CAPÍTULO I. TEORÍAS DEL ENVEJECIMIENTO Y LA VEJEZ
1.1. Teorías biológicas
1.3.2. Construcción social de la vejez
1.3.2.8. Criterios para la vejez
La cuestión que se introduce sería la siguiente: ¿a qué edad se es viejo o empieza la vejez? No hay definición aceptada
universalmente de lo que se considera vejez, con lo cual resulta complejo poder responder a esta pregunta con un criterio único y válido para la comunidad científica. Generalmente, se considera que la edad cronológica del individuo marca la vejez (Fernández- Ballesteros, 2000), y mientras exista una insatisfacción general en definir la vejez en términos puramente cronológicos, no parece haber una alternativa mejor. Y es que la edad marca el destino de las personas en cada etapa de la vida, pues la sociedad demanda que las personas se comporten de un modo determinado en consonancia con la valoración que la sociedad espera de ellos, según un calendario preestablecido que organiza nuestras vidas (Riera, 2005).
Aunque la vejez sea percibida y entendida de muchos modos diferentes, a menudo con importantes variaciones culturales (Midwinter, 1991), éstas pueden referirse a procesos biológicos y apariencias físicas, acontecimientos clave en la vida (jubilación laboral) o papeles sociales (abuelos). Así, la vejez puede extenderse durante más de tres décadas, la mayoría de las culturas distinguen entre el “viejo-viejo” y el “viejo-joven”, y normalmente tiene más sentido pensar en términos de cambio gradual, más que en un corte radical entre el adulto y la vida posterior (Keith, et al.1994).
Ni se es viejo a partir de un momento determinado, ni existe ninguna edad que pueda servir como frontera de entrada perfectamente definible. Establecer un tope, una edad, sólo tiene sentido en dos situaciones. Para la administración cuando nos jubila, o para los demógrafos y epidemiólogos cuando, por cualquier motivo, necesitan llevar a cabo estudios poblacionales. En la práctica, y de forma esquemática se admite que el envejecimiento se produce de una manera dinámica y que en cada individuo viene modulado por vías complementarias –envejecimiento fisiológico, patológico y ambiental–, conceptualmente muy diferenciadas entre sí, pero que se entrelazan y se superponen a lo largo de los años hasta dar lugar en cada caso a la resultante actual de toda persona sea cualquiera su edad (Ribera, 2009).
En la encuesta realizada por CIRES (1992), aparecía una pregunta idéntica, en la que el 77% contestó que la vejez dependía de la edad, mientras que tan sólo un 23% respondió que se debía a otras condiciones diferentes de la edad y, en este caso, la mayoría informó que era el aspecto físico el definidor por excelencia (otros definidores citados fueron la capacidad intelectual, la personalidad, la
salud y la jubilación). Además, de aquellos que optaron por la edad como definidor de la vejez, el 17% respondió que la vejez comenzaba a los 60 años, un 19% a los 65 años, y otro 19% a los 70. Sólo un 6% consideró que la vejez se iniciaba antes de los 60 años.
Otros informes sobre la percepción a partir de que edad alguien es considerado como persona mayor, indican que los hombres tienden a situar el inicio de la vejez en edades ligeramente más tempranas que las mujeres, mientras que cuanto más joven es la persona que opina, mayor el porcentaje que cree que la vejez se inicia en edades más tempranas: a los 18-24 años el 82,6% cree que se es persona mayor a los 70 años o antes; esta opinión la comparte el 58,9% de los mayores y en proporciones similares los ciudadanos de 45 y más años (Abellán y Esparza, 2009).
Es evidente que no sólo la vejez se fija en función de la edad individual, sino que también la edad física constituye un indicador de esta etapa de la vida; como si se tratara de un "reloj biológico" particular, que marca nuestro tempo de vida vivido y por vivir. El ser humano experimenta desde su nacimiento una serie de cambios orgánicos a lo largo de la vida; tras un periodo relativamente corto de desarrollo físico (coincidente con la infancia y la adolescencia), llega a un punto a partir del cual se produce un deterioro de sus capacidades físicas. En otras palabras, el organismo humano, tras un periodo de crecimiento rápido y estabilidad relativa, va perdiendo eficiencia biológica en la medida que transcurre el tiempo (Fernández- Ballesteros, 2000).
Desde el enfoque neurocientífico, Mora (2008:28) señala que “envejecer con éxito es la capacidad sobresaliente del individuo, tanto en lo físico como en lo psíquico, para vivir adaptado e independiente en la sociedad en que vive”. Sus investigaciones demuestran que a partir de los 30 o 35 años, el ser humano pierde de modo paulatino la rigidez del programa genético que ha ido controlando su desarrollo hasta un punto en el que deja de funcionar. Es cuando somos presa férrea del medio ambiente, y entonces cuando se envejece de muchas maneras, con o sin éxito, dependiendo del estilo de vida.
Como indican Mishara y Riedel (1986), nuestro organismo es menos eficiente con el paso del tiempo, en términos generales, con lo que existen ciertos patrones de estabilidad y cambio que nos permitan medir el grado de envejecimiento biológico en cada individuo, conforme a unos criterios de edad física. Por lo que se refiere a esta edad
biológica, se pueden establecer los siguientes postulados: 1) no todas las personas envejecen o cambian físicamente al mismo ritmo, 2) el cuidado del cuerpo pueden llevar a que las personas de más edad estén físicamente mejor, que otras más jóvenes, y 3) existen personas de edad avanzada que tienen mejor salud que otras más jóvenes, y existe una variabilidad entre personas mayores en cuanto a enfermar.
En todo caso, el concepto de vejez deficitaria procede claramente de la vejez física, que no debe extrapolarse a otras concepciones de la vejez como la psicológica o la social, pues se rigen con arreglo a otros principios (Fernández-Ballesteros, 2000). Un nuevo enfoque, un nuevo paradigma que se denomina como “gerontología positiva” en torno al modelo “envejecimiento satisfactorio, con éxito o competente” (Fernández-Ballesteros, 1998; 2000).
Naturalmente, a lo largo de nuestras vidas se producen también una serie de cambios psicológicos, quizás no tan manifiestos como los anteriormente comentados, pero que determinan el grado de vejez de las personas, a partir de la edad psicológica. Como revela Fernández-Ballesteros, “el envejecimiento psicológico resulta de un equilibrio entre estabilidad y cambio y, también, entre crecimiento y declive. Es decir, existen algunas funciones que, a partir de una determinada edad, se estabilizan (variables de la personalidad), otras que experimentan crecimiento a lo largo del ciclo vital (la experiencia o los conocimientos), y finalmente, otras que declinan y se comportan isomórficamente, como la denominada edad física (la inteligencia fluida o el tiempo de reacción)” (Fernández-Ballesteros, 2000:144).
Por suerte, el modelo tremendista, basado en el concepto de que el declive físico natural se correlaciona directamente con el declive generalizado de la persona, ha sido superado desde perspectivas humanistas que afirman que el envejecimiento no va emparejado a las limitaciones de desarrollo, mejora, estímulo y conciencia del valor de cada momento de la vida (Lehr, 1985). Envejecer como proceso a lo largo de la vida humana, forma parte de un desarrollo personalizado físico, psicológico y social, como consecuencia de la diferenciación individual.
Hay propuestas que analizan a la vejez como trayectoria dividida en fases, es decir, la trayectoria de la vejez en términos funcionales a partir de dos criterios: el de independencia, y el de dependencia. Ambas condiciones presentes durante la vejez pero en diferentes
grados, así las fases se definirían a partir de la combinación de niveles de independencia y dependencia, y el grado de cada una (Riemann y Schütze, 1991).
De igual manera, el medio social atribuye diferentes papeles a lo largo del transcurrir de nuestras vidas, es decir, a tal edad corresponderá hacer tal cosa y otras no; de ahí, que podamos hablar de una edad social, establecida por una sociedad compuesta por personas jóvenes y mayores, que conviven con unas reglas del juego comunes, pero diferentes según sus edades. La triada formación- producción-jubilación, está relacionada con el periodo de juventud- adultez-vejez, que regulan las funciones a desarrollar en cada momento vital.
Existe un proceso de educación obligatoria, se regula la edad de matrimonio, se fija el periodo de edad laboral, y la que nos importa de cara a la vejez, se decreta la edad de jubilación para retirarnos del proceso productivo. Hechos que ponen de manifiesto que aunque la sociedad proclama el reconocimiento al legado cultural de estos ciudadanos y el respeto a sus derechos civiles y políticos, sin embargo, prescinde de ellos retirándolos bruscamente del sistema productivo y reduciéndolos a un estado de marginación social. Para evitar tales consideraciones sociales de personas non grata, los nuevos jubilados adquieren una ciudadanía basada en su implicación y en el reconocimiento de su papel social, con lo cual el criterio de la edad desaparece por su pertenencia a la comunidad local, traduciéndose en la disociación creciente entre vejez y jubilación (Argoud, 2002).
Dada la variedad de conceptualizaciones sobre la vejez, Ruiz Torres (2009) propone el concepto de “edad funcional”, como aquel conjunto de indicadores que permiten predecir el envejecimiento satisfactorio, situando al individuo evaluado en un punto de un espacio multidimensional de funciones bio-psico-sociales. Elasticidad cutánea, equilibrio estático, capacidad vital, consumo de oxígeno, tiempo de reacción, habilidades funcionales, amplitud de redes sociales son, entre otros muchos, los indicadores propuestos para fijar la edad funcional.
Por último, citaremos la clasificación de las ocho etapas en el ciclo de la vida humana de Erikson (1982), según en cada una de las cuales se hace posible una nueva dimensión en la acción de la persona consigo misma y con el ambiente social. Su aportación puede resumirse en dos ideas relevantes sobre la que gira su teoría
psicosocial, cuando sugirió que al lado de cada etapa del desarrollo psicosexual (descrito por Freud), hay etapas psicosociales del desarrollo de la personalidad; y por otro lado, sostuvo que el desarrollo de la personalidad no se acaba en la adolescencia sino que continúa durante todo el ciclo de la vida, teniendo cada etapa un comprobante positivo y otro negativo. De modo que los adultos mayores se encuentran en el conflicto entre generatividad versus estancamiento (desde los 40 hasta los 60 años), y la integridad
versus desesperación (desde aproximadamente los 60 años hasta la
muerte). Aún perdiendo autoridad al desvincularse de la actividad laboral tras alcanzar la edad de jubilación, mantienen actitudes y conductas tendentes a aprender a relacionarse con personas de su misma edad, utilizar el tiempo liberado y descubrir otras formas de vivir esta nueva etapa.