CAPÍTULO II. DEMOGRAFÍA DEL ENVEJECIMIENTO
2.2. Envejecimiento “a la europea”
2.2.2. Más años y en mejores condiciones
A medida que se analicen las consecuencias directas del movimiento demográfico, se verá que la ola de las generaciones numerosas merece ser anticipada antes que cualquier otro fenómeno de la actualidad demográfica.
No obstante, este fenómeno es transitorio, mientras que a escala de la historia demográfica, es accidental. Tal no es el caso de la tendencia a la prolongación creciente de la duración de la vida o esperanza de vida, que en países europeos conocedores de una lenta aceleración desde más de una veintena de años. En concreto, los niños nacidos en la Unión Europea en el año 2000 pueden vivir 75 años aproximadamente, y las niñas más de 81 años, es decir, se ha pasado de 4,5 a 4 años más respectivamente, si se comparan estas cifras con las alcanzadas en 1980 (Eurostat, 2001).
El estudio demográfico de la mortalidad resalta el denominado fenómeno de la transición epidemiológica, consistente en el
enrarecimiento de los fallecimientos debidos a grandes enfermedades infecciosas (tuberculosis,...), mientras aumenta en nuestros días la importancia de la mortalidad causada por el agotamiento o degeneración orgánica (cánceres, patologías cardiovasculares,...).
Todos los países de Europa occidental han superado este periodo transitorio en el curso de la década de los cincuenta o sesenta, o más tarde, movimiento que se acompaña de una fuerte disminución de la mortalidad infantil. En la Unión Europea, era de 4,9 muertes por cada 1.000 nacimientos en el año 2000, comparado con el 5,0 en 1999, 12,4 en 1980 y 34,5 en 1960. Suecia con 3,0 tuvo la tasa de mortandad infantil más baja de la Unión Europea, mientras que Grecia con 6,1 e Irlanda con 5,9 ocupan los puestos con mayores índices de mortalidad infantil (Ibíd.).
Esta evolución provoca un aumento considerable y progresivo de la esperanza de vida, sustituida hoy por la transformación en los estilos de vida, las dietas alimenticias, las condiciones higiénicas y los avances terapéuticos, que da como resultado una disminución de las tasas de mortalidad entre los 45 y 75 años.
En el futuro, sabiendo que la mitad de los fallecimientos que se producen en estos países europeos se deben al cáncer y a las enfermedades cardiacas, frente a las cuales se pueden vislumbrar progresos científicos-médicos que palien estos padecimientos, la continuación de la prolongación de la duración de la vida -al menos a este ritmo actual-, constituye una hipótesis razonable en sus correspondientes poblaciones.
Con tales datos, se puede afirmar con rotundidad, que el hecho de haber logrado esta coyuntura demográfica en España y en los países de su entorno, a lo largo del siglo XX, significa un éxito para nuestros sistemas de salud pública y de asistencia social, especialmente las prestaciones dirigidas al colectivo de personas mayores.
2.2.3. “Cuarta edad” en camino
Está surgiendo una generación viva de personas mayores - calificadas oficialmente como ancianas-, que superan con creces aquellos listones de edad de antaño, yendo más allá de los 75 años, en unas condiciones físicas y psíquicas impensables hasta este momento. Se comentó con anterioridad, como los avances médicos, los estilos de vida y otras variables particulares determinan el
envejecimiento cronológico del individuo, permitiendo llegar a esta meta de cumplir más años. De hecho, resulta harto curioso conocer periódicamente, a través de los medios de comunicación social, ancianos protagonistas de informaciones que relatan la hazaña de haber logrado nuevos records mundiales de longevidad.
En el plano demográfico, se habla del fenómeno "envejecimiento en el envejecimiento" que origina estos efectivos de personas mayores encuadradas en la denominada "cuarta edad", para diferenciarse de la hasta ahora "tercera edad", calificativo originado en los años sesenta y setenta para encuadrar a las personas a partir de los 65 años.
Las personas de la "cuarta edad" constituyen más del 6% de la población de la Unión Europea, frente al 3,6% en 1960; esta proporción debería, a continuación, subir constantemente un punto cada diez años a partir del año 2000; hacia 2025, un ciudadano europeo de cada diez podría así superar la edad de 75 años, con una aceleración variable, según los países, en función de la incidencia del
baby boom (ONU, 1989).
Los demógrafos, economistas, sociólogos y gerontólogos, se cuestionan cual será el porvenir de estas "generaciones inoxidables", tan dependientes de los servicios de atención sanitaria y asistencia social, en un contexto de envejecimiento demográfico acelerado, que podría ocasionar una sobrecarga en el gasto social ejecutado por un sistema público de protección, ya deficitario y colapsado ante esas nuevas necesidades. Esta situación previsible no pretende ser una voz de alarma generadora de pánico entre las distintas autoridades gubernativas europeas, pero si animar a constituir espacios para el debate y la reflexión –en distintos ámbitos territoriales (comunitario, estatales y regionales/locales)–, sobre los retos de futuro del Estado de bienestar ante tal coyuntura socio-demográfica; así, consensuar entre las partes interesadas, el desarrollo de políticas sociales que soporten estas incidencias del crecimiento de coste público, y desequilibrios entre el número de población activa y dependiente (personas mayores perceptoras de pensiones), sin tener que reducir los niveles de protección social alcanzados, en la última mitad del siglo XX.
Entiendo que este asunto, es objeto de estudio para otra investigación pormenorizada, pero que podría guardar estrecha relación con el nuevo papel del mayor en la sociedad venidera, tras la ruptura de una serie de condicionantes fuertemente arraigados, dada
la utilidad social que supondría su potencialidad de acción colectiva ante las nuevas oportunidades que se les ofrece a este grupo etario creciente.