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Pisístrato y sus hijos

In document 8704030 Historia de Grecia Grimberg (página 92-94)

El turbulento pueblo de Atenas se mantuvo bastante tranquilo durante varios años, pero después los partidos volvieron a enzarzarse en encarnizadas luchas. Un hombre de ilustre cima, Pisístrato, consiguió por fin restablecer el orden y fue el primer demagogo en la historia del mundo. Luchó hasta asumir la tiranía hacia el año 560. He aquí, según la tradición, cómo subió al poder. Un día, Pisístrato vino del campo a la ciudad; parecía gozar de excelente aspecto, lo mismo que las mulas de su carro. Pero contó a los atenienses reunidos en el mercado, que había sido atacado por sus enemigos políticos y salió del trance por milagro. ¡Era absolutamente preciso que le concedieran una guardia personal! Y la asamblea popular le concedió cincuenta hombres armados de garrotes, que con el tiempo aumentaron hasta tener bastantes para conquistar la Acrópolis.

Cuando Solón murió, su querida Atenas estaba, pues, en manos de un tirano. Solón, padre de la democracia, sabía desde tiempo que los atenienses, "tomados aisladamente, eran como zorros astutos, pero se convertían en un rebaño de ovejas cuando se juntaban en la asamblea del pueblo". Así, pues, el orden político instaurado por Solón fue derrocado, pero la simiente de la que brotaría más tarde la democracia estaba echada. Sus leyes generales formaron la base de la vida privada.

En favor de Pisístrato podemos armar que no se dejó embriagar por el poder. Su gobierno fue de corta duración; a los cinco o seis años, algunos jefes de partido consiguieron expulsarle y confiscar sus bienes. Atenas conoció entonces otro ciclo infernal de querellas políticas que, tras unos años de perturbaciones, Pisístrato aprovechó para retornar al poder del que había sido expulsado. Destronado otra vez al año siguiente, tuvo que pasar algunos años en el destierro hasta que la fortuna, una vez más, le favoreció y se convirtió en el dueño de Atenas.

Relieve ático de principios del siglo V a. de C., situado en la base de una estatua; figuran dos hoplitas y una cuadriga. Atenas, Museo Nacional.

Estas experiencias le sirvieron de lección y Pisístrato adoptó entonces medidas más firmes para asegurarse el poder. Sin que su destierro le inspirase odio alguno hacia sus adversarios, gobernó con la misma moderación que antaño y su benevolencia le atrajo muchas simpatías. Su mandato fue una edad de oro en la historia de Atenas: supo dominar todos los disturbios, lo que permitió a los atenienses dedicarse a cosas más útiles que a sus querellas políticas; dio facilidades al comercio y a la industria para su desenvolvimiento; aumentó el bienestar y la ciudad se embelleció. Pisístrato hizo cuanto pudo por adornarla con obras de arte adecuadas a su categoría.

Mientras Esparta reforzaba su hegemonía en el Peloponeso, Pisístrato fundaba la supremacía naval de Atenas. Primero en comprender que el porvenir de la ciudad estaba en el mar, intentó poner pie en la orilla del Helesponto y ocupó un territorio en el litoral asiático en el momento en que otro ateniense, Milcíades, conducía un grupo de emigrantes hacia la península del Quersoneso. La autoridad de Pisístrato se extendió hasta otros lugares del norte del mar Egeo y las Cícladas. Mientras tanto, emprendía la construcción de una flota de guerra que sería la más poderosa de Grecia. Pisístrato murió en el año 527 y fue sucedido por sus dos hijos, Hiparco e Hipias. Fiel al espíritu de su padre, Hiparco fue amigo del pueblo y un generoso protector de la poesía y de las artes.

Los hijos de Pisístrato diferían de su padre en un punto: siendo éste soberano absoluto, siempre procedió como simple ciudadano; ellos, por el contrario, se consideraron siempre unos príncipes. En resumen, heredaron de su padre el poder, pero no el genio. Hiparco fue víctima de una conjura después de catorce años de un reinado, en general, feliz. Los asesinos, Harmodio y Aristogitón, pagaron el crimen con la vida. Harmodio fue muerto por la guardia en el mismo lugar del asesinato; Aristogitón pudo escapar aprovechando la confusión general, pero fue detenido. Obligado a revelar los nombres de sus cómplices, se le condujo después ante el hermano de la víctima, quien arrebatado de furor, lo atravesó con su espada. Años más tarde, cuando los tiranos se convirtieron en objeto de execración, el pueblo consideraría al asesino de un tirano como un héroe y le levantaría estatuas.

La muerte de Hiparco no libró a Atenas de la tiranía, sino todo lo contrario; Hipias no olvidó nunca la muerte de su hermano y se volvió mezquino y agrio, anulando así la política bienhechora de Hiparco. Desterró a muchos ciudadanos sospechosos de complicidad con los conjurados, y su desconfianza adquirió tales proporciones que todo el mundo llegó a temer por su vida y por su libertad. Los asesinos legaron un verdadero tirano a los atenienses. Y cuanto más sentía Hipias vacilar el suelo bajo sus pies, tanto más rigurosas eran sus medidas. Presintiendo lo que iba a suceder, entabló relaciones con los persas para buscarse un refugio en el extranjero, de lo que pudo felicitarse en el año 510. El partido más poderoso de aquel entonces en Atenas consiguió sacudir el yugo de Hipias bajo la dirección del afortunado y ambicioso aristócrata Clístenes, quien obtuvo ayuda de Delfos y de Esparta. Cercado en la Acrópolis, Hipias capituló unos días después a condición de poder abandonar el país sin

obstáculos. Marchó entonces hacia los territorios del Helesponto conquistados por su padre y vivió allí como vasallo del rey de Persia.

Aristogitón y Harmodio. Copia de época romana del grupo en bronce realizado por los escultores griegos Cricio y Nesiotes. Nápoles, Museo Archeologico Nazionale.

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