La ilación bárbara de los hunos […] creció tanto que más de cien ciudades fueron tomadas y Constantinopla estuvo a punto de peligrar […] y había tantos asesinatos y tanto derramamiento de sangre que era imposible contar los muertos. Incluso tomaron las iglesias y los monasterios y mataron a grandes números de monjes y monjas.
Calinico, describiendo la invasión de los hunos en la década de 440.1
Aún en nuestros días. Atila el Huno sigue siendo sinónimo de ferocidad y destrucción. Es uno de los pocos nombres de la Antigüedad que continúa siendo reconocido de inmediato, lo que le coloca al lado de personajes como Alejandro, César, Cleopatra y Nerón. Entre ellos, sólo Nerón posee una reputación enteramente negativa, ya que Atila se ha convertido en el bárbaro por antonomasia del mundo antiguo. Muy a menudo, su vida se mezcla con la de un conquistador posterior -que tuvo mucho más éxito que él-, Gengis Khan. En las imágenes que ese nombre nos hace evocar aparecen miles de hombres de ojos rasgados montados en ponis, saliendo de las estepas bajo estandartes adornados con la cola de un lobo para destruir, masacrar y provocar la ruina, incendiando pueblos y dejando a sus espaldas altas pilas de calaveras. A finales del siglo XIX, primero los franceses y después, con más frecuencia, los británicos, llamaron hunos a los germanos. No eligieron llamarlos godos o vándalos ni ninguno de los otros nombres de pueblos que, plausiblemente, podrían ser considerados antepasados de los modernos germanos. En 1914 fueron los «hunos» los que «saquearon» la neutral Bélgica. Ayudó el hecho de que el nombre fuera corto y pegadizo,2
algo muy conveniente para escritores de eslóganes, así como para poetas como Kipling. Lo que es aún más importante, transmitía la imagen de un enemigo que se oponía radicalmente a todo lo que era civilizado y bueno.3
En ese estereotipo se percibe, al menos, la sombra del auténtico terror que inspiraron los hunos a finales del siglo IV y en el siglo V. El temor se debía en parte a su raza: los hunos tenían un aspecto distinto, distinto incluso al de otros bárbaros que ya habían estado en contacto con Roma. Eran bajos y fornidos, con ojos pequeños y rostros que a los observadores romanos les parecían casi carentes de rasgos. Muchas descripciones hacen hincapié en su fealdad, aunque curiosamente ninguno menciona los cráneos alargados que exhibían una minoría de hombres y mujeres hunos, una deformidad que conseguían atando con fuerza la cabeza de los niños hasta cambiarle la forma. Nadie sabe por qué lo hacían, aunque prácticas semejantes han sido bastante comunes en otras culturas. Por una vez es probable que acertemos al suponer que se trataba de un motivo ritual, de algo que no comprendemos.4
Los hunos les resultaban extraños tanto a los romanos como a los godos. También les parecían guerreros terroríficamente feroces y mortíferos. Sin embargo, no eran invencibles. El imperio de
Atila era grande, aunque no tan amplio como él y sus alardes -y algunos historiadores- nos querrían hacer creer. Sus ejércitos se adentraron en las provincias romanas sembrando la destrucción, pero no consiguieron quedarse allí. El Imperio romano le cedió algunas regiones fronterizas y otras quedaron arrasadas, pero en general sus ganancias territoriales romanas fueron modestas. Por otro lado, la pervivencia del imperio de Atila fue muy breve, ya que se fragmentó en los años que siguieron a su muerte, cuando sus hijos se pelearon por el poder y los pueblos sometidos se rebelaron. Es poco probable que los hunos fueran alguna vez especialmente numerosos y, al parecer, los grandes ejércitos de Atila siempre habían incluido una mayoría de guerreros aliados, entre los que había godos, alanos y otros pueblos. Y además, los hunos tampoco fueron siempre enemigos de Roma. Tanto el Imperio de Oriente como el occidental alistaban con frecuencia bandas de hunos que lucharon con gran eficacia en su nombre.
Atila el hombre es mucho más interesante que su mito. No era igual a Gengis Khan, ni tampoco los hunos eran idénticos en todo a los mongoles de la Edad Media. No todos los pueblos nómadas conforman una única cultura invariable. Los hunos han cargado con la culpa de provocar las invasiones bárbaras que acabaron derrotando al Imperio de Occidente. También se les ha atribuido el mérito de preservar el Imperio durante varias décadas, retrasando su caída al mantener bajo control a las tribus germánicas. Hay parte de verdad en ambas declaraciones, pero ninguna de ellas cuenta toda la historia. No obstante, es justo decir que, durante una generación, los hunos y sus reyes fueron la fuerza más poderosa a la que se enfrentaron los romanos en Europa.5
DE LAS ESTEPAS AL DANUBIO
Para los romanos, los hunos simplemente habían aparecido en el siglo IV y, a pesar de diversos intentos de vincularlos a los grupos «conocidos» por la tradición clásica, no tenían auténtica información sobre su origen. No conservamos ningún vestigio de la cultura oral de los propios hunos que nos pueda orientar sobre sus opiniones sobre el tema. En el siglo XVIII se sugirió que los hunos eran el mismo pueblo que los hsuing-nu -xiong-nu es la ortografía moderna-, que conocemos a partir de fuentes chinas. Esta poderosa confederación de tribus nómadas había supuesto una grave amenaza para las fronteras de China desde el final del siglo III a.C. hasta que se separaron a finales del siglo I d.C. Expulsados por el renaciente imperio chino, se supone que los supervivientes se alejaron más y más hacia el oeste hasta llegar a los límites del mundo romano varios siglos más tarde. Aunque esa versión es posible, los argumentos a favor de esta teoría no son demasiado sólidos. Ciertamente parece que los hunos procedían de algún lugar de la gran estepa, pero esa área de pastos era tan vasta y contenía tantos grupos nómadas distintos que esa información por sí sola no nos dice demasiado.6
Sencillamente, no sabemos por qué los hunos se desplazaron hacia el oeste. Las fuentes clásicas repiten el mito de que su primer contacto con los godos fue accidental: persiguiendo a un animal extraviado, una partida de hunos llegó más lejos de lo que nunca se habían aventurado y se topó con un pueblo que nunca antes habían visto. Ese tipo de historias son habituales en la literatura de la Antigüedad, pero rara vez son creíbles. En los grupos nómadas como los hunos había artesanos de gran destreza, entre ellos trabajadores del metal y, más en concreto, los fabricantes de los carros en los que viajaban y los arcos con los que cazaban y luchaban. Sin embargo, tendían a poseer escasos artículos de lujo y dependían de las comunidades sedentarias para ese tipo de cosas. Al final, es probable que fuera la riqueza de Roma, y desde luego la de Persia, así como la de los pueblos que vivían en las fronteras con ambas potencias, lo que impulsó a los hunos a dirigirse hacia ellos. En la segunda mitad del siglo IV llegaron al mar Negro. Cuando el siglo estaba a punto de finalizar, en su desplazamiento hacia el oeste algunos de ellos habían llegado hasta lo que ahora se conoce como la llanura de Hungría.7
Como sucede con los godos, los alamanes u otros pueblos, es un error considerarlos una única nación unificada. En las estepas, a menudo los grupos nómadas pasaban buena parte del año en pequeñas partidas que consistían en unas cuantas familias, desplazándose de un sitio a otro para encontrar pastos estacionales para las ovejas y las cabras que suplían tantas de sus necesidades vitales. Es muy posible que ya hubiera reyes y caudillos entre ellos (aunque su poder no fuera oficial), así como algo que se parecía vagamente a clanes o tribus. El contacto y
los conflictos con otros pueblos como los godos y los alanos, y más adelante con los romanos, intensificaron la importancia de ese tipo de grupos, y el poder de esos líderes individuales creció. Las razias a gran escala requerían líderes que controlaran a las bandas de guerreros y dirigieran sus ataques. Las incursiones que tenían éxito les reportaban botín y gloria, lo que aumentaba el prestigio y el poder del hombre que estaba al mando. La guerra que provocó que grupos tan amplios de godos buscaran refugio al otro lado del
Danubio en 376 sin duda fomentó el incremento de poder de los líderes hunos que resultaron vencedores. Algunos grupos huyeron de la invasión de los hunos, pero muchos más se quedaron y acabaron uniéndose a ellos como aliados más o menos subordinados. Los líderes hunos llegaron a tener caudillos y reyes de otras razas que fueron leales a ellos en calidad de aliados claramente subordinados. A lo largo del siguiente medio siglo, la tendencia fue que un número cada vez más reducido de caudillos fuera adquiriendo más y más poder. Esa tendencia culminaría en Atila, aunque, al parecer, aun entonces algunos grupos de hunos se negaron a reconocer su hegemonía. Después de su muerte, los hunos se fragmentaron en numerosas bandas independientes.
El éxito militar de los hunos frente a las tribus con las que se tropezaron en su desplazamiento hacia el oeste requiere una explicación, aunque quizá no tanto como se suele creer. No sabemos lo suficiente sobre esos conflictos iniciales para juzgar el papel que desempeñaron las cifras, el liderazgo y la situación estratégica o táctica. En la guerra el éxito puede llamar al éxito, al hacer que los triunfadores se sientan cada vez más seguros de sí, a la vez que sus enemigos se van desmoralizando hasta que ya sólo esperan perder. Ese efecto del éxito es especialmente intenso cuando los vencedores parecen y actúan de un modo tan diferente a sus oponentes, lo que hace más fácil creer que esos extraños enemigos son invencibles. En los primeros encuentros, los hunos tenían la ventaja de que, mientras que ellos podían atacar las granjas y aldeas de sus rivales, para sus oponentes era difícil responder y atacar un objetivo que fuera vital para los nómadas. Los hunos poseían una alta movilidad. Los carros, con sus necesarios recursos de familias y alimento, podían retirarse a lugares que estuvieran fuera del alcance de la mayoría de los ataques enemigos. Lo que es igualmente importante, los hunos, todos los cuales poseían una montura y solían atravesar grandes distancias a caballo, podían recorrer muchos kilómetros y moverse con rapidez en sus incursiones. Aun cuando eran derrotados, con frecuencia lograban escapar con pérdidas humanas mínimas.
Los hunos eran jinetes arqueros. Sus caballos eran más pequeños que las monturas romanas, pero fuertes y de enorme resistencia, lo que les permitía sobrevivir a los crudos inviernos en las estepas. Un manual romano del siglo VI recomendaba atacar a los hunos al final del invierno, cuando sus caballos se encontraban más débiles. La mayoría de los guerreros solía poseer más de una montura. De campaña, y especialmente durante una razia, los hombres cambiaban con regularidad de caballo, posibilitando que la banda mantuviera un ritmo rápido. No deberíamos exagerar esa afirmación. No hay absolutamente ninguna prueba que respalde la teoría de que cada huno necesitaba una cuadra de diez caballos. Puede que algunos de los hombres más acaudalados tuvieran ese número de animales, aunque no se los llevarían necesariamente todos al campo de batalla. Es posible que la mayoría de los guerreros normales aspirara a poseer dos o más monturas, pero incluso un par necesitaban considerables cantidades de forraje. Los hunos empleaban una silla de madera de diseño distinto al tipo de «cuatro cuernos» utilizado por los romanos, pero más adecuada para el tiro con arco a caballo. No usaban estribos, que todavía no se conocían en Europa.8
El arco de los hunos era una compleja pieza de artesanía. Era un arco compuesto, que combinaba la madera con tendones animales, cuerno y hueso. Los tendones poseen una gran resistencia a la tensión, mientras que el cuerno resiste la compresión. Juntos, ambos elementos incrementan enormemente la potencia de un arco en relación con su tamaño. Cuando se tensa, ese tipo de arco se curva hacia atrás con elegancia desde la empuñadura. Su longitud se amplía con las extensiones de hueso o cuerno, que son flexibles, y su efecto es el alargamiento de la cuerda, lo que de nuevo incrementa la potencia. Cuando el arco no está armado, se dobla hacia atrás en dirección opuesta, de ahí que se suelan llamar arcos recurvados. Los arcos compuestos estaban muy extendidos en la Antigüedad. Los persas los empleaban, así como algunos pueblos nómadas o seminómadas, como los sármatas y los alanos. También habían sido el estándar en el ejército romano durante siglos, y las extensiones son hallazgos relativamente comunes en yacimientos militares. Los arcos hunos eran excepcionalmente grandes -sobre todo para ser disparados desde lomos de un caballo-, lo que los hacía más potentes, y su potencia era acentuada por las extensiones. También eran asimétricos, de manera que el brazo del arco situado por encima de la empuñadura era más largo que el extremo inferior, lo que no afectaba a la potencia pero hacía que al arquero montado le resultara más fácil sujetarlo. Los arcos hunos eran de altísima calidad. Es probable que se tardara varios años en fabricar un arco y su elaboración requería un importante conocimiento especializado que iba pasando de un fabricante a otro. Un buen arco duraba mucho tiempo y es interesante constatar que los vestigios hallados en enterramientos parecen ser armas rotas. Un arco era un arma demasiado valiosa para enterrarla, a menos que ya estuviera deteriorada.9
La tecnología explica parte de la implacable capacidad de destrucción de los guerreros hunos. Todos ellos utilizaban un arco de extrema potencia y sofisticación. También contaban con una silla que les proporcionaba un asiento seguro aun cuando cabalgaran a toda velocidad, controlando el caballo con las rodillas, ya que necesitaban ambos brazos para disparar. Un arco no es como un arma de fuego o una ballesta, en los que la energía para impulsar el proyectil procede de la propia arma. Es mucho más fácil entrenar a alguien para que use ese tipo de armas, mientras que convertirse en un gran arquero exige mucha más práctica y habilidad personal. Un arco toma la mayor parte de su energía de la persona que dispara. El diseño compuesto incrementa esa potencia, pero no la crea, por lo que los arqueros tienen que ser físicamente fuertes, sobre todo en el pecho y los brazos. La habilidad se desarrolla únicamente con el entrenamiento constante, algo que es doblemente cierto de los jinetes arqueros, ya que el guerrero debe ser un jinete experto además de muy competente con el arco. La caza proporcionaba práctica para la guerra, y para sobrevivir en las estepas todos los hunos tenían que ser expertos jinetes y arqueros. Más tarde, cuando los hunos se habían desplazado a tierras más cercanas al Imperio romano y su estilo de vida se había modificado, es evidente que esas habilidades siguieron siendo valoradas y practicadas.10
Los encuentros iniciales entre los hunos y los godos suelen ser descritos sencillamente como escenas en las que unos guerreros a pie, la mayoría sin armadura y protegidos sólo por un escudo, se enfrentaban casi impotentes a unos veloces arqueros a lomos de sus caballos. Se tiende a establecer una comparación con la caza, donde un grupo de jinetes dispersa de forma sistemática el rebaño y mata fríamente a individuos y pequeños grupos. Por muy valerosos que fueran los soldados que luchaban a pie, les era imposible capturar a sus móviles oponentes, que sólo se enfrentaban a ellos cuando contaban con una ventaja abrumadora. En ese momento, los hunos recurrirían a sus armas secundarias: las espadas y los lazos. Es posible que se produjeran encuentros así, pero deberíamos recordar que los alanos eran famosos por su propia caballería y sus jinetes arqueros. Sin embargo, ellos también fueron rápidamente vencidos por los hunos. Tras sus éxitos iniciales, los ejércitos hunos solían incluir sustanciales contingentes de aliados que combatían con su propio estilo tradicional. Muchos de ellos eran contingentes de infantería armados con jabalinas, lanzas o espadas, pero sin arcos.11
El arco huno era mortífero en manos diestras, pero no era un arma mágica, y los potenciales logros de los ejércitos hunos tenían sus límites. Los jinetes arqueros sólo eran realmente eficaces en campo abierto, por ejemplo en las estepas o en la llanura húngara. Otra desventaja era que el largo entrenamiento y la constante práctica requerida para obtener la máxima competencia tendían a limitar sus efectivos, aun cuando los hábitos de los nómadas se hicieron algo más sedentarios, y puede que su población aumentara. Es posible que nunca hubiera demasiados
guerreros hunos y, desde luego, reemplazar un número elevado de víctimas mortales con celeridad era muy difícil. La expansión del poder de los líderes hunos, que empezaron a controlar aliados y a tener súbditos, aumentó mucho el número de hombres disponibles, aunque también provocó que los ejércitos tuvieran una composición más mixta.
Los romanos habían obtenido grandes triunfos en el pasado luchando contra jinetes arqueros y pueblos nómadas, como ejemplifican sus victorias sobre los sármatas y los alanos. En otra época es dudoso que los hunos hubieran tenido un éxito tan espectacular, pero, como hemos visto, el principio del siglo V se caracterizó por un tipo de guerra muy tentativa. Generales romanos como Estilicón y Constancio -así como caudillos como Alarico- no podían permitirse sufrir graves pérdidas humanas o arriesgarse a la pérdida de prestigio que conllevaba una derrota. No era una época de batallas frecuentes y decisivas. Y el ejército romano tampoco estaba dispuesto a embarcarse en ofensivas estructuradas, al menos en Europa. Siempre había muchísimos otros problemas que solucionar, entre los que destacaba la amenaza que representaban los rivales romanos. En esa era, Atila fue capaz de reunir ejércitos que eran grandes y formidables según los criterios contemporáneos, y mantenerlos en campaña durante periodos bastante prolongados. Sólo en contadas ocasiones tuvieron que hacer frente a una oposición fuerte. En gran medida, el éxito de los hunos fue consecuencia de la debilidad romana.12
UNA NUEVA AMENAZA EN EL DANUBIO
El Imperio de Oriente estaba mucho más expuesto a las razias de los hunos. La situación parece haberse agravado poco a poco desde principios del siglo V, a medida que, como de costumbre, las incursiones victoriosas fueron alentando ataques más grandes y frecuentes. Surgieron algunos líderes hunos muy poderosos, como Rua, el tío de Atila. En 422, el gobierno de Constantinopla accedió a pagarle trescientas cincuenta libras de oro todos los años como precio para mantener la paz. En el año 434 exigió que esa cantidad se incrementara, y cuando los romanos se negaron lanzó un ataque contra las provincias balcánicas. Sin embargo, Rua falleció poco después y fue sucedido por Atila y su hermano Bleda. Parece que ambos se repartieron el reino de su tío en vez de gobernar de forma conjunta. Durante un tiempo, la presión sobre la frontera romana se redujo, pero en 440 los hermanos lograron extorsionar al Imperio de Oriente y sacarle un pago anual de setecientas libras de