el aspecto físico de estos lugares, salvo de la manera más abstracta y teórica[ 539].

Aunque se ha localizado el posible emplazamiento de Compludum, una de las fundaciones más importantes de Fructuoso, lo que se ha conservado de este monasterio ofrece muy pocos

más importantes de Fructuoso, lo que se ha conservado de este monasterio ofrece muy pocos

indicios para conocer sus trazado o su tamaño[ 540]. Por lo tanto, los únicos edificios monásticos

de gran envergadura, y posiblemente pertenecientes a la época visigoda, que se han identificado son la iglesia, los muros circundantes y otras estructuras asociadas del monasterio

de Melque[ 541].

Si los testimonios y restos son limitados por lo que respecta a lo monasterios de mayores dimensiones, parece por otra parte que existirían muchos más en los casos de comunidades menores o grupos de ermitaños, como los que describe Valerio. En particular, algunas investigaciones arqueológicas llevadas a cabo en época reciente han hecho que en muchos lugares de la península Ibérica apareciera un número cada vez mayor de cuevas que han sido

identificadas como iglesias y celdas de ermitaños o monjes de la época visigoda[ 542]. La

distribución de estos lugares depende de las características geológicas requeridas para la existencia de cuevas habitables, pero han sido encontradas en diversas ubicaciones diferentes y no cabe duda de que el número de emplazamientos descubiertos seguirá aumentando. Entre las mayores concentraciones de iglesias y celdas rupestres cabe citar las

halladas en Álava y el alto valle del Ebro[ 543]. Dado que en pocas de ellas aparece alguna

construcción adicional, su identificación y datación dependía principalmente de la presencia de inscripciones y cifras talladas en sus paredes, cuya grafía se puede comparar luego con otros ejemplos procedentes de manuscritos y documentos para demostrar si pertenecen o no a la

época visigoda[ 544].

El número muy reducido de vidas de santos que se ha conservado desde los siglos VI y VII en España ha limitado lo que se puede saber sobre la vida monástica de aquel período y sobre la distribución de los monasterios. Existen normativas, tales como las reglas de Fructuoso, que ya hemos mencionado anteriormente, además de ciertos aspectos de la conducta y el gobierno monásticos que fueron debatidos y legislados por los obispos reunidos en los

diversos concilios plenarios o provinciales[ 545]. Pero estos textos normativos, que carecen de

contextos específicos humanos y geográficos, no pueden proporcionar los detalles y el sentido de la realidad que pueden ofrecer, por ejemplo, los conjuntos de pruebas, mucho más amplios y más variados, relativos a los fundadores y a las instituciones monásticas en Francia durante el mismo período.

Como compensación parcial de estas carencias, actualmente es posible hacerse a la idea de que muchas zonas de la Hispania del período visigodo estuvieron ocupadas por ermitaños, que en algunos casos vivían separados, pero formando comunidades que se reunían sólo para algún acto de culto ocasional. La Vita Sancti Aemiliani de Braulio de Zaragoza puede ser el único texto hagiográfico de este período que se centra en una figura así, pero sería un error pensar que por eso fue excepcional. Aunque a nosotros nos parezca que son sus idiosincrasias, los relatos que hace Valerio del Bierzo sobre su propia vida espiritual confirman la presencia de muchos de estos ermitaños y hombres santos en el noroeste de la Península a finales del siglo VII. Las iglesias y celdas rupestres de Álava, Málaga y otros lugares muestran que Galicia y el Bierzo no eran las únicas zonas de reino en las cuales se llevaba el tipo de vida eremítica que describe Valerio.

Como es sabido, el culto a san Emiliano (o san Millán) que Braulio contribuyó a fomentar escribiendo su vida continuó prosperando y el monasterio que se levantó en el lugar donde había estado su celda se convirtió en uno de los más importantes de los reinos cristianos

durante los siglos que siguieron a la conquista árabe[ 546]. Mientras otros casos no pueden

documentarse tan fácilmente, a causa de la falta de fuentes escritas, la estrecha proximidad de las celdas rupestres y de las posteriores iglesias en toda una variedad de ubicaciones, tanto en el norte como en las zonas de la Península que cayeron bajo el dominio musulmán, sugiere la idea de que se desarrollarían cultos similares en torno a otros hombres santos, cuyos lugares de residencia fueron venerados después de su muerte, estableciéndose comunidades monásticas y construyéndose iglesias sobre dichos lugares o cerca de ellos. Valerio señala que esto sucedió también en el caso de Fructuoso de Braga. Desgraciadamente, en el resto de los casos estos cultos casi siempre llegaron a extinguirse y los nombres de los santos fundadores se olvidaron. Sin embargo, es necesario reconocer que tales lugares pudieron en otro tiempo haber sido numerosos y haberse propagado por amplias

zonas[ 547].

puede continuar aumentando, los profanos siguen resistiéndose en general a aparecer. En parte esto puede deberse a que son difíciles de detectar, ya que en algunos casos pueden estar enterrados bajo construcciones posteriores, de las cuales pueden ser incluso precedentes, a pesar de los diversos períodos de agitación que afectaron a muchas zonas de la Península en los siglos siguientes a la conquista árabe. Además, su invisibilidad se acrecentaría si habían sido construidos originalmente con madera. La desecación y deforestación de buena parte de la península Ibérica es en gran medida un hecho posmedieval, por lo que en la Alta Edad Media tuvo que haber en muchas regiones una buena cantidad de madera disponible para su uso en la construcción, siendo entonces dicha cantidad mayor que lo que las condiciones actuales podrían hacernos suponer.

Hasta ahora en España se han detectado menos emplazamientos de villas rurales