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Alcibíades

In document 8704030 Historia de Grecia Grimberg (página 181-183)

Alcibíades

Alcibíades reemprendió la guerra entre Atenas y Esparta. Joven ateniense de alta alcurnia y gran talento, después de la muerte de Cleón fue durante algún tiempo el favorito del pueblo y se aprovechó de ello para satisfacer su ambición desmesurada. Fue una desgracia para Atenas que apareciese semejante hombre en su firmamento político cuando tenía tarita necesidad de paz.

Alcibíades era de la familia de los Alcménides —parientes de Clístenes, Milcíades y Pericles— y discípulo de Sócrates, siendo muy estimado por aquel gran estadista y por este gran filósofo. Simpatizaban con este muchacho de pasiones desbocadas y loca arrogancia, pero encantador e irresistible cuando se lo proponía. Alcibíades era el preferido de Atenas y se imitaban su porte, sus gestos y expresiones. Era el árbitro de la elegancia ateniense y su ceceo en el hablar le servía para ser más admirado todavía. Todo e1 pueblo rivalizaba por mimarle y sus excesos, aventuras amorosas y prodigalidades sobrepasaban todos los límites. Los atenienses mimaron así a un "leoncito" que luego no pudieron domar.

Sócrates fue el único que quiso poner orden en el cerebro de aquel joven alocado: sin él, Alcibíades se habría anulado con sus vicios. Su amistad databa de la guerra. Alcibíades, que entonces sólo tenía veinte años, se había cubierto de gloria, luchando en primera línea.

Gravemente herido, Sócrates le salvó la vida. (Ocho años más tarde, Alcibíades pudo devolverle el mismo favor.)

Sócrates tenía gran ascendiente sobre su joven amigo, pero al fin se pelearon. Al principio no fueron más que pequeños disgustos, pues Alcibíades se reconciliaba con el amigo que le trataba como a un hijo. Sócrates observaba que sus esfuerzos por educar a Alcibíades no daban resultado. Parecía imposible inculcar en semejante egoísta algunas nociones sobre los deberes hacia el Estado y sus conciudadanos. Alcibíades acabó por cansarse de quien sólo le reprochaba defectos y rompió toda relación con Sócrates.

Sócrates apartando a Alcibíades de los brazos del placer sensual. Jean-Baptiste Regnault (1791).

No iba con el carácter de Alcibíades el preocuparse de principios políticos, como tampoco le importaba pertenecer a un partido o a otro; sólo deseaba satisfacer su ambición. Por fin, resolvió dárselas de demócrata y convertirse en el primer hombre de Grecia, cosa que difícilmente conseguiría antes de que Atenas impusiera su hegemonía a todo el mundo griego.

Un conflicto surgido entre varias ciudades de Sicilia ofreció a Atenas la ocasión de imponer su autoridad. Algunas urbes le pidieron ayuda contra Siracusa, que quería dominar toda la isla. El dominio de ésta representaba un peligro para Atenas, ya que Siracusa era una colonia doria y cualquier incremento de su poderío significaría una ventaja para Esparta.

Alcibíades concibió un plan de invasión de la isla; parece incluso que pensó convertirla en base de operaciones de los griegos contra sus antiguos enemigos los cartagineses. De esa forma, y dirigidos por Atenas, se unirían todos los griegos del mundo en un solo Estado, dueño del Mediterráneo.

Pocos atenienses imaginaban lo grande que era Sicilia y lo densamente poblada que estaba, y así Alcibíades logró con facilidad que la asamblea del pueblo aprobara sus proyectos y le confiriera el mando. Adivinos y augures anunciaban el favor de los dioses; ricos y pobres, jóvenes y ancianos, acariciaban ilusiones insensatas. Todos los hombres en edad militar

querían tomar parte en la empresa y conseguir rico botín. Ya habían olvidado la miseria de los últimos años de guerra, y aun la peste.

En la primavera de 415 la flota estaba dispuesta para zarpar, pero surgió un acontecimiento que tendría graves consecuencias. Una mañana, todas las columnas de Hermes aparecieron mutiladas, Se trataba de unos pilares de piedra con la Cabeza de Hermes barbudo dispuestas en las calles y plazas, delante de templos y casas. La confusión y el pánico se apoderaron del pueblo ante semejante sacrilegio.

Los griegos querían que los dioses fueran venerados, pues de ello dependía su prosperidad y su propia existencia. Cierto que, a veces, los jóvenes se desmandaban tras una noche de orgía y deterioraban alguna imagen, pero ¡una profanación semejante sobrepasaba todos los límites!

Alguien tuvo que organizarlo y llevarlo a cabo con pleno conocimiento de causa: se había ofendido al dios del comercio y de los viajes, al protector de todas las rutas que salían de Atenas o confluían hacia ella. Un sacrilegio contra las estatuas de Hermes era el peor presagio en el momento de lanzarse a una expedición hacia Sicilia. Se trataba, sin duda, de una conspiración contra la misma y contra la libertad del pueblo ateniense. La asamblea popular prometió de inmediato una crecida recompensa a quien entregara a los culpables, y constituyó una comisión investigadora.

Aunque no había pruebas convincentes de ello, las sospechas recayeron sobre Alcibíades, quien poco antes, en un festín, habíase burlado de los dioses. Lo negó, desde luego, y se declaró dispuesto a someterse en el acto a una investigación judicial. "Si soy culpable, dadme muerte antes de enviarme lejos, al frente de un ejército tan poderoso, sin haberme librado de esta acusación." Pero sus adversarios, que temían su popularidad y su ascendiente entre los atenienses, preferían que partiera lo antes posible. Su ausencia les permitiría reunir cargos contra él y perderle ante la opinión pública. Acordaron aplazar las pesquisas hasta el retorno de la expedición.

La imponente flota —134 navíos y 32.000 hombres— levó anclas rumbo a Sicilia. Jamás una sola ciudad helena había emprendido una expedición tan imponente y mejor equipada hacia destino tan lejano.

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