CAPÍTULO I. TEORÍAS DEL ENVEJECIMIENTO Y LA VEJEZ
1.1. Teorías biológicas
1.3.2. Construcción social de la vejez
1.3.2.1. Funcionalismo-economicismo vs Socio-historicismo
historicismo
Partimos de un panomara investigador exiguo alrededor de la vejez, si se compara con los estudios a cerca de otros segmentos de población española. Menos aún en el terreno de la participación social de las personas mayores y su vinculación asociativa en la defensa de intereses comunes, reivindicación de derechos propios, oferta de actividades para el aprovechamiento del tiempo libre, prestación de servicios a mayores u otros colectivos sociales necesitados, etc.
Guillermard (1980) opina que los problemas de la vejez no se reducen a la seguridad económica, ni a los de la necesaria coordinación de recursos sociales y sanitarios, sino a “desafíos estructurales”, como son las nuevas formas de articulación entre la política social y el ciclo vital. Según este autor, la creación de un espacio integrador/protector más amplio y, lo que aquí nos interesa, el desarrollo de políticas de bienestar que preserven el papel activo y útil de los mayores, pueden garantizar la participación en actividades sociales con esfuerzos colectivos, de acuerdo con sus aspiraciones como ciudadanía.
Hoy sabemos que la definición de los mayores como población pasiva (desde el punto de vista del mercado de trabajo) o dependiente (desde el punto de vista de la protección social), no se corresponde con la realidad social emergente, ya que sería sesgado y reduccionista frente a las múltiples prácticas organizativas que se pretende comprender en esta investigación sociológica, centrada en el asociacionismo de personas mayores.
Aunque pudiera parecer contradictorio, nuestros mayores son productivos económicamente en la medida en que sus capitales de ayer, pensiones hoy, contribuyen a la generación de empleo (principalmente en el sector de servicios), a tenor del nivel de gasto en consumo que realiza esta generación in crescendo de hombres y mujeres. Pero además, son socialmente productivos al ejercer una solidaridad intergeneracional que conlleva en muchos casos, el cuidado de los nietos y el apoyo económico a los hijos en dificultades, haciendo un "trabajo invisible" (fundamentalmente desarrollado por
mujeres) que contribuye a reforzar la estabilidad de las economías domésticas.
Además, y es lo que interesa demostrar en esta tesis, sería el grado de participación de los mayores en aquellas cuestiones sociales que les preocupa, materializado a través de sus colectivos y organizaciones cívicas, que bien desarrollan variadas iniciativas de interés y utilidad pública. Estos mayores comprometidos prestan servicios sociales no cubiertos por organismos oficiales, aportan nuevas formas de ocio y entretenimiento, transmiten otros estilos de vida a generaciones jóvenes, y son portadores de actitudes y valores sociales que encierran su memoria histórica, patrimonio indispensable para nuestra sociedad contemporánea.
En España, ésto es particularmente positivo tanto porque supone la posibilidad de reconstruir culturas en trance de desaparición, como por la construcción de nuestra memoria colectiva como pueblo. Siendo una generación con limitado acceso a la cultura es, sin embargo, una generación con habla, con capacidad de transmisión, que contrasta con las generaciones de la escritura (1950-1980) y con las de la imagen y la comunicación social (1980-2000) (Rodriguez Cabrero, 1997).
Esta valorización de la ancianidad contrasta con las ideologías biológicas-funcionalistas exacerbadas por la retirada anticipada del mercado laboral de importantes colectivos, y por la idea que el colectivo de mayores contribuye a cebar la bomba de relojería que supuestamente existe en los cimientos del sistema público de protección social (Rodriguez Cabrero, 1997).
La vejez es una construcción social necesariamente plural, que se experimenta socialmente y con un significado siempre social y, por tanto, ambivalente, plural y abierta a la interpretación. Las distintas teorías existentes, que determinaron hasta ahora el campo interpretativo de la edad madura, trataron de articular una concepción biológica de la vejez (basada en la idea de dependencia), con las exigencias de la modernización económica (el retiro anticipado ante la inexorabilidad del cambio técnico), unido a ideas e imágenes estereotipadas (la ideología de los viejos como carga social y económica, además de su desvinculación de la realidad societaria) (Fennell, Phillipson y Evers, 1988).
Esta combinación dio lugar a marcos teóricos de carácter ahistórico y reduccionista (Cockerham, 1991), que en unos casos
priman aparentes experiencias universales de una supuesta desvinculación social de los mayores, y cuya ruptura pactada reduce el estatus social de los ancianos. La retirada del mercado de trabajo supone una alteración del contrato de vinculación entre el anciano y la sociedad que se extrapola a todas las esferas sociales, y que ideológicamente se condensa en prejuicios sociales, a menudo asumidos por los propios mayores. Mutuo desentendimiento y retiro o desvinculación serían los dos elementos de esta concepción biológico-funcionalista, que tanta influencia tuvo en sus comienzos en los años sesenta (Rodriguez Cabrero, 1997).
En otros casos, la producción de la dependencia se expresa como biologismo demográfico: el envejecimiento social y el crecimiento del número de personas mayores cuestionarían la capacidad económica- financiera para su sostenimiento público (Cockerham, 1991). Los mayores suponen una carga económica para el sistema público de protección social (costes sanitarios, asistencia social, prestaciones económicas,...), en un contexto socio-demográfico desequilibrado (disminución de la natalidad, esperanza de vida al alza,...), que condicionan las políticas de vejez en España y en otros países de su entorno.
Estos cuatros elementos conceptuales: dos de tipo funcionalista (desentendimiento y retiro), y dos de índole economicista (carga económica y privación necesaria), constituyen los factores de la producción ideológica de la dependencia en los que el alarmismo, el aclasismo y la versión ahistórica de la ancianidad, definirían el marco conceptual de la sociología de la vejez. Bajo esta concepción, los mayores serían un grupo social homogéneo, cuya desvinculación social y carga económica justificarían políticas restrictivas encubridoras de la exclusión de ciertos colectivos sociales (Rodriguez Cabrero, 1997).
Frente al esquema reduccionista existe el enfoque socio-histórico, en el que la diferenciación social de clase, género y hábitat son elementos constitutivos de una construcción social de la vejez como proceso social e histórico en el que están inmersos estas personas (Rodriguez Cabrero, 1997). Tal corriente guía, en cierta medida, las líneas de esta investigación, que quiere mostrar la diversidad de prácticas sociales y asociativas desarrolladas, en función de tales variables explicativas.
Para el enfoque socio-histórico, los mayores no constituyen un segmento de población homogéneo, situado al margen de las
estructuras y procesos sociales. Por el contrario, este tipo de análisis pasa por comprender la relación existente entre el envejecimiento y la vida en sociedad, la realidad y el significado de la diferenciación existente en el colectivo y el papel de la política social en la producción de un estatus de dependencia de la gente mayor. Se trataría como señala Walker (1980), de localizar a las personas mayores en la estructura social y conocer la interrelación de estas posiciones con el impacto de políticas sociales. Esta comprensión precisa un requisito metodológico previo, la superación de los estereotipos sociales que hacen del mayor una persona no participativa, inútil o desvinculada socialmente.
La vejez es, así, una construcción social detrás de la que existe una amplia diferenciación social y un amplio elenco de privaciones relativas en cuanto a seguridad económica, estilos de vida y participación social, que en buena medida reproducen diferencias sociales previas y, en parte, generan otras nuevas.
La vejez y la condición de dependencia que en buena medida implica, no son resultado de un proceso natural de envejecimiento, sino que está socialmente estructurado y, en consecuencia, abierta al cambio. Lo que parece ser un proceso natural y demográfico de envejecimiento, es un proceso social en el que la diversidad de experiencias individuales de autonomía/dependencia y participación/aislamiento social, hunden sus raíces en la propia estructura social, y se encuentran mediadas por unas instituciones sociales (Townsend, 1980).
En definitiva, el debate teórico sobre la naturaleza social de la existencia y participación social de las personas mayores, se reduciría a diferenciar entre las posiciones que constatan la situación de dependencia legitimándola por razones biológico-funcionales o económicas; por el contrario, un enfoque socio-histórico que destaca las condiciones sociales de la existencia del mayor, como factor de explicación sociológica, alejado de cualquier género de determinismo social. Ese contraste permite comprender como mientras los modelos naturalistas del envejecimiento se basan en estereotipos sociales que producen dependencia y justifican políticas de exclusión social, los modelos socio-históricos se apoyan en realidades de participación y productividad social de este grupo etario que produce una construcción de la autonomía de los mayores como base para el desarrollo de políticas de integración social (Rodriguez Cabrero, 1997).