El sol estaba ya más alto […] haciendo que los romanos […] se sintieran exhaustos por el hambre, la sed y el duro peso de las armas. Finalmente, nuestras líneas cedieron ante el empuje de los bárbaros […]. Algunos cayeron sin saber quién les golpeaba, otros se vieron sepultados por los perseguidores, y algunos perecieron por una herida causada por los suyos […], el emperador, cuando se encontraba entre los soldados rasos, cayó herido de muerte por una flecha, después de lo cual lanzó un último suspiro y murió, si bien su cuerpo no fue hallado en parte alguna.
Relato de Amiano del desastre de Adrianópolis.1
E17 de noviembre de 375, el emperador Valentiniano se encontraba en el alto Danubio recibiendo a una delegación de caudillos de los cuados, los antiguos adversarios de Marco Aurelio, cuyas razias habían penetrado recientemente en las provincias romanas de Panonia. Las campañas de Valentiniano se basaban siempre en la diplomacia, tanto, si no más, como en el auténtico uso de la fuerza. Era famoso por ser una persona de genio muy vivo, que superaba con mucho el arraigado estereotipo del irascible e ineducado ilirio del siglo IV. Cuando los caudillos alegaron que las razias habían sido organizadas por una banda de extranjeros que actuaban sin su consentimiento y que, de todos modos, las últimas fortificaciones que había construido Roma habían sido una provocación contra ellos, el emperador montó en cólera ante tanta insolencia. En medio de su violenta arenga, Valentiniano sufrió un derrame cerebral y murió. Tenía cincuenta y cuatro años.2
Unos años antes, Valentiniano había nombrado augusto a su hijo mayor Graciano. El muchacho tenía dieciséis años en aquel momento y su padre lo había dejado en Tréveris. Su hermano menor, Valentiniano II, tenía sólo cuatro años, pero también fue inmediatamente proclamado augusto por las tropas y los burócratas en el Danubio. Ni Valente ni Graciano habían sancionado ese nombramiento, pero tampoco se sintieron capaces de rechazar la concesión del título al niño. Valentiniano y, a través de él, Valente habían sido elegidos emperadores por un influyente grupo de burócratas y oficiales de alto rango del ejército. Durante todo su reinado, los hermanos tuvieron que ser muy cuidadosos para mantener felices y por lo tanto quietos a esos hombres. Es de notar que varios de los funcionarios más destacados permanecieron en el cargo durante muchos años, mucho más de lo que había sido habitual en el pasado. El reinado de Juliano en concreto se había caracterizado por una rápida sucesión de hombres en los puestos de más alta jerarquía. Varias camarillas bien diferenciadas de funcionarios de alto rango dominaban la administración de los territorios controlados por cada emperador. Esos funcionarios no sentían ningún deseo de reunificar la administración en un solo cuerpo bajo un único emperador a menos que pudieran estar seguros de que sólo ellos monopolizarían las posiciones de más rango. Valentiniano y Valente sabían que su dinastía era demasiado reciente para ser totalmente segura, y que debían respetar las opiniones de sus oficiales superiores. En 375Valente y Graciano se encontraron ante un grupo tan nutrido de prohombres que reclamaban una corte y una administración independientes bajo el control nominal de Valentiniano II que se vieron obligados a aceptar su propuesta.3
El Imperio volvía a estar dividido en tres partes. Valente siguió controlando las provincias orientales, mientras que a Valentiniano II le entregaron Italia y el norte de Africa. Illyricum también era técnicamente parte de su territorio, pero en la práctica esa zona y el resto de Occidente era controlada por Graciano. A pesar de su edad, éste se ocupó personalmente de las zonas fronterizas desde el principio de su reinado, continuando la labor de su padre con expediciones punitivas y una enérgica diplomacia. Por el momento, los grupos de funcionarios que dominaban las cortes imperiales se daban por satisfechos con poder mantener el gobierno de un emperador joven y de otro que era sólo un infante.4
EMIGRANTES
En 376 un nutrido grupo de godos se congregó al otro lado del Danubio. No se trataba de una partida de saqueo, sino del desplazamiento de un pueblo entero, con sus mujeres y niños montados en carros. Los romanos los llamaban los tervingos, aunque ese grupo no constituía la totalidad del pueblo que se hacía llamar por ese nombre. Había otro grupo importante de tervingos y, en conjunto, conocemos al menos media docena de grupos distintos de godos por nuestras fuentes (puede que hubiera más, pero simplemente no han sido registrados). Los godos, exactamente igual que los alamanes, los francos y otras tribus, seguían siendo un pueblo en el que existían marcadas divisiones, estaban compuestos por diferentes tribus y grupos y eran leales a muchos reyes, caudillos y magistrados diferentes. En el siglo V los ostrogodos y los visigodos establecieron varios reinos en territorio romano. No hay pruebas de que esos grupos ya existieran en la época de Valente, con esos u otros nombres. Aunque aparecen en textos anteriores al año 370, los visigodos y los ostrogodos no se formarían hasta la siguiente generación.5
Los tervingos enviaron una avanzadilla de emisarios para pedir permiso a Valente para cruzar la frontera y entrar en el Imperio. Solicitaron que se les permitiera asentarse en algún territorio, preferiblemente en Tracia, y a cambio prometieron proporcionar soldados para el ejército romano. En aquel momento, el emperador se hallaba en Antioquía, porque existía una continuada tirantez con los persas en torno al control de Armenia, por lo que, inevitablemente, hubo un retraso de un mes o más antes de que llegara su respuesta. Sus pasadas relaciones con las tribus godas no siempre habían sido positivas; desde el principio de su reinado había habido cierta tensión entre ellos y el
Imperio. En 365 un contingente de tres mil guerreros godos había respondido a la convocatoria de Procopio. Llegaron demasiado tarde para poder marcar la diferencia, pero excusaron su acción ante Valente diciendo que se sentían obligados a honrar su antiguo tratado con Constantino apoyando a cualquier miembro de su casa, por muy lejano que fuera. Era difícil distinguir si se trataba de una afirmación genuina. Con frecuencia, las guerras civiles romanas deben de haber sido episodios confusos para los líderes bélicos de fuera del Imperio, así como excelentes oportunidades para beneficiarse, y es posible que los godos que se unieron a Procopio simplemente pensaran que era más probable que un usurpador se mostrara generoso si le ayudaban a obtener la victoria.6
A Valente esas excusas le parecieron poco convincentes y dedicó los siguientes tres veranos a luchar en el Danubio. Hubo escasos combates, ya que los godos evitaron la batalla y se refugiaron en las montañas. Aun así, la exhibición de fuerza de los romanos bastó para persuadirlos de solicitar la negociación. Valente celebró una reunión con el rey tervingo Atanarico en una barcaza amarrada a medio camino entre ambas orillas del río Danubio, para cumplir la solemne promesa del rey de no poner jamás el pie en suelo romano. Ambos bandos habían desplegado sus tropas en las orillas opuestas. En una ocasión, Valentiniano había mantenido igualmente una serie de conversaciones en un barco en el río, pero, en ambos casos, el hecho de que los emperadores accedieran a celebrar una reunión en esas circunstancias otorgaba un estatus de cierta igualdad a los líderes bárbaros implicados. Tradicionalmente, los representantes de Roma se cuidaban de que en las negociaciones que entablaran quedara de manifiesto la abrumadora superioridad del Imperio, haciendo que el enemigo se desplazara hasta ellos y se inclinara ante un tribunal y ante las apretadas filas de las legiones. A finales del siglo IV, a menudo era más importante obtener la paz con rapidez que insistir en ese tipo de demostraciones.7
Valente necesitaba que los godos se abstuvieran de guerrear para poder hacer frente a la creciente tensión que había surgido entre el Imperio y Persia. Acordaron que se mantendría la paz y que los godos dejarían de recibir subvenciones. A primera vista esa medida parece un claro castigo para los caudillos godos, pero bien puede ser que en una sociedad en la que los regalos eran importantes, recibir algo de una potencia exterior fuera una clara marca de dependencia. Es posible que consideraran esa medida como una ganancia notable. Del mismo modo, la restricción de cualquier tipo de comercio a través de la frontera excepto en dos lugares específicamente elegidos probablemente reforzó el poder de los líderes godos mejor simados para controlar el acceso a esos puntos. Es probable que Atanarico se sintiera satisfecho por el tratado de 369. Como Valente, los godos y él mismo se estaban enfrentando a otros problemas.8
El origen de los hunos está envuelto en el misterio, y es mejor dejar ese tema para más tarde, cuando abordemos su ataque directo contra el Imperio. En 376 los romanos apenas eran conscientes de su presencia. En el Imperio circulaban fabulosas historias sobre su salvajismo y su comportamiento casi más animal que humano. Se decía que eran feos y contrahechos, con las cabezas afeitadas y los rostros desprovistos de barba, que eran jinetes excelentes, pero prácticamente incapaces de caminar sobre sus dos pies. No cultivaban la tierra, sino que vivían de leche y de carne cruda, que calentaban situándola bajo las sudaderas de sus caballos.
En efecto, andan todos errantes, sin rumbo fijo, sin hogar, sin ley ni sustento establecido. Son, pues, semejantes a fugitivos que llevan siempre consigo las carretas en las que habitan […]. Semejantes a animales irracionales, no distinguen en absoluto entre lo honesto y lo deshonesto. Sus palabras son ambiguas y enrevesadas, y jamás han respetado una creencia o religión.
Todos los antiguos estereotipos sobre los bárbaros renacieron y se repitieron, pero la propagación de ese tipo de historias nos da cierta idea del temor que inspiraban esos nómadas de las estepas. Una vez más, no deberíamos pensar en los hunos como un pueblo único, unido. Estaban divididos en muchos subgrupos y obedecían a diferentes líderes. Es posible que el poder de unos cuantos reyes estuviera creciendo en esa época, pero los ataques de los hunos en la segunda mitad del siglo IV no debieran considerarse una invasión concertada y organizada, sino que se trataba de un incremento de la escala y frecuencia de las razias lanzadas contra sus vecinos.9
La llegada de los hunos añadió un nuevo factor a las luchas por el poder dentro y entre las tribus de la región: su presencia brindaba nuevas oportunidades, pero también suponía una amenaza. Los caudillos locales se enfrentaban a la elección de oponerse a las partidas de saqueo de los hunos o tratar de aliarse a sus líderes para obtener el respaldo de sus bandas. Varios caudillos godos lograron de esa manera derrotar a sus rivales y ampliar su propio poder. Otros sufrieron sus ataques, y fueron asesinados, expulsados de sus hogares o bien se vieron obligados a aceptar la subordinación frente a sus enemigos. Con la aparición de los hunos en las tierras en torno al mar Negro, la guerra en la región se tornó más decisiva. Los alanos, otro pueblo nómada originario de las estepas, fueron los primeros que sufrieron sus ataques y, con el tiempo, todos sus líderes huyeron o aceptaron la supremacía de los reyes hunos. Los godos fueron los siguientes y se repitió el mismo patrón de resistencia inicial y posterior alianza. En ocasiones, cuando se enfrentaban dos grupos distintos de godos, los hunos eran contratados por ambos bandos. No se trataba simplemente de un ejemplo de heroica y vana resistencia por parte de los reyes godos contra los despiadados jinetes de las estepas: algunos godos se pusieron enseguida de acuerdo con sus nuevos y agresivos vecinos y lucharon con ellos contra otros godos.10
Atanarico luchó contra los hunos, pero fue derrotado y tuvo que batirse en retirada hacia las montañas, tal y como había hecho para escapar de Valente. Al menos por el momento seguía resuelto a no romper su juramento y a no refugiarse en el Imperio. Fue otro grupo de tervingos el que se aproximó al Danubio y solicitó ser admitido en territorio romano. Nuestras fuentes mencionan dos caudillos, Alavivo y Fritigerno, pero es evidente que su poder no era absoluto, sino que, simplemente, eran los dos líderes más fuertes e influyentes de las bandas de guerreros que estaban entre los emigrantes. También es un error imaginar una única caravana inmensa avanzando con sus carros hacia el Imperio. Entre otras
cosas, por razones prácticas de abastecimiento, había muchas partidas diferenciadas viajando en la misma dirección que sólo se reunificaban cuando llegaban al punto donde debían cruzar el Danubio. Eran un grupo muy variado y poco cohesionado, algunos eran fugitivos de los hunos o habían escapado de enemigos dentro de su propio pueblo y otros muy probablemente sólo estaban deseosos de disfrutar de una vida más cómoda dentro del Imperio. Para muchos guerreros, servir en el ejército romano era una perspectiva atractiva y, en particular los caudillos, podían aspirar a labrarse carreras llenas de éxitos al servicio del Imperio.11
No sabemos cuántos individuos componían el grupo en total. Una fuente tardía y poco fiable afirma que había doscientos mil, pero probablemente sea una cifra muy inflada. Amiano dice únicamente que había demasiadas personas para que las tropas romanas de la frontera fueran capaces de contarlas. Un cálculo moderno sugiere unos diez mil guerreros, junto con cuatro o cinco veces ese número de mujeres, niños y ancianos. Es bastante verosímil, pero no deja de ser una conjetura. Sigue siendo perfectamente posible que el grupo fuera más reducido o más grande. Del mismo modo, resulta muy complicado calcular el porcentaje de hombres adultos respecto al resto. Es obvio que una comunidad entera que huía de la agresión contendría una proporción mayor de no combatientes que las bandas de guerreros que iban en busca de ser aceptados en el ejército. Poco después de que los tervingos se acercaran a la frontera, los romanos notaron que había otra nutrida partida de godos que se dirigían hacia territorio del Imperio con un propósito similar. Se trataba de los greutungos, aunque también en este caso eran sólo una parte del pueblo que atendía a ese nombre.12
Después de un viaje de ida y vuelta de bastante más de mil quinientos kilómetros, los embajadores tervingos regresaron de Antioquía y de su audiencia con Valente con la buena nueva de que se les había concedido lo que pedían. Amiano nos cuenta que los consejeros del emperador le habían convencido con facilidad de que los emigrantes podían serle de gran utilidad, ya que, al proporcionar al ejército un suministro seguro de reclutas, la leva obligatoria que se exigía de otras provincias podía ser conmutada por un pago en oro. De ese modo, el Imperio tendría tanto soldados como dinero. Nada respalda en las fuentes antiguas la sugerencia moderna de que la continuada tensión entre Roma y Persia impedía a Valente rechazar la entrada de los tervingos aun cuando hubiera sido su deseo. Al poco tiempo, rechazó una petición similar de los greutungos. Se desconoce cuál fue el motivo de que los dos grupos fueran tratados de forma diferente. Entre las posibles razones, se ha sugerido desde la incapacidad de las autoridades para ocuparse de tantas personas hasta que se trataba de una demostración de fuerza para destacar ante los tervingos que los romanos no se habían visto obligados a admitirlos. Igualmente probable es la posibilidad de que las relaciones que en el pasado hubieran establecido sus líderes con Roma hubieran sido diferentes.13
El hecho de que una tribu procedente del exterior del Imperio se estableciera en las provincias no era ninguna novedad. Diocleciano y Constantino, como muchos otros emperadores, habían elegido aceptar ese tipo de asentamientos. Pueblos que hasta entonces habían sido hostiles hacia el Imperio eran trasladados a unas tierras más productivas y de ese modo no sólo dejaban de ser una amenaza, sino que, con el tiempo, se convertían en contribuyentes fiscales y/o soldados para el ejército. Los precedentes de comportamientos semejantes por parte de las autoridades romanas se remontaban a épocas muy antiguas, al momento de la creación de las fronteras en tierras remotas durante la República. En el siglo I d.C., un gobernador senatorial había escrito con orgullo que trajo «a más de cien mil miembros del pueblo que vive al otro lado del Danubio para que paguen tributo a Roma, junto con sus esposas y familias». Como siempre, es posible que la cifra haya sido exagerada, pero no hay duda de que era un grupo sustancial de personas y que fue considerado uno
de sus mayores logros.14
No obstante, no todos los emigrantes eran admitidos. Julio César comenzó sus campañas galas negándose a permitir que una tribu, los helvecios, atravesaran su provincia de camino hacia su destino en la Galia. No sólo los rechazó cuando trataron de entrar a la fuerza, sino que - alegando que estaban saqueando a aliados de Roma- salió tras ellos y los derrotó en batalla, para enviarles después de vuelta a sus hogares. Fue una reacción especialmente contundente de un general ambicioso que necesitaba obtener gloria con varias victorias importantes. Sin embargo, no se trataba de una actitud poco habitual, y hay muchos otros casos en los que se negó la entrada a grupos migratorios o bien fueron expulsados por la fuerza. Supuestamente, la elección siempre dependía de las autoridades romanas, que reaccionarían sin piedad ante cualquier negativa a aceptar su decisión. En la mayoría de los casos, los pueblos implicados ya habían sufrido una clara derrota a manos del ejército romano. En otras ocasiones, la sumisión era más simbólica y los romanos hacían una exhibición de poder que iba acompañada de gestos de total sometimiento por parte de los líderes bárbaros. En esencia, los emigrantes debían rendirse ante Roma antes de entrar en sus tierras. Después, se les ofrecía un lugar donde asentarse, lo que hacían normalmente en pequeños grupos repartidos por una amplia zona que hubiera dejado de cultivarse o formara parte de una propiedad imperial. El exacto estatus legal de los colonos bárbaros variaba y, por ejemplo, los descendientes de aquellos que habían sido derrotados fueron uno de los pocos contingentes excluidos de la concesión de ciudadanía de Caracalla. La mayoría de los asentamientos se convirtieron en pueblos muy prósperos.15
Los tervingos no habían sido derrotados, pero, puesto que llegaban en calidad de peticionarios, la decisión de Valente de concederles lo que querían no era un acto sin precedentes ni poco razonable. Ignoramos cuáles fueron los detalles del tratado, así como las condiciones precisas en las que debía tener lugar el asentamiento de los emigrantes. Al parecer, una de las condiciones era que los godos se convirtieran al cristianismo. Estos no dudaron en hacerlo y adoptaron la forma arriana que prefería el propio Valente. Una fuente posterior afirma asimismo que los hombres de la tribu debían entregar sus armas, aunque en los relatos de Amiano, contemporáneo de los hechos, no se hace ninguna mención