Ustedes se preguntarán por qué a mi charla de hoy la llamé “Mame loshn(9):
Una historia de amor”. Bueno, intentaré responder pero estoy segura de que Uds. lo entenderán al final de la misma.
Mame loshn, el lenguaje de la madre, la lengua materna, así la sintieron millones
de judíos durante mil años.
El ídish es el medio que permitió expresar tanto tristezas como alegrías; a su vez ha sido el medio para construir la cultura, para transmitir los máximos preceptos de ética, moral, justicia, y derechos humanos. Se transmitió en ídish porque facilitaba su llegada y difusión. También la riqueza popular de refranes, dichos, e historias que formaron el sentir y el nivel intelectual de su cultura.
¿Y cuál es la tierra del ídish, el país del mame loshn? La tierra es el lugar en el mundo donde se habla: Main shpraj, main ídishe/Main treist in ale tzaitn/Dij vel ij oif
kain andere/Kein ein mol nit farbaitn. Iosef Yofe, en la poesía Mi Idioma, dice que es
el consuelo de todas las épocas, y que no lo va a cambiar por ninguno a su ídish, su idioma.
Y esta historia de amor nació en mi infancia cuando mis padres, inmigrantes de Rusia y de Polonia, eligieron el I. L. Peretz Shul de la calle Boulogne Sur Mer para mi educación judía porque allí enseñaban ídish. Y fue donde me enamoré de la palabra, de 49 NdE: Íd., lengua madre; también es un modo de nombrar al ídish.
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su sonido, de las canciones, y los cuentos. Y los lerers(350) se encargaron de que mame
loshn pasara a ser shul loshn(351), porque allí lo aprendí.
Recuerdo el patio techado del primer piso, todos los grados formados a la salida, al director, los maestros, y los alumnos con los guardapolvos blancos, cantando el shul
himen, himno de la escuela: Mir zingen hoij mit klingendike shtimen / Cantamos fuerte
con voces sonoras. Y la canción Brider / Hermanos, de Peretz, con música de Beethoven:
Vaise, broine, shvartze, guele, ale mentchn zainen brider / blancos, negros, amarillos...
todos los hombres son hermanos.
Cómo me gustaba la historia judía con sus personajes. Cómo me gustaban las fiestas que festejábamos en el shule, un altz oif ídish; y todo en ídish. Recuerdo el 19 de abril, el salón de actos sin sillas, sobre el escenario un cajón con arena forrado de negro; un silencio reinaba, nadie hablaba, todos los ojos estaban dirigidos hacia los sobrevi- vientes que encendían las seis velas en memoria de los seis millones de hermanos que los nazis aniquilaron, y esa escena me acompañó durante toda mi vida. Cantábamos el Partizaner himen: Mir zainen do. Estamos aquí. A pesar de que nos quisieron destruir. Seguimos y en nuestra memoria guardamos todo.
Un vu gefaln s´iz a shpritz fun undzer blut... Y donde cayó una gota de nuestra
sangre allí brotará nuestro coraje.
Y seguí mis estudios en el Seminario de AMIA, yo quería ser maestra. Czesler, Rollansky, Plotnik, Marmor, Shusterovich y tantos otros, que en paz descansen, me lle- varon al mundo de la Biblia, del Talmud, de la historia, y de los clásicos de la literatura. Aprendí la poesía J´hob gezen a barg de Moishe Shulshtern: J´hob gezen a barg, iz er
hejer fun Monblanc un heiliker fun barg Sinaí. Aza barg, aza barg hob ij gezen, fun ídishe shij, in Maidanek. La poesía habla de una montaña que era más alta que el Mont Blanc y
más sagrada que el Monte Sinaí, una montaña de zapatos de hombres, mujeres y niños en Maidanek. Esa poesía me acompañó hasta hace 13 años cuando viajé a Polonia y delante de la barraca llena de zapatos, en Maidanek, la recité primero en voz baja y luego salió como un grito que surgió de mis entrañas. Yo quería reivindicar a los hombres, mujeres, y niños que la barbarie nazi exterminó y silenció al ídish y su cultura.
A los 15 años escribía cartas en ídish para las vecinas, que venían a la librería de mi papá, recibidas de sus parientes de Estados Unidos e Israel. Y yo contestaba, tra- ducía, me mimetizaba con las historias y ya no necesitaba que me dijeran qué escribir, yo consolaba, aconsejaba, y contaba historias. Años más tarde sigo haciendo lo mismo, traduciendo cartas viejas que quedaron guardadas en cajas en las casas de los padres, abuelos y que guardan historias de la familia que quedó en Europa.
50 Íd., maestros.
Con apenas 18 años regresé al Peretz de la calle Boulogne Sur Mer con mi flamante título de maestra. Lererke(352) Sore, así me llaman hasta hoy los ex alumnos.
Shímele un Gítele gueien in shul, Shímele y Gítele van a la escuela: fue lo primero
que enseñé. Todavía me parece escuchar las voces de los chicos de seis años aprendiendo
dem alef beis, sin el rebe, sin el kánchik(), pero con el fuego encendido de la tradición
que debía ser entregada. Era una misión que debía cumplir. El ejemplo que, en épocas difíciles, nos dieron los pioneros, los askanim del shule: Goldminc, Niremberg, Lipski, Lobstein, Bernstein, Horn, Golde Cukier, entre otros. Ellos lucharon por mantener la escuela donde se enseñaba ídish. Cada reunión con la Comisión Directiva era una clase de historia, de la lucha de los obreros judíos en Polonia, de los partisanos en los bosques. No crean que alguien se hubiera atrevido a hablar “oif shpanish” [en catellano], no; por respeto; por convicción. Hace poco, cuando me encontré con un grupo de ex alumnos, después de más de 25 años sin vernos, me dijeron que ellos pensaban que nosotros, sus maestros de entonces... Fridman, Jaia, Sheba, Shéindele, Jaike, Marga... No hablábamos castellano. Para transmitir conocimiento, y que verdaderamente llegue al otro, hay que hacerlo con amor, entonces es posible lograr éxito.
En el mes de abril de este año lo comprobé en Melbourne, Australia, cuando en la escuela primaria Sholem Aleijem viví un Séder de Péisaj() donde la lectura de
la Hagadah y las canciones eran todas en ídish. Me pareció que viajaba en el túnel del tiempo, y llegaba al Peretz donde también el Séder era en ídish, y nuestros alumnos participaban en concursos literarios con alumnos de Australia. ¡Qué tiempos aquellos! Una anécdota de mis primeros años como lererke: me eligieron para representar a los docentes en Histadrut Hamorim, la organización de maestros judíos. Allí también las reuniones eran en ídish. Me nombraron secretaria de actas y seguí siéndolo mientras lo fueron; luego pasamos al castellano, pero esa es otra historia.
La escuela Peretz, a quien hoy le estoy rindiendo mi mejor homenaje, ya que cumpliría 75 años de su fundación, tenía jardín de infantes (Jaike, Jashke, Jave); escuela primaria (Jaike Niezna, Sheva, Jaia, Shéindele) y secundaria complementaria (Mélej, Simja Sneh, Masha, Henie, Pnina, Rajel, Libe). Fue un faro de luz que iluminó durante los años de su existencia y de ella surgieron muchos profesores e intelectuales judíos que siguieron con la tradición.
Cuando se cumplieron 50 años de la muerte de Peretz, la escuela lo conmemoró con una puesta en escena, un montaje de canciones y cuentos. Los alumnos de toda la escuela actuaron en la sala Martín Coronado del teatro San Martín, dirigidos por Max Berliner. El público colmaba la sala, los alumnos hablaban un hermoso ídish, y 52 NdE: Íd., Señorita Sore.
5 NdE: Íd., látigo o puntero.
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mi hermana tenía el rol principal. Vi nemt men tzurik di iorn(355)... Sí, 18 años trabajé
como lererke en la escuela primaria, mientras estudiaba en la Mijlalá, el profesorado de AMIA, con los profesores Simja Sneh y Lerman Z”L(356), Lichtembaum, Niborski y
entré a trabajar a las escuelas secundarias más importantes de la red escolar judía. Lea, Jane, Ethel, Esther... docentes que entregaron con amor a sus alumnos la palabra ídish. Educaron y formaron generaciones de jóvenes, hoy profesionales, artistas, comerciantes; aquí, en Israel y en todo el mundo.
Construir cuesta mucho, destruir es más fácil. Sí. La política, la modernidad, las exigencias de la época, o los objetivos que quieran, lograron que poco a poco el ídish desaparezca de los colegios judíos y muchos colegios también.
En el año 1984 un grupo de docentes, aceptando el desafío del profesor Itzjok Niborski, quien en una de sus visitas a la Argentina y, al escuchar nuestras quejas por la falta de material, nos dijo: jávertes... nemt zij tzu der arbet, compañeras...pónganse a trabajar. Y nos pusimos a trabajar y sacamos un libro y material audio-visual. Ethel, Jane, Aliza, Myriam, Judith, y Esther, participamos de un emprendimiento que unió esfuerzos y experiencias para adecuar la enseñanza del ídish a los nuevos tiempos.
Como premio por nuestro trabajo viajamos a un curso en Israel, dictado por los profesores del Departamento de Ídish de la Universidad de Jerusalén, que fue extraor- dinario: Dov Noy, Schalom Rozemberg, Java Turniansky, Ferdman, y Lea Skiva, nos dieron clases para elevar nuestro conocimiento y deseos de seguir en la lucha. En el curso conocimos a un grupo de profesores de Brasil, con quienes compartimos las clases.
Pero ya era tarde, la decisión estaba tomada y no se enseñó mas ídish en las escuelas, pero lo que sembramos... cosechamos. Aquellos alumnos del Peretz que hoy son padres, abuelos, y viven en Israel, España, México, Estados Unidos, y Argentina, a través de Internet se mantienen unidos formando un grupo que se denomina Ídishland, como la colonia de vacaciones; y entre sí se llaman shulbrider y shulshvester(357); y en
los mensajes diarios no falta una palabra, un dicho, o un cuento en ídish. A pesar de ya no tener el Shule, nuestro territorio en común, el espíritu de los shultúers heredado, nos mantiene unidos e interesados uno por el otro: Kálmele, Málkele, Léibele, Shéindele, Kópl, Iánkele, Féiguele, Líbele, Andrés, Esterl, Zeava, Dany, Tzipe, Shímele, Henie...
Mir zainen do. Estamos aquí. Algunos profesores, desde que no damos clases en las aulas,
lo hacemos particularmente y también organizamos grupos para amantes de la lengua y la literatura ídish, coros, conferencias, grupos de lectura, y teatro.
55 NdE: Íd., ¿Cómo se recuperan los años?...
56 NdE: Siglas de zijronó librajá –o, en su pronunciación ídish, zijroine libroje-, expresión de respeto que se agrega al nombre de los difuntos y que significa “bendita sea su memoria”.
También, en un momento, Aliza y yo, con el auspicio del IWO, creamos el grupo
Vortzlen, Raíces, cuyo objetivo era nuclear gente interesada en mantener contacto con
la cultura judía, a través de la participación en distintas actividades.
En lo personal, después de haber dedicado 45 años a la educación judía formal, desarrollo, entre otras, la actividad de lectura en ídish a personas mayores, que, habi- endo sido grandes lectores y hoy imposibilitados para ello, me requieren a tal fin. Juntos realizamos un intercambio por el cual los mantengo informados de la actualidad en el mundo judío, además de leerles cuentos y novelas. Y ellos, Beila, y César, me transmiten los recuerdos de sus vivencias del ayer.
Es imposible volver al pasado, pero sí debemos trabajar hoy apostando al futuro, para acercar a las nuevas generaciones al ídish, abriendo espacios de participación e in- tercambio intergeneracional, donde cada uno se pueda expresar, y nutrir de los demás.
Hoy, erev Rosh Hashone(), quiero desearles un año de paz, salud, y trabajo, es-
perando que el ídish siga vivo en nuestros corazones...y en nuestra boca. A gut ior(359).