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CAMBIOS DE DINAST ÍA, 590-

Con el relato de la humillación de Argimundo en 590, Juan de Biclaro termina su crónica, aunque es probable que no la escribiera antes de 604, aproximadamente. Desde nuestra perspectiva es muy lamentable que le diera fin en este punto, ya que el resto del reinado de Recaredo queda oscuro casi en su totalidad. Gregorio de Tours alargó su relato de los hechos históricos hasta su propia muerte, acaecida en 594, pero no tuvo nada más que decir sobre Hispania. En la península Ibérica la tradición historiográfica continuó con Isidoro de Sevilla, pero éste trató de modo excesivamente breve los acontecimientos de este período en su Historia

Gothorum y en su crónica. Ambas obras de Isidoro de Sevilla existen en dos versiones

diferentes: una breve y anterior escrita durante el reinado del rey visigodo Sisebuto (611/612- 620), y otra algo más larga que se puede datar en los años centrales del reinado de Suintila

(621-631)[ 176]. En el caso de la Crónica se han detectado otras dos versiones dentro de la

tradición manuscrita, que representan fases intermedias de una transformación que él hizo

para convertir una versión breve de la obra en otra más larga.[ 177]. Sin embargo, ninguno de

estos textos proporciona algo más que el relato de los sucesos contemporáneos en un escuetísimo esbozo.

De los últimos ochenta y cinco años de existencia de la monarquía visigoda, es decir, desde 625-626 hasta 711, sólo sobrevive una obra histórica contemporánea: la Historia

Wambae o «Historia del rey Wamba». Esta historia fue escrita por Julián de Toledo,

probablemente a finales de la década de 670 o poco después de que llegara a ser obispo en 680, y trata exclusivamente de los acontecimientos que se produjeron durante los años 672 y 673. El propósito de este texto era servir más como una obra de instrucción retórica y política que como un texto de historia, y no proporciona información alguna sobre la vida de Wamba antes de su subida al trono o después de que sofocara la rebelión del conde Paulo en la

Narbonense a principios de 673[ 178].

Para estudiar los largos períodos que no cubren los textos históricos hispanos se ha de recurrir a textos posteriores o a un puñado de obras que se escribieron fuera del reino, pero que contienen alguna información sobre los sucesos que tuvieron lugar en la Península. La más importante de estas obras es la crónica anónima escrita y recopilada en Burgundia (Borgoña) en alguna fecha posterior a 659 y atribuida por los expertos del siglo XVI en adelante a un tal «Fredegar». No hay razones para pensar que éste fuera realmente su nombre y, de hecho, se creyó durante mucho tiempo que eran más de uno los autores de esta obra. Este Fredegar, o sería más exacto decir «Pseudo-Fredegar», aunque resulte más engorroso, estaba interesado fundamentalmente en los sucesos protagonizados por los francos hasta 642, año en que su crónica termina abruptamente, pero se las arregló para incluir algunas informaciones sobre asuntos hispánicos. No obstante, en general, prefería ofrecer historias pintorescas en vez de relatos históricos pormenorizados sobre el rey al que apoyaba Gregorio de Tours. Pero se puede decir que al menos aporta claves útiles para conocer el modo en que los contemporáneos, a varios cientos de kilómetros, desde el este de

Francia, veían los acontecimientos hispanos[ 179].

Existen textos posteriores que informan sobre algunos aspectos de la historia visigoda, pero pocos de estos escritos están cerca en el tiempo, y todos lanzan una mirada retrospectiva a este período a través de las lentes distorsionadoras de la conquista árabe y la consiguiente destrucción del reino. En la mayoría de los casos, los autores se centran en los sucesos inmediatamente anteriores a aquel cataclismo, en gran medida con el objetivo de determinar a quién o a qué habría que culpar por lo sucedido.

Otras fuentes contemporáneas pueden estar más limitadas en cuanto a la amplitud de temas y a la naturaleza de los hechos, pero suelen ser más fiables que las versiones más completas escritas a partir de 711. Entre estos textos se debería incluir las actas de una serie de concilios de la Iglesia que se celebraron en el reino visigodo, frecuentemente pero no con

regularidad, desde el año 633 hasta finales de la década de 690[ 180]. Desgraciadamente no nos

ha llegado acta alguna de un último concilio que cerró este ciclo de sínodos y se celebró en Toledo en la primera década de siglo VIII, aunque no hay duda de que los documentos existieron en algún momento. Entre las actas de los concilios pueden encontrarse referencias

ocasionales a acontecimientos no religiosos; además, muchas de las decisiones adoptadas por los obispos reflejan cuestiones que los reyes les habían planteado y que eran importantes en aquellos momentos. Entre estas cuestiones estaba la formulación de las sanciones eclesiásticas que podían utilizarse en defensa del trono contra los que querían tomarlo por la fuerza, tanto en un acto de usurpación como contraviniendo los mecanismos acordados para determinar la sucesión a la corona.

La sensación de inseguridad y la frecuencia con que se producían los desafíos a la corona, especialmente cuando un nuevo rey acababa de acceder al trono, eran realidades que se pueden deducir de los textos conciliares y están confirmadas en gran medida a partir del detallado informe sobre el primer año de reinado de Wamba que hizo Julián de Toledo en su

Historia Wambae, así como por las pruebas que aportan otras fuentes, tales como la

acuñación de moneda. En las monedas visigodas aparecen representados dos monarcas, sobre los cuales no se hace mención alguna en las fuentes escritas. A uno de estos reyes, llamado Iudila, lo conocemos por dos monedas; una de ellas acuñada en Mérida y la otra en

Eliberri, una población romana que estaba cerca de Granada. Dado que su estilo se parece

sobre todo al de las monedas de Sisenando (631-636), se podría pensar que detentó el poder

durante un breve período en la Bética, probablemente a principios de la década de 630[ 181]. El

otro caso es el de un cierto Sunifredo, conocido sólo por una moneda acuñada en Toledo, que se puede datar por su estilo como perteneciente a la primera mitad del reinado de Egica (687- 702)[ 182]. Estos dos ejemplos muestran lo limitados que son nuestros conocimientos sobre

hechos que pueden haber sido bastante importantes en la historia de la monarquía visigoda. Incluso la cronología de los reyes es en algunos casos ambigua o incierta, a pesar de que el experto alemán Karl Zeumer hizo en 1901 un intento sistemático para establecerla

correctamente[ 183]. Aunque en general sus resultados se han aceptado, en uno o dos casos es

necesaria una revisión, y las fechas que se indican aquí se basan a veces en las que se utilizan normalmente. También hay que decir que, dado el carácter muy limitado de las pruebas, cualquier reconstrucción de los hechos, aunque sea en gran medida un esbozo, podría ser altamente equívoca y errónea. Sin embargo, se debe intentar, para dar al menos una cierta forma a la historia de la península Ibérica durante este período.

La oscuridad en la que se sumerge el reinado de Recaredo después de 590, en comparación con sus años iniciales, no permite que se pueda hablar realmente de un período de tranquilidad total. Las amenazas de los francos siguieron existiendo y la diplomacia bizantina estuvo activa en el Mediterráneo occidental a lo largo del reinado de Mauricio (582- 602). Isidoro de Sevilla hace una referencia general a las campañas bélicas contra los vascos en el norte y contra las fuerzas imperiales en el sur, pero no da detalles al respecto. Habla con entusiasmo del buen carácter del rey, así como de la amabilidad de sus modales y su

aspecto[ 184]. Más concretamente, se refiere también a la restitución de propiedades a los

individuos y las iglesias que habían sufrido confiscaciones en tiempos de Leovigildo. Se puede suponer que esto formaba parte del proceso continuo de entregar compensaciones a los que durante el régimen de su padre habían padecido una serie de injusticias privaciones, entre las que podría estar incluida la no entrega de una parte o la totalidad de sus beneficios a los que habían apoyado a Leovigildo. Incluso pudo ser que, después de quedar sofocadas las rebeliones que se produjeron entre 587 y 589, esto dejara descontenta a una parte de la nobleza y que ésta luego intentara recuperar sus pérdidas recientes, lo cual ayudaría a explicar sucesos posteriores.

A su muerte, acaecida en 601, cuando probablemente aún no había llegado a cumplir cincuenta años, Recaredo dejó la corona a su único hijo reconocido, Liuva, quien según Isidoro

de Sevilla tenía entonces dieciocho años de edad[ 185]. Si esto es así, tuvo que haber nacido en

583. Este hijo no lo había tenido Recaredo de la reina Baddo, que había estado presente en el III Concilio de Toledo en 589; el nombre de su madre nos es desconocido e Isidoro de Sevilla afirma que no era de origen noble. Pudo ser un hijo ilegítimo, y el hecho de que Isidoro haga este comentario con respecto a sus orígenes, al tiempo que alaba sus virtudes personales, podría implicar que esto se utilizó en su contra. En cualquier caso, en 603 varios miembros de la nobleza dieron un golpe de Estado que terminó con el destronamiento de Liuva y su muerte, que probablemente fue consecuencia de una amputación de su mano derecha. Con él terminó la línea dinástica que había comenzado con Leovigildo.

Entre los que encabezaron este golpe se encontraba el conde Witerico, que aparece en

Vitas Sanctorum Patrum Emeretensium como uno de los hombres que habían conspirado

contra el obispo Masona y el rey Recaredo en Mérida inmediatamente después del III Concilio de Toledo. Dado que fue elegido rey en 603 y había sido responsable del asesinato de Liuva II,

este golpe se ha considerado a veces como el preludio de un renacer del arrianismo[ 186]. No

existen pruebas que sustenten esta interpretación, ya que es del todo improbable que Isidoro de Sevilla hubiera omitido un detalle como éste, que para él habría sido de la máxima importancia. Es más probable que Witerico y sus seguidores estuvieran intentando simplemente recuperarse de la pérdida de poder y riquezas que habían sufrido durante el reinado de Recaredo.

Isidoro de Sevilla consideraba que Witerico era un soldado competente, aunque en la práctica no especialmente afortunado, y, por otra parte, este rey le desagradaba. Según parece, su reinado estuvo marcado por nuevos conflictos con las fuerzas bizantinas que se encontraban en la Península, incluida la captura de parte de dichas tropas en Sagunto; no se

menciona en texto alguno si en esta ocasión se produjo también la toma de esta ciudad[ 187].

Otro aspecto del reinado de Witerico es el que describe el cronista franco conocido como Fredegar, que afirma que en 607 se arregló un casamiento entre Ermenberga, hija de Witerico, y Teodorico II (596-613), monarca de Austrasia, que era el reino franco del este. Sin embargo, Teodorico no se casó con Ermenberga y, poco después de que ésta hubiera llegado a su corte, la envió de vuelta a Hispania. Esto enfureció tanto a Witerico que organizó una alianza contra el rey de Austrasia, formada por Teudeberto II (596-612), que era rey de Borgoña y hermano de

Teodorico, el caudillo lombardo Aguilulfo (590-616), y él mismo[ 188]. En la práctica no se

consiguió cosa alguna con esta alianza, y Witerico fue asesinado por algunos de sus propios nobles en 610.

Es significativo que Isidoro de Sevilla no mencione estas actividades diplomáticas emprendidas por Witerico o su participación en la política dinástica de los francos, siguiendo una tradición que se remontaba a Leovigildo y Recaredo, que habían intentado negociar un matrimonio para este último en 584. En este caso el intento había fracasado únicamente por el asesinato del padre de la novia, el rey de Neustria Chilperico (561-584), que se había

producido cuando ella estaba ya de camino hacia Hispania para casarse[ 189]. En el caso de

Ermenberga, Fredegar afirma que fue la influencia de la abuela visigoda del rey franco, Brunequilda, la que logró que se frustrara el matrimonio proyectado con Teodorico II. No es probable que Isidoro de Sevilla gozara del favor real en tiempos de Witerico y es posible que supiera poco sobre lo que estaba sucediendo en la corte. Por otra parte, la información de Fredegar es a menudo anecdótica y personalizada. Los motivos que subyacían a la proposición de una alianza y las razones por las que se deshizo pueden tener mejor base que el aspecto físico de una princesa visigoda.

A este respecto, hay que señalar que la alianza formada contra Teodorico II continuó existiendo en tiempos del siguiente rey de Toledo, Gundemaro (610-611/612), por lo que es difícil que dependiera sólo o básicamente del insulto a la hija de Witerico en 607, sobre todo porque Gundemaro tuvo que estar profundamente involucrado en la conspiración que

desembocó en el asesinato de su predecesor[ 190]. Su breve reinado es importante por dos

aspectos. En primer lugar, durante un sínodo celebrado en la capital en 610, se produjo la transferencia del obispado metropolitano de la provincia de la Cartaginense, que aún estaba en manos bizantinas, a Toledo. Esto hizo que la hasta entonces casi desconocida iglesia de Toledo se convirtiera en la sede del primado de la Cartaginense, formalizando así la estrecha relación que se desarrollaría entre los obispos de la capital y los reyes a los que éstos servían.

El segundo aspecto interesante de este reinado es la existencia de un conjunto de siete cartas escritas por un conde llamado Bulgar, que prestaba servicios a la corona en la Narbonense. La supervivencia de estas cartas es meramente una cuestión de suerte, ya que se guardaron junto con otras diecisiete cartas de más o menos el mismo período, quizá con el fin de que sirvieran de modelos de estilo literario, probablemente en el siglo IX en el reino de

Asturias[ 191]. Isidoro de Sevilla dice que el propio rey Gundemaro dirigió expediciones militares

que vencieron a los vascos y a los bizantinos, llevándose a cabo en este último caso el asedio a una ciudad cuyo nombre no se menciona.

trono a Sisebuto (611/612-620), uno de los reyes visigodos más cultos, que debió de ser también lo suficientemente competente en el terreno militar como para ser elegido por la nobleza que había apoyado a su predecesor. Se dice que dirigió personalmente dos campañas contra los bizantinos, obteniendo como resultado la toma de varias ciudades, mientras sus generales sofocaban una rebelión que se produjo entre los asturianos y derrotaban a los

rucones[ 192]. Estos últimos, que habían sido atacados por el rey suevo Miro a principios de la

década de 570, se encontraban establecidos probablemente en Galicia o en el extremo occidental de Asturias.

Fredegar afirma que Sisebuto derrotó a un duque llamado Francio y como resultado recuperó Cantabria, que había estado bajo el poder de los francos. Esto se menciona en el contexto de las campañas llevadas a cabo en Asturias y contra los rucones, pero durante este período Cantabria se extendía desde las fronteras orientales de Asturias hasta la Rioja y el curso superior del Ebro. Era la región que había conquistado Leovigildo en 574 y ninguna fuente sugiere que posteriormente fuera invadida por los francos. Si se aceptan las afirmaciones vagas e imprecisas de Fredegar, se puede pensar que parte de esta región había llegado a estar realmente bajo el dominio de los francos, quizá en tiempos de Liuva II y Witerico, con lo que su reconquista fue un triunfo de los generales de Sisebuto.

Fue a Sisebuto a quien dedicó Isidoro de Sevilla la versión original de su enorme enciclopedia, llamada Etymologiae (Etimologías), y su tratado científico De Natura Rerum.

Sisebuto le correspondió con un poema compuesto por él mismo sobre los eclipses[ 193]. Tales

intercambios literarios no significan que Isidoro de Sevilla fuera necesariamente el principal consejero de Sisebuto, ni siquiera para cuestiones eclesiásticas. Los obispos de Toledo siempre mantuvieron con los reyes un contacto más estrecho y regular que el que podían mantener los de Sevilla. Durante la segunda mitad del reinado de Sisebuto la sede de Toledo estuvo en manos de Eladio (o Helladius) (615-633), quien previamente había formado parte de la corte real y había ocupado un alto cargo administrativo, antes de hacerse monje y ser luego

abad de Agali[ 194]. Aunque no dejó escrito alguno, es difícil eludir la sospecha de que en la

mayoría de los ámbitos de la política su influencia no superara la que pudiera tener Isidoro de Sevilla.

Cierto es que el obispo de Sevilla no aprobó una de las iniciativas políticas de Sisebuto, aunque no se sabe si expresó su desaprobación en aquel momento. La iniciativa en cuestión exigía la conversión forzosa de los judíos al cristianismo, una imposición que se estableció durante los primeros años del reinado. Algo muy similar pudo ocurrir en Francia durante el reinado de Dagoberto I (623-638/639), del que se dijo que había obligado a los judíos de su reino a convertirse como resultado de una exigencia planteada por el emperador Heraclio (610- 641). Si esto fue así, no es probable que fuera el motivo que subyacía a la decisión de Sisebuto, la cual, después de morir el rey, fue condenada por Isidoro de Sevilla en su Historia

Gothorum[195]. Los medios para oponerse a esta decisión y las consecuencias que ello podía

acarrear fueron tema de debate entre los obispos del reino en el primer concilio general de la

Iglesia visigoda celebrado a continuación -el IV Concilio de Toledo, celebrado en 633[ 196].

Aunque aquí se criticó implícitamente la conversión forzosa, a aquellos que habían sido obligados a hacerse cristianos no se les permitió volver al judaísmo porque ya habían recibido el sacramento del bautismo, que era irreversible.

Cuando murió, a Sisebuto le sucedió un hijo suyo llamado Recaredo La elección de este nombre es importante en sí misma, ya que parecía proclamar algún tipo de relación con la antigua casa real de Leovigildo y sus descendientes. Isidoro de Sevilla hace todo lo que puede por soslayar el reinado de Recaredo II, atribuyéndole una duración de «unos pocos días, hasta

que le sobrevino la muerte»[ 197]. De esta manera dejaba en la oscuridad la cronología de los

reinados de la monarquía visigoda durante estos años y puede haber dejado encubierto el verdadero destino del joven rey. En cualquier caso, con independencia de cómo muriera, es evidente que reinó durante más de unos pocos días, probablemente durante un año y dos o

tres meses[ 198].

En el año 621 fue sustituido por un nuevo rey de una familia diferente, que tomó el nombre de Suintila y bajo cuyo gobierno los bizantinos fueron expulsados finalmente de los baluartes que les quedaban en Levante. Cartagena, el centro administrativo de la provincia imperial, cayó alrededor del año 625 y pudo haber sido desmilitarizada, tras la destrucción de las murallas de