• No se han encontrado resultados

CAPÍTULO I. TEORÍAS DEL ENVEJECIMIENTO Y LA VEJEZ

1.1. Teorías biológicas

1.3.2. Construcción social de la vejez

1.3.2.5. Edadismo

En todos los niveles locales, regionales e internacionales, los derechos de las personas mayores no están plenamente reconocidos, de modo que se subestiman sus necesidades específicas y se descuida su protección. El progreso actual se centra principalmente en concienciarse acerca de la denuncia de la discriminación por razón de la edad, del maltrato de las personas mayores y de la violencia contra las personas mayores, fenómeno mundial que afecta no sólo a la víctima, sino también a sus familias y a la sociedad en general.

Aunque en algunos países se hayan promulgado leyes sobre los derechos de las personas mayores, aún no se han encarado mundialmente, y en la mayor parte de los casos, tampoco a escala nacional, los derechos humanos y el marco ético para eliminar la

discriminación, la exclusión, el maltrato o el trato desigual debido a la edad. Se entiende que “la división por edades, además de ser un argumento para justificar la desigualdad entre las personas, es la gran trampa del supuesto problema del envejecimiento de la población y una excusa para tapar la ineficacia y la injusticia de un sistema económico, social y cultural que expulsa y margina a una gran parte de la población que no cumple los requisitos de idoneidad para sus intereses y, a la vez, se lamenta del coste social de las víctimas” (Riera, 2005:28).

Butler (1969) acuñó el concepto ageism (“edadismo”), que hace referencia a la iscriminación que se ejerce hacia las personas mayores en la sociedad actual. Para Butler (IMSERSO, 2009:1), “esta discriminación consta de tres elementos: actitudes hacia las personas mayores, la edad avanzada y el proceso de envejecimiento (creer que son una carga para la sociedad); prácticas discriminatorias hacia estas personas (tomar decisiones por ellas); y políticas y prácticas institucionales que contribuyen a perpetuar estos estereotipos (restringir el acceso a determinados tratamientos). No obstante, la discriminación por edad no afecta por igual a todas las personas mayores. Es más probable cuando la edad avanzada va asociada a determinadas características sociales, como la escasez de recursos económicos y culturales, o el género y la etnia, que actúan como amplificadoras de los estereotipos.”

Palmore (1990), autor que ha escrito abundantemente sobre el edadismo, señala las características básicas de los estereotipos que forman la base del edadismo. Algunas de ellas son las siguientes:

1. El estereotipo proporciona una visión altamente exagerada de unas pocas características.

2. Algunos estereotipos son inventados o no tienen base real, y se valoran como razonables debido a su relación con algunas tendencias de comportamiento que tienen alguna parte de verdad.

3. En un estereotipo negativo, las características positivas se omiten o no son suficientemente declaradas.

4. Los estereotipos no reflejan las tendencias compartidas por la mayoría u otras características positivas de las personas.

5. Los estereotipos no proporcionan ninguna información sobre la causa de las tendencias que se señalan.

7. Los estereotipos no facilitan la observación de la variabilidad interindividual, siendo esto especialmente importante en el caso de las personas mayores, dadas las amplias diferencias entre unas y otras personas mayores.

Se podría citar el término de “ancianismo”, definido por el profesor Moragas (1991:120), como “un prejuicio, no basado en hechos, sino en el desconocimiento y la deformación de las posibilidades potenciales de los ancianos en la sociedad contemporánea”. Incluso se podría caracterizar el trato hacia las personas mayores como de infantilización o “bebeísmo” (Berger y Mailloux-Poirier, 1995), siendo una actitud que se manifiesta por lo general en la simplificación de actividades sociales y/o programas de ocio y de la organización actividades, que no satisfacen las necesidades de los individuos (Martins y Rodrigues, 2004), en este caso de las personas en edades avanzadas.

Esas visiones generalizadas basada en estereotipos negativos, poco críticos y carentes de objetividad, señalan al edadismo o ancianismo como la tercera forma de discriminación en la sociedad occidental, tras el racismo y el sexismo (Butler, 1980), distorsionando así la realidad de este segmento amplio y heterogéneo de la población en nuestros días. Creencias originadas sobre la base de las variaciones biológicas entre las personas, que guardan relación con el envejecimiento humano (Bytheway, 1995). Así, la extensión de estas actitudes sociales refuerzan el miedo y la denigración al envejecimiento y la vejez, llegando a legitimar el uso de la edad cronológica para clasificar a las personas, a la cuales se les niegan sistemáticamente los recursos y oportunidades de los que otras disfrutan.

Se observa una doble discriminación que padecen tantas mujeres en el mundo, por ser mujeres y por ser ancianas (Bazo, 2006). Unas situaciones invisibles socialmente, incluso justificantes de determinadas normas sociales y formas de expresión del poder ejercido por los varones (patriarcado) frente a la población femenina, en contextos socio-culturales a escala global.

Por consiguiente, el hecho de ser mayor en muchos países puede generar prácticas generalizadas de exclusión y marginación social, consecuencia directa de una valoración negativa de la opinión pública hacia las personas de estos grupos sociales y etarios. Se les considera incapaces de asumir responsabilidades, favoreciendo el refuerzo de actitudes dependientes, en vez de fomentar actitudes que

contribuyan al mantenimiento de la autonomía e incluso la recuperación de las posibles capacidades aminoradas propias de edades avanzadas.

En opinión de Gil Calvo (2003:28), “en la sociedad contemporánea, que no es gerontocrática sino gerontofóbica, los mayores parecen invisibles porque se los ignora y se los oculta tanto como se los desprecia y se los odia”. Si la sociedad gerontocrática eleva a sus mayores a la categoría de sujetos dignos de respecto es porque gozan de poder y autoridad. “En cambio, la sociedad gerontofóbica ha desposeído a sus mayores de todo poder social, reduciéndolos a un papel subordinado, relegado, secundario y dependiente, que les priva de casi toda su autonomía personal. Este es el dilema actual derivado de creencias y actitudes discriminatorias hacia una parte de la sociedad civil, que degenera en estigmatización, segregación y discriminación de este grupo etario por sus edades avanzadas”.

Hay determinados ambientes donde las personas mayores sufren discriminación, siendo excluidas y apartadas de una realidad social compartida por distintas generaciones. Estas situaciones de edadismo tienen relación con:

1. El trabajo. Discriminación por razón de la edad en el sector del empleo.

2. La sociedad. Discriminación y maltrato en la participación, estigmatización de las personas mayores como una carga para la sociedad.

3. La salud. Racionalización económica de la asistencia sanitaria o el acceso a la salud básica basada en la discriminación por razón de la edad.

4. La economía. Crecimiento de la pobreza de las personas mayores, sobre todo las mujeres mayores, debido a la falta de redes de seguridad concretas. La ausencia o la escasez de Seguridad Social y de medidas de bienestar aumentan el riesgo de aislamiento, pobreza e insuficiente asistencia sanitaria de las personas mayores.

5. Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). La creciente forma de vida tecnológica crea una situación donde las generaciones de personas mayores, educadas en actitudes y valores de una sociedad diferente, a menudo se ven excluidas y afectadas por la brecha digital, que las convierte en “indigentes digitales”. Así, las personas mayores son las primeras víctimas de

los avances en un entorno que incorpora nuevos instrumentos de alta tecnología y una sociedad dirigida a los jóvenes de hoy.” (Stuckelberger 2008:180)

Además, tampoco se tienen en cuenta otros derechos de las personas mayores vinculados a situaciones concretas: los derechos de las personas mayores discapacitadas; los trabajadores mayores pobres; las personas mayores emigrantes; las personas mayores refugiadas o desplazadas; las personas mayores víctimas de conflictos, guerras o desastres; las personas mayores prisioneras; las personas mayores torturadas y maltratadas, etc., sin olvidar otros problemas clave como la igualdad entre los sexos en la vejez, el acceso a la asistencia sanitaria, el derecho a la dignidad, el respeto de las necesidades culturales y espirituales hasta el final de la vida.

Estos hechos reflejan la diversidad de la población senior, ya que las personas mayores tienen una identidad dependiendo de su género, sus costumbres culturales, sus creencias religiosas, su origen social, su grupo étnico, su orientación afectivo-sexual, su diversidad funcional, etc. De ahí, surge el fenómeno de la discriminación múltiple que incluye diferentes formas de discriminación unidas a estas características de las personas, resultando más severa que la yuxtaposición de varias formas de discriminación sufridas por las víctimas en cada ámbito. Las víctimas de la discriminación múltiple son particularmente vulnerables a la exclusión social y son privados de su derecho a participar plenamente en la sociedad como el resto de conciudadanos. Por ello, la ONU y la Unión Europea han tomado medidas para luchar contra todas las formas de discriminación, porque está probado que no es posible lograr la igualdad de un grupo determinado sino es consiguiendo la igualdad para todos los grupos que forman parte de un contexto heterogéneo e inclusivo.

Lamentablemente, “la mayoría de las personas mayores acepta neutralmente las discriminaciones, debido a limitaciones personales o al escepticismo sobre la acción reivindicativa para cambiar la realidad” (Moragas, 1991:121). Esas circunstancias degeneran en la infravaloración de sus capacidades y la aceptación pasiva de noticias e imágenes negativas que alimentan y refuerzan el edadismo, a modo de “profecía que se autocumple”. Por suerte, hay mayores que se rebelen contra estas situaciones de injusticia social, los nuevos viejos que saben hacer de la vejez la edad más importante de sus vidas - como lo fue la juventud para los clásico y la edad adulta para los

modernos- (Gil Calvo, 2003). Ese sector de la población adulta mayor es el que nos interesa como población objeto de estudio, que nos lleva al reconocimiento de otros estilos de vida y formas de manifestación colectiva que reclaman su papel activo en la sociedad presente.