Agradezco a Perla Sneh y a los organizadores del Encuentro por permitirme recordar a Raquel Liberman. No hay muerto más muerto que aquél que no evocamos. Además de todas las virtudes adjudicadas a ese país de la palabra sin territorio, como define al ídish Elihau Toker, yo necesito agregarle: la indulgencia de esa lengua para conmigo. Ella me rodea y acaricia con su melodía, aunque yo no haya mamado ese
nígn(). A veces, en mi escritura se deposita el ídish en boca de un personaje y con
sinceridad les digo: ¡ignoro de dónde me viene! Soy, tercera generación argentina por la rama materna. Viví la infancia salpicada de italiano en el barrio de la Boca, en un hogar en el que no se hablaba ídish. Ya adulta, el mámeloshn(238) lo iba absorbiendo en forma
paulatina por la cabeza y esta cabeza sabiamente decidió conducir al ídish del shtetl(9),
popular, sabroso y fecundo, hasta mi corazón.
Como judía, estoy acostumbrada a sufrir demasiadas dolencias, pero danken
got(0), no sufro de amnesia.
El ídish fue el vehículo de comunicación entre los judíos llegados de Europa del Este. Asimismo lo fue... para el submundo de los proxenetas de ese origen. Los demonios andaban sueltos. También andaban sueltos entre los judíos que hablaban ídish.
El escritor brasileño Moacyr Scliar dice en su libro Nas sombras do passado que exorcizar demonios es una tarea difícil... mas debe ser hecha, y el primer paso para
lograrlo es –como lo sabían los conjuradores – llamar a los demonios por su nombre.
Para torcerle el brazo al olvido, decidí hace veinte años zambullirme en un tema del que no se hablaba dentro -ni fuera- de la comunidad. Hace un siglo nacía la Zwi 27 NdE: Íd., melodía, tonada.
28 NdE: Íd.: lengua madre, denominación que se da a la lengua ídish. 29 NdE: Íd., villorio judío europeo oriental.
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Migdal, una sociedad israelita de socorros mutuos que en sus inicios, se denominó Var- sovia. Tras su honorable fachada, se escondía una red de prostitución. Hoy, al recordar ese acontecimiento, merece un párrafo aparte la actitud combativa de la comunidad judía de aquél entonces contra los tratantes de blancas: inescrupulosos “comerciantes en pie- les”, como ellos mismos se ufanaban en identificarse. Los de otro origen, que hablaban lenguas afines al castellano y eran católicos, recibieron un rechazo menor de la sociedad y dentro de sus congregaciones, no fueron especialmente perseguidos.
En el período culminante de la inmigración a nuestro país, entre 1870 y 1930, mujeres engañadas o no, poblaron burdeles en ciudades portuarias como Buenos Aires, Rosario, Santa Fe, extendiéndose al interior de las provincias. La red de explotación más extensa era la francesa y sus pupilas, las más cotizadas en la clase alta porteña. Los proxenetas polacos, rumanos y rusos servían con sus muchachas, genéricamente cono- cidas como “las polacas”, a la creciente demanda de la clase media y obrera. El elemento distintivo del caftén judío fue su exacerbada religiosidad desafiando de esta manera el recato de sus congéneres que los señalaban como impuros; en ídish, t’méim.
Víctor Mirelman abrió interrogantes acerca de la rígida postura de la colectivi- dad con respecto a los rufianes. En su libro En busca de una identidad, Mirelman se pregunta:
¿Por qué una separación tan cuidadosa? ¿No hay en todo grupo o comunidad un sector complementario de delincuentes? ¿Por qué los franceses, españoles o italianos, no combatieron a sus connacionales involucrados en el tráfico, tal como lo hicieron los judíos? ¿Por qué las instituciones judías no erradicaron a otros delincuentes o trans- gresores que evidentemente habrán tenido?
La historia judía abunda en expulsiones y reasentamientos. Cuando se radicaron acá, el deseo de los judíos era merecer la aprobación del sector mayoritario. Su impulso de separarse surgió del temor a ser identificados con un número relativamente grande de traficantes y ser absorbidos por éstos. Los judíos deben siempre “hacer más” para ser admitidos como iguales, como señalara Jean-Paul Sartre.
A fines del 1800 en un acta de la Jevre Kedishe(241), actual AMIA, los integrantes
de su Comisión Directiva dejaron constancia del rechazo a la contribución ofrecida por los t’méim() para la adquisición de un predio y así concretar el asentamiento del
primer cementerio judío en Buenos Aires. La comunidad organizada se mantuvo firme en su total exclusión de los t’méim. Entonces, éstos obtuvieron un permiso municipal y levantaron su propio camposanto en Avellaneda. Cuando la sociedad mafiosa fue 24 NdE.: Del hebreo, Jevrá Kedushá (Sociedad Sacra), institución que toma a su cargo los ritos mortuorios según los prescribe la ley judía. En la Argentia, la Jevre Kedishe fue la más antigua antecesora de lo que plasmó, con los años, en la AMIA, en la Asociación Mutual Israelita Argentina.
desmantelada, quedó abandonado y la mayor parte de sus tumbas fueron destruidas. La maleza y el tiempo lo han ido devorando.
Con el propósito de combatir a esa lacra, existía en el país desde 1895 una de- legación de la Sociedad para la Protección de Mujeres y Niñas, además de otras, como por ejemplo la organización obrera Iugnt –Juventud- que lanzó la consigna: “No alquilar locales a los rufianes”. Las instituciones demandaban acciones urgentes a los poderes públicos, lamentablemente, sin obtener resultados positivos. Los diarios en ídish, en particular el diario Di Presse, se hicieron eco de la protesta, reclamando la expulsión de los cafishios con sus madamas y prostitutas de sinagogas, sociedades, cementerios y también de los teatros.
El 18 de julio de 1926, el teatro Politeama levantaba el telón con la obra en ídish Íbergus –Regeneración- de Leib Malaj. Con ese drama en cuatro actos, aunque la historia transcurría en un burdel de Brasil, el dramaturgo hizo visible un tema tabú y se sumó al clamor de los judíos respetables de Buenos Aires. Jacobo Botoshansky, periodista y escritor, asumió la responsabilidad de ponerla en escena, a pesar de las amenazas recibidas por los indeseables. Ese mismo año, el teatro argentino abordó la cuestión con el drama de Samuel Eichelbaum, Nadie la conoció nunca. En este caso, el autor intentó retratar los conflictos de una polaca, víctima de la explotación contando con profunda compasión su odisea. Esta obra es una vigorosa toma de conciencia sobre lo que significó ser judío en un país adoptivo.
Ficción y realidad se mezclaron entonces naturalmente cuando el 9 de octubre los editores del periódico en ídish Di Ídishe Tzaitung (El Diario Israelita), Matías Stoliar y N. Sprinberg, denunciaron a la policía e iniciaron una enérgica protesta por el secuestro de la joven Perla Pezelorska, traída de Polonia por el proxeneta Arnaldo Neiman. En uno de los artículos, se exhortaba a la Sociedad de Protección de Mujeres y Niñas, que presidía el doctor Halphon, a tomar la iniciativa de combatir a los caftens. En años pos- teriores los titulares continuaron la diatriba contra la “Varsovia”, pero los funcionarios miraban para otro lado. La organización delictiva se había extendido a todo el territorio y países limítrofes. Manejaban ya una cadena de prostíbulos y practicaban la remonta de mujeres con aceitados mecanismos. Uno de ellos consistía en el casamiento, legal o no, en Europa con varias mujeres a la vez. Eso, facilitaba la explotación a posteriori de las víctimas porque la ley argentina disponía que el marido administrara los bienes y patrimonio de sus esposas. Al mismo tiempo, estaban a cubierto de posibles denuncias, ya que la legislación impedía que la mujer declare en contra del marido. Otras fueron sometidas compulsivamente. Este procedimiento predominó y se extendió como el más práctico y económico aunque admito que habrá habido aquellas que aceptaron, corridas por la hambruna.
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Tras el escándalo, la mencionada sociedad Varsovia fue forzada a cambiar de nom- bre por intermediación del ministro plenipotenciario polaco Ladislao Mazurkiewicz. Cosa que ocurrió el 23 de mayo de 1929. A partir de ahí, se la conoció como Zwi Migdal.
La pupila Raquel Liberman marcó un hito en la historia judicial argentina y desnudó una realidad que aún hoy, se tolera “como un mal necesario”.
En primer término daré su versión al momento de la denuncia.
A pesar de todas las restricciones impuestas a las pupilas, en 1928 Raquel había conseguido comprar su libertad por no convivir con el proxeneta que la explotaba. Sin dudarlo se presentó en la comisaría 7ma. del Once para pedir su baja del Registro de Prostitutas. Al poco tiempo volvió para solicitar su reincorporación. Esta situación puso en alerta al comisario Julio Alsogaray. Imprevistamente, un año y medio después, regresó Raquel para formalizar su denuncia. En su presentación del 31 de diciembre de 1929 relató que Salomón José Korn, socio de la Zwi Migdal, había fraguado a requerimiento de la sociedad, un casamiento religioso para someterla nuevamente a esclavitud. Ese escarmiento serviría de advertencia a otras pupilas con intenciones de escapar. Decidida a no aguantar más vejámenes, en su declaración Raquel manifestó ser soltera, como lo consignaba su Cédula de Identidad.
El 24 de mayo de 1930 ante el juez de instrucción Manuel Rodríguez Ocampo ratificó sus dichos y el 27 de septiembre el magistrado dictó el procesamiento a 108 de los 500 socios de la Migdal. Muchos habían logrado huir. El escepticismo general de que se llevara a cabo una limpieza profunda de la red de prostitución, fue avalado por los vergonzosos acontecimientos posteriores. Julio Alsogaray, en su libro Trilogía de
la trata de blancas: rufianes, policía y municipalidad, cuenta que en diciembre del
‘30, fue alejado de la fuerza policial sin motivo aparente. Casi simultáneamente, los tres jueces nombrados para revisar el expediente del proceso a la Migdal durante la feria judicial, determinaron que no habían encontrado suficientes evidencias en esos 5.000 folios, para probar la asociación ilícita de los imputados. Finalizó el juicio en enero de 1931, favorable a los proxenetas, aunque se había demostrado que ninguno de los proce- sados tenía medios lícitos de vida y, en su mayoría, estaban catalogados como tratantes de blancas. Entre otras consideraciones, esos magistrados afirmaron que tampoco se habían presentado damnificadas dispuestas a declarar. Otra vez, el equilibrio de la ley había sido burlado en menoscabo de la mujer.
Pero la historia de Raquel Liberman tiene una notable vuelta de tuerca: En 1993, gracias a mi perseverancia y al ídish, pude acceder a una parte injustamente desconocida de su biografía. Había llegado el tiempo de reivindicar su memoria. Ese año participé en un programa periodístico de televisión “Siglo XX, cambalache”, para hablar sobre la década del ´30 y la Zwi Migdal. Mostré entre otras, la única foto publicada hasta entonces de Raquel Liberman: su cara en la Cédula y por ende, en el carnet de prostituta.
No creo en las casualidades. A los pocos días, se presentó en mi casa una mujer llamada sugestivamente Raquel. Dijo haber visto el programa y reconocido en esa foto a su abuela paterna, pero que ignoraba los hechos que yo había relatado.
Por no saber el idioma o por prejuicio, documentos, cartas y fotos de Raquel Liberman habían sido guardados por sus familiares, durante más de setenta años. Rusha Laja Liberman, así figura en su pasaporte, había nacido en Berdichev, Rusia en 1900. De niña, con su familia fue a Varsovia donde estudió en la escuela Jerusalén. En 1919 se casó con Yákov Ferber según consta en la ketubá(). Tuvieron dos hijos. El segundo,
nació en 1921 cuando su padre ya había emigrado a Buenos Aires.
Fue una bendición que las cartas de Raquel Liberman enviadas, entre 1921 y 1922, desde Varsovia a su esposo Yákov Ferber, en la Argentina -y viceversa- no se hayan desintegrado, ni perdido legibilidad y que las fotos recuperadas mantuvieran su brillo. Son entendibles las razones por las que fotos y cartas hayan permanecido abandonadas. Éstas habían sido escritas en ídish, un idioma que los hijos de Raquel Liberman al crecer, no conservaron. El ídish, posiblemente representaba para ellos una opresiva relación con el escandaloso juicio y con el terruño donde habían nacido, un estigma que prefirieron negar. Además, sus primeros años transcurrieron alejados de su madre, en Tapalqué, provincia de Buenos Aires, donde ni siquiera había un jéider().
El aspecto más noble de Raquel ya se intuye en el trazo prolijo de su caligrafía, el estilo pulido, claro y vibrante, en el uso correcto de la gramática, en referencias a la historia y festividades judías. En general, las cartas transmiten su esperanza de vivir feliz en un país que les ofrecía múltiples oportunidades de progresar. Del mismo modo, expresan incertidumbre frente a su futuro en tierra extraña: ¿cómo es la vida allá, en Argentina? preguntaba.
De los dos, la más fuerte parece ser Raquel, con su carácter categórico e insistente. Ella intuía el peligro que acá amenazaba a su esposo, por su frágil salud y la desesperaba llegar. Eso explica su constante insistencia por recibir el dinero para los pasajes. Al fin, el 22 de octubre de 1922 desembarcó con sus niños en Buenos Aires y se reunió con él, ya muy enfermo y sin empleo. Al cabo de unos pocos meses, falleció. La viuda y los críos quedaron en casa de su cuñada Helke en Tapalqué y dependían enteramente de su ayuda.
Hasta aquí la biografía de Raquel Liberman es similar a la de otras, muchas, inmigrantes. La diferencia está en las circunstancias que la forzaron a cambiar su rumbo y la empujaron a la prostitución.
24 NdE: Acta de matrimonio según la ley judía, que consiste en un compromiso escrito que el hombre entrega a su esposa en la boda, en el cual se detallan sus obligaciones para con ella.
244 NdE: Del hebreo, jeder, lit.: habitación. Nombra la escuela donde los niños judíos hacían sus primeros pasos en el estudio, guiados por un Rebe o rabino que oficiaba de maestro.
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Al investigar en los diarios de 1930 los vaivenes del juicio a la Zwi Migdal, des- cubrí en la Sección policial el nombre de la cuñada, Helke Ferber, detenida por haber sido socia de esa sociedad de proxenetas. A partir de ahí pude atar los cabos sueltos y entender porqué en su testimonio judicial Raquel había mentido, declarándose soltera y sin familia en el país. De esa manera ella preservó la vida de sus hijos.
Por una carta del IWO, redactada en castellano y remitida al consulado polaco en 1934, pude enterarme que Raquel había intentado obtener visa polaca para huir con ellos de la represalia de los proxenetas. Pero los trámites se demoraron: falleció. Tenía 35 años de edad. Fue sepultada en la tierra contaminada del cementerio que poseía la Zwi Migdal en Avellaneda. La comunidad fue estricta. Se había prohibido sin excepciones la sepultura de los llamados impuros y sus pupilas en cualquier otra necrópolis judía.
Una vez confirmado el parentesco entre abuela y nieta con la documentación exhibida, decidí escribir La Polaca.
Raquel Liberman había iniciado una rebelión. En su poema homenaje Milonga
de una mujer, Humberto Costantini reclama: alzó una bandera olvidada; ganó... en los ojos de Dios, que es como no ganar nada. Una rebelión perdida cualquiera lo podía ver. Pero hay cosas que se hacen porque se tienen que hacer.