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LA MITOLOGÍA RELIGIOSA

In document 8704030 Historia de Grecia Grimberg (página 53-59)

A diferencia de las religiones orientales, la griega nunca estuvo dominada por sacerdotes dogmáticos. En efecto, no fueron los sacerdotes, sino los poetas y los cantores, quienes le dieron vida.

La piedra Onfalos de Delfos, las encinas sagradas de Zeus en Dodona, el olivo de Atenea, la fuente salada de Poseidón sobre la acrópolis de Atenas, prueban que los griegos fueron fetichistas en los tiempos más remotos. Adoraban los animales sagrados, los árboles y determinados objetos de madera o de piedra, considerados como mansión de las fuerzas divinas. Incluso en la época micénica encontramos un culto a los muertos que recuerda el de los egipcios.

La época micénica creó dioses personificados y dotados de nombres que se perpetuaron en los tiempos históricos: Zeus (el que junta las nubes, dios del cielo y del trueno) lleva un nombre que hallamos entre los pueblos indoeuropeos y que debe tener un remoto origen; es el Júpiter de los romanos y el Thor de los antiguos escandinavos. El monte Olimpo cubierto de nubes, aunque apenas formó parte del espacio hacia donde se expandió la cultura micénica, era considerado por los aqueos como la morada de Zeus; antes de invadir Ática y Peloponeso, los conquistadores del período heládico medio habían reparado sin duda en esta montaña y hecho de ella el asiento de sus dioses.

No obstante, fue durante la época homérica cuando el mundo de los dioses griegos adquirió la forma que conocemos ahora. El mundo de los dioses griegos, tal como aparece en nuestros días en el arte y en la literatura, salió principalmente de la imaginación de Homero y otros poetas. Heródoto afirma que Homero y Hesíodo ofrendaron a los griegos su mitología. Dieron nombre a los dioses, señalaron su misión, determinaron su poder y describieron su aspecto externo y su manera de ser. Los poetas convirtieron a los dioses en seres humanos, con pasiones y sentimientos también humanos, pero más bellos y más poderosos que los hombres, aunque inmortales, se alimentaban (de néctar y ambrosía).

En la fe popular, los antiguos dioses locales siguieron viviendo junto con la religión olímpica, válida para todos los griegos. La creencia en los demonios y en los buenos y malos espíritus tenía una función especial. Una reminiscencia de un antiquísimo culto a los animales la encontramos en los sátiros, hombres que tenían patas y cuernos de macho cabrío; en los tritones, hombres con cola de pez, y en los centauros, seres mitad hombre y mitad caballo, festoneados con un ejército de bellas ninfas, de gigantes espantosos, como los cíclopes de un solo ojo, y horribles criaturas como Hécate, la diosa multicéfala con su séquito de espectros y perros aulladores. Para el griego medio, estos demonios tenían más importancia que los dioses olímpicos de Hornero, ya que representaban las fuerzas de la naturaleza con las que debía luchar cada día o hacerlas propicias a toda costa. No obstante, no debe creerse que los dioses del Olimpo no significasen nada para los griegos. Al contrario, el pueblo los amaba y res- petaba y se dirigía a ellos cuando necesitaba ayuda. Los dioses protegían al Estado y ponían bajo su amparo a algunos grupos sociales. Atenea y Hefaistos, por ejemplo, apadrinaban a los atenienses, mientras que Hermes era el bienhechor de los viajeros, ya fueran diplomáticos, comerciantes o campesinos.

Busto de Zeus.

Zeus era el dios supremo de los griegos. En la noche de los tiempos, su morada fue asaltada por una raza de monstruos malvados, titanes y gigantes, pero Zeus los venció y arrojó al sombrío abismo del Tártaro. En este mito observamos la antigua idea indoeuropea de la lucha entre las fuerzas benéficas y maléficas de la naturaleza, antítesis también presente en la doctrina de Zoroastro o Zaratustra y en las antiguas leyendas germánicas, en el combate de Thor contra los gigantes. Zeus compartía la soberanía del mundo con sus hermanos Poseidón (el Neptuno de los romanos) y Hades (Plutón); en forma parecida reinaba con sus hermanos el Marduk de los babilonios. Poseidón era el señor de los mares y surcaba las olas en un carro tirado por caballos marinos. Hades no solamente era soberano del reino de los muertos, sino también el dios de la riqueza, pues bajo la tierra germina el trigo y yacen los metales preciosos.

La vida en el palacio de Zeus era similar a la de una familia noble y afortunada. La paz familiar alguna que otra vez se veía turbada, pero así es la vida; además, ¿en qué familia no hay, de vez en cuando, algún escándalo, disgusto o intriga? El padre Zeus era, ciertamente, justo y bueno, pero tenía que soportar una carga en su familia: no se ha casado con Hera, su hermana mayor (la Juno de los romanos), por amor, sino porque ninguna otra diosa la igualaba en nobleza de origen. Hera no podía dejar de reprenderlo como a un niño; por otra parte, tenía motivos, porque Zeus no era precisamente un marido fiel. Zeus y Hera tenían un hijo, Ares (Marte), cuya dedicación, como la de su hermana Atenea, era la guerra. Ares, "el Sanguinario", se complacía en la sangre y en el tumulto de la batalla. El resultado del combate lo dejaba indiferente; él sólo sentía placer en los grandes hechos de armas y en las colosales matanzas.

Relieve procedente del Heraion o templo de Selinunte en Sicilia. Representa la boda de Zeus y Hera. Palermo, Museo Nazionale Archeologico.

De Latona, una antigua diosa caída en el olvido, recreada por la leyenda en forma de princesa mortal, Zeus tuvo dos hijos, los gemelos Artemisa (la Diana de los romanos) y Apolo. Artemisa era la juvenil diosa de los animales y de la naturaleza, pese a que original- mente se la representaba con apariencia menos amable. Los griegos la consideraban también diosa de la Luna; en ello hay una supervivencia de los tiempos lejanos en que Artemisa pertenecía a lo desconocido, la noche y la muerte, y se encontraba a igual nivel que Hécate, la diosa infernal, y la horrible Medusa, cuya sola mirada convertía a los hombres en piedra. La mentalidad griega elevó a Artemisa desde la tierra donde erraba con sus flechas y su arco hasta el Olimpo, en el que llegó a ser una doncella ideal—pura, sabia, sana y animosa-, semejante a Atenea.

Su hermano Apolo, el dios de la verdad y de la luz, protector de la poesía y de la música, destaca asimismo entre las figuras más gloriosas del Olimpo. Nueve diosas formaban su cortejo, las Musas, protectoras cada una de una ciencia o arte. Así, Clío era la musa de la historia; Urano, la de la astronomía; Talía, la de la comedia, y Terpsícore, la de la danza. Las musas siempre habían sido consideradas como diosas de la montaña; se creía que habitaban en cumbres como el Helicón (en Ática, al noroeste de Atenas), el Pindo (al norte de Grecia) y el Parnaso (en Fócida), nombres que todavía hoy se emplean como expresión figurada para la poesía.

Apolo de Belvedere. Escultura helenística. Museo Vaticano.

Atenea (Minerva) era otra hija de Zeus, pero no tenía madre. Cuenta la tradición qué un día en que Zeus sufría una tremenda jaqueca, por haberlo golpeado violentamente en la cabeza otro dios, se le apareció una diosa adulta y bella vestida con armadura y llevando en la mano una lanza y un escudo: era Atenea, la diosa del arte militar, de la cultura y de las ciencias, la divinidad tutelar de la ciudad de Atenas. Y de la misma manera que Zeus tuvo una hija sin madre, Hera parió un hijo sin padre: Hefaistos, patrón de los herreros. Su madre, considerándolo demasiado feo, lo arrojó del Olimpo a la Tierra y Hefaistos pasó su juventud en la isla volcánica de Lemnos, junto a los cíclopes, que le enseñaron el arte de la forja.

Hefaistos, devorado de continuo por deseos de venganza, ofreció un buen día a su madre una silla, magnífica muestra de su arte. Hera se sentó en ella, pero le fue imposible levantarse. Entonces Zeus prometió la mano de Afrodita, diosa de la belleza y del amor (la Venus de los romanos), al que la libertara. Ares quiso probar suerte; hacía tiempo que Afrodita y él se sentían mutuamente atraídos. Prometió echar a Hefaistos del Olimpo. Pero el dios de la guerra fue por lana y volvió trasquilado. No pudo más que sentarse avergonzado en un rincón y enfurruñarse mientras Atenea le llenaba de sarcasmos. La escena está representada en un célebre jarrón conservado en el Museo Arqueológico de Florencia.

La liberación fue obra de una divinidad que los moradores del Olimpo no habían admitido en su seno: Dionisos, dios del vino. Aparecido en Lemnos con un ruidoso séquito de sátiros y ninfas, pronto llegó a ser gran amigo del maestro herrero. Hefaistos cedió ante una copa de vino. Además, cuando Dionisos le prometió a la bella Afrodita por esposa, las últimas reticencias se fundieron como la nieve al calor del sol. Con el alma algo turbada, mas con el corazón contento, ambos dioses, en otro tiempo despreciados, volvieron al Olimpo y Hera fue despegada de la silla. El feo Hefaistos, zurdo, negro y giboso, se casó con la desenvuelta Afrodita, encarnación de la belleza. Los griegos debían encontrar gran placer en este contraste, que indica a maravilla cómo la belleza podía recompensar el trabajo manual.

Afrodita inclinada, British Museum. Copia romana de un original helenístico.

El viejo amigo de Hefaistos, Dionisos (Baco), era como él, un dios estimado por los griegos. En principio, era un "pequeño Zeus", el hijo del "viejo Zeus" y de una divinidad terrestre—una de esas divinidades primitivas emparentadas con los dioses cretenses de la naturaleza y de su ciclo de muerte y de resurrección anual-. Durante el período clásico, Dionisos se convirtió únicamente en dios del vino. La embriaguez —y no sólo la provocada por el vino— y el éxtasis son las notas características de su culto; Dionisos recorre el mundo para dar a conocer la vid a los hombres y su viaje se representa como una procesión triunfal. Con la cabeza coronada de laurel y llevando un tirso rodeado de verde hiedra iba en un carro tirado por panteras y escoltado de bacantes —mujeres extáticas— y sátiros entregados a una danza descabellada. Dionisos adquirió así un papel cultural, quizás el más importante: se convirtió en el dios del arte dramático. El teatro se ha desarrollado partiendo de un ritual primitivo, en donde los desfilantes enmascarados cantaban la gloria de Dionisos.

Dionisos o Baco, dibujo de una crátera griega.

Hermes (Mercurio) es otro hijo de Zeus. Cuando era mensajero de los dioses, llevaba caduceo, casco y unas sandalias aladas. En un principio, quizás representó la columna de piedra que se erigía allí donde terminaba la ciudad o se iniciaba el camino hacia la urbe veci- na, pues era la última cosa que veía el viajero al partir hacia regiones desconocidas y la primera en darle la bienvenida al regresar al mundo habitado. Todos cuantos tenían que abandonar la ciudad —pastores, embajadores, comerciantes y aun ladrones y bandidos— pedían ayuda y asistencia a Hermes, quien los protegía y concedía su saber. Hermes acompañaba también a las almas en el más largo e inseguro de los viajes: el que conducía a los difuntos al reino de Hades. Tenía por hijo a Pan, el dios de patas de chivo, inventor de la flauta, tan ruidoso y amante de la vida como su padre y, como él, gran aficionado a las bribonadas.

Los griegos no tenían, como los orientales, sentimientos de culpa; daban la impresión de un pueblo singularmente contento y armonioso. Sólo en un punto sus concepciones religiosas eran sombrías: la muerte, fin de todo. Como un ave nocturna, el alma abandonaba el cuerpo con un suspiro quejumbroso y se convertía en un espectro triste y errante del reino de Hades. "Vale más condenarse a trabajar como un jornalero en el más miserable de los campos, que ser el soberano de los muertos", dijo Aquiles cuando Ulises le evocó en los infiernos. Había que ser, sin duda, muy animoso para llevar una vida feliz ante tales perspectivas.

Entonces, ¿cuáles eran el sentido y objeto de la vida? Adquirir buena reputación; no quedar olvidado, sino permanecer como ejemplo generación tras generación. En eso consistía la inmortalidad, la vida eterna. Era preferible, por tanto, una muerte heroica en la flor de la edad, que una vida larga y oscura. Aquiles pudo elegir cuando enganchó sus caballos antes de su último combate. Uno de los corceles inclinó la cabeza, barrió el suelo con la crin y dijo a su dueño: "Tu última hora se acerca; esta vez vamos a conducirte a la muerte". "Lo sé —

respondió el héroe—, pero no me vuelvo atrás." Y dando una gran voz, lanzó su carro en el fragor de la lucha. ¡La suerte estaba echada!

Hermes, de Praxiteles

DOS INSTITUCIONES BENÉFICAS

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