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UNA ARQUIT ECT URA VISIGODA?

Además de los discutibles contenidos de sus numerosos cementerios, para definir la cultura artística y artesanal de la Hispania visigoda se solían mencionar sus iglesias. Entre estos testimonios figuraban los relieves fragmentarios y dispersos tallados en piedra que en otro tiempo formaron parte de la decoración interna de edificios que ya no existen, pero sobre todo la cultura visigoda se tipificó a partir de un importante grupo de pequeñas iglesias cuya antigüedad se dató como correspondiente al siglo VII y que han sobrevivido más o menos intactas. Había cinco ejemplos concretos que parecían pertenecer a esta categoría: las iglesias de San Juan de Baños, San Pedro de la Nave, San Fructuoso de Montelios, Santa María de Quintanilla de las Viñas y Santa Comba de Bande. Esto representa un alto nivel de supervivencia para edificios de este tipo, si los comparamos con sus equivalentes del mismo período en Gran Bretaña, Francia o Italia.

que figuraba sobre el arco del presbiterio en la iglesia de San Juan de Baños de Cerrato, situada en el pueblo de Venta de Baños, cerca de Palencia. Esta inscripción decía que el edificio había sido erigido en honor de san Juan Bautista por el rey Recesvinto en el año 662[ 494]. La existencia de un manantial a unos nueve kilómetros al sur de la iglesia, con un

contorno decorado mediante un par de arcos de herradura similares en estilo a los que se pueden encontrar en el propio edificio, sugería que la razón para dedicar allí una iglesia al Bautista habrían sido las propiedades curativas o de otro tipo que tendría el agua. El emplazamiento en conjunto estaba a unos treinta kilómetros del lugar donde se encontraba la finca de recreo de Recesvinto, en Gérticos, donde murió en septiembre del año 672.

Tras haber fechado de una manera aparentemente tan segura la iglesia de San Juan, era posible llevar a cabo un análisis de estilos que pudiera ofrecer una cronología aproximada para las otras iglesias, basándose dicho análisis en una interpretación del modo en que podrían haber evolucionado las características decorativas y arquitectónicas observadas en San Juan de Baños. Tomando como base tales comparaciones, a Santa Comba de Bande, en el sur de la provincia gallega de Orense, se le asignó como fecha aproximada el año 672. Ésta casi coincidía con la de San Fructuoso de Montelios, en la ciudad portuguesa de Braga, que muchos consideraron el mausoleo del fundador monástico y obispo Fructuoso (fallecido c. 670),

aunque esto no la convertía en una iglesia en sentido estricto[ 495]. Con respecto a San Pedro

de la Nave, cerca de Zamora, se pensó que databa de la época del rey Egica (687-702/703), mientras que Santa María de Quintanilla de las Viñas, al sureste de Burgos, se consideró la última de esta secuencia, ya que se calculó que habría sido construida hacia el final del mismo

reinado[ 496].

Se reconoció que algunos de estos edificios habían sufrido daños y fases de restauración. De Quintanilla de las Viñas sólo quedaba el presbiterio, junto con algunas piedras con relieves que podían proceder del arco de dicho presbiterio. Se pensó que la iglesia de San Juan de Baños, después de un período de abandono, había sido restaurada en la época del rey asturiano Alfonso III (866-910), pero se consideró que esta restauración no había producido cambios importantes en su estado visigodo original. Por una escritura que se encuentra en un cartulario de Zamora se sabe que Santa Comba de Bande fue reconstruida a fundamentis -

«desde sus cimientos»- en el año 872[ 497]. Aunque pueda resultar sorprendente, se supuso que

esto se había llevado a cabo sin perder sus características arquitectónicas y decorativas intrínsecamente visigodas.

En general también se daba por sentado que no se habrían construido nuevas iglesias después del año 711 en aquellas zonas de la Península que habían caído bajo el dominio musulmán. Sólo en el pequeño reino cristiano de Asturias, que comenzó a existir en torno a los años 718-722 habrían sido posibles estas construcciones. A los cristianos del sur se les permitió continuar utilizando las iglesias que ya existían, y esta situación en circunstancias normales habría permitido restaurarlas, pero ni siquiera este nivel de actividad constructora se podría esperar en los edificios situados entre el Duero y la sierra de Guadarrama, una zona que, según las crónicas asturianas, se convirtió en una tierra de nadie despoblada que permaneció así entre los dominios cristiano y musulmán durante la mayor parte del período

transcurrido desde el siglo VIII hasta el X[ 498]. La mayoría de las iglesias visigodas existentes se

encuentran en esta extensa región.

Otras construcciones parecían no encajar en las mismas categorías estilísticas que aquellas que fueron identificadas como visigodas, aunque estuvieran situadas fuera de las fronteras conocidas del reino de Asturias. Por esta razón, fueron denominadas «mozárabes» y datadas como pertenecientes al siglo X. Se pensó que eran iglesias construidas por comunidades cristianas, particularmente de monjes, que huían hacia el norte. Un caso de éstos es el de la iglesia de Santa María de Melque, que se halla en pleno campo al sur de Toledo y a la que se asignó dicho origen mozárabe y una fecha de principios del siglo X.

Sin embargo, fue la importante excavación de este yacimiento, realizada entre 1970 y 1973, la que comenzó a despertar los criterios, que luego se aceptaron en general, para la datación de las iglesias hispanas de la Alta Edad Media. Estos criterios surgieron en gran medida a partir de la suposición a priori de que estas iglesias no podían haber sido construidas en un territorio que estuviera bajo el dominio musulmán en el período comprendido entre el final del reino visigodo y la Reconquista. El trabajo realizado sobre la iglesia de Melque ponía

de manifiesto, basándose en la estratigrafía, que la construcción tenía que ser anterior al siglo X. También se examinó la zona próxima en torno a la iglesia y se observó la presencia de estructuras subsidiarias y de un muro circundante. Por lo tanto, había buenas razones para argumentar que la totalidad de este complejo constituía un monasterio, algo que ya se había considerado cierto en el caso de San Pedro de la Nave, pero por motivos más bien dudosos. Como consecuencia se hizo una nueva datación de Santa María de Melque, situando su fundación en el período visigodo y convirtiéndola en la mejor candidata, y probablemente la

única, a ser un centro monástico de aquel período[ 499].

Al mismo tiempo, se comenzó a poner en cuestión las certidumbres que hasta entonces habían rodeado los orígenes y el carácter visigodos de las cinco iglesias «típicas». En particular, las divergencias estilísticas entre dos elementos diferentes de la decoración de Santa Comba de Bande hicieron sospechar que esta iglesia, más que un producto de su primitiva construcción inicial, era con mucha mayor probabilidad una reconstrucción llevada a cabo durante el período asturiano. De manera similar, la total disonancia estilística existente entre los frisos externos que rodean el presbiterio de Santa María de Quintanilla de las Viñas y los fragmentos de relieves que se encuentran en el interior hizo que se pusiera en cuestión su

integridad cronológica[ 500]. Las interpretaciones de los monogramas contenidos en los muy

estilizados frisos sugerían una fecha del siglo X, que tendría que ser la de la única parte del edificio que aún estaba en pie, y quedarían sólo los relieves del interior como elementos reutilizados procedentes de una construcción anterior desaparecida. Parecidas fueron las dudas que surgieron a propósito de la historia de San Fructuoso de Montelios.

En el caso de San Pedro de la Nave, considerada a menudo como el ejemplo ideal de iglesia visigótica del siglo VII, su historia más reciente ha proyectado la sombra de la duda sobre las afirmaciones que solían hacerse con respecto a este templo. El emplazamiento original de la iglesia estaba dentro de una zona que iba a ser inundada para crear un pantano, por lo que en 1930 el edificio fue desmontado, trasladado a un lugar situado aproximadamente a un kilómetro de distancia y reconstruido allí de acuerdo con la idea que entonces se tenía

sobre cómo debía haber sido su estado original[ 501]. Las fotografías tomadas tal como era

antes de su traslado y reconstrucción muestran lo dramática que fue esta transformación. Los datos en los que se basó la reconstrucción eran extremadamente superficiales y no se publicó

informe alguno sobre los trabajos realizados, ni sobre los resultados obtenidos[ 502]. Esta

operación puede considerarse globalmente en el mejor de los casos como un experimento, y en el peor como un ejercicio en el que alguien dejó volar su fantasía.

Esto dejó a San Juan de Baños como la única iglesia de construcción y origen claramente visigodos, con un contexto cronológico establecido de forma segura gracias a la inscripción en la que aparece la dedicatoria de este templo. No obstante, incluso en este caso, comenzaron a surgir dudas. Existen grabados del siglo XVIII en los que se muestra que el edificio se encontraba en un estado ruinoso en aquella época y se sabe que fue objeto de una restauración importante en 1865. En dicha restauración se llevó a cabo la reconstrucción de los muros exteriores de la nave, a los que se dotó de unos nichos decorativos de forma semicircular bastante extraños para los cuales no existe justificación alguna, y se añadió una caprichosa espadaña sobre la puerta occidental. El primer estudio serio del yacimiento se realizó entre 1898 y 1903, y el que dirigió las excavaciones afirmó haber descubierto que la configuración original del extremo oriental del edificio era un conjunto formado por un presbiterio flanqueado por dos cámaras independientes. El plano resultante de la planta del edificio ofrecía en su extremo oriental tres secciones paralelas, separadas entre sí por pequeñas zonas de campo abierto; por lo tanto presentaba un aspecto de objeto dotado de tres púas, como un tridente. Las dos cámaras más externas habían sido demolidas con posterioridad, probablemente en el siglo XIV, manteniéndose sólo el muro interno de cada una de ellas. Al mismo tiempo, los espacios abiertos que separaban estas cámaras del presbiterio central fueron cerrados mediante nuevos muros que atravesaban sus extremos orientales, dando así al edificio una forma totalmente rectangular. Las excavaciones llevadas a cabo en 1956, 1961, 1963 y 1983 no lograron fundamentar todos los detalles de esta reconstrucción de

la forma original del edificio, pero confirmaron algunos de ellos[ 503].

Mientras tanto, se han realizado excavaciones que han permitido descubrir otros emplazamientos de iglesias visigodas, confirmándose su datación mediante inscripciones y

hallazgos. En otros casos, se reconoció que algunos restos de edificios, de los que se pensaba normalmente que eran de fecha posterior, mostraban evidencias de tener origen visigodo. El caso mejor documentado es el de la iglesia de Santa María de Melque, de la cual ya hemos hablado anteriormente. El mismo año en que se publicó el consistente informe relativo a las excavaciones realizadas en Melque, otra iglesia bien conservada, aunque ruinosa, conocida como Santa Lucía del Trampal y situada en campo abierto al sur de Alcuéscar, en la provincia

de Cáceres, fue identificada como una construcción de origen probablemente visigodo[ 504]. La

excavación correspondiente a esta iglesia se llevó a cabo entre los años 1986 y 1991[ 505]. Se

trata de una edificación muy inusual, con tres breves presbiterios paralelos que se extienden hacia el este desde un pequeño crucero transversal que por su lado oeste se abre a una estrecha nave. La sillería romana reutilizada en los muros de la iglesia sugiere que en el mismo emplazamiento pudo existir anteriormente un lugar de culto dedicado a las divinidades

asociadas con un manantial local[ 506]. Vínculos similares con los que pudieron haber sido

manantiales sagrados romanos o prerromanos se encuentran también en Santa Comba de Bande y San Juan de Baños.

Además de Melque y Trampal, consideradas casi en su totalidad de origen visigodo, se ha reconocido también en los últimos años que otras iglesias hispanas contienen algunas características que podrían proceder de aquel período. En algunos casos tales afirmaciones

han tenido que ser modificadas[ 507]. Sin embargo, en general, aunque cada vez se ha dudado

más del estilo puramente visigodo de estas iglesias típicas, a las que en otro tiempo se atribuyó una fecha del siglo VII, como fue el caso de San Pedro de la Nave, los nuevos descubrimientos han aumentado el conjunto cada vez más numeroso de edificios de los que se piensa que tienen origen en dicho período. A la luz de los paralelismos que se pueden establecer con las construcciones de esta época que han sobrevivido en otros lugares de Europa occidental, este proceso parece lógico. Pocos equivalentes francos, anglosajones o lombardos son tan «puros» como se pensó en otro tiempo que eran los visigóticos, aunque al mismo tiempo se han encontrado vestigios de construcciones de la Alta Edad Media en algunos edificios de los que no se sospechaba previamente que fueran tan antiguos.

Hay que recalcar que gran parte de las pruebas utilizadas para la datación sigue perteneciendo al ámbito de la historia del arte más que al de la arqueología en sentido estricto. En pocos de estos edificios se han realizado excavaciones sistemáticas, y la mayoría de las deducciones cronológicas sigue haciéndose tomando como base las comparaciones entre características decorativas y arquitectónicas. Dicho de una manera sencilla, si se considera que un estilo concreto de decoración o el tipo de planta de un edificio es de origen visigodo, entonces el descubrimiento de una característica similar en otro edificio se tomará probablemente como prueba de que el segundo pertenece también al mismo período. No obstante, si se pusiera en cuestión el origen visigodo de cualquiera de estas claves estilísticas, también habría que dudar de la datación de los edificios cuya calificación cronológica se

basaba en la presencia de dicha clave[ 508].

Un ejemplo de esto fue la sugerencia, realizada de forma breve pero pertinente, de que algunos aspectos observados en la arquitectura de la iglesia de Santa María de Melque, a la que recientemente se había vuelto a atribuir un estilo visigótico con una antigüedad del siglo X, recordaban vivamente los de algunos de los palacios rurales del período omeya en Siria,

especialmente el conocido como Khirbat al-Mafjar, cerca de Jericó[ 509]. Estos edificios sirios del

período omeya pertenecían todos a la primera mitad del siglo VIII y, en particular, Khirbat al-

Mafjar está relacionado con los califas Hisham (724-743) y al-Walid II (743-744)[ 510].

La posibilidad de que hubiera habido una corriente de influencia artística que fluyera desde la Hispania visigoda hasta la Siria de los omeyas se descartó directamente, sin que fuera nunca tomada en serio. En cambio sí se aceptó rápidamente lo que implicaba esta relación como prueba de que los edificios hispanos que presentaban estas características, como era el caso de Melque, tenían que datarse en un período posterior a principios del siglo VIII. De hecho, se podría suponer que la influencia de este estilo arquitectónico y decorativo sirio se habría hecho sentir con mayor fuerza después de que los omeyas fundaran un nuevo

hogar para su dinastía en la península Ibérica en 756[ 511]. En cualquier caso, el hecho de

aceptar esta conexión situaba los edificios en cuestión en un contexto claramente posvisigodo.

Aunque las comparaciones se habían hecho inicialmente entre Khirbat al-Mafjar y Santa María de Melque, las consecuencias de esta argumentación se han llevado más lejos durante los últimos años. Debido a que eran tantas las construcciones altomedievales a las que se había atribuido una antigüedad de la época visigoda por razones estilísticas, y no arquitectónicas, la teoría de la influencia Siria ha puesto en cuestión las atribuciones cronológicas y culturales de todas las demás construcciones en las que se puede encontrar el estilo artístico re presentado por la iglesia de Melque. Lógicamente, esto ha hecho que se llevaran a cabo ajustes importantes en la cronología aceptada y que se pusiera en cuestión

hasta la propia existencia de una tradición arquitectónica y decorativa visigoda diferenciada[ 512].

Por expresarlo de una manera sencilla, todas aquellas construcciones que actualmente no han sido objeto de una nueva datación con una fecha posterior al año 711 encajan perfectamente bien con las tradiciones arquitectónicas y artísticas hispánicas de los siglos IV y V. Dicho de otra forma, esta evidencia indica que el arte y la arquitectura del período visigodo no fueron más que una continuación de sus equivalentes de la época romana tardía. Con respecto a las construcciones de los siglos de dominación visigoda no hay nada lo suficientemente nuevo como para justificar el hecho de que se les conceda una denominación propia. Por otra parte, lo que marca un auténtico cambio y una ruptura con respecto a tradiciones anteriores es la introducción de estilos arquitectónicos y decorativos sirios durante las décadas que siguieron a la conquista árabe. Es en ese momento cuando surge una nueva

orientación en el arte hispánico[ 513].

El único obstáculo posible frente a esta revisión radical de las dataciones, aceptadas durante largo tiempo, para las construcciones a las que hasta entonces siempre se había atribuido un origen visigodo, podría derivarse del caso planteado por la iglesia de San Juan de Baños, donde, a pesar de ciertas incertidumbres sobre la configuración original de su extremo oriental, una inscripción claramente fechada garantiza que fue fundada en 661. Esto parecería confirmar la pertenencia a mediados del siglo VII del estilo decorativo de los frisos, los capiteles y la arquería de la iglesia, que tiene un estrecho paralelismo con el de otras construcciones a las que la nueva teoría atribuye una fecha posterior al año 711.

Un reciente y exhaustivo estudio del edificio, que ha estudiado su composición literalmente piedra a piedra, ha llegado, no obstante, a la conclusión de que hay pruebas de que se produjo una importante reconstrucción de la iglesia en una etapa relativamente temprana de su historia. Dicho de otro modo, aunque en su construcción hay componentes auténticos fechados en la época visigoda, la ubicación actual de dichos componentes está

impuesta totalmente por un drástico programa de reconstrucción[ 514]. La inscripción es

auténtica en sí misma, pero puede que actualmente no esté en su lugar original, con lo cual no permite demostrar que el resto de los elementos que componen la iglesia actualmente sean de una fecha idéntica a la de la inscripción. Esta idea es tan reciente, y tan discutible por lo que respecta a sus implicaciones, que hay que decir que aún se encuentra en gran medida

subjudice. Si se aceptara, ciertamente privaría a la iglesia de San Juan de Baños de la