La conquista de Hispania por los árabes en 711-712 puso fin a lo que en muchos aspectos había sido una muy afortunada unificación militar y política de la península Ibérica por parte de la monarquía visigoda durante los siglos VI y VII. Nunca más, salvo durante los años comprendidos entre 1580 y 1640, volvería a estar toda la Península bajo el gobierno de una única autoridad. Sin embargo, los acontecimientos de la conquista sólo conseguirían complicar, nunca invertir, la emergencia de un nuevo sentido de identidad étnica común entre las clases
superiores, que parecía estar desarrollándose durante los últimos tiempos del período visigodo.
Como sucedió también en Francia entre los siglos VI y VIII, el logro de un gobierno monárquico estable dentro de unos límites territoriales más o menos fijos parecía haber
iniciado un proceso de reforma de la identidad étnica[ 645]. Esto se entendió probablemente con
mayor claridad en el caso de los reinos francos que en el de Hispania. El problema, en parte, viene dado por una serie de suposiciones erróneas en cuanto a la naturaleza del cambio y el grado de resistencia con el que éste podría haberse enfrentado, pero también tiene que ver con el hecho de que el proceso descarriló a causa de la conquista árabe y la fragmentación de la unidad política de la Península que se produjo a continuación. Dicho en pocas palabras, mientras la Galia romana se convertía en Francia, es decir, el territorio gobernado por los reyes de los francos, Hispania nunca llegó a ser Gotia. Las razones para que esto fuera así son menos obvias que lo que a menudo se supone.
Una tradición en cuanto a la interpretación del desarrollo interno del reino visigodo en Hispania entre 589 y 711 se ha relacionado casi exclusivamente con la dicotomía entre lo
romano y lo germánico[ 646]. Este planteamiento que pone el énfasis en los contrastes y
conflictos entre dos secciones de la población se ha discutido, pero nunca se ha desbancado
del todo[ 647]. En parte refleja una hipótesis equivocada sobre la existencia de una fricción
cultural inevitable entre romanos y germanos en un reino en el que posteriormente estos últimos eran una minoría numérica, pero ejercían un predominio político y militar. Siguiendo esta línea de pensamiento, una supuesta decadencia de los niveles intelectual y disciplinario del episcopado durante este período tiene un paralelismo directo con un aumento en el
número de obispos de origen visigodo y está ocasionada por este hecho[ 648]. De manera similar,
las influyentes implicaciones tanto de la historia legal como de los restos arqueológicos del período visigodo, que han sido examinados de forma crítica en capítulos anteriores, han dependido del supuesto antagonismo entre elementos romanos y germánicos, tanto en cuanto a población como en lo referente a la cultura.
Parece claro que los elementos germánicos constituyen una minoría desde el punto de vista numérico, incluso aceptando argumentos más antiguos que proponían una cifra de cien mil para los godos que llegaron a la Península a mediados del siglo V. Sin embargo, algunas teorías recientes sobre la formación de las confederaciones bárbaras o germánicas consideran que este número es con mucho demasiado alto, y la nueva evaluación de las pruebas halladas en los cementerios hispanos, ofrecida en el anterior capítulo 7, descarta cualquier necesidad de creer en la existencia de grandes asentamientos de godos no asimilados en los siglos VI o VII. Es imposible calcular con fiabilidad cuál pudo ser el tamaño real de la población goda. Unas cifras situadas en torno a veinte mil serían en el mejor de los casos una mera conjetura, pero probablemente resultarían mucho más realistas que aquellas antiguas que daban por bueno cinco veces este número. Estas especulaciones han de considerarse en el contexto de una población hispano-romana cuyas cifras son igualmente difíciles de calcular, pero que casi con
toda certeza excedían el millón[ 649].
En general, lo que se ha considerado como prueba de decadencia, división y conflicto
interétnico dentro de esta sociedad visigoda está lejos de ser inequívoco[ 650]. El destino último
del reino visigodo indujo a los historiadores del siglo XX, tanto en España como en otros lugares, a buscar causas estructurales más profundas para explicar su rápido y dramático derrumbamiento, incluso después de que la búsqueda de estas explicaciones dejara de ser un tema favorito en el marco del estudio de otras sociedades que fueron derrotadas por los
árabes de una manera igualmente rápida y decisiva[ 651].
No hay buenas razones para negar la posibilidad de que se desarrollara una identidad étnica goda común en la Hispania del siglo VII. Hasta cierto punto es difícil que hubiera otra alternativa. No había necesidad alguna de preservar una identidad romana independiente una vez que se resolvieron las diferencias religiosas entre la población indígena y la minoría goda a finales del siglo VI. De hecho, hay que preguntarse hasta qué punto podría haber existido algo como una identidad étnica romana en aquella época. Ser romano era tener los plenos derechos legales de un ciudadano. Esto tuvo importancia en particular durante el primer período imperial, ya que entonces existían distintos grados de ciudadanía, siendo el de civis
ciudadanía plena a todos los habitantes libres del Imperio, decretada por Caracalla en el año 212 d. C, no transformó en característica étnica lo que era una distinción en términos de estatus legal. Es interesante ver cómo, tras la desaparición del Imperio Romano en occidente, en algunas regiones tuvo que promocionarse deliberadamente una identidad étnica romana, y, del mismo modo que se desarrollaron historias sobre los orígenes en el caso de los pueblos germánicos, también algunos textos históricos clásicos se refundieron como los origines gentis
Romanorum[653]. En Hispania el proceso se desarrolló en sentido contrario: cuando el Líber
Iudiciorum de Recesvinto abrogó en 654 la autoridad de todos los códigos legales que habían
estado vigentes con anterioridad, esta abrogación marcaría el final de cualquier forma específica de ciudadanía romana en el reino visigodo, si es que esta ciudadanía existía aún.
Lo que podía haber sido un obstáculo importante para la integración, la diferencia de idiomas, nunca parece haber existido en Hispania. Si el uso de la lengua gótica hubiera sobrevivido, sería difícil entender cómo podría haberse producido una absorción a gran escala de las clases superiores hispano-romanas en un nuevo sentimiento de identidad. Sin embargo,
no hay prueba alguna de que se utilizara el gótico en Hispania durante los siglosVI y VII[ 654].
En general, del mismo modo que los galo-romanos del norte del Loira y de Renania llegaron gradualmente a considerarse a sí mismos francos, también los hispano-romanos se convirtieron en godos. Está claro que esto fue así tanto por la ausencia de referencias a una población romana diferenciada en las fuentes posteriores del siglo VII, como por unos indicadores muy claros de la extensa «gotización» de la población indígena en todos los
niveles sociales durante el período visigodo[ 655]. Un indicador sencillo es el extraordinario
predominio de nombres de origen godo, tanto en el norte como en el sur, en la copiosa
documentación de los siglos que siguieron a la conquista árabe[ 656]. Esto no se refiere sólo a los
posibles descendientes de una pequeña población genéticamente germánica anterior a la conquista. La mayoría de los cristianos que había en Hispania después del año 711 tenía nombres de origen godo, algunos de los cuales, como Alfonso, han sobrevivido hasta los tiempos presentes. Aunque también se utilizaban numerosos nombres vascos, e incluso árabes, así como los nombres cristianos más comunes cuyo origen se sitúa sobre todo en el Nuevo Testamento, difícilmente se encuentran nombres romanos clásicos entre las
poblaciones del norte de la Península[ 657]. Los pocos que aparecen tienden a ser
deliberadamente arcaicos, como el de un conde llamado Escipión, y dan testimonio de una
estudiada afectación[ 658].
En los posteriores reinos asturiano (718-910) y leonés (910-1037) del norte de la Península, sólo hay un contexto en el que aparece la palabra romanas. En varios documentos de manumisión fechados en estos siglos, al esclavo liberado se le concede la ciudadanía romana, lo cual le permite tener propiedades, casarse libremente y dar testimonio legal. En
parte esto era ya una pieza de anticuario[ 659]. Hay otras características similares, tales como
referencias anacrónicas a la Lex Aquila, en las prácticas notariales de esta época, pero también es un testimonio del hecho de que la «romanidad» estaba considerada, al igual que en tiempos del Imperio, como una forma de estatus legal y no como un factor étnico
determinante[ 660]. Estos textos siguen también de cerca el texto de los documentos de
manumisión escritos durante el período visigodo. No existen ejemplos prácticos de estos últimos, pero se conservan algunos modelos en una colección de fórmulas notariales reunidas en el reino asturiano a partir de una serie de ejemplos visigodos, algunos de los cuales
proceden de Córdoba[ 661]. Éstos a su vez parecen dar a entender que la «ciudadanía romana»
en la época tardía del reino visigodo estaba considerada como una categoría en cuanto al estatus, y no como una forma de etnicidad.
Donde más claramente está articulada la ideología de una nueva identidad étnica y política goda en la Hispania del siglo VII es en algunas de las actas de los concilios eclesiásticos plenarios que se celebraron en el reino entre 589 y 711. El IV Concilio de Toledo, que fue celebrado en diciembre de 633, presidido por Isidoro de Sevilla, hablaba en singular de
gens et patria («pueblo y patria»), sin sugerir en ningún momento que pudiera haber diferentes
gentes dentro de una sola patria[ 662]. Además, en aquellos decretos se caracterizaba el ámbito
de aplicación como el del pueblo godo. La frase completa gens et patria Gothorum aparece por primera vez en las actas del destacado VII Concilio de Toledo de octubre de 646 y, a partir de entonces, puede encontrarse como el modo principal de referirse al territorio y a los habitantes
del reino visigodo, tanto en las actas conciliares como en la legislación elaborada por los
monarcas posteriormente en el siglo VII[ 663]. Al mismo tiempo, los reyes llevaban el título de rex
Hispaniae atque Galliae. La patria Gothorum que ellos gobernaban se definía geográficamente
como Híspania y Gallia, refiriéndose esta última a la antigua provincia romana de Septimania, que siguió estando bajo el control de los visigodos cuando el resto de su reino en la Galia fue
conquistado por los francos en 509[ 664]. Esta definición del Regnum Gothorum con una
extensión geográfica claramente delimitada, constituida fundamentalmente por la antigua Híspania romana, fue un determinante ideológico de gran importancia durante los siglos futuros; tanto más en cuanto que el Líber ludiciorum y las actas de los concilios eclesiásticos celebrados en el reino visigodo continuaron vigentes bajo las monarquías posteriores
asturiana y leonesa[ 665].
Dada la naturaleza muy limitada de los testimonios que se conservan de los últimos tiempos de la Hispania visigoda, no hay modo alguno de saber con seguridad hasta qué punto había llegado el proceso de forjar de nuevo una identidad étnica en la época de la conquista árabe de 711. Ciertamente, un proceso comparable que tuvo lugar en Francia había alcanzado un momento más que crítico en aquella época y, como mínimo, hay que decir que ninguna de las evidencias relativas a finales del siglo VII y principios del VIII indica la presencia de una población romana diferenciada en Hispania en aquellos tiempos. El autor anónimo de la
Crónica de 754, que escribía en Toledo hacia ese año, habla sólo de godos en su relato de la
conquista[ 666]. Del mismo modo, a finales del siglo IX o principios del X, un autor asturiano que
habla de un musulmán de origen indígena, concretamente Musa ibn Musa de la familia de los
Banu Qasi, que falleció en 863, se refiere a él como natione Gotas sed ritu Mamentiano[667].
Independientemente de sus filiaciones religiosa y política como súbdito (aunque rebelde) de los omeyas y como musulmán, estaba considerado como godo de nacimiento, o al menos así lo veía un autor cristiano desde el norte de la Península.
Aunque a finales del siglo VII estaba claro que las clases altas de la sociedad hispano- romana y visigoda estaban dando ya los últimos pasos hacia una nueva identidad goda, no hay testimonios contemporáneos que nos indiquen que esto llevara a un cambio en la nomenclatura geográfica; nada del tipo de lo que llevó a la Galia a llamarse Francia. A la famosa observación del rey Ataúlfo (410-415), según Orosio, sobre la posibilidad de convertir Romanía en Gotia, no se le iba a dar una expresión geográfica en una sociedad mucho más
integrada como era la del reino hispano del siglo VII[ 668]. Hispania, junto con su pequeño
apéndice galo situado al otro lado de los Pirineos orientales, siguió siendo la patria de la gens
Gothorum.
Este conservadurismo en la nomenclatura geográfica es en parte un testimonio del legado de Isidoro de Sevilla y de la alta consideración que continuaron disfrutando al menos algunos
aspectos de la cultura clásica en Hispania durante el posterior período visigodo[ 669]. Isidoro de
Sevilla popularizó y conservó a través de sus Etymologiae un gusto algo arcaico en el estilo literario, que continuó haciéndose sentir en los textos latinos hispanos durante los siglos venideros. El libro de geografía de las Etymologiae contribuyó a mantener de forma
permanente el uso de términos topográficos que podían ser incluso anacrónicos[ 670]. No es
casualidad que durante su presidencia, y sin duda gracias a que él redactó las actas conciliares, el IV Concilio de Toledo empleara con frecuencia la terminología política arcaica de los hispaniae, «los hispanos», usando así referencias que se remontaban a la primitiva división romana de la Península en dos partes: Citerior y Ulterior (Hispania «Cercana» e Hispania
«Ulterior» [o de más allá]), en vez de aplicar el término unitario más sencillo Hispania[ 671]. Este
nombre, tanto en singular como en plural, continuó, no sólo definiendo la zona geográfica conocida como península Ibérica, sino influyendo también en los conceptos de poder político dentro de dicha zona. Esto se hizo aún más patente cuando la unidad política y cultural impuesta en la Península quedó destruida por las imprevistas consecuencias de la invasión árabe y bereber.