CAPÍTULO III. ENVEJECIMIENTO ACTIVO Y CIUDADANÍA
3.7. Formación y empoderamiento
En nuestro contexto socio-cultural se establecía tradicionalmente una separación entre la edad de formación, la edad laboral y la edad de jubilación. Esta clasificación se ha desdibujado por los acontecimientos y las demandas observadas entre quienes forman parte de las cohortes de jóvenes, adultos y mayores. Ha surgido el concepto de formación permanente que nos indica que nuestro aprendizaje y formación no deben limitarse al período escolar, sino continuar a lo largo de la vida. Aunque más que formación se debería hablar de educación, ya que ésta incluye aquella y es lo que justifica que las políticas públicas de envejecimiento tengan además competencias en materia educativa.
Un informe de la Unión Europea apuntaba que las personas solo podrán adaptarse a la sociedad de la información si ésta se convierte en la sociedad del aprendizaje permanente (Pavón, 1998). Por tanto, la oportunidad de adquirir nuevos o reciclar conocimientos resulta una experiencia personal estratégica para aquellas personas mayores que quieran optimizar sus condiciones intelectuales, estado de salud, autoestima y autonomía, e integración social, entre otros beneficios, que incidan en la mejora de la calidad de vida durante la vejez.
Así, la calidad de vida de los próximos adultos mayores girará en torno al conocimiento aplicado y a la búsqueda de nuevos saberes (sociedad del conocimiento), que hasta el momento del cese de la actividad profesional, estuvieron postergados por la prioridad en el cumplimiento de sus obligaciones laborales y familiares. Y es que las personas mayores mantienen la suficiente flexibilidad cognitiva como para aprender y desarrollar nuevos conocimientos. Por tanto, la formación en la vejez es uno medio eficaz para resituar a la ciudadanía senior en el lugar que quieran, al margen de las desvalorizaciones como población improductiva en términos laborales y económicos, adquiriendo conciencia de sí mismos y asumiendo la responsabilidad cívica -compartida con otros ciudadanos de similar o diferente grupo etario- de participar activamente en la transformación de la sociedad.
Sin duda, la vejez es una etapa de nuevas posibilidades por explorar hacia la plena autorrealización, como refleja la afluencia de adultos mayores que están participando activamente en procesos de enseñanza-aprendizaje de distintas materias (idiomas, informática, expresión artística, etc.). Esta generación de baby boomers españoles que están alcanzado las edades de jubilación del mercado
laboral, y que proyectan la práctica de aprender por el gusto de cultivarse, ya que esta formación que reciban no tendrá un sentido instrumental de competencia en el ámbito académico o laboral, sino de satisfacción personal por comprender y responder a cuestiones recurrentes en sus vidas, que les permita estructurar mejor sus personalidades durante la etapa de la vejez.
Por ende, se trata de un conjunto amplio de ciudadanos, que aún teniendo un mayor nivel académico y cultural comparativamente con respecto a generaciones anteriores, demandan políticas, programas y recursos públicos y privados para continuar aprendiendo a lo largo de la vida. A la par que hay un mayor número de personas jubiladas con una formación más extensa y completa, aumenta la capacidad adquisitiva media del colectivo que les permite un mayor acceso a la formación.
Ante tales circunstancias manifiestas, me atrevo a especular sobre una posible revolución de la masa gris entre la ciudadanía senior, con impacto en los modelos sociales y sistemas educativos, pues querrán aprender más y enseñar mejor a otras personas del mismo o diferente grupo social y etario. Es decir, que además de contribuir materialmente al mantenimiento de los cotas de bienestar general, aportarán talentos y aptitudes a los niveles de educación entre la población juvenil, fruto de la experiencia de los años vividos.
La consecuencia de estos procesos de aprendizaje a lo largo de la vida será el empoderamiento de los mayores en una sociedad cambiante y dinámica, que conferirá la visibilización de nuevos papeles sociales entre las personas mayores, quienes demandarán cauces para la participación activa en la toma de decisiones sobre el devenir social. Tal concepto de empoderamiento (empowering) se define como “las acciones destinadas a otorgar a las personas mayores un mayor control sobre sus propias vidas, así como un papel más importante en la toma de decisiones que tiene lugar en comunidades y organizaciones a las que pertenecen” (Cusack, 1998:22).
El empoderamiento parte del supuesto que las personas mayores pueden aprender y ejercer nuevas responsabilidades si se les ofrece la oportunidad, lo que constituye la clave del desarrollo de posteriores actividades productivas, en el amplio sentido del concepto de productividad asociado a la generatividad de Erikson. En esa línea de investigación, Giró (2010:61) propone “la educación como instrumento
para fomentar la generatividad en la vejez, no solo para contribuir a un mejor envejecimiento desde el punto de vista personal, sino también para aprovechar las competencias y experiencias de los mayores para el desarrollo social y comunitario”.
Especialmente entre las mujeres mayores, que superarán el “síndrome de la abuela esclava”27 con la sobrecarga de responsabilidades del cuidado de nietos, incluso a veces el cuidado de personas dependientes, llegando a compatibilizar su función de cuidadoras informales y ciudadanas con un proyecto personal participativo en la vida comunitaria y asociativa. La participación de las mujeres mayores en iniciativas sociales, culturales y educativas genera un impacto valioso en la propia vida personal de estas mujeres, transformándolas en ciudadanas activas y preparadas para afrontar los cambios de la sociedad contemporánea, además de permitirles ser capaces de extraer sentido y satisfacción de la actividad cotidiana con sus obligaciones familiares o comunitarias.