Flavio Aecio nació en una de esas familias militares de las provincias balcánicas que habían ocupado los rangos más altos del ejército y de donde habían salido un buen número de emperadores en los siglos III y IV. Como muchos de aquellos emperadores, pasó su carrera casi permanentemente en guerra, comandando regularmente tropas en campañas contra oponentes extranjeros y romanos. Durante unos veinte años fue, con mucho, el hombre más poderoso del Imperio de Occidente. Fue elegido cónsul y magister militum tres veces, fue nombrado patricio en 435 y, sin embargo, nunca intentó proclamarse emperador. Las guerras civiles en las que participó fueron enfrentamientos que buscaban determinar quién dominaría la corte imperial. Otros aspectos de su vida mostraban lo distintas que eran las condiciones en el siglo V: en dos ocasiones durante su juventud fue enviado como rehén con unos líderes extranjeros, primero con Alarico y, más tarde, con un líder huno. En siglos anteriores, los romanos habían tomado rehenes con frecuencia, a los que se les daba educación romana con la esperanza de despertar simpatía hacia su imperio. Los romanos no entregaban rehenes a otros. En el siglo V el equilibrio de poder había cambiado profundamente.
Aecio recibió una educación romana integral, complementada por la experiencia de vivir entre pueblos extranjeros. Se convirtió en un jinete y arquero muy competente gracias a los años pasados con los hunos. Lo que era todavía más importante, llegó a comprenderlos y estableció relaciones que le serían de gran utilidad durante su vida. Tras la muerte de Honorio, fue uno de los partidarios más destacados del usurpador Juan, y se dirigió a territorio huno para reunir una fuerza de auxiliares -quizá sea más correcto llamarlos mercenarios- con los caudillos que conocía. Aecio y esos guerreros llegaron a Italia demasiado tarde para participar en la campaña y se encontraron con que Juan había sido ejecutado y Valentiniano III había sido proclamado emperador por un ejército oriental. Sus hunos permanecieron leales a él, y a cambio de no reiniciar la guerra y de aceptar apoyar al nuevo emperador, Aecio fue ascendido a magister militum de la Galia. Parece que al menos algunos de los hunos se quedaron a su lado y combatieron en sus siguientes campañas contra los
francos, al oeste del Rin, y contra los godos establecidos dentro de la propia Galia.25
En aquellos años había otros dos comandantes compitiendo por la supremacía en el Imperio de Occidente. Gala Placidia trató de hacer que surgieran disensiones entre ellos, con la esperanza de impedir que cualquiera de los tres se hiciera con demasiado poder y acabara siendo imposible de controlar. Más adelante, en 427, Félix, el magister militum de más rango al mando del ejército imperial en Italia, envió tropas para atacar a su colega Bonifacio, que estaba al mando de África. Esa fuerza fue derrotada y en 430 Aecio había sustituido a Félix en su puesto y urdido su ejecución. Dos años más tarde Bonifacio dirigió a su ejército hacia Italia para luchar por la supremacía. Ganó la batalla, pero recibió una herida mortal durante el combate. Aecio huyó y, en un momento dado, se dirigió hacia los hunos y formó una nueva fuerza con esos guerreros. Regresó en 433 y una vez más asumió el mando militar supremo. El sucesor de Bonifacio había escapado a Constantinopla sin entablar batalla. Las esperanzas de Gala Placidia se vieron frustradas. Hasta su fallecimiento unas dos décadas después, Aecio no tendría que enfrentarse a ningún rival importante.26
Como de costumbre, la preocupación romana por las luchas intestinas había comprometido seriamente su capacidad para hacer frente a otros problemas militares. En varias ocasiones, los godos asentados en Aquitania -cada vez más a menudo identificados como los visigodos o los «godos occidentales», para distinguirlos de los «godos orientales» que seguían viviendo junto al Danubio- lanzaron ataques contra zonas vecinas de las provincias romanas. Al parecer, se trataba en buena medida de operaciones oportunistas, aunque es posible que las fricciones fueran provocadas en paite por las autoridades romanas. Otros grupos tribales, como los francos y los burgundios, expandieron el territorio que controlaban a zonas más cercanas a las fronteras. También las razias provenientes del exterior del Imperio se incrementaron. En Hispania, la agresividad de los suevos se intensificó: tomaron Mérida, la capital de la provincia, y atacaron Sevilla. A partir de 429, fueron el grupo más poderoso de la Península Ibérica, ya que en ese año los vándalos y los alanos que quedaban emigraron al norte de África. Una fuente posterior afirma que su jefe, el rey Genserico, fue seguido por unas ochenta mil personas, entre ellas mujeres, niños y ancianos, además de guerreros. La cifra no es imposible, aunque, como siempre, deberíamos hacer notar que ignoramos por completo si es o no correcta. Es posible que esté inflada. Ahora bien, incluso el traslado de un grupo mucho más reducido habría requerido un alto grado de organización. Probablemente fueron pasando en barcazas a través del Estrecho de Gibraltar a lo largo de varias semanas.27
Al principio, parece que los vándalos no tuvieron que enfrentarse a ninguna oposición seria.
Había unidades de comitatenses en África, así como limitanei, pero el área que estaban encargados de proteger era muy extensa. Es más que probable que, como ocurría con la mayoría de los ejércitos romanos en esta época, algunas de las unidades existieran sólo sobre el papel o fueran pálidas sombras de su eficiencia y efectivos teóricos. Si añadimos la preocupación por la pugna entre Bonifacio y los demás comandantes del ejército, resulta menos difícil explicarnos los repetidos éxitos de los vándalos. Puede que los rumores de colusión y las alegaciones de que Bonifacio había invitado a los vándalos a que cruzaran la frontera no fueran más que propaganda para mancillar su reputación. Al fin y al cabo, aunque el uso de grupos bárbaros como aliados era común, los vándalos en realidad nunca llegaron a ayudarle. A lo largo de los siguientes años, Genserico y sus hombres se fueron desplazando poco a poco hacia el este. La gran ciudad de Hippo Regius fue capturada y saqueada en 431 (su famoso obispo San Agustín había fallecido más de un año antes, pero sus últimas cartas reflejan el temor que inspiraban los invasores). Para entonces los vándalos eran cristianos, pero, como los godos, profesaban una característica interpretación arriana de la fe, lo que los convertía en herejes a los ojos de la Iglesia.28
Estuviera o no Bonifacio en connivencia con los vándalos, al final se enfrentó a ellos y sufrió
una grave derrota. Se retiró y poco tiempo después decidió llevar a su ejército a través de Italia y probar fortuna allí. En 435 Aecio ya no tenía ningún rival que pudiera hacerle sombra, pero estaba demasiado preocupado por los problemas de la Galia como para emplear la fuerza contra Genserico. En un tratado oficial, a los vándalos se les concedió una parte sustancial de Numidia. Fue una paz muy breve: en 439 Genserico conquistó Cartago, una de las mayores ciudades del mundo. Pronto, las cantidades ingentes de asaltantes vándalos se convirtieron en una amenaza para los comerciantes y las comunidades costeras. En 440 Genserico dirigió un importante ataque contra Sicilia. El norte de África seguía siendo una de las regiones más ricas del Imperio de Occidente: suministraba gran parte del alimento que se consumía en Italia, así como buena parte de los ingresos fiscales y probablemente también personal para el ejército. Seguramente, su pérdida fue el peor revés sufrido por el gobierno de Valentiniano III.
En 441 una amplia tropa expedicionaria de soldados se concentró en Sicilia para preparar la invasión del norte de África. Teodosio II envió abultados contingentes del ejército oriental, así como naves de guerra, para respaldar a su colega occidental. Sin embargo, nunca llegaron a zarpar. Se iniciaron unas negociaciones y, al poco, las fuerzas orientales fueron presionadas para que regresaran con el fin de reforzar la frontera balcánica contra los ataques de los hunos. En 442 un tratado concedió a los vándalos el control de la mayor parte de las regiones más prósperas del norte de África. En torno a esa misma época, la hija de Valentiniano, Eudocia, fue prometida en matrimonio al hijo de Genserico, Hunerico,
que ya estaba casado con una hija del rey visigodo. Rápidamente, Genserico puso fin a ese matrimonio acusando a la joven de intentar asesinarle. Fue mutilada -le cortaron las orejas y la nariz- y la enviaron de vuelta con su padre. Los visigodos estaban demasiado lejos para que su enemistad le preocupara, y la perspectiva de una alianza con la familia imperial era mucho más tentadora para el rey vándalo. Eudocia era sólo una niña y, por el momento, permaneció en Italia.29
Aecio dominó el Imperio de Occidente durante dos décadas. Partió en campaña casi todos esos años y luchó contra los visigodos, los alamanes, los francos, los burgundios y los suevos, entre otros, además de contra los rebeldes conocidos como bagaudas, que habían aparecido en la zona noroccidental de la Galia. Exactamente igual que Estilicón y Constancio antes que él, contó con poetas cortesanos que celebraron por todo lo alto su valentía, su destreza y sus arrolladoras victorias. Su coraza «no era tanto una armadura protectora como su vestimenta cotidiana». Casi siempre estaba combatiendo y utilizó incluso los poco habituales descansos entre luchas para prepararse para futuras guerras. No obstante, la alta frecuencia de operaciones revela que sus éxitos tenían un alcance limitado y casi nunca eran decisivos. También se cuidó de impedir que cualquier rival potencial se hiciera con el control de tropas y obtuviera victorias. De hecho, había un único ejército y se encontraba bajo el mando directo de Aecio. Si no era él quien se ocupaba de un problema, era poco probable que llegara a ser solucionado por otro.
La pérdida de gran parte de África, así como la continuada ocupación de partes de la Galia por los visigodos y de Hispania por los suevos, produjo un enorme descenso de los ingresos y recursos de que disponía el gobierno de Valentiniano. En consecuencia, Aecio disponía de muchas menos tropas que Estilicón o Constancio. Puede que en parte esa reducción de efectivos respondiera a una acción deliberada por parte del emperador y las figuras más destacadas de la corte, que buscaran imponer un cierto límite a su general restringiendo los recursos a su disposición. Gran parte del éxito de Aecio se debió a sus aliados hunos, y la destrucción del reino de los burgundios en 436-437 se consiguió en buena medida gracias a sus esfuerzos. La terrible derrota de ese pueblo fue la base del relato épico de Los nibelungos, que hoy nos es familiar, sobre todo, gracias al ciclo operístico de Wagner, aunque es evidente que ese relato se aleja mucho de los auténticos acontecimientos. Fue la victoria más decisiva de la carrera de Aecio y la obtuvo, fundamentalmente, gracias a sus aliados. Los hunos también lucharon con éxito contra los bagaudas
y los visigodos, hasta que sufrieron una aplastante derrota en las afueras de Arles en 439.30
No tenemos datos fidedignos sobre cuánto se conocían Aecio y Atila. Parece que existían frecuentes contactos diplomáticos entre el Imperio de Occidente y los hunos, y sabemos que Aecio suministró hombres a Atila para que le sirvieran como secretarios cuando escribía en latín. Esa información no tiene por qué sugerir nada más que el deseo de apaciguar a un poderoso líder. Parece que ya en 450 Atila estaba considerando atacar el Imperio de Occidente. La expansión territorial no fue nunca su primer objetivo bélico y las provincias balcánicas ya habían sido saqueadas por completo durante los anteriores ataques de los hunos. En última instancia, el poder de Atila se basaba en su capacidad para recompensar con generosidad a sus seguidores. Para ello tuvo que librar y ganar batallas, tanto para obtener el botín del saqueo como para mantener el terror que garantizaba los pagos del tributo. Sabía cómo encontrar pretextos para iniciar un ataque en pequeñas disputas. Al principio habló de enfrentarse a los visigodos en nombre de Valentiniano y también hubo rumores de que existió algún contacto con Genserico. Al final, la excusa se la proporcionó una fuente realmente inesperada.
Honoria era hermana de Valentiniano III e hija de Gala Placidia. Cuando todavía no se había casado -sin duda para impedir que cualquier rival obtuviera una conexión con la familia imperial-, tuvo una aventura amorosa con el gestor de su propiedad y se quedó embarazada. Su amante fue ejecutado y a Honoria la casaron con un senador cuya lealtad política era de confianza, un hombre probablemente de edad avanzada, y sin duda poco interesante. Resuelta a escapar de esa situación, consiguió de algún modo enviar una carta y su anillo a Atila y le suplicó que la ayudara. El rey huno aceptó encantado esa misiva como una oferta de matrimonio y reclamó la mitad del Imperio de Occidente. Aunque esta historia suena a invención romántica, aparece muy temprano en nuestras fuentes y es muy posible que sea cierta. La madre de Honoria había contraído matrimonio con el godo Ataúlfo, si bien es cierto que en aquel momento era una prisionera y puede que no tuviera demasiada libertad para rechazarle. Posteriormente, Eudocia, la sobrina de Honoria e hija del emperador, se había prometido a un vándalo. El matrimonio con el poderoso rey de los hunos no eran tan inimaginable como lo había sido en el pasado, aunque las mujeres de la familia imperial seguían sin poder decidir quiénes serían sus esposos.31
El llamamiento de Honoria proporcionó a Atila un conveniente pretexto y una útil herramienta de negociación, pero no hay indicios claros de que esa guerra fuera planeada en un principio como algo más que una inmensa incursión de saqueo. En 451 dirigió a su ejército a través del Rin hasta las proximidades de la actual Coblenza -después de un viaje bastante largo, si los estudiosos están en lo cierto al suponer que partió de Panonia a principios de ese mismo año- y conquistó rápidamente la mayoría de las ciudades de la zona. Tréveris, tantas veces utilizada como capital imperial a finales de los siglos III y IV, fue una de las ciudades sometidas al pillaje. El ejército huno -en realidad la amplia mayoría de las tropas eran de aliados, incluyendo un fuerte contingente de godos- siguió adelante, pero pareció perder parte de su ímpetu cuando no fue capaz de capturar Orleans. Para entonces, Aecio ya había formado un ejército para hacerles frente, que también estaba compuesto fundamentalmente de tropas aliadas a las órdenes de sus propios caudillos. Había francos, burgundios, alanos y sajones, así como un importante contingente de godos procedentes de Aquitania, que eran mandados por su rey Teodorico. Se entabló una gran batalla -algo poco habitual en este periodo- en algún punto de la región conocida como los Campos Cataláunicos o Campus Mauriacus. Sabemos que Atila fue incapaz de obtener la victoria en este encuentro y puede que sufriera un claro revés. El rey Teodorico fue una de las víctimas mortales y una fuente visigoda posterior afirma que Atila quedó sumido en la desesperación después de la batalla. Supuestamente, preparó una pira funeraria para sí mismo utilizando las sillas de montar de sus hombres y sólo en el último minuto decidió no suicidarse. Sin embargo, el ejército de Aecio se dispersó con celeridad y los contingentes aliados regresaron a sus casas. Es probable que esa decisión se debiera en buena medida a las dificultades para aprovisionar a la fuerza concentrada, pero nuestras fuentes alegan que persuadió deliberadamente a sus aliados de que debían marcharse, porque no quería destruir a los hunos. La amenaza de Atila era el mejor modo de conseguir que los visigodos y los demás grupos se mantuvieran dóciles.32
Habían frenado a los hunos, pero el ejército de Atila no había sufrido pérdidas irreparables. En el año 452 volvió a atacar, sorprendiendo a Aecio al no lanzarse sobre la Galia, sino sobre el norte de Italia. Aquilea, la antigua ciudad situada en la frontera con Illyricum, fue sitiada y conquistada. Otras ciudades, entre ellas Milán, fueron saqueadas, aunque la capital imperial de Rávena volvió a ser protegida por las marismas que la circundaban. Durante un tiempo, Atila se dirigió hacia el sur, antes de retirarse y regresar a sus propias tierras. Enseguida empezaron a difundirse leyendas que atribuían su retirada a una reunión con el Papa, pero es mucho más probable que se debiera a la escasez del suministro y a un preocupante brote de peste en su ejército. Atila y sus hombres ya habían acumulado importantes cantidades de botín con sus rapiñas, y seguramente muchos de sus
guerreros estaban deseando llevar esas ganancias a su hogar antes del invierno.
Los romanos del Imperio de Occidente no habían derrotado a Atila, pero él tampoco había podido obligarles a ofrecerle un tributo y otras concesiones. Incluso la incapacidad para obtener una victoria rotunda podía dañar el prestigio de un caudillo cuyo poder residía en el éxito continuo. Mientras estuvo fuera, la actitud del Imperio de Oriente se había vuelto más hostil. Teodosio II había muerto en 450 sin dejar heredero y
había sido reemplazado por un oficial del ejército de cincuenta y ocho años llamado Marciano. Pulqueria, que no era mucho más joven que él, renunció a su voto de castidad y se casó con el nuevo emperador para convertirle en un miembro legítimo de la familia de Teodosio. Marciano tuvo suerte de que Atila en aquel momento estuviera ocupado con la campaña en el Imperio de Occidente y no pudiera tomar represalias cuando dejó de pagar el tributo a los hunos. También fueron enviadas tropas para ayudar a Aecio en 452. Al mismo tiempo, el ejército oriental había lanzado una ofensiva menor contra el reino de Atila, aprovechando el hecho de que sus principales contingentes y su atención estaban concentrados en otra parte. Fue otro de los motivos por los que los hunos se retiraron de Italia.33
No cabe duda de que Atila habría reanudado la guerra al año siguiente. Sin embargo, a principios de 453 se casó una vez más y celebró la ocasión con una sesión prodigiosa de bebida, algo que de todos modos era muy habitual en su corte. A la mañana siguiente fue encontrado muerto, y a su esposa, histérica. Había perdido la consciencia y había fallecido ahogado debido a una hemorragia interna. Mucho más tarde, se inventarían historias románticas en las que su mujer le asesinaba para vengarse de las injusticias que había cometido contra su familia. Atila no había señalado a ningún sucesor y sus numerosos hijos pronto empezaron a pelearse entre sí para hacerse con el poder. Al mismo tiempo, muchos de los pueblos aliados y de los que habían estado sometidos a su dominio se sumaron a la pugna. En pocos años, el imperio de los hunos se había desmoronado.34
La madre de Valentiniano III, Gala Placidia, había muerto en 450. Su hermana Honoria no pudo haber sobrevivido a su madre demasiados años y nunca más vuelve a ser nombrada por nuestras fuentes. El emperador acababa de entrar en la treintena, pero jamás llegó a tener una personalidad independiente. En la corte el juego de influencias cambió y surgieron nuevas oportunidades para hombres ambiciosos. Al mismo tiempo, la posición de Aecio se había debilitado. En los últimos años, aun antes del ataque de Atila, cada vez le había costado más reclutar hunos para que lucharan a su lado. Mientras Atila estuvo vivo, era evidente que Valentiniano necesitaba a su general más poderoso para rechazar las