Ninguna fuente contemporánea aclara por qué fue precisamente Ervigio el elegido como beneficiario de los oscuros sucesos que rodearon la destitución de Wamba. Parece incuestionable que era la opción preferida por la aristocracia palaciega, independientemente de que lo fuera para su depuesto predecesor. La crónica asturiana llamada Crónica de Alfonso
III, ofrece más detalles que cualquier otro relato anterior: dice que el padre de Ervigio se
llamaba Ardabasto y que había llegado a Hispania procedente de Bizancio en la época de
Chindasvinto, que le había recibido bien y le había dado a su propia sobrina en matrimonio[ 269].
Por consiguiente, según esto Ervigio era sobrino nieto de Chindasvinto y primo de Recesvinto. No se sabe si en todo esto hay algo de verdad, ya que es imposible descubrir la fuente en que se basa esta información. Gran parte del resto de las informaciones que se pueden encontrar en las crónicas de finales del período visigodo procede de las actas de los concilios, al igual que muchos de nuestros propios conocimientos sobre el tema. Por lo tanto, suponiendo que sea auténtico, no es fácil saber cómo y por qué este relato concreto sobre la familia y los orígenes de Ervigio se ha conservado sólo en este texto asturiano. También hay que reconocer que la monarquía asturiana, a diferencia de la visigoda, se transmitía por continuidad dinástica. Quizá por éste motivo podría suceder que los cronistas asturianos esperaran encontrar vínculos familiares para explicar la sucesión a la corona durante el período visigodo, mientras que los que vivieron en este período no lo habrían hecho necesariamente. Así pues, teóricamente es posible que Ervigio fuera miembro de la casa de Chindasvinto por su familia materna, pero es más probable que esto sea sólo la explicación que buscaba un cronista de principios del siglo X.
Como mínimo, lo que se sabe sobre el método que en realidad se seguía para determinar la sucesión en la monarquía visigoda implicaría que por sí misma esta relación de parentesco no habría sido motivo suficiente para que Ervigio fuera elegido rey. Tal vez sea también
significativo que esta posible relación de parentesco con la familia de Chindasvinto no recibió mención alguna en el detallado informe sobre los acontecimientos de 680 contenido en las actas del XII Concilio de Toledo. Tampoco se alude a ello en ningún otro texto contemporáneo. Como en los años 643 y 654, a la sucesión de un rey en una situación de cierta debilidad política le seguía rápidamente la promulgación de una versión revisada de las Leges
Visigothorum. Esta versión contenía un cuerpo sustancial de leyes nuevas y algunas
revisiones de las ya existentes[ 270]. Entre las primeras había 28 medidas dirigidas contra los
judíos, que estuvieron preparadas a tiempo para el XII Concilio de Toledo del 9 de enero, donde los obispos, con Julián al frente, las aprobaron. Aunque él mismo era de origen judío, Julián fue el más ferviente o fanático de todos los eclesiásticos del período visigodo en sus
escritos y actividades contra los judíos[ 271]. Estas nuevas leyes fueron leídas ante los
habitantes judíos de la ciudad (o al menos ante los judíos más importantes de aquella comunidad) reunidos en la iglesia de Santa María el día 27 de aquel mismo mes, tres días después de finalizar el concilio. Es notable la velocidad con que se llevó a cabo toda esta actividad legislativa, por lo que cabe pensar que algunas de las leyes ya estaban preparadas, tal vez por Julián, antes de producirse los acontecimientos políticos que permitieron ponerlas en práctica.
Al igual que en 654, también en 681 se puede considerar la promulgación de un código legislativo como un signo de intranquilidad Al igual que sucedió en la década de 630, parte de la legislación conciliar de la década de 680 muestra una notable preocupación por la seguridad del monarca, de su familia y de sus partidarios. Como hemos visto anteriormente, aquellos que habían sufrido bajo el reinado de Wamba fueron rehabilitados y en el año 683 se les restituyeron las propiedades confiscadas. Las actas del XII Concilio, que habían reconocido formalmente la legitimidad del acceso de Ervigio al poder, recibieron una nueva confirmación
oficial en el XIII Concilio, lo cual constituye un caso único[ 272]. En 683 el mismo concilio planteó
también con todo detalle la cuestión de la protección de la familia real después del fallecimiento del rey, mencionando específicamente a su esposa, la reina Liuvigoto, y haciendo referencia asimismo a los cónyuges de sus hijos e hijas. Los obispos plantearon que nadie podría abiertamente o en secreto intentar matarlos, enviarlos al exilio, tonsurarlos o privarlos de sus propiedades. Las reinas, sus hijas y sus nueras no podrían ser obligadas a entrar en la vida monástica tras la muerte del rey. Todas estas actuaciones o intenciones quedaron
prohibidas por los obispos so pena de anatema eterno y condena imparcial en la otra vida[ 273].
Hasta en sus más mínimos detalles, este canon parece transmitir un ambiente de desesperación. Una normativa similar, pero mucho menos específica, para la protección de la familia y los descendientes del rey fue la que aprobó el V Concilio del año 636, aunque está
claro que lo hizo en vano[ 274]. La inclusión de la reina llamándola por su nombre indica que los
propósitos de este XIII Concilio eran muy inmediatos y que los herederos y familiares de Ervigio miraban al futuro con poco optimismo. También llama la atención que el canon implica la existencia de hijos suyos que estuvieran ya en edad de contraer matrimonio, pero no sugiere que hubiera probabilidad alguna de que le sucedieran en el trono. Según parece, más bien podría esperarse lo contrario.
Ciertamente la familia real tenía motivos para estar preocupada, nunca habría esperado que la amenaza real procediera de sus propias filas Casi siete años exactos después de que Wamba fuera depuesto o abdicase, Ervigio se encontraba ya próximo a su muerte, y tuvo lugar un proceso similar para apañar la sucesión al trono, pero con algunas diferencias significativas. El 14 de noviembre de 687 Ervigio proclamó a Egica como el sucesor elegido por él y el 15 del mismo mes recibió la penitencia, permitiendo que los nobles se reunieran en torno su lecho de muerte para que partieran desde allí acompañando al nuevo rey a Toledo. En esta ciudad
Egica fue ungido en la iglesia pretoriana de los Santos Pedro y Pablo el 24 de noviembre[ 275].
Entre otras cosas, estos detalles sugerirían que Ervigio transmitió la corona a Egica en algún lugar situado fuera de la capital, probablemente en una villa propiedad del rey que se encontrara a unos pocos días de viaje de Toledo. La fecha real de su muerte no está registrada en escrito alguno, como tampoco lo está el lugar en que fue enterrado. Esto último sucede con todos los reyes visigodos. No sabemos dónde fueron enterrados, y en los textos litúrgicos relativos a la monarquía en el período visigodo que nos han llegado no hay nada escrito sobre funerales reales, ni siquiera sobre las subsiguientes conmemoraciones de los
fallecimientos de reyes anteriores. Se podría suponer que estas conmemoraciones eran características típicas del ceremonial de las monarquías dinásticas, en las que se ponían de relieve las relaciones de parentesco y la continuidad dentro de la familia, como hacían los francos con la casa real merovingia. Pero el reino visigodo era en esto y en otros aspectos marcadamente antidinástico. Hay que suponer que los reyes fallecidos eran enterrados por sus familias y recordados fundamentalmente por éstas, y no por los monarcas que los sucedían, con los cuales no tenían vínculos de sangre.
Aunque la Chronica Regum Visigothorum registra con mucho detalle las fechas relativas a las diversas etapas de la transferencia de poder de Ervigio a Egica, no da indicio alguno que permita saber lo que había tras este proceso. La información que tenemos sobre esta cuestión Procede de las actas del XV Concilio de Toledo, que se inauguró a continuación, el 11 de mayo de 688, tan sólo unos seis meses después del cambio de monarca. Buena parte de todo esto se mezcló con una controversia cristológica durante la cual el obispo Julián se enfrentó con el papado, que había puesto en duda algunas de sus opiniones sobre la naturaleza de Cristo. Esta controversia fue también el tema central del XIV Concilio de 684, pero como sólo asistieron dieciséis obispos, se volvió a incluir con mayor amplitud en el XV, en el que estuvieron presentes ochenta obispos, delegados y abades, junto con diecisiete
condes[ 276].
El principal asunto político de esta asamblea fue el levantamiento del anatema con que amenazó el XIII Concilio a cualquiera que intentara hacer daño a las personas o propiedades de la familia del rey anterior. En lo que puede parecer una actuación de un cinismo apabullante, los obispos acordaron revocar una norma que había sido aprobada sólo cinco años antes y además por muchos de los presentes. Más concretamente, justificaron también que el nuevo monarca, Egica (687-702), repudiara a la hija de su predecesor, con la cual se había unido en matrimonio como parte de las medidas adoptadas para asegurar su propia sucesión. La reina Liuvigoto, tras ser repudiada, fue sometida a reclusión en un monasterio junto con sus hijas y a
su familia se la privó de las posesiones que había «adquirido injustamente»[ 277].
El propio Egica fue con toda probabilidad el conde del mismo nombre que firmó las actas del XIII Concilio. También pudo estar relacionado con un conde llamado Witiza, que asistió al XII
Concilio en 681[ 278]. Así pues, era miembro del núcleo de la nobleza cortesana y, dejando a un
lado cualquier otra consideración, pudo haber sido por la intención de vincularlo firmemente a la nueva familia real y a una futura protección por lo que Ervigio lo casó con una de sus hijas en algún momento de su reinado y luego lo designó como su sucesor. Si fue así, se trató de un fatal error de cálculo, ya que una vez que Egica se convirtió en rey le faltó tiempo para librarse del vínculo, saquear los recursos de la familia de Ervigio y sus aliados y quedarse libre para casarse otra vez.
Después de su despiadado y beneficioso comercio, Egica pudo sentirse seguro. Ciertamente no fomentó la convocatoria de más concilios plenarios durante cierto tiempo. Cuando el concilio siguiente, el XVI, se reunió en Toledo en mayo de 693, lo hizo inmediatamente después de unos sucesos aún más dramáticos. Un factor clave en sus deliberaciones fue un cambio reciente que se había producido en los cargos episcopales. Sisberto, que había sucedido a Julián como obispo de Toledo en 690, había sido acusado de implicación en un complot cuyos objetivos eran destronar y matar a Egica. Se dijo que sus compañeros de conspiración eran Liuvigoto, Frogellus, Teodomiro, Luvilana y Tecla. Los obispos, en un tono debidamente sorprendido, confirmaron su destitución del cargo, la confiscación de todos sus bienes y la sentencia de exilio perpetuo que se pronunció contra
Sisberto[ 279].
En la práctica, lo más probable es que hubiera sido juzgado y condenado mucho antes de la celebración del concilio, ya que éste fue presidido por su sucesor Félix (693-c. 700), que había sido trasladado desde la sede de Sevilla (a la que había accedido después de mayo de 688)[ 280]. El destino de Sisberto ya estaba decidido mucho antes de que los obispos expresaran
su conformidad con aquellas medidas de castigo. Entre sus compañeros de conspiración, si es que lo eran, estaba la viuda de Ervigio, y es razonable suponer que las otras dos mujeres y los otros dos hombres que se mencionan estuvieran emparentados de alguna forma con ella y con el rey anterior. Todo esto pudo ser simplemente la eliminación definitiva del la familia del predecesor de Egica.
Si fue así, Egica pudo haberse visto enfrentado a una amenaza mucho más grave durante aquel mismo período. Una única moneda que está relacionada en cuanto a su estilo con las del reinado de Egica indica que un rey llamado Sunifredo tomó el poder en Toledo en algún momento durante aquellos años y estuvo gobernando el tiempo suficiente para que la casa de la moneda comenzara a emitir en su nombre. Este nombre es también el de un comes
sanciarum et dux que firmó las actas del XIII Concilio de Toledo en 683[ 281]. Egica ostentó
exactamente los mismos títulos y su nombre aparece seis lugares más arriba en la misma lista. Si los funcionarios, al igual que los obispos, firmaban por orden de antigüedad, Egica y Sunifredo fueron colegas, aunque el primero tendría una posición ligeramente más elevada.
En virtud de los datos cronológicos, se ha sugerido que la breve ocupación del trono por parte de Sunifredo y la traición por la cual Sisberto resultó condenado fueron exactamente la
misma cosa[ 282]. Se podría objetar que en las actas del XVI Concilio no se mencionó a Sunifredo,
pero es posible que no hubiera un motivo por el que necesariamente tuviera que aparecer. Si hubiera sobrevivido, habría sido juzgado por un tribunal no eclesiástico y no habría existido razón formal alguna por la que el concilio tuviera que pronunciarse sobre su destino. En el caso de Sisberto, su destitución como obispo requería un procedimiento eclesiástico adecuado y, si es correcto pensar que los otros que aparecen nombrados junto con él eran los miembros supervivientes de la familia de Ervigio, la inclusión de éstos estaría justificada por el hecho de que en otro tiempo, en un concilio anterior, se les había prometido protección so pena de anatema. El reconocimiento de su condena por traición ponía punto final a la tarea emprendida por el XV Concilio de Toledo para revocar aquella norma anterior.
En cualquier caso, la familia de Ervigio, si iba a apoyar una rebelión contra Egica, habría necesitado tener un candidato al trono. Para que éste fuera reconocido como rey legítimo, tendría que haber recibido la unción. Tal como explicó Julián en su Historia Wambae, esta unción sólo se podía llevar a cabo en Toledo y la debía administrar el obispo de la urbs regia. Por lo tanto, si Sunifredo estuvo en el trono el tiempo suficiente para emitir monedas en Toledo, es razonable suponer que ya había sido ungido en dicha ciudad, y para ello habría requerido la cooperación del obispo Sisberto.
Suponiendo que esto sea cierto, puede que las acciones de Sunifredo tuvieran poco que ver con cualquier sentimiento de lealtad a la infortunada esposa y, en general, a la desgraciada familia de su antiguo rey. Los celos con respecto a alguien que antes había sido su igual podrían haber desempeñado un papel mucho más importante, pero también pudo haber existido otro motivo. Egica, a diferencia de sus dos predecesores, dio algunos pasos necesarios para establecer la sucesión al trono cuando él todavía vivía, y estuvo claramente decidido a hacer que éste permaneciera en manos de su propia familia. Proclamó corregente a su hijo Witiza.
Este acontecimiento se suele fechar habitualmente en el año 698, sobre la base de una
anotación que aparece en La Crónica de 754[283]. Sin embargo, es mucho más fiable como
prueba la cláusula de datación de un documento oficial fragmentario, pero contemporáneo, en el que se indica que Witiza fue asociado al trono con su padre el séptimo año del reinado de
éste, que había comenzado a finales de noviembre del año 693[ 284]. La acuñación de moneda
confirma que es preferible esta cronología. Si se examina en conjunto el número total de tipos de monedas emitidas por cada año de reinado se obtiene una pauta de gran uniformidad a lo largo de todo el siglo VII. La única excepción es el reinado conjunto de Egica y Witiza, que, aceptando la datación tradicional en los años 698-702, produce un aumento anómalo y
sustancial del número de tipos de monedas emitidos al año[ 285]. Por otra parte, si este período
se amplía para incluir los años comprendidos entre 694 y 698, la discordancia desaparece y la pauta resultante es coherente con la de otros reinados. Dicho de otro modo, Egica y Witiza tuvieron que mantener un reinado conjunto más largo que el que supone la cronología generalmente aceptada. Por consiguiente, parece cierto que Egica proclamó corregente a su hijo en 694. No hay modo de saberlo con seguridad, pero el motivo que el rey tuvo para actuar así pudo haber sido la búsqueda de una cooperación, o bien una consecuencia de la rebelión de Sunifredo. Si fuera cierta la primera posibilidad, la intención del monarca de monopolizar el trono para su propia familia y excluir otras estirpes nobles que tuvieran los mismos méritos puede haber precipitado el intento de derrocarlo.
Según la Chronica Regum Visigothorum, Witiza no fue ungido rey hasta el 24 de
noviembre del año 700[ 286]. Dado que, al menos desde la época de Julián de Toledo, se le dio
mucha importancia a la unción como componente esencial del procedimiento que debía seguirse para que el elegido se convirtiera en rey, tenemos que preguntarnos por qué en el caso de Witiza se retrasó esto hasta alguna fecha situada entre dos y ocho años después de que fuera proclamado corregente por su padre. Lo más probable es que hasta entonces se le considerara demasiado joven para recibir este sacramento. Puede ser que hasta finales del año 700 no alcanzara la adolescentia, es decir, el momento en que sería capaz de gobernar por derecho propio y no sometido a una tutela, o a una regencia en el caso de que su padre muriera. Por este motivo sería ungido cuando contaba alrededor de catorce años de edad. Así se podría confirmar también lo que se dice en la versión Rotense de la Crónica de Alfonso III, en el sentido de que Witiza fuera fruto del matrimonio de breve duración entre Egica y Cixilo, hija de Ervigio. Sobre este matrimonio sabemos que terminó poco después de la muerte de su
padre a finales de 687[ 287].
De los años de reinado conjunto se sabe poco. Según la Crónica de 754, en esta época
fue derrotada una flota bizantina que se dedicaba a atacar la costa hispana[ 288]. Es probable
que haya que relacionar esto con la llegada de una flota enviada desde Constantinopla por el emperador Leoncio (695-698) para intentar recuperar Cartago y la provincia imperial de África, que acababa de ser conquistada por los árabes. Aunque inicialmente tuvieron éxito, las fuerzas bizantinas fueron obligadas a retirarse a principios del año siguiente. La flota regresó a su punto de partida, rebelándose y estableciendo un nuevo emperador en Creta a su paso por
esta isla[ 289]. Es bastante probable que, durante estas operaciones realizadas en occidente, un
destacamento de esta flota imperial visitara el enclave bizantino situado alrededor de Ceuta y Tánger. Si es así, éstas podían haber sido las fuerzas que estaban atacando las ciudades