En el asentamiento de los bárbaros en las provincias occidentales se produjo una combinación de coacción y ocupación. La supervivencia de las instituciones y de buena parte de la cultura existente no debería impedirnos ver esa realidad. En cada uno de los nuevos reinos, una élite formada por los principales guerreros del nuevo régimen se impuso en todas las estructuras imperiales. Muchas familias acaudaladas de la aristocracia romana sobrevivieron y conservaron más o menos intactas sus riquezas y sus tierras. Persuadir a esos hombres de que aceptaran el nuevo régimen ayudaba a impedir que se convirtieran en líderes de una resistencia más amplia. Algunos abrazaron la vida en la corte real con entusiasmo: Sidonio Apolinar bromeaba con un amigo que había llegado a hablar la lengua burgundia con tanta soltura que, según él, los propios burgundios admitían que su conocimiento de su lengua materna superaba al de los nativos. En otra ocasión, Sidonio se burló con malicia de la presunta costumbre de los burgundios de utilizar mantequilla rancia para engrasarse el cabello. El desdén privado no impedía a los romanos mostrar respeto en público hacia los bárbaros, en especial hacia sus jefes. También copiaron algunas costumbres de las tribus, aunque, dado que los propios bárbaros habían imitado diversos estilos romanos en generaciones anteriores y los romanos a su vez habían adoptado hacía mucho tiempo las largas túnicas y pantalones «germánicos», el resultado fue una especie de híbrido. Sabemos de habitantes de las provincias que sirvieron en la corte de los vándalos porque a cualquiera que llevaba la ropa vándala -lo que, evidentemente, incluía a muchos de esos hombres- se le prohibía asistir a las misas en las iglesias católicas, aunque no a las iglesias arrianas.7
Sigue existiendo mucha controversia acerca de cómo se asignaron exactamente las tierras a los
grupos bárbaros en los nuevos reinos. En opinión de algunos, las propiedades fueron confiscadas a sus legítimos propietarios y transferidas físicamente y de forma individualizada a los distintos bárbaros, que a continuación las gobernaron como si fueran propias. La principal alternativa argumenta que no fue la propia tierra la que se transfirió, sino los ingresos fiscales derivados de ella. De hecho, los dos tercios de dichos impuestos que una vez habían ido a manos de la administración imperial -y que, al menos en teoría, se invertían fundamentalmente en financiar el ejército- acababan ahora en manos de una serie de bárbaros. En Italia, Teodorico y sus sucesores hicieron hincapié en el hecho de que el papel de los romanos y de los godos era complementario. «Mientras el ejército de los godos hace la guerra, los romanos pueden vivir en paz». Por tanto, los impuestos que antes se destinaban a financiar la maquinaria militar romana pasaban ahora a subvencionar directamente a los soldados godos. En general, se considera probable que esta transferencia de ingresos, pero no de la tierra en sí, fuera mucho menos traumática, de ahí la falta de pruebas sustanciales de fricción entre los terratenientes y los godos. Por otro lado, la sugerencia de que, seguramente, los guerreros que percibían los ingresos los recaudaban en persona crea una imagen menos amistosa y sugiere que había considerable margen de maniobra para el abuso y la extorsión.8
Al final, las pruebas son insuficientes y no permiten saber con exactitud de qué manera los bárbaros se convirtieron en beneficiarios de las tierras. Probablemente nos equivocamos al esperar que siempre se hiciera de la misma manera en regiones distintas y también si pensamos que el sistema no evolucionó con el tiempo. Es evidente que, en su momento, los nobles de ascendencia bárbara obtuvieron la posesión directa de importantes propiedades. No tenemos ninguna certeza sobre cómo lo consiguieron, y tanto la compra, el robo o la confiscación, el regalo real y el matrimonio con miembros de la aristocracia local son posibilidades viables. Todos los códigos legales establecidos por los gobernantes de los diversos reinos mantenían una clara distinción entre los habitantes de las provincias en general y los pobladores bárbaros y sus descendientes. Algunos de los primeros disponían de un estatus claramente privilegiado, pero siempre era inferior al de los miembros equivalentes en el grupo bárbaro. Tampoco se trataba sencillamente de la misma distinción que existía en el Derecho Romano entre soldados y civiles. Los godos de Italia y otros grupos en otras zonas no eran simplemente soldados, sino los soldados de una potencia de ocupación.9
La asimilación de los recién llegados nunca fue un proceso veloz. En un sentido real, la autoridad continuada del nuevo rey y sus tropas se basaba en el hecho de que estuvieran claramente diferenciados e identificados como los controladores de todo el poderío militar del reino. Hay un acalorado debate sobre hasta qué punto los ostrogodos, los visigodos, los vándalos, los francos o los miembros de cualquier otra tribu eran realmente un grupo étnico homogéneo. Hay pruebas convincentes de que todos ellos, en algún momento, incorporaron a individuos y a grupos enteros de otros pueblos. Sin embargo, fuera cual fuese su composición étnica precisa, cada grupo se mantenía separado de la población que controlaba. Las fusiones que se produjeron entre ambas facciones fueron graduales y eran procesos que necesitaban que se sucedieran varias generaciones. Cuando el Africa de los vándalos y la Italia de los ostrogodos cayeron, el proceso distaba mucho de haber concluido. En general, en otras regiones, a largo plazo, fueron la cultura y la lengua de la población provincial las que resultaron más perdurables. Con el tiempo, los francos y los visigodos acabarían hablando latín, razón por la cual tanto el francés como el español tienen una clara raíz latina. Britania fue una excepción, los anglosajones continuaron hablando una lengua germánica, aunque por su parte el latín siguió utilizándose para la literatura y los escritos administrativos.
Uno de los principales obstáculos era la religión. En el periodo de asentamiento, prácticamente todos los grupos bárbaros se habían convertido al cristianismo. Los francos fueron uno de los últimos grupos de la Europa continental en hacerlo (parece que los sajones en Britania fueron los únicos que tardaron más tiempo). Los francos se convirtieron al catolicismo, lo que los convierte en una excepción: casi todos los demás grupos germánicos eran cristianos arrianos, lo que servía de constante recordatorio de que eran distintos, claramente diferenciados de la población en general. Los vándalos fueron los más militantes en sus ataques contra el catolicismo y utilizaron las mismas leyes imperiales que se aplicaban a los herejes en el resto del territorio. Las peculiares condiciones del norte de África, donde, desde el cisma donatista, existían dos organizaciones eclesiásticas paralelas conviviendo la una junto a la otra, garantizaron que la hostilidad hacia el catolicismo no implicara automáticamente la pérdida del apoyo de toda la población. Los obispos y sacerdotes católicos tuvieron que exiliarse de sus sedes y sufrieron otras restricciones, mientras que los arrianos y otros grupos fueron favorecidos, aunque en el siglo VI la actitud de los reyes vándalos se moderó y algunos obispos católicos fueron reinstaurados en su puesto.
En las demás provincias, los ataques directos contra la Iglesia católica eran muy raros. Los reyes godos de Italia e Hispania construyeron e hicieron donaciones de fondos a las iglesias arrianas, pero no parece que se hiciera ningún esfuerzo significativo para persuadir a los católicos de que se convirtieran al arrianismo. De hecho, por lo general las instancias públicas mostraban respeto por las iglesias y los obispos católicos, aunque sólo fuera porque era políticamente beneficioso. El arrianismo era sólo una característica distintiva más del poder de ocupación, junto con su apariencia física y el tipo de ropa que llevaban. Es posible que, en la forma seguida por los gobernantes de los reinos occidentales, tuviera poco en común con las ideas de Arrio y sus seguidores inmediatos. Es difícil discernir cualquier signo de fricciones religiosas notables dentro de esos reinos. Por otro lado, no hay pruebas que sugieran que la conversión al catolicismo del rey franco Clodoveo y sus sucesores incrementara el entusiasmo hacia su reinado. En cualquier caso, a largo plazo, todos los reinos que sobrevivieron acabaron siendo católicos.10
habían estado bastante expuestos a la influencia de la cultura romana. El padre de Clodoveo, Childerico, fue enterrado cerca de Tournai en una tumba que no fue descubierta hasta el siglo XVII. Los objetos funerarios en ella sugieren una fusión de estilos romanos y tradicionales: entre ellos encontramos un anillo con la inscripción latina «del rey Childerico» (Childerici regis) que se empleaba como sello. Teodorico, el gobernante de los ostrogodos que le arrebató Italia a Odoacro, ilustra a la perfección las cambiantes alianzas y experiencias de su época. Nació en el seno del imperio de los hunos, seguramente poco después de la muerte de Atila. Más tarde, desde los ocho hasta los dieciocho años de edad, fue un rehén educado en la corte del emperador oriental de Constantinopla. A continuación, regresó con su pueblo y se puso a la cabeza de un grupo de ostrogodos, convirtiéndose en un líder de guerra de gran éxito. Durante esos años luchó contra diversos grupos bárbaros, entre los que destacan otros ostrogodos, como los que eran leales al poderoso Teodorico Estrabón (o Estrábico). Luchó tanto a favor como en contra de los romanos, aunque es posible que, en última instancia, cuando se trasladó a Italia lo hiciera con aprobación imperial. Más tarde empezó a circular una historia que contaba que el propio Teodorico era semianalfabeto. Se decía que poseía una plantilla con la palabra legi -«he leído»-, para poder escribir esa frase en cualquier documento como signo de su aprobación. Hay buenas razones para cuestionar este relato. Y lo que es aún más importante, independientemente de su educación personal, el reino que fundó estaba completamente alfabetizado en su administración y gobierno.11
Hombres como Teodorico tenían ciertos conocimientos sobre los rituales y el simbolismo que rodeaba a los emperadores romanos. Por eso resulta aún más sorprendente que no los copiaran, sino que se presentaran a sí mismos como poderes inferiores. A pesar de la indudable ceremonia que existía en las cortes de los nuevos reinos, los rituales y honores eran siempre mucho menores que los de la corte imperial. Los reyes se comportaban más como magistrados romanos o gobernadores provinciales que como emperadores. La detallada descripción de Sidonio Apolinar de la rutina del rey visigodo Teodorico menciona que recibía a la corte sentado en una silla, como un magistrado, no en un trono imperial. En los primeros años puede que todos esos gestos ayudaran a mantener la ficción de que cada reino seguía siendo, en un sentido significativo, parte del Imperio. El Derecho Romano se conservó a lo ancho y largo de las provincias de Europa continental. Los reyes no usurparon la prerrogativa imperial emitiendo nueva legislación, sino que modificaron las leyes existentes y, en varios casos, emitieron nuevos códigos que recopilaban la legislación romana y asimismo establecían las bases de las relaciones entre los bárbaros y los romanos. Por ejemplo, los primeros siempre tenían derecho a ser juzgados por sus propios compatriotas. Los principios legales de los nuevos códigos parecen deberle más a las ideas romanas que a ninguna tradición «germánica». El punto esencial era que institucionalizaban el estatus superior de una parte de la comunidad. Los reinos bárbaros respetaron y defendieron el imperio de la ley. Simplemente, lo transformaron en un sistema favorable a la potencia de ocupación.12
Hay pocos vestigios de que el nivel de vida de la población de las provincias en los nuevos
reinos sufriera una decadencia inmediata y abrupta. De hecho, en algunas regiones es difícil distinguir ninguna diferencia evidente entre los periodos romanos y los posromanos. Algunos de los monarcas bárbaros continuaron organizando juegos -por lo general, peleas de fieras- y numerosos circos y anfiteatros siguieron en uso durante algún tiempo. Se mantuvo el suministro de agua que abastecía a muchas ciudades. Se erigieron algunas construcciones, normalmente iglesias, aunque, puesto que la mayoría de ellas eran arrianas, ese tipo de actividad rara vez se ha mencionado en nuestras fuentes, esencialmente católicas. En general, esas iglesias eran más pequeñas que las construidas bajo mecenazgo imperial. Se llevaron a cabo más obras para reparar y mantener las estructuras existentes. Los visigodos reconstruyeron las luces intermedias del puente romano, dotado con un gran arco, que todavía sigue en pie en Mérida (Emérita Augusta). No se construyeron apenas monumentos nuevos de tamaño grandioso, pero lo mismo había sucedido en muchas ciudades en el Bajo Imperio tras el apogeo del siglo II. La destreza técnica parece haberse ido perdiendo de forma bastante gradual. Con el tiempo, la ausencia de conocimiento, unida a la escasez de fondos, impidió que se realizaran las piezas más sofisticadas de ingeniería que tan comunes eran en el Imperio romano. Incluso algunas técnicas más básicas fueron dejando de utilizarse de manera regular: en gran paite de Europa la paja sustituyó a las tejas como techado, y la madera o las cañas y el barro se hicieron más comunes en la
construcción que la piedra o el ladrillo.13
En general, aquellas regiones con mejor acceso al mar, y sobre todo aquellas que estaban junto al Mediterráneo o en sus proximidades, tendían a salir mejor paradas. El comercio a larga distancia siguió siendo más frecuente en esas zonas, aunque sólo fuera para los artículos ligeros de lujo, que proporcionaban los mayores beneficios. El Imperio de Oriente continuó importando sedas, especias y otras mercancías exóticas de India y lugares todavía más remotos, y algunos de esos artículos llegaron hasta Occidente. Más allá de la zona mediterránea, parece que el comercio se tornó más local, algo que, en ocasiones, ya había ocurrido bajo el gobierno romano. La inmensa mayoría de la población empezó a utilizar cerámica más rudimentaria de lo que era habitual en el pasado. Los nuevos reinos no parecen haber mejorado en ningún caso la vida económica de las distintas regiones, o el nivel de comodidad de los que las habitaban. Lo mejor que puede decirse es que no siempre tuvieron un impacto inmediato y perjudicial sobre ellas. Pero sin duda la tendencia general fue una reducción en el nivel de sofisticación y prosperidad del estilo de vida. Los lujos del Imperio -el cristal en las ventanas, la calefacción central, las casas de baños y la enorme cantidad de bienes de consumo- nunca habían estado distribuidos de una manera uniforme, pero habían sido muy comunes. Con el tiempo, llegarían a desaparecer por completo de la vida de la Alta Edad Media de Europa Occidental.
Ese cambio no fue deliberado y, en la mayoría de los casos, sucedió de forma muy gradual, a lo largo de varias generaciones. El inmenso tamaño del antiguo Imperio, el hecho de que hubiera una única autoridad política, leyes universales y una sola moneda, así como el complejo sistema fiscal, eran todos ellos factores que habían estimulado la economía. Simplemente, las condiciones a finales de los siglos V y VI eran diferentes. No sólo se redujo de manera drástica la escala del comercio, sino que la vida en general era más sencilla y estaba más centrada en el nivel local. Incluso las ideas se intercambiaban con menos libertad. Durante al menos unas cuantas generaciones, parece que las aristocracias provinciales supervivientes de las antiguas provincias occidentales mantuvieron una educación bastante tradicional. La mayoría estaban alfabetizados, y algunos eran muy cultos. Muy pocos -si es que había alguno- eran bilingües en griego y latín, tal y como había sido habitual en el pasado como signo distintivo de los auténticamente instruidos.14
La Iglesia contribuyó a conservar el uso del latín. También mantuvo el contacto entre las regiones independientemente de las fronteras políticas. Sin embargo, es necesario ser prudentes. La institución de la Iglesia católica medieval no brotó de forma instantánea, sino que se desarrolló muy poco a poco. Con el tiempo, el Papa de Roma asumió parte del antiguo papel de los emperadores occidentales, llegando incluso a adoptar algunos de sus títulos y ceremoniales. No obstante, el poder del Papa era extremadamente limitado y en ocasiones debía hacer frente a protestas y oposición. Aunque diversas instituciones eclesiásticas habían adquirido riqueza y tierras, todavía había escaso control central sobre ellas. Los reyes del oeste -y en especial los ostrogodos en Italia- solían respetar a los obispos, y sobre todo al obispo de Roma, no porque estuvieran obligados a ellos, sino porque era útil políticamente: respetar a la Iglesia ayudaba a mantener a sus nuevos subditos satisfechos con su gobierno.
punto la situación había cambiado. Los reinos del antiguo Imperio de Occidente eran totalmente independientes. Tenían contactos diplomáticos con los emperadores de Constantinopla, pero no estaban sometidos a ellos en ningún ámbito importante. A veces, los reinos se enfrentaban entre sí, y también comerciaban, y sus habitantes tenían mucho en común con los pueblos de otros reinos, pero, a pesar de ello, estaban absolutamente separados, mucho más que las mismas regiones cuando eran provincias. En el mundo moderno, en muchas antiguas colonias es posible identificar el profundo legado de la ocupación a largo plazo de una potencia imperialista. Es común que se conserven la lengua, las leyes y la estructura de sus instituciones políticas. Muchas mantienen fronteras establecidas en el pasado por los administradores imperiales y, como resultado, su población a menudo incluye varios grupos étnicos o culturales. La huella de la potencia colonialista es evidente. Con todo, sus habitantes se sorprenderían mucho, y con razón, si les dijeran que no eran totalmente independientes.
EL IMPERIO QUE NO CAYÓ
El emperador Zenón tenía graves problemas de dinero en todo su reino, en parte como consecuencia del enorme coste de la expedición fracasada a África en 468. También tuvo que enfrentarse a una sucesión de serias amenazas internas y, desde muchos puntos de vista, es admirable que lograra permanecer en el poder durante diecisiete años. Fueron necesarios casi dos años para sofocar la rebelión de Basilisco, el cuñado del emperador León, y durante parte de ese tiempo Zenón se vio obligado a huir y refugiarse en su territorio natal en Isauria. Basilisco cometió varios errores de peso, y cuando Zenón recuperó el apoyo de uno de sus principales respaldos militares, la rebelión empezó a venirse abajo. Zenón volvió a ocupar Constantinopla en 476. Basilisco fue ejecutado, junto con su hijo, a quien había nombrado corregente. Hubo otra víctima en los meses posteriores a la victoria: el comandante cuya deserción del bando del usurpador había hecho posible la victoria de Zenón. El emperador reinstaurado no quería correr ningún riesgo.
El siguiente usurpador fue el yerno de León, Marciano. Fue proclamado emperador en 479 y trató de hacerse con el control de Constantinopla, pero fue derrotado, aunque por escaso margen. En esta ocasión, el emperador mostró mayor clemencia y el usurpador fue