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La doctrina romana había sido siempre que el mejor modo de enfrentarse a un ataque era derrotar al enemigo en una guerra abierta. Idealmente, presentaban una fachada de fuerza abrumadora para disuadir a los enemigos potenciales de una posible agresión. Cada derrota debilitaba esa impresión, así como la frecuente retirada de tropas de las fronteras para enfrentarse entre sí en guerras civiles. La captura de Valeriano por los persas fue otra humillación en un momento en el que ya se habían abierto muchas grietas en la fachada. Más tarde, su hijo Galieno fue censurado en la mayoría de nuestras fuentes, que le acusan de ser indolente y demasiado aficionado a los lujos de la vida de Roma. Esas críticas eran bastante injustas, ya que pasó mucho tiempo combatiendo en las fronteras europeas: por ejemplo, en 268 estaba en Grecia persiguiendo a las bandas que habían saqueado Atenas y muchas de las otras ciudades famosas del pasado clásico. Se dice que salió victorioso de la empresa, pero las condiciones impuestas a los derrotados godos fueron muy generosas: su rey fue aceptado entre los romanos y se le otorgó rango senatorial. Las habladurías también afirmaban que el emperador se encaprichó de una princesa goda a la que tomó como amante.25

Poco después de la derrota de su padre, Galieno perdió el control real sobre muchas de las provincias occidentales a medida que empezaron a surgir en ellas distintos pretendientes a la púrpura imperial. En el año 260, el gobernador de Germania Inferior, Postumo (de nombre completo Marco Casiano Latino Postumo) se proclamó a sí mismo emperador. Ya había organizado el asesinato del hijo de Galieno, que era sólo un niño, y de su tutor, que había quedado al mando en el Rin. Ambas provincias germánicas y toda la Galia se unieron enseguida a Postumo, que posiblemente era descendiente de aristócratas galos. Con el tiempo, también se le unieron Britania y gran parte de Hispania. Al contrario que la gran mayoría de los usurpadores que se mantuvieron un tiempo en el trono, Postumo no se esforzó por marchar sobre Italia y derrotar a Galieno, sino que se contentó con permanecer a la defensiva, luchando contra los rivales romanos cuando le atacaban. Los ejércitos de Galieno fueron rechazados en dos ocasiones. En 269 apareció otro rival en Maguncia. En unos cuantos meses, Postumo le había derrotado, pero, cuando se negó a permitir que sus tropas saquearan la ciudad, fue asesinado. El hombre elegido por el ejército duró en su puesto doce semanas, hasta que él también fue asesinado. Su sucesor, Victorino, permaneció en el poder durante casi dos años, y se supone que su asesinato se debió a que intentó seducir a la esposa de uno de sus oficiales.

Tradicionalmente, los historiadores se refieren a este régimen como el Imperio galo (en latín Imperium Galliarium). Ese nombre no tiene ninguna base histórica, aunque un historiador del siglo IV habla de que Postumo «asumió el poder de las provincias galas». Para él y sus sucesores, ellos eran los legítimos emperadores de todo el Imperio. Todos los años se nombraban los dos cónsules, haciendo caso omiso del hecho de que Galieno continuara nombrándolos en Roma también. No se sabe si se constituyó un segundo Senado. Muchos de los puestos en el servicio imperial fueron ocupados por aristócratas de la Galia, pero eso tiene más que ver con la dificultad de traer hombres de zonas más lejanas y de las provincias que no reconocían a esos emperadores. Desde el punto de vista cultural, no había nada especialmente galo u «occidental» en el nuevo régimen. Los títulos y la iconografía -y asimismo las leyes- empleados por estos emperadores eran completamente convencionales. Lo único inusual era su renuencia a tratar de controlar el resto de provincias del Imperio.26

Durante gran parte de su reinado, el gobierno de Galieno abarcó sólo a Egipto, norte de África, las partes más meridionales de Hispania, Italia y las provincias situadas detrás del Danubio. Se le considera el emperador legítimo porque obtuvo el poder antes que sus diversos rivales y, en última instancia, fueron los hombres que le sucedieron quienes reunificaron el Imperio. Sobre sus logros se ha hablado en términos de más alcance, pero esas opiniones se basan en una visión retrospectiva y tienden a ignorar las peculiares condiciones de su reinado. Un tema clave es la estrategia: se supone que las derrotas sufridas en todas las fronteras demuestran la necesidad de contar con una reserva estratégica central que pudiera trasladarse para enfrentarse a cualquier enemigo que abriera una brecha en el perímetro exterior. Galieno mantuvo una importante parte de su ejército en Milán o cerca de allí. Las monedas atestiguan la presencia de destacamentos procedentes de al menos trece legiones distintas, de las cuales varias pertenecían a unidades estacionadas en provincias que ya no eran leales a Galieno. Destaca especialmente la caballería, que parece haberse agrupado bajo su propio comandante independiente. Septimio Severo había aumentado las tropas de las que podía disponer de inmediato incrementando los efectivos de la II Parthica, así como de la guardia. Ahora Galieno llevó al extremo esa idea, convirtiendo su reserva en un ejército completo y poniendo un nuevo acento en la importancia de las tropas de caballería.

Nada de eso tiene mucho sentido. No conocemos realmente las cifras de efectivos que componían las tropas o la proporción de caballería para tener una idea de lo revolucionaria que pudo ser esta fuerza. La caballería es más veloz que la infantería en las distancias cortas, pero en las marchas más largas, la ventaja disminuye con claridad. También es mucho más difícil alimentar y mantener en buen estado a los caballos que a los hombres. La idea de utilizar una fuerza de caballería como reserva móvil sólo tiene sentido práctico si las tropas implicadas son relativamente reducidas. Asimismo, a primera vista, el norte de Italia puede parecer el centro del Imperio, pero, para Galieno, Milán, en realidad, estaba sólo a un paso de su frontera con el «Imperio galo». Las circunstancias eran excepcionales, pero el despliegue de esas tropas y, por lo que podemos saber, el verdadero uso que se hizo de ellas en campaña fue totalmente convencional.27

El reinado de Galieno fue largo si juzgamos por los estándares del periodo, pero su destino final recuerda a muchos otros usurpadores cuyo poder fue más breve. En 268 el comandante de sus tropas de caballería -no sabemos el título preciso y bien puede ser que se tratara de un cargo de rango superior que comandase tanto a jinetes como a soldados de infantería- se rebeló contra él. Galieno regresó de Grecia para hacerle frente y, tras una victoria en campo abierto, inició un asedio contra el usurpador en la propia Milán. No obstante, resultó evidente que había perdido el apoyo de sus otros oficiales y éstos conspiraron para asesinarle: hicieron sonar una falsa alarma y, cuando el emperador salió precipitadamente de su tienda para enfrentarse al supuesto ataque enemigo, fue apuñalado hasta la muerte.28

Galieno tenía unos cincuenta años cuando fue asesinado. Su sucesor, Claudio II (nombre completo Marco Aurelio Claudio), tenía unos cuantos años más y era miembro de la orden ecuestre en una de las provincias balcánicas. Resulta difícil saber hasta qué punto estaba implicado en la conspiración, pero es obvio que varios oficiales de esa misma región formaron un poderoso grupo en ese periodo. Tras deshacerse del usurpador de Milán con presteza, Claudio pasó los siguientes dos años luchando contra los asaltantes bárbaros, primero en Italia y después en los Balcanes. En 269 obtuvo una victoria sobre los godos y adoptó los nombres de Gótico y Máximo para celebrarlo. A principios del año siguiente fue una de las víctimas de un brote de peste, distinguiéndose así como el primer emperador desde Septimio Severo que moría por causas naturales. Su hermano Quintilo fue proclamado emperador, pero a los pocos meses tuvo que enfrentarse al intento de hacerse con el poder de uno de los generales en jefe, Aureliano (de nombre completo Lucio Domicio Aureliano). Cuando los ejércitos rivales avanzaron para entablar batalla, los hombres de Quintilo rápidamente decidieron cambiar de bando. Se cree que fue asesinado, o bien que se suicidó al darse cuenta de lo que estaba sucediendo.29

experimentado que en el plazo de cinco años logró reunificar el Imperio. Tras ocuparse primero de las fronteras y, a continuación, de los desórdenes surgidos en las provincias orientales, en el año 274 Aureliano atacó el «Imperio galo». El sucesor de Victorino, Tétrico, parece haber mostrado escaso entusiasmo bélico y tuvo graves problemas para mantener la lealtad de sus propias tropas. Se dice incluso que los traicionó, enviándoles a luchar en una posición desesperada contra Aureliano. El propio Tétrico se rindió. El vencedor, en un gesto muy poco habitual, le perdonó la vida e incluso le otorgó un puesto administrativo en Italia. Del mismo modo, muchos hombres que habían ocupado un cargo importante en el ejército y la administración dentro del «Imperio galo» continuaron posteriormente sus carreras en el servicio imperial. Ninguno de los emperadores galos vio su nombre condenado oficialmente ni borrado de los archivos.30

LAS HORDAS BÁRBARAS

Es posible que en el siglo III en algunos tramos de las fronteras del Imperio la amenaza que representaban los pueblos del exterior se incrementara. La propia existencia del Imperio, así como su diplomacia, fomentaron el auge de líderes poderosos dentro de las tribus. Puede que haya habido otros factores. Las pruebas arqueológicas sugieren que, en aquella época, tal vez se estuviera produciendo un aumento demográfico entre las tribus que habitaban más allá del Rin y del Danubio. Es posible que también tuvieran que hacer frente a los problemas provocados por el cambio climático y el agotamiento de los suelos debido al uso agrícola, aunque hasta el momento no se han recopilado suficientes pruebas para comprender en detalle lo sucedido. Ciertamente parece que los niveles del agua en la costa del mar del Norte habían subido, de modo que algunas zonas costeras habían quedado inundadas, mientras que en otras áreas el suelo contenía ahora una proporción excesiva de sal para ser cultivable.31

La escala de la amenaza en las fronteras siempre había fluctuado, pero la principal diferencia entre ese periodo y los anteriores era que las guerras civiles estallaban ahora con mayor frecuencia dentro del Imperio: las tropas eran retiradas de las fronteras una y otra vez para apoyar las ambiciones de sus comandantes. Con tantos cambios en las filas de más alta graduación del ejército -que, presumiblemente, a menudo eran seguidos de alteraciones considerables en los niveles inferiores-, tiene que haber sido difícil que el ejército se entrenara debidamente. Las fronteras quedaron debilitadas, a las tribus les resultaba cada vez más sencillo organizar una razia y tener éxito, y cada éxito no hacía más que alentar nuevos ataques. Es de destacar que tanto los emperadores como los usurpadores invariablemente consideraban a los enemigos extranjeros menos peligrosos que los rivales internos. Una y otra vez cerraban acuerdos con los atacantes extranjeros -incluidos los persas- o les concedían unas condiciones de paz muy generosas para poder enfrentarse a los usurpadores romanos.

Las guerras civiles tenían otra dimensión: cuando un ejército romano se enfrentaba a otro en batalla no podía contar con ningún tipo de superioridad en materia de disciplina, táctica o equipamiento, lo que convertía la cuestión de los efectivos en algo crucial. Sin embargo, era difícil reclutar y entrenar a nuevos soldados con rapidez. La alta frecuencia de las guerras mermaba asimismo las filas de las tropas regulares, e interrumpía el curso normal de las tareas de reclutamiento y entrenamiento. Contratar los servicios de un caudillo bárbaro y sus seguidores era una opción atractiva elegida por muchos líderes romanos. Es posible que esos guerreros carecieran de la disciplina de las tropas profesionales romanas, pero sin duda eran más eficaces que los que eran obligados a alistarse o los voluntarios reclutados con precipitación. No obstante, cuando su patrón romano era agredido o asesinado, ese tipo de contingentes no podía confiar en ser bienvenidos y contratados por el siguiente emperador. Es más que probable que algunos de los grupos que recorrían y saqueaban las provincias, originalmente, hubieran entrado en el Imperio invitados por un líder romano. El deseo de los líderes romanos de reclutar guerreros de esa manera era otro factor que favorecía la aparición de caudillos poderosos. Esos hombres dependían aún más de la continuidad de las guerras que, por lo general, los líderes de las tribus. Si ya no eran capaces de encontrar a ningún romano que pagara por sus servicios, entonces las únicas dos opciones que les quedaban eran luchar contra otras tribus o atacar el Imperio. Es posible que las guerras civiles provocaran trastornos tan graves en el comercio que incluso para algunas comunidades agrícolas en las que normalmente reinaba la paz las razias pasaran a ser una alternativa atractiva. Sin duda, otras sufrieron el ataque de emperadores a los que les gustaba la gloria rápida y limpia que se obtenía al derrotar a enemigos extranjeros en vez de a rivales romanos.

Es poco probable que a las víctimas de una banda de saqueadores les preocuparan demasiado las razones que habían impulsado a los guerreros a tomar el camino de la guerra. El impacto de una razia en la zona atacada podía ser atroz, sobre todo si se producían otras incursiones similares en los años subsiguientes. Seguramente verse atrapado en medio de una guerra civil no era mucho peor, ya que ni siquiera las fortificaciones bastaban siempre para detener a un ejército romano. Tanto la guerra civil como las invasiones bárbaras aplastaban las comunidades y les privaban de sus medios de vida, incrementando las filas de los desesperados. Se dice que los bárbaros que asolaron la zona del mar Negro aprendieron a fabricar barcos y, después, a tripularlos, gracias a los supervivientes de las ciudades que habían arrasado. Es evidente que muchos desertores del ejército y esclavos huidos se unieron a estas bandas de asaltantes, mientras que otros se establecieron como bandidos independientes. Tras las guerras marcomanas tuvo lugar una «guerra de desertores» en la Galia, y en el siglo III se produjeron brotes de violencia similares.32

Algunas regiones -parte del norte de África, el sur de Italia, Sicilia y la mayor parte de

Hispania- salieron indemnes de estas agitadas décadas, mientras que otras sufrieron sólo leves daños. La Galia belga (Gallia Belgica), la región más próxima al Rin, quedó muy destruida a pesar de todos los esfuerzos de los emperadores galos. La mayoría de los puestos de avanzada romanos situados en la orilla opuesta del río fueron abandonados de forma definitiva, así como el Agri Decumates, la franja de terreno que se extendía entre el Rin y el Danubio. Varios fuertes que se elevaban a lo largo de la frontera de esta zona muestran signos de haber sido blanco de violentos ataques. En el fuerte auxiliar de Pfünz, en Raetia, se hallaron tres mandíbulas humanas dentro de la torre suroriental. El arqueólogo del siglo XIX que investigó el hallazgo supuso que se trataba de los restos mortales de los centinelas. Todo apuntaba a que los soldados habían sido tomados por sorpresa, porque no llevaban consigo los escudos (se encontraron restos de las ataduras en el exterior). Los hallazgos realizados en el fuerte de Niederbieder en la Germania Superior fueron, si cabe, aún más dramáticos. En los cuarteles se encontró el esqueleto de un soldado que aún llevaba puestas sus botas militares con tachuelas.

Hallazgos como éstos indican la dificultad que presenta la interpretación de algunas pruebas arqueológicas de este periodo, en especial cuando se han obtenido en excavaciones antiguas utilizando técnicas poco sofisticadas. Es obvio que estas bases militares fueron destruidas por la acción del enemigo, pero identificar a ese enemigo resulta más complicado. Los excavadores originales dieron por supuesto que los atacantes eran miembros de una tribu germánica. En épocas más recientes se ha sugerido que se trataba de otros soldados romanos, de ahí el alcance de la sorpresa de los centinelas de Pfünz. En Niederbieder se halló una placa aplastada decorada con la cabeza de un joven emperador entre las ruinas del cuartel general. La efigie del joven césar fue identificada como el hijo de Galieno, que fue asesinado en los inicios de la rebelión de Postumo. Es decir, que la guarnición pudo haber sido atacada debido al hecho de mantenerse leal al antiguo régimen. Estas interpretaciones son atractivas, pero no dejan de ser meras conjeturas. En última instancia no sabemos quién irrumpió en aquellas plazas. Podrían haber sido tanto soldados romanos como guerreros bárbaros y, si fueron estos últimos, igualmente podrían haber estado actuando por

propia iniciativa o como mercenarios y aliados contratados por una de las facciones de una guerra civil romana.

Los vestigios arqueológicos no sugieren que los romanos fueran expulsados por una invasión bárbara proveniente de esas regiones fronterizas. Con el tiempo, las tribus se asentaron en el área, pero parece que el proceso fue lento y cauteloso. Tras las luchas iniciales, el Agri Decumates quedó efectivamente en la región fronteriza entre el territorio controlado por Galieno y las regiones leales a los emperadores galos. Es posible que para ambos bandos tuviera sentido replegarse a la línea del Rin y la del Danubio respectivamente en caso de que el enemigo atacara. Y, sin embargo, fuera cual fuese la causa por la que se abandonó la línea avanzada de la frontera y el territorio situado detrás de ella, es evidente que los romanos, o bien eran incapaces o bien no deseaban ocupar de nuevo esa región después de que los emperadores galos fueran derrotados y la estabilidad retornara en parte al Imperio.33

En el Danubio la situación era semejante y se produjo una pérdida aún mayor. Dacia era una de las incorporaciones más recientes del Imperio, pero era rica en recursos minerales y, durante un siglo y medio, había sido extremadamente próspera. Aunque se extendía al otro lado del Danubio, la barrera natural de los Cárpatos protegía buena parte de la provincia de posibles ataques. A lo largo de las guerras de Marco Aurelio había sido víctima de una serie de razias sármatas, pero sus principales ciudades habían sido provistas de murallas desde el principio y el daño quedó limitado a las estructuras exteriores. El grueso de las incursiones del siglo III pasó sin detenerse por la provincia, pero hay indicios de problemas graves. Los registros arqueológicos apuntan a que, desde mediados de siglo, se produjo una drástica reducción de la circulación de moneda. La casa de la moneda provincial cerró y parece que no fue introducida casi ninguna moneda nueva del exterior. Quizá este hecho sea indicativo de que una parte importante de su guarnición de infantería fue acantonada en otras regiones. No hay constancia de que las